lunes, 10 de enero de 2011

La audiencia





                                             


                       
   Madrid, hacia 1970
               
 1

A mediodía me entregaron un telegrama, el primero que recibía en toda mi vida. El encargado del correo me lo dio en mano, sin disimular su curiosidad.
-Toma, Aravalle, un telegrama.
      Mis compañeros de mesa enmudecieron mientras yo abría el sobre azul y leía con ansiedad:  “Concedida audiencia Jefe del Estado próximo veintiséis abril para entregar premios fin de carrera ruego persónese en esta dirección general día veintiuno diez mañana”. Lo leí otras dos veces, con la respiración contenida, y después lo doblé y me lo guardé en el bolsillo. Levanté la vista y me encontré con los ojos de Heredia.
-¿Qué pasa, Aravalle?- me preguntó inquieto.
-Que el miércoles próximo me llevan a ver a Franco.
-¡Pero bueno, eso es que te han dado el premio!- dijo Benjamín.
-¡Enhorabuena, Antonio!- añadió Paco.
Los tres se levantaron de sus asientos y, mientras me abrazaban, una y otra vez corearon mi nombre. Los demás comensales nos miraron con curiosidad, preguntando con su gesto por la razón de nuestro pequeño alboroto. Heredia, resuelto, se adelantó hacia la mesa del estrado, embridó sus nervios y se dirigió al director de la residencia.
-Don Manuel, que a Aravalle le han dado el premio nacional de magisterio, y se lo va a entregar Franco en El Pardo dentro de una semana. 
Echando su silla hacia atrás, don Manuel mandó que  me llamaran. En cuanto llegué a su vera, me buscó al tacto, me cogió las manos y las apretó. Luego elevó su rostro, carraspeó varias veces y me dijo:
-Querido, me alegro mucho de que te hayan dado ese premio, es un honor para la Institución. Año tras año has ido superándote y has logrado un buen expediente, a pesar de las dificultades que el destino ha puesto en tu camino. Pero  el Señor te ha iluminado y te ha guiado con su amparo. Enhorabuena, querido, enhorabuena.
Mientras, los demás profesores, que estaban sentados a la misma mesa que don Manuel, dejaban de masticar para enterarse mejor de la noticia, don Ramón, el secretario, me pidió el telegrama y, engolando la voz, se lo leyó de cabo a rabo a los comensales, que hasta entonces se habían hecho lenguas acerca de lo que estuviera pasando. Cuando terminó, muchos aplaudieron con ganas, pero algunos miraron hacia otro lado, quizá por indiferencia o por envidia.
-Aravalle, ahora tienes que decir algo- me espetó al oído.
-No, don Ramón, yo creo que ya es suficiente- contesté.
Pero el auditorio esperaba en silencio y me vi obligado a decir unas palabras. Tragué saliva y les hablé desde un lateral del estrado.
-Como veis, me han concedido el premio nacional de magisterio. Os doy las gracias por compartir conmigo esta alegría, una alegría que quiero dedicar a mis padres y a mis hermanos.
De nuevo sonaron aplausos. Yo me retiré de la mesa presidencial y, algo abrumado, retorné a la mía. Mientras tomaba el postre, mis amigos empezaron a cavilar acerca de cómo iba a ir vestido el día de la audiencia.

Salimos del comedor y nos encaminamos  a nuestro cuarto, con el fin de coger los libros y marcharnos a la facultad, pues asistíamos a clase en el  turno de tarde. Con el telegrama en el bolsillo, firmemente agarrado con mi mano izquierda, subí las escaleras. Ya en la habitación, lo puse encima de la cama.
-Tocadlo vosotros también, yo aún no  me lo creo.
-“Concedida audiencia Jefe del Estado...”- leía Paco en voz alta, mientras Benjamín y Heredia también lo cogían, cada uno de una esquina.
-¡ Joder, macho, qué potra! – dijo Heredia.
-De potra nada, Antonio se lo merece- replicó Benjamín.
-Pues claro, hombre, es broma- añadió Heredia.
-No, también es suerte, podrían habéroslo dado a cualquiera de vosotros, al fin y al cabo también os presentasteis al premio.
-Nada, nada, aquí pone Antonio Aravalle, así que fuera esa pelusilla- terció Paco.
Nos miramos con complicidad y nos fundimos los cuatro en un abrazo. Preparamos nuestras carpetas y nos marchamos a clase. A la vuelta pasaríamos por el Uruguay,  el bar donde íbamos abriéndonos un hueco, y allí les convidaría a una ración de calamares. Y desde el teléfono de fichas, pondría una conferencia a casa de Sebastián, el hijo del  encargado de la granja, para que avisaran a mis padres y les informaran de todo.


