viernes, 5 de julio de 2013

Los Navalmorales: El patio de la casa...y la herrén


El seis de octubre de 2011, me publicaron en la página, cuaderno lo llama él, de Antonio Muñoz Molina, mi escrito “El patio de la casa”. Y fue bastante leído y comentado. Nadie sabía quién soy,  Antonio Aravalle, un seudónimo como otro cualquiera, un lector más de Muñoz Molina y de su cuaderno.
Dos años después, aprovechando que es verano, y que el texto nos sitúa en otro  verano, me parece bien traer aquí de nuevo el texto, y algunos comentarios publicados al respecto en el cuaderno de Muñoz Molina, eso sí, sin el nombre o seudónimo del comentarista. Algunos incluso me confunden con Muñoz Molina, por lo de Antonio. No. Lo de Antonio es un homenaje a mi madre y lo de Aravalle, al río de mi pueblo, afluente del Tormes, y nombre que yo tomo prestado para llamar en mis escritos a mi pueblo, que es Puerto Castilla, de Ávila. Que por cierto no es el pueblo donde está el patio de la casa del texto. Ese patio y esa casa son verdad, son nuestra casa y nuestro patio y están  en un pueblo toledano, Los Navalmorales, donde nació mi mujer.



"Estoy en el patio de la casa del pueblo. Son las siete de la tarde de un caluroso y seco domingo de agosto. Sentado a una mesa redonda de patas cortas, alrededor de la cual hay cuatro sillitas bajas de anea, de esas que se usan para salir a la fresca, en las noches de verano, a darle al pico con los vecinos, miro pausadamente el patio y, en la placidez de la tarde, intento darle un apunte al pintor que un día pretenda dibujar este espacio apacible y añejo.

         Enfrente de mí hay una pared blanca y una puerta que une el patio con la herrén y las cuadras. Al fondo se ve un cobertizo con tejado árabe, sobre el que resbalan los rayos amarillos, aún intensos, del sol. En un rincón, más a la derecha, testigo de los años y ajena a las tormentas, hay una parra vieja y abandonada a su suerte durante mucho tiempo. Está sin podar pero tiene animosas ramas verdes, que van avanzando como lianas persistentes por las guías que les hemos marcado para ayuda y sostén, y rugosos troncos, como sarmientos viejos, de los que penden racimos cumplidos de uvas color miel, que aquí llamande cojón de gato. A estas horas todavía nos cobija del calor, pues está sabiamente plantada y eficazmente orientada hacia la sierra del Santo, desde donde por la mañana el sol tempranero inunda el pueblo de luz y de calor.
         Al lado de la parra hay dos puertas. La situada a la izquierda nos abre el paso a una cocina de pastor, con chimenea de tiro rápido y diestro trazado, que sólo devuelve el humo de la lumbre en los ratos de tormenta aparatosa y de ventarrones otoñales. Es una habitación de unos dos metros de altura, cuyo tejado descansa en un entramado de cuartones y cañizo. Un ventanuco que da a la herrén, dos faroles antiguos que jalonan la repisa de la chimenea y las tenazas y las trébedes traen recuerdos imposibles de su dueño antiguo, el tío José Melchor, que, con su familia, pasaría aquí las largas noches de invierno, contemplando hipnotizado el lento discurrir de las llamas, el borboteo de algún puchero y el paralelo fluir de silencios y conversaciones.
         A la derecha de la parra hay una puerta antigua de madera, curtida por el tiempo, con dos campanillos que suenan cuando se abre y se cierra. Da acceso a una cuadra, con pesebre de mampostería y una cama persistente de paja en el suelo. Aún se conservan en ella algunas garrafas, que en su día servirían para el acarreo del aceite de oliva desde el molino hasta las tinajas ubicadas en la troje, donde el tiempo iría aportando color y densidad al líquido.
         En la pared de mi derecha hay un amplio ventanal, desde el que se vislumbra una sala de estar y una cocina moderna, que aprovecha la luz del patio para disfrutarla, a buen cobijo, en las apacibles mañanas de invierno y en las tardes de primavera y otoño. En esta estancia había una chimenea,  ahora habilitada como lugar que concita  miradas y oídos, pero no para ver las brasas de la  lumbre, ni para oír el chisporroteo de los troncos, sino para ubicar la televisión y las cadena de sonido, esos medios modernos que cumplen la misma función que el fuego de las chimeneas después de cenar: la ensoñación de imágenes lejanas y ruidos diversos, aportados antes con el relato de algún experto en cuentos y chismes, y hoy con el mecanismo de un interruptor que acciona la entrada en la casa de mundos ajenos e idiomas de todos los lugares.

