En el excelente suplemento Babelia de El País de ayer sábado, 28 de junio de 2009, dedicado a Robert Capa, se hacían referencias frecuentes al gran amor de su vida, la extraordinaria reportera Gerda Taro, esa gran mujer que en plena juventud murió arrollada por un tanque en la batalla de Brunete, en la guerra civil española. Y detallaban ustedes bibliografía suficiente para conocer a Capa y a Gerda. Pero creo interesante recordar que hace unos años Juan Eduardo Zúñiga publicó Capital de la gloria, sobre el Madrid de la guerra civil, y que es en ese libro donde hay un extraordinario relato dedicado precisamente a Gerda Taro que muestra lo mejor de lo mejor de Zúñiga.
En estos
tiempos en los que triunfa una trilogía de libros de suspense muy gordos, cuyo
valor desconozco porque no los he leído, quiero hacer propaganda de una
trilogía de Zúñiga, un autor que es un lujo para nuestra literatura. Se trata
de La tierra será un paraíso, Largo noviembre de Madrid y Capital de la
gloria. Después de leerlos uno ya no es el mismo, la visión de la
guerra es ya otra, el gozo de la lectura, infinitamente más acentuado y las
ganas de releer una y otra vez, algo que sus lectores hacemos muy
frecuentemente. No es sólo el vocabulario, la sintaxis o el estilo; no sólo la
finura, el amor a las víctimas o el conocimiento del ser humano. Es sobre todo
estar leyendo a un gran escritor, a un madrileño discreto, a un magnífico
cuentista, a un poeta que ama a su ciudad y a los que en ella viven. Gracias,
maestro, por sus hermosos libros. Gracias por el relato Gerda Taro,
por el Rosa de Madrid, por el Patrulla del amanecer.
Gracias por su discreción. Gracias por escribir.
Y ahora, ahí
van unos articulillos sobre este estupendo escritor
La ilusión
erosionada
Winston
Manrique Sabogal
8 de marzo de 2008
Asediados por
el miedo y cercados por el dolor frente a un Madrid amenazado por la Guerra
Civil. Ése es el mundo que el lector encuentra en esta trilogía en la que Juan
Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929) logró una de sus mejores creaciones literarias.
Aquí, este autor del socialrealismo no se limita a la descripción de los
hechos, a la narración de lo vivido por la gente, sino que se adentra en sus
sentimientos, en sus deseos, en sus ideas e incertidumbres. Es más que la
recuperación de sus propios recuerdos del durante y después de una guerra que
convirtió a unos y a otros en sus propios enemigos.
Es el
desconcierto, aún hoy, tantos años después, lo que transmiten estas tres
colecciones de relatos empezadas a publicar en 1980 con Largo noviembre de
Madrid, seguida en 1989 con La tierra será un paraíso y terminada en 2003 con
Capital de la gloria, que le valió el Premio Nacional de la Crítica. Zúñiga
brinda un fresco de cómo la lealtad, la amistad o la ilusión se van
erosionando. El autor pasa del drama colectivo de un Madrid sitiado a las
historias personales, a la quiebra ética y moral de los ciudadanos y de la
sociedad por el envenenamiento de algunos líderes políticos y militares. Se
trata de un proyecto comprometido con la Historia de España y con la literatura
a través del relato, del cuento. De esta forma, la realidad de Madrid se
fragmenta como en un prisma y el lector recibe múltiples y diversas versiones
de un mismo episodio. Historias que son autónomas pero que van formando un
rompecabezas de la Historia. De la memoria.
"Los
recuerdos crean un puente sobre el vacío del futuro", explicó en una
entrevista Zúñiga. Y aquí son sus recuerdos. Es su pasado y su historia como la
de miles de madrileños y españoles que entre 1936 y 1939 fueron empujados a
enfrentarse a una de las guerras más dolorosas, como lo es una guerra civil,
por lo que tiene de odio cainita. De la mirada soslayada. Del sentimiento
contra sí mismo. Del descubrimiento de los diversos y diferentes yoes que puede
anidar en cada individuo. Ése es el retrato que muestra Juan Eduardo Zúñiga,
uno de los autores españoles que mejor plasma compromiso y literatura. Aquí
arrostró el rumor del tiempo con cuentos donde habitan ilusiones, rabia, miedo,
valor, alegría, cobardía, traiciones. Esperanza. Para que se sepa que no fue un
sueño.