  2


La cita es a las diez, pero desde las nueve y media ya estás paseando por Alcalá, acera arriba, acera abajo, con el telegrama bien guardado en tu bolsillo, mientras oyes el crujir de los autobuses y las bocinas de los coches en esta mañana suave de primavera. Al filo de las diez moderas tu ansiedad y te acercas a la puerta del ministerio, donde la voz cavernosa de un guardia civil te sobresalta cuando te pregunta agrio:
-¿Qué desea?
-Buenos días- le contestas sumiso- voy al despacho del director de enseñanza primaria- le sueltas de un tirón mientras le muestras el telegrama.
Cuando lo ha leído, el guardia civil se cuadra ante ti y te señala con afectada amabilidad, más por lo que ha leído que por lo que le has dicho:
-Suba usted al tercer piso y allí pregunte al ujier.
Así lo haces. Ante el ujier no repites la escena. Le das los buenos días y, sin más preámbulos, le tiendes el telegrama, que ni siquiera lee, y de inmediato te hace pasar, con estirada cortesía, a la sala contigua.
Es una amplia estancia, con ventanales a la calle, y al fondo de la misma hay un funcionario, sentado a su mesa, y tres o cuatro personas alrededor. Te acercas y le das el telegrama. Él te saluda y te da cortésmente la enhorabuena. Después te presenta a los que con él están, algunos de los chicos y chicas que, como tú, han sido premiados también.
Enseguida van llegando lo demás, y los directores y directoras de vuestras escuelas normales. A ti te acompañará doña Mari Paz, la profesora de pedagogía, una mujer moderna, con el pelo corto, la edad madura y la sonrisa fresca. Siempre te ha caído bien. Cuando la llamaste anteayer para decirle que te habían premiado, se hizo de nuevas, quiso que al alborozo del premio pudieras unir la alegría  de decírselo.
  Pasadas las diez y cuarto de la mañana, el director general entra en la sala y se hace un espeso e inmediato silencio. Os saluda uno a uno y, ya sentados de nuevo, manda leer, al secretario que lo acompaña, la orden ministerial por la que se os concede el premio
 “...y les será entregado el diploma acreditativo correspondiente y un cheque nominativo de diez mil pesetas...”
  Terminada la lectura, el director general deja que aquella prosa administrativa  y solemne se prolongue en el silencio. Luego dice:
 -Es un honor para mí que el señor ministro me haya encargado la preparación del acto en el  que tendrá lugar la entrega de estos premios fin de carrera. Quiero felicitarles a todos, también a ustedes, directores, y decirles que la audiencia concedida por Su Excelencia, que, como saben, tendrá lugar el próximo miércoles, se desarrollará de acuerdo con las normas de protocolo que se les señalará dentro de unos instantes.
  Sigue el director general desgranando su discurso, mostrando las razones por las cuales aquel acto en El Pardo va a ser muy importante, “un acto que consagrará al magisterio como la vocación por excelencia, la más entregada, la imprescindible para el porvenir de la patria”. Después trae a colación la ley general de educación, recién aprobada por los procuradores en las Cortes, y os habla largo y tendido de la E.G.B., el nombre de la nueva enseñanza primaria.