         A mi espalda está el hastial posterior de la casa, con una puerta de cristales rectangulares, protegida por una cortina, que da acceso al portal, umbrío y fresco en verano y luminoso y cálido en invierno. En la parte inferior de la pared, una ventana desahoga el baño de olores y humedades, y lo llena de luz filtrada por una persiana de madera. Este hastial, blanco de cal, contrasta con la fachada delantera, de color beige, como las demás viviendas de labradores y pastores del pueblo. De dos plantas, la casa conserva su sabor antiguo, si bien en sus tripas lleva tuberías de calor y de agua, de electricidad y de gasóleo, para permitir una vida más cómoda sin perder la estructura antigua. El portal es de baldosín viejo y tiene techos de madera y ladrillo visto. Este espacio da acceso a dos dormitorios amueblados sobriamente y en los cuales destaca algún detalle antiguo, como un cabecero de hierro con adornos dorados o unas ventanas de madera, con sus postiguillos, que atenúan la luz en la siesta y producen sensaciones placenteras de claridades y de sombras. Al lado de los dormitorios, un baño espacioso, elegantemente distribuido y decorado, da a la casa un toque señorial en el lugar más visitado después del patio.
         Desde el portal, subiendo por una escalera de empinados escalones, llegamos a la troje, cuyo techo es un entramado de madera y cañizo, como el de la cocina de pastor, pero abierto a dos aguas y con una altura respetable. Hay tres ventanucos, que permiten contemplar la sierra del Santo, los tejados del pueblo y un plácido semblante de patios encalados, que se extienden hacia las llanuras del sur, salpicadas del verdor de las higueras y de las parras.

         Y por fin, a la izquierda de la mesa desde la que esto escribo, está la puerta falsa, por donde en su día entraban y salían las ovejas y las cabras. Al contemplarla en este momento de la tarde, se puede oír, en la melancolía de los tiestos y en el silencio de las piedras, los balidos de las ovejas y sus campanillos rumorosos y sosegados, y se puede ver el reguero de cagarrutas que dejaban, e incluso sentir cómo su olor, dulzón y algo desabrido, penetra por la nariz. Aún hoy, Linda, nuestra perra, descendiente de careas, se pasea por la herrén y por las cuadras olisqueando rincones, persiguiendo quizá el rastro de algún perro antiguo y pusilánime, o acaso en celo.
         Y cerca, muy cerca de la parra, bajo su sombra, en una sillita baja, Mariví cose una cortina para la puerta de la calle, y lejos de sus artículos, de su ordenador y de sus clases, evoca la higuera y el patio de su abuela La Fraila, donde, siendo niña, un día aprendió a bordar. Sintiendo el rumor profundo de sus raíces, mira a su alrededor y evoca desde este espacio vivo, y sin embargo antiguo, aquello que se fue, la infancia, y lo que queda de ella en este patio, que aún conserva el pilón del agua de la sierra deslizándose entre líquenes verdosos.
         Así es el patio de la casa, irregularmente cuadrado y plácidamente sombrío, a estas horas de la tarde. Aquí pasamos los atardeceres de agosto, oyendo el reloj de la torre de la iglesia, el canto de algún gallo, el pregón del último buhonero o el rumor de las conversaciones de los vecinos.
         Cuando ya ha anochecido, la temperatura desciende y es el momento de reponer fuerzas cenando gazpacho, algo de carne guisada y fruta fresca. Y después, un paseo con los amigos y una animada tertulia con un buen vaso en la mano. Y en la madrugada, cuando se tercie, volver tranquilos a casa, tender una manta en el suelo del patio, echarnos en ella para contemplar las estrellas y después acostarnos sin prisas y sin despertadores."
     
Antonio Aravalle
Verano de 1995
Dedicado a Mariví





 Qué apacible vida Antonio. Y qué hermoso cuadro. Lo describes tan bien que casi llega el olor de las uvas en la parra y los restos del ganado en la piedra. Espero sigáis disfrutando de esa bonita casa de pueblo en las noches estrelladas. Gracias por compartirlo.
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    ¿Eres Antonio de la Mancha? Muchas gracias por tu escrito. Lo has pintado como lo haría Antonio López.