El tictac del silencio
Winston
Manrique Sabogal
23 de marzo de
2008
El último tictac fue a las 11.29 de una mañana ya extraviada en sus recuerdos. Así, sin más, el antiguo reloj de pared que Juan Eduardo Zúñiga heredó de su padre entró en rebeldía silenciosa. Y ahí sigue, a tono con el sobrio salón de su casa en Madrid y con este escritor que parece un tímido y sabio fraile vestido de paisano. Aunque el verdadero territorio donde escribe en ese salón es un rincón que colinda por el norte lejano con una gran librería, al oriente con una mesa de centro de madera, al sur, a su espalda, con una estantería que comparten el televisor, algunas cerámicas, un tocadiscos, varias películas y una selección de sus libros favoritos, mientras al occidente se halla el motivo real por el cual Zúñiga (Madrid, 1929) se refugia en ese sitio: la luz nítida de una ciudad que flota sobre los árboles del parque del Retiro que ve desde su sillón granate por una puerta-ventana.
Sentado en ese
sillón, Zúñiga pasa escribiendo gran parte de las mañanas y de algunas noches,
"acaso predispuestas por la luz eléctrica que tan amiga es de los que
leen". Es el rincón de quien sabe del mundo antiguo y ha creado algunos de
los mejores libros sobre la Guerra Civil española: Largo noviembre de Madrid,
La tierra será un paraíso y Capital de la gloria (este último Premio Nacional
de la Crítica 2003). Una trilogía hecha de cuentos, de historias donde resuenan
los miedos desatados por las armas y las voces, y de los corazones aturdidos e
invadidos de dilemas éticos, desconfiados o traicioneros de aquella ciudad de
su infancia resquebrajada de incomprensiones. Historia.
Incluso
rodeada por el rumor de la ciudad, el silencio acogedor palpita en su casa. Una
vez toma posesión de su sillón, Juan Eduardo Zúñiga acerca una mesita de madera
que compró en Londres hace mucho tiempo y que le sirve para leer con sólo
levantar una lámina o para escribir bajándola. Sobre ella, una carpeta con
folios cogidos con una pinza a la espera de que él los llene con su mano. Ya
con la versión casi definitiva, pasa el texto a máquina para tener una idea de
lo que saldrá de la imprenta. Si la inspiración se hace la remolona algo de
música exótica o brasileña o de jazz o de Beethoven que hacen de Hermes de las
musas. Y en sus recreos echa mano de sus libros fundamentales que tiene detrás
del sillón granate. Algunos títulos de la colección de Aguilar de los años
cincuenta y los rusos, claro: Chéjov, traducido por Cansinos Assens o
Turguénev. Luego él vuelve a la carpeta y a la mesita plegable a escribir sus
relatos. Sin prisa. Muy vigilante para que sean eficaces hasta insuflarles un
eterno y sigiloso tictac.
He escrito
para salvarme del frío de la guerra
Juan Cruz
4 de junio de
2009
Le leímos ayer
a Juan Eduardo Zúñiga, escritor, madrileño de 80 años, que ha edificado sobre
la guerra una casa literaria en la que conviven la rabia y la melancolía, esta
definición que hizo de él su colega Manuel Longares: "Zúñiga conoce el
riesgo de pisar la calle. Por eso, al rebasar el portal de su casa pone la mano
en la pared de los telefonillos, como para concederse un respiro antes de
acometer la audacia". Con sus ojos atentos, como si le estuviéramos
leyendo sobre otro, Zúñiga escuchaba. Hoy a este hombre que escucha le
homenajean en la Biblioteca Nacional.
Pregunta. ¿Y
cómo se ve?
Respuesta.
Como me ve Longares. Me ha gustado tener experiencias fuera de lo normal,
encontrar extranjeros que me orientaran hacia otras lenguas... Él me ve como un
personaje fuera de lo corriente. Lo soy.
P. ¿Sigue
siendo la guerra el motor de su mirada?
R. Fue una
experiencia tan terrible e inesperada para un adolescente que forzosamente
trazó una especie de estructura en la sensibilidad. Pasados muchos años percibí
que necesitaba reelaborar literariamente aquel pasado. Y no creo que fueran los
impactos más definitivos los que quedaran de manera más indeleble en mi retina.
Fueron las pequeñas particularidades de la vida cotidiana.
P. Eso está en
su trilogía: la vida cotidiana atravesada por la guerra.
R. Es lo que
hice. Una travesía de Madrid relacionándome con los personajes, no precisamente
ejemplares, que no se adscribieron a ninguno de los bandos que estaban en
contienda, sino que vivían en soledad, con mala conciencia por no tener un
compromiso. Éstos son los personajes que he querido ir poniendo en el
papel.
P. No había en
ellos heroísmo alguno. ¿O sí lo había?
R. No, no
había heroísmo. Lo heroico estaba en esa cierta lejanía de una ciudad asediada,
hambrienta, bombardeada. Ellos eran como personas que pretenden hacer algo y no
lo consiguen. Es la búsqueda de una realización, por eso no son personas
ejemplares; son personas más bien anodinas.