  Mientras continúa con su discurso, dos ideas dan vueltas en tu cabeza: la primera, la coincidencia de la aprobación de la ley de educación con la adjudicación de vuestros premios y con la audiencia en El Pardo, una coincidencia que te parece buscada adrede. La segunda, la cuantía del premio, esas diez mil pesetas con las que podrías pagar el trimestre en la residencia, sin esperar a que te abonen la beca, así no te tendrán, como siempre, en la lista de morosos; esas diez mil pesetas que pueden servir para que tus padres liquiden la deuda que arrastran desde hace años; esas diez mil pesetas que, ¡quién pudiera!, te gustaría gastar en ir al cine todo lo que quisieras, en comprarte ropa, en libros; esas diez mil pesetas...
Cuando acaba el director general, su secretario toma la palabra:
 -Tienen ustedes que estar aquí, en esta misma sala, a la ocho y media del próximo miércoles. En un autobús serán trasladados al palacio de El Pardo, donde tendrá lugar la audiencia, de cuyos pormenores se les hablará dentro de unos instantes. Terminada la misma, nos dirigiremos al restaurante José Luis, en el que se celebrará un almuerzo en homenaje a los premiados, presidido por el señor ministro. En el mismo autobús se regresará a la sede del ministerio, y así se dará por acabada la jornada.
  Vuestro silencio acompaña el giro de cabezas, que del director general van al secretario, y de éste al jefe de protocolo del ministerio, quien se dispone a introduciros en los entresijos de la audiencia. Es un hombre feo y prematuramente calvo, con unas negrísimas gafas de concha que, no obstante, dejan ver unos ojos vivos. Viste traje oscuro y corbata burdeos, su voz es sugerente y suave, y sus gestos, medidos pero nada forzados. Perdido en la inmensidad de la calle, nadie se fijaría en él, pero en los despachos de los ministerios y en las antesalas de palacio te parece la persona imprescindible para moverse sin envaramientos.
 -Ese día –os dice- los caballeros irán vestidos con traje o chaqué y calzados con zapato negro; las señoras llevarán vestido hasta media pierna o traje de chaqueta del mismo largo. Una vez estemos en Palacio, se accederá a la antecámara del salón de audiencias, en cuyos lavabos podrán ultimar los detalles de su atuendo personal si fuera necesario. En dicho salón serán saludados por el señor ministro, quien departirá con ustedes unos instantes. Después serán abiertas las puertas del salón, y entrará el señor ministro, acompañado del señor subsecretario y los señores directores generales e inspectores centrales. A continuación, accederán los alumnos premiados, y por último, los directores de sus escuelas normales. Su Excelencia el Jefe del Estado les esperará de pie, en el centro de la sala, y el señor ministro se acercará a saludarlo, mientras los demás invitados formarán un corro ovalado junto a las paredes del salón. Después tomará la palabra el secretario de audiencias, quien leerá la orden de concesión de los premios. Unos instantes después el señor director general de enseñanza primaria expondrá al Jefe del Estado las razones de la petición de la audiencia, y, agradecerá a Su Excelencia la concesión de la misma. Acto seguido invitará a los alumnos premiados a que saluden al Generalísimo. Según vayan siendo ustedes nombrados, avanzarán por la parte central del salón hacia Su Excelencia, quien les estrechará la mano y les entregará el diploma acreditativo. Cuando les vaya a saludar, los caballeros inclinarán la cabeza, y las señoras harán una leve genuflexión. Al estrechar su mano no apretarán apenas ésta ni le dirán nada, a no ser que Su Excelencia les demande alguna cosa. Después serán presentados al Jefe del Estado todas las autoridades y cargos presentes en el acto, que también procederán como ya ha sido descrito. A continuación, uno de los alumnos, previamente seleccionado, se situará en el centro del salón y, mirando a Su Excelencia, leerá, con voz clara y pausada, el breve discurso que ya tenemos preparado, y le hará entrega de la medalla del maestro, recién diseñada por un artista de renombrada fama.
El jefe de protocolo hace una breve inflexión en su voz, se ajusta mecánicamente el pasador de su corbata, mira a su alrededor y continúa su exposición.
-Terminada la presentación al Jefe del Estado, éste dirigirá unas palabras a los presentes, dichas las cuales se aplaudirá cortésmente, y después, cuando el secretario de audiencias ordene a los ujieres la apertura de las puertas, se romperá la solemnidad del acto, y las autoridades departirán con Su Excelencia, caminando hacia la salida.