Tengo que buscar el significado de alguna de las palabras, no creo haberlas oído antes: “hastial”, “herrén”, “troje”.


Nosotros también teníamos cuadras, y una gloria (en el diccionario de la RAE no aparece ninguna explicación que me guste para la gloria), que era un cuarto bajo cuyo suelo se quemaba la basura de la casa y tenía las baldosas ardientes incluso en pleno invierno. A nuestra Linda (se me ha hecho un nudo en la garganta cuando he leído su nombre) le gustaba parir en el cuartucho de las ovejas dentro de la cuadra y nos obligaba a mezclar las ovejas con la mula durante unos días para que estuviese tranquila.
Tenemos aún un par de tumbillas en el palomar, que es como seguimos llamando al desván (es curioso que sí aparezca como conozco la “tumbilla” y no la “gloria”, en el diccionario).


Tengo aún recuerdos de subir a coger pichones, desplumarlos sentadas en una de las sillas que menciona, con un caldero entre las piernas y echarlos después al arroz.

Quién me iba a decir a mí que me iba a acordar hoy de estas cosas, que acabo de venir de coger setas con los polacos, en un bosque soleado a menos de 5 grados.

Sin querer he ido dibujando mentalmente el cuadro. Lo que más me gusta es el color miel que me ha quedado para las uvas. De “cojón de gato”, nunca lo había oído. Sólo conozco las ciruelas “de cojón de fraile”. Un abrazo.


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Yo encuentro todavía más palabras que no conozco que Serapio, “careas”, por ejemplo.

Es un mundo que me resulta muy exótico.

Y “tumbilla” y “gloria”, que maravilla de palabras.

Un saludo, Antonio, y gracias.

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He entendido que careas es la anterior perra/o, un progenitor de La Linda. No sé.

“Antes de acostarse Teresa su tía calentaba la cama con una jaula de madera, en el centro de la cual había suspendida una gamella con fuego. A aquel artefacto le llamaban “la tumbilla” y cuando estaba puesto daba al lecho una apariencia de túmulo funerario. No quería verlo Teresa y entraba en su cuarto cuando lo habían retirado ya.”

“La puerta grande”. Ramón J. Sénder.



La tal Teresa hacía muy bien. Es que nunca hay que estar dentro de la habitación con la tumbilla, porque si se quema mal el rescoldo, te atufas (es un decir, se genera CO en lugar de CO2 y es tóxico y fácilmente mortal. Bloquea el lugar de unión del oxígeno -el grupo hemo- de la hemoglobina (Nobel en 1962 a Perutz y Kendrew por cristalizarla), de los glóbulos rojos y nos ahogamos).



Me comento a mí misma. Pero me parece que el Sender igual no llegó a usar una. “Con fuego”, dice. Si llega a ser con fuego, buena se hubiese puesto la abuela si le quemas las sábanas. Se pone rescoldo, las brasas que quedan de la lumbre por la noche y se las tapa con ceniza para que no saquen llama y la líen.

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Una vez nos invitaron a pasar un día en Consuegra. Paseando por sus calles veíamos en las alturas, como centinelas imponentes, los molinos de viento que tanto sulfuraron a Alonso Quijano. Nuestros amigos vivían en una casa como la que tan bien has descrito. Ahora bien, todas las estancias: cuadras, herrenes –tampoco lo había escuchado nunca; es lo que tiene ser de ciudad- y demás, estaban dedicadas a trasteros y habitaciones. Me parecía, en cuanto he comenzado a leer tu entrada, que era esa misma casa. Las parras, las plantas, la cantidad de puertas alrededor del gran patio, como dando paso a sitios secretos… Muy bonito; pero cuando nos fuimos de allí supimos que no nos gustaría vivir en una casa como esa.

Me ha gustado, Antonio.



Qué difícil es hacer eso que comenta, que una chimenea sólo devuelva el humo cuando el tiempo está rabioso. Con los ladrillos que recogimos de las antiguas chimeneas de Altos Hornos de Vizcaya (como mucha otra gente, aquello parecían los pabellones desolados de Detroit poco después de su cierre) hicimos una chimenea nueva en el palomar. Los ladrillos son estupendos, pero las vueltas que dimos para que tirase bien. Hasta que no vinieron varios “entendidos” por casa y nos solucionamos el problema, estuvimos un buen tiempo teniendo que abrir la puerta para que hiciese tiro y el humo se fuese chimenea arriba.