Cuando acaba su parlamento, el jefe de protocolo cierra la carpeta y os mira con amabilidad, sabedor del apabullamiento al que os ha sometido, y se ofrece para resolver las dudas que podáis tener. Como nadie pregunta nada, el director general, mientras un ujier sirve café a los presentes, toma de nuevo la palabra.
-Uno de ustedes, los premiados, tiene que leer ante el Caudillo, en nombre de los demás, el discurso del que antes ha hablado el jefe de protocolo.
Interrumpe sus palabras bruscamente y te mira.
-Bien puede ser usted, que parece el más joven; a Su Excelencia le agradaría.
Todos asintieron, premiados y directores, todos menos tú, que te atreves a contrariarlo.
-Yo aceptaría gustoso, pero propongo que sea Marina quien lo lea; creo que a Su Excelencia le agradaría oír el discurso con un cierto deje gallego- Mientras vas hablando, sonríes al director, sabes que tu propuesta es de obligada aceptación. Y de paso te verás libre de un encargo engorroso.
-Es interesante su proposición- dice el director de La Coruña.
-Bueno, yo, si no les parece mal, aceptaría, pero espero que los nervios no me traicionen- confirma Marina.
-Me parece una idea generosa la de Aravalle- añade doña Mari Paz, y tú observas, por su entonación, que te lanza un guiño simpático.
-Bueno, sea como ustedes dicen- concede el director general algo contrariado.
Con algunas consideraciones más termina la sesión de preparación de la audiencia. El director general se despide hasta el miércoles y su secretario os acompaña hasta el ascensor. En la puerta del ministerio te quedas unos minutos charlando con doña Mari Paz. Benjamín, Paco y Heredia, que ya andaban por allí, se acercan y os saludan, ávidos de noticias.
-Ya os contará Aravalle, menuda audiencia- les dice la directora.
-Y además nos dan diez mil pesetas y un banquete- añades tú.
-¿Qué dices, chaval?- sonríe Heredia.
-¿Y dónde os llevan a comer?- pregunta Benjamín.
-A un restaurante que se llama José Luis. Está cerca del estadio Bernabéu y es de mucho lujo- contesta doña Mari Paz.
-¡ Guárdanos algo cuando vayáis!- bromea Paco.
Os despedís de doña Mari Paz. Ella se va, moderna y elegante, por Alcalá hacia Cibeles. Vosotros subís por Gran Vía- todos decís Gran Vía, aunque su nombre sea avenida de José Antonio- y torcéis por San Bernardo. Llegáis a la residencia justo con el tiempo para comer y marcharos a clase.
-Tenemos que llevar traje- les dices a tus amigos, mientras coméis.
-Bueno, hombre, traje no tienes tú ni tenemos nosotros, pero ya se arreglará todo- acierta a decir Paco.
-Podríamos buscar en la residencia, hacemos una lista de los compañeros que lo tienen y, según vayamos viendo, se los pedimos- añade Heredia con decisión.

Al ir hacia la facultad, les cuentas a tus amigos todo lo que os han dicho en el ministerio. Y por la noche, en la habitación, hacéis la lista de los compañeros que son más o menos de tu talla y que tienen traje. Eso mismo te ha dicho don Manuel, cuando te llamó en el comedor y te  pidió que le informaras de lo que te habían  dicho en el ministerio.
-Que te preste su traje algún residente, querido, que para eso sois compañeros.
Heredia os lee la lista provisional de los del traje.
-Te pueden servir el de Vegazo, el de Benítez, el de Inocencio y el de Ignacio.
-Quizá también te sirva el de Alcalde- dice Benjamín.
-No, que Alcalde es algo estrecho de pecho- replica Paco.
-Hay que ir a hablar con ellos ya, venga- propone Heredia-. Vosotros dos habláis con Ignacio y con Benítez, y nosotros vamos a ver a Inocencio y  a Vegazo.
Al cabo de un rato hay encima de tu litera cuatro trajes. Te vas probando uno a uno, y para que la prueba sea completa te pones una camisa blanca. El primero es un traje azul marino muy bonito, pero te está grande, sobre todo la chaqueta, parece mentira, si Benítez es más o menos como tú. El segundo es un traje gris muy aparente, pero los pantalones te quedan  anchos, se te caen. Te pruebas los otros dos trajes y tienes suerte, son del mismo color; la chaqueta del de Vegazo te sienta muy bien, pero el pantalón te resulta ancho. Por el contrario, el de Ignacio te queda perfecto, ni hecho a medida, aunque la chaqueta te hace una arruga fea y no se ajusta bien a tu espalda.
-Ya está, la chaqueta de Vegazo y el pantalón de Ignacio, póntelos juntos- dice Heredia.
-Ambas prendas se acoplan bien a tu cuerpo y observas que tus amigos están satisfechos, aunque a ti te parece que el color, un gris claro que ahora está de moda, no te parece muy adecuado para la ocasión. Pero no se lo dices a ninguno, bastante hacen  que lo ponen todo a tu disposición, no vas a ir ahora poniendo pegas.
Benjamín coge un ramillete de corbatas para ver cuál es la que mejor combina, y os decidís por la más atrevida, una corbata floreada de Ignacio, que es la que él usa, se la recomendó, al comprar el traje, un vendedor de El Corte Inglés. Tú no estás muy convencido, pero qué se le va a hacer, te gustaría más llevar tu corbata azul y tu jersey de pico, pero el protocolo es el protocolo, y los amigos, los amigos. Decidís llevar todas las prendas al ropero, para que las revisen y las planchen, es lo que ha ordenado don Manuel.
-Dejadlo, mañana las llevo yo, ya es tarde- dice Paco, afectuoso y sensato.
-Yo iré a cortarme el pelo- añades, ya bastante fatigado.
-Córtatelo a navaja en Noviciado, Bernardino te lo dejará muy bien.
Mientras te pones el pijama, piensas en tu madre, cuando, emocionada al otro lado del teléfono, te llamó ayer llena de alegría, y al cabo de un ratillo te preguntó:
-Hijo, ¿Qué ropa vas a ponerte para ir a recoger el premio? ¡Ay, por Dios, seguro que te dicen que hay que llevar traje!
-Ya veremos, madre, usted no se preocupe, que todo se arreglará.
Ahora ya tienes traje, no es tuyo, pero da igual, como si lo fuera. Sí, es gris claro, no es lo más apropiado, te gustaría más ir con tu jersey de pico, tu corbata azul de goma y tu pantalón gris oscuro, ése que te compró tu madre en Pamplona el verano pasado. Un traje es un traje, recuerda, tú no lo tienes. El tío del protocolo fue claro, dijo que los caballeros irían con traje.

Estás como en una nube, todo es un poco irreal, el premio te gusta pero Franco no tanto, ya en la escuela de magisterio fuiste dándote cuenta de algunas cosas, y ahora en la facultad no te gusta ver a los policías en las clases, ni verlos romper carteles y repartir leña, lo que dicen es verdad, no hay libertad, pero tú tienes una beca-salario y no la quieres perder, es tu futuro, no quieres meterte en líos, te vas dando cuenta de que se huele de lejos que aquí sólo  pueden opinar algunos, los de siempre. Y ahora, con lo del premio, te gusta que te lo den, te sientes recompensado, tus padres se merecen esta alegría, pero que te vaya a dar el premio Franco te impacienta, aunque te vas durmiendo con la idea de que si fuera en Francia, te lo daría De Gaulle, y si fuera en Suecia, te lo daría el rey, que lo importante es que te lo da el Jefe del Estado, y a ti te ha tocado éste. Claro que quizá tiene razón Otero, cuando te dijo ayer al salir de clase que te iba a entregar el premio un señor con las manos manchadas de sangre, y tú le dijiste que las tuyas estaban limpias y que el premio no era ningún regalo. Y te vas durmiendo y te das la vuelta, y el sueño se te escapa, será mejor que pienses en tu pueblo, en la sierra, en las vacas, en la nieve, en la escuela de don Faustino, en la de doña Mari, en la fuente del barrio del medio, en tu madre.
  