Hay una cosa curiosa de las chimeneas de pueblo que yo he experimentado. En la noches frías, en esas en las que el aire, de puro frío, vibra como si fuese un diapasón al menor ruido, los sonidos del hogar ascienden por el tiro y se disemina en el aire recogiéndose en la caperuza de otras chimeneas, introduciéndose en los lares vecinos. Por todos es sabido que no hay que contar secretos junto a la lumbre de la chimenea, si no se quieren dispersar como humo al viento.

No sé por qué me da que yo hoy sueño con patios, pozos, cocinas de humo y hasta con esas uvas que nunca he tenido la suerte de ver ni de probar.

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Por todos no era sabido, que yo me acabo de enterar ahora y habrá más gente que lo ignore.

Y tanto que hay muchos mundos, ¿eh?

:))


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Siempre me ha atraído contemplar el fuego vivo en una chimenea. La luz , el calor que desprende y ese movimiento misterioso me atraen poderosamente. Tiene que ser maravilloso descansar con un libro o en una tertulia junto al fuego. Y también con una copa de vino bueno. :-)

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Una noche horrorosamente fría estaba leyéndole “La Regenta” a mi abuela junto al fuego. En un momento dado me dio por escribir con un tizón nuestros nombres en la campana de la chimenea, por dentro, en un ladrillo.
Están todavía ahí. Cada vez que vuelvo lo compruebo. Antes nos gustaba mirarlo año tras año a las dos.

Salir de casa, con el frío, y empujar la carretilla con leña hasta el portal.
A alguien le habrá tocado esta noche, como casi todas a partir de agosto. O a lo mejor este año está siendo inusualmente cálido por todos lados. No sé.

Yo me quedaba siempre dormida junto a la chimenea, con un tebeo, mientras los mayores hablaban y hablaban. A la mañana siguiente me despertaba en la cama. Sin saber cómo habría llegado hasta allí.

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En el patio de mi casa, con mis padres, conversa un arriero que porta en un costal cinco o seis quesos curados. El vendedor lleva en la cabeza una boina negra y viste una blusa ancha del mismo color. Tiene al hijo haciendo la mili en Jaca (Huesca), y la niña se ha ido este verano a servir con unos señores de la capital de muchos posibles.

Ha dicho que la cuenta del queso la haga el muchacho, y el muchacho soy yo.
En la escuela me manejo bien con los problemas de matemáticas que hay en los libros, pero cuando me plantean estas operaciones con el queso delante y con gente extraña, hay veces que me salen cantidades raras que no cuadran con el peso del queso o el precio del kilo.

No me gustan estos exámenes caseros…

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Entro aquí y leo y por un rato, mientras los leo, siento que soy una intrusa, que estoy espiando unas vidas tan distintas de la mía. Una intrusa espiando, metiéndome en la intimidad de unas vidas ajenas. Y pienso: mis abuelos sabrían el significado de todas estas palabras que yo tengo que buscar en el diccionario. Mis abuelos habrán tenido vidas parecidas a estas, habrán hablado con palabras parecidas a estas, habrán vivido en casas parecidas a estas. Qué habrán añorado, de qué se acordarían todavía cuando ya eran muy viejos y todo aquello había quedado tan atrás, tan del otro lado imposible del mundo. Con quién hubieran podido hablar de sus recuerdos, a quién hubieran querido tener cerca para poder charlar de esas cosas que sus hijos y sus nietos ignorábamos.
Gracias por estos recuerdos. De alguna manera oscura son también son los míos, aunque yo sea una intrusa.

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¿Leyendo “la Regenta” con tu abuela junto al fuego? Qué momento inolvidable y mágico. :-)

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Parece que en cualquier momento van a aparecer por el patio a ‘bacinear’, Plinio, el jefe de la GMT y su compañero de aventuras don Lotario.
Esta entrada hubiera tenido toda la consideración de Fco. García Pavón. Sin duda.

:-)

Sí, bueno, con el libro que más disfrutamos fue “Fray Perico y su borrico”, de Juan Muñoz Martín. Pero es que las abuelas suelen tener muchísima paciencia.

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Todos los libros son buenos. :-)

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Es impresionante la vastedad de cosas que confluyen en cada persona.

Congrats!
                         



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