3


A las siete y cuarto de ese miércoles tan especial, Antonio Aravalle saldrá de la residencia, con el traje gris claro y la corbata de flores, el telegrama en el bolsillo y una intensa alegría botando por su sangre. Entrará en el bar Uruguay y pedirá un buen desayuno, zumo de naranja, café con leche en taza grande y un croissant a la plancha. Mientras lo esté atendiendo, Amalio le mostrará en el Ya la página de audiencias en El Pardo, y señalará con alegría la que le afecta a Aravalle.
-Esta es la tuya, Antonio.
-Sí, ésa es. Se ve que estás atento.
-¿Cómo es que no te acompañan tus amigos?
-He preferido salir solo. Esta tarde los veré, cuando ya haya pasado todo.
-Suerte. Y ten cuidado, no te vayan a detener al entrar en El Pardo-bromea.
-No creo, pero, por si acaso, iré con cuidado.
Antonio Aravalle, aprovechando la dulzura de esa mañana de abril, decidirá ir andando al ministerio. El cielo despejado dejará que el sol vaya apuntando por las azoteas de la Gran Vía. Un intenso tráfico de coches provocará la prisa incluso de los viandantes que, como él, vayan paseando con tranquilidad. Observará los escaparates- zapatos, joyas, relojes, paños- más por curiosidad que por deseo, mirará las fachadas, ojeará los periódicos de los quioscos, cantará para sus adentros, sonreirá mientras camina: irá feliz. Pasarán a su lado autobuses azules atiborrados de gente, y en las paradas, personas inquietas consultarán una y otra vez sus relojes, dando impacientes golpecitos en el suelo con sus zapatos, y mirarán, aupándose, si ya se acaba su tiempo de espera.
A las ocho y veinticinco entrará en el ministerio, como el otro día, pero ya con el telegrama en la mano, y el guardia de turno se le cuadrará y le franqueará el paso inmediatamente. En la misma sala del lunes se irán juntando todos, alumnos y profesores, trajeados como se les indicó, pero nerviosos y risueños. Aravalle se sentirá algo inseguro al percibir que su traje es el único de color claro. Enseguida se sosegará al observar que también hay señoras con vestidos de colores, que diluirán un poco lo llamativo de su atuendo, y ello lo aliviará de su pesar.
A las nueve menos cuarto se les podrá ver avanzando por las calles de Madrid- Alcalá, Gran Vía, Plaza de España, Princesa, Moncloa- y dejarán la Puerta de Hierro atrás según vayan penetrando  en el monte de El Pardo por una carretera en cuyas cunetas hermosos chopos apenas dejan ver las encinas de un bosque efervescente.

Llegarán a la puerta principal del palacio donde vive el Jefe del Estado, y unos guardias civiles allí vigilantes hablarán con el jefe de protocolo y comprobarán algunos datos. En la garita, un oficial de la guardia personal de Franco ordenará que se levante la barrera e indicará al conductor que ya puede pasar. Cerca de una puerta lateral del palacio bajarán todos del autobús y serán conducidos a la planta sótano, donde unos empleados, vestidos de paisano,  ordenarán discretamente a las señoras que accedan al palacio por una puerta, y a los caballeros que lo hagan por otra. Unos individuos de oscuro les palparán la ropa, con diligencia y en silencio, y después se disculparán con profesionalidad. En un rellano, después de subir unas escaleras, se rehará el grupo y serán conducidos a una sala de la planta baja, en la que hay unos sillones bien dispuestos, que intentarán servir para que los nervios y el agobio desaparezcan, o al menos se sosieguen.
Inesperadamente aparecerá, antes de lo previsto, el ministro de educación, el señor Villar Palasí, vestido de chaqué, ágil, fuerte, sonriente, y les irá saludando uno a uno, mientras su secretario le irá apuntando al oído nombres y datos. Cuando llegue a Antonio Aravalle, le dirá:
-Parece usted muy joven.
-Tengo dieciocho años, señor ministro.
-¿Ya está usted dando clases?
-No, señor. Estudio Filosofía y Letras en la Complutense, tengo una beca-salario.
-¡No sabe usted cómo me alegro!
En diversos salas contiguas habrá personas que también serán recibidas en audiencia por el Generalísimo. Durante breves instantes Aravalle y sus compañeros verán los rostros del boxeador Urtáin y  de la actriz Isabel Garcés, la de las  películas de Marisol. Poco después presenciarán el paso de un grupo de hombres inquietos, vestidos con camisa azul, corbata negra y chaqueta blanca. Doña Mari Paz le dirá a su colega de Oviedo:
-Aquél alto, peinado para atrás, es Girón de Velasco, del Consejo Nacional del Movimiento.
Caminando por el pasillo principal, el grupo capitaneado por el ministro Villar Palasí se encontrará con una comitiva presidida por el recién  destituido ministro de obras públicas, el señor Silva Muñoz, con el gesto adusto y la mirada baja, comitiva que apresurará sus pasos, para no encontrarse frente a frente con la nuestra, y se irá por el pasillo que antes transitaron los de la chaqueta blanca.
A Aravalle y sus compañeros, aquel desfile de caras conocidas les abrumará y desconcertará a la vez. Sólo verán en aquellos rostros pesadumbre y derrota o alegría y conquista, pero en ningún caso sabrán descifrar las causas de tales sentimientos. Algunos años después Aravalle y sus compañeros entenderán que en aquellos pasillos se escenificó, precisamente entonces, la lucha por el poder entre las diversas familias del franquismo, que aquella mañana fueron testigos, sin saberlo, de la definitiva ascensión al poder de los tecnócratas del régimen.




Ya en la antecámara del salón de audiencias, alrededor del ministro se forma una pequeña tertulia, los directores hacen la suya y los premiados una tercera. Algunas personas se descuelgan para ir al baño a aliviarse y aligerar los nervios o a darse el último retoque al peinado o al atuendo. El director de enseñanza primaria se te acerca con aire de disimulo y gesto severo.
-¿Cómo es que trae usted esa corbata?
-Es que no tenía otra que pegase con el traje.
-Por cierto, ¡Ese traje es muy claro, hombre de Dios!
-Es que es prestado -le dices dolido.
-Bueno, siendo así. Vaya usted al baño y cámbiese de corbata. Mi secretario le llevará ahora mismo otra.
-Gracias- contestas, apartando con orgullo tu cabeza hacia un lado, sin otro afán que evitar así la fetidez de su aliento.
Pasas rápido al baño, te cambias de corbata, orinas tus nervios y te incorporas de nuevo al grupo. Sólo se da cuenta del cambio de corbata Marina, la gallega, pero no dice nada, aunque por su forma de mirar lo desaprueba, como lo desapruebas tú, más por la indelicadeza del director general que por la razón estética del cambio, que, no te duelen prendas, te parece acertado.

A las once y media en punto, dos ujieres abren las puertas del salón y se sitúan en los flancos, mientras el secretario de audiencias se aproxima al ministro y le invita a entrar, cosa que éste hace, seguido de todos los demás, según previó con precisión el jefe de protocolo el viernes pasado.
El salón de audiencias permanece en una discreta penumbra. Aunque hay tres amplios ventanales a la derecha, casi toda la claridad que entra es tamizada por unos cortinones de terciopelo verde oscuro; sólo a través del último la luz del día se filtra, y permite observar con alguna precisión lo que en la sala hay. Una araña que pende del techo y dos pantallas laterales, situadas en sendas mesas bajas, completan el halo luminoso de la sala, difuminando un cuadro que se cierra por el fondo con una mesa grande llena de papeles y carpetas, la mesa del Generalísimo.
Cuando por fin penetras en aquél salón, ves allá, al fondo, a Franco, situado ligeramente por delante de su mesa. Mientras vas andando a donde te llevan los pasos de tus compañeros, observas que va vestido de capitán general y te parece que está más viejo de lo que imaginabas. No esperabas ver a un hombre robusto- sabes de sobra que ronda ya los ochenta años- pero te parece que está demasiado viejo para su edad. Sólo muda un poco la expresión de sus ojos cuando reconoce la cara del ministro; a los demás os destina la misma mirada hierática que tiene en las monedas de cinco duros. Ahora estás situado a unos dos metros de él, lo ves de perfil, su perfil izquierdo, y puedes observar sus gestos y sus movimientos, desde esa atalaya tan singular que, no obstante,  te tiene agarrotados los nervios del estómago.
La audiencia va transcurriendo como había pormenorizado el jefe de protocolo, aunque el azar puede abrir un imprevisto en cualquier momento. Y así sucede cuando el director general se equivoca al ponerse las gafas para leer su discurso de salutación. Como es un presumido- has podido comprobarlo en estos días- no lleva puestas las gafas de lejos, así que al sacar las de cerca para leer, toma las otras gafas del bolsillo, y es tal el lío que se hace que ambos pares se le caen encima de la alfombra. Todos sonreís levemente con la mirada, todos menos tú, que disfrutas, vengativo, con aquel arrobo del director general -“A todos nos llega nuestro minuto de zozobra –piensas-, éste es el tuyo”. Tampoco sonríe Franco, quien, rígido en su posición y cansado en su aspecto físico, deja que el acto transcurra como si fuera un autómata, sin articular palabra ni evidenciar emoción.
Se acerca el momento crucial, cuando los premiados oigáis vuestro nombre y tengáis que saludar al Jefe del Estado. Cuando oyes el tuyo, te sitúas en el centro del salón y ves frente a ti a Franco: la mirada lenta, el gesto inexpresivo, la mano blanda, el saludo brevísimo. Recoges tu diploma y regresas a tu sitio, y observas a los demás, que, como tú, son fotografiados una y otra vez, los flashes parpadeando y las cámaras de televisión zumbando. Todos miráis al Generalísimo, pero él permanece casi ausente cuando Marina lee su breve discurso.                          
                                                    



Más breve fue aún el de Franco, cuando sin papeles ni gafas, enmudecidos todos, sacó un hilo de voz de sus catacumbas, y nos dijo que la nuestra era una noble profesión cuya finalidad era sembrar en los niños la simiente de la nueva España. Los aplausos que sonaron después señalaron el final de la solemnidad de aquel acto, y así lo hizo ver el secretario de audiencias ordenando con un gesto que se abriesen las puertas.
Cuando el ministro Villar Palasí se despedía de Franco, éste le comentó algo al oído, y de inmediato se nos invitó a acercarnos al Jefe del Estado. Algunos altos cargos ya iban saliendo del salón, pero nosotros, azorados, respondíamos a las preguntas que Franco nos hacía sobre nuestros estudios y nuestras ocupaciones. En aquellos breves instantes no me pareció que estábamos hablando con un jefe de estado -viejo y cansado, sí, pero disciplinado con quienes le organizaban las audiencias- sino con un anciano cualquiera que se interesaba  por detalles de nuestra vida y de nuestros estudios. Percibimos, o al menos así lo percibí yo, que el poder del estado ya no residía allí, que aquel Franco de nuestra audiencia ya era un actor apagado, al que sólo le brillaban algo los ojos cuando, acabado ya su papel oficial, se desprendían de él los de protocolo y ejercía a su modo el papel de abuelo político. Aquel aparte nada interesó a las autoridades que habían solicitado la audiencia; salvo el director general, todos habían evacuado ya el salón  cuando Franco nos despidió, esta vez sí, con algo de vida en la mirada: aquel aparte nada añadía ni quitaba al significado que la audiencia tenía en aquel contexto y en aquellas fechas.

Al salir del palacio, el autobús nos llevó por calles largas y rectas –Cea Bermúdez, General Sanjurjo, Avenida del Generalísimo- hasta dejarnos junto al restaurante José Luis. Lo que para unos fue comida de trabajo, para otros fue banquete inolvidable, no tanto por la diversidad de manjares, que los hubo, sino porque nos dimos cuenta de nuestra más absoluta ignorancia en aquellos otros protocolos de  mesa y  mantel, de los que nada se nos había hablado en la sesión preparatoria. Aunque hicimos buen uso del dicho “Allí donde fueres, haz lo que vieres” ya que nos desenvolvimos con suficiente soltura, incluso a pesar de los flashes y de las luces de los fotógrafos. El sobre con el cheque llegó a los postres, acompañado de algunas frases para la ocasión y corteses aplausos, que iban señalando, con el brindis, el final del almuerzo.
Cerca de las seis serían cuando el autobús nos dejó en la calle de Alcalá, junto al ministerio, donde ya me estaban esperando Benjamín, Heredia y  Paco. Allí nos despedimos todos los premiados, saliendo, poco a poco, de la nube de la audiencia. Allí dijimos adiós a doña Mari Paz, que nos sonrió con sabiduría una vez más. Mientras subíamos los cuatro por Gran Vía arriba, camino del Uruguay, yo iba contándoles todo. En el bolsillo derecho apretaba con fuerza el cheque. Y en el izquierdo aún llevaba doblado el telegrama.


Febrero de 2002


RPI: M-005445/2004







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