P. Pérez Minik
solía decir que la guerra le dejó al rojo vivo. ¿A usted cómo le dejó?
R. Más bien lo
que yo experimenté fue lo contrario. Una gran frialdad. Noté como un día
nublado, un día de esos de llovizna madrileña que sopla el aire helado de la
sierra. Ésa era la situación vital en aquellos años. Sobrevivía con el gran
esfuerzo de la cultura. La cultura fue el punto de apoyo, la que me ayudó a
tener ese cierto calor. Escribir me salvó de aquel frío. Y de esa frialdad del
ambiente tuve que pasar a un periodo en el que yo sintiera ese vigor de la
creación; debía inventar los personajes, revestirlos de interés.
P. Poner en
pie otra vida después de la devastación.
R.
Exactamente. Era como una forma de salvarme yo mismo, porque en estos
personajes quién sabe si también había astillas de mi madera.
P. ¿Y siguen
las astillas de la guerra?
R. Quedan
rastros, naturalmente. Son como la cicatriz que va desapareciendo, pero aún
subsiste.
P. Surcó la
posguerra aprendiendo ruso a solas, y ocupándose de autores rusos.
R. A los doce
años encontré debajo de la puerta de la casa de mis padres una novela rusa. Me
impresionó. Me sirvió para orientarme. Me llevó a la literatura, en especial a
la literatura rusa.
P. Publicó El
coral y las aguas, una novela romántica ambientada en Grecia, cuando en 1962
dominaba aquí el social realismo.
R. Y yo era
amigo de los social realistas. No fue bien aceptada; era lo opuesto a aquella
visión social de la literatura. No me desanimé, ni perdí a los amigos. Mi
discrepancia era sólo estética y literaria.
P. Un homenaje
en la Biblioteca Nacional.
R. Así lo han
querido unos amigos. Otros se lo merecen más. Mire usted a Delibes, a Marsé, a
Luis Mateo Díez...
P. ¿Y ahora
qué escribe?
R. Cuentos de
la posguerra, ese periodo tan largo que hemos sufrido y que no se sabe si ya ha
concluido.
El círculo
mágico de Juan Eduardo Zúñiga
Miguel Mora
27 de marzo de
2003
La vida
apartada y discreta del novelista Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919) se vio
ayer alterada durante un rato: el Círculo de Bellas Artes de Madrid le impuso
su medalla de oro, y el ilustre, escurridizo y barbudo personaje se vio
obligado a comparecer, protagonizar el acto (breve, bonito y barato) y dejarse
abrazar por sus amigos después de que el presidente del Círculo, Juan Miguel
Hernández León, le colgara la medalla y reivindicara la generosidad, el
compromiso y el rigor literario del autor de Capital de la gloria y Largo
noviembre de Madrid. Mientras la manifestación de los estudiantes contra la
guerra de Irak pasaba calle Alcalá arriba, los amigos de Zúñiga, puestos en
pie, aplaudían y querían al último Max Estrella. Allí estaban, entre otros, su
mujer Felicidad Orquín, Antonio Martínez-Sarrión, Josefina Aldecoa, Juan Cruz,
Juan Ángel Vela del Campo, Manuel Longares, César Antonio Molina, Fanny Rubio,
Amaya Elezcano... Para agradecer la distinción, que habían propuesto Luis Mateo
Díez, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo y Manuel Rico, el gran forofo de
Chéjov y Pushkin leyó una alegoría brillante y anacrónica, apenas tres folios
que narran cómo la llegada de los primeros camiones occidentales a un poblado
africano deja hechizados a algunos lugareños, y cómo éstos logran recuperar la
lucidez después de que sus amigos les sometan a algunas sesiones curativas,
todos "forzosamente sentados en un círculo". Todo ello, por la propia
belleza del texto y, sobre todo, para agradecer al Círculo, con mayúsculas, y
al pequeño círculo mágico-afectivo de amigos, esta medalla que, según Zúñiga,
es "pura terapia de grupo, amistad y cariño", sirve para olvidar a
"esos monstruos bélicos que circulan por el mundo", y quizá, incluso,
acelere su lenta, decimonónica y maravillosa, producción literaria.
Algún
comentario más
Jesús Bermejo
1
Antonio Muñoz
Molina, uno de mis escritores preferidos, suele elogiar a menudo a Zúñiga, y
cree que él y Max Aub, entre otros, han sabido captar muy bien la esencia
narrativa de la guerra civil. Y acostumbra a comentar que la narrativa sobre
guerra y posguerra no comenzó con "Los girasoles ciegos", aunque éste
sea un libro importante.
2
El mismo
Antonio iba paseando con Zúñiga por la plaza de Ramales, en Madrid, y éste le
iba señalando los lugares de Mariano José de Larra, en concreto la casa donde
se suicidó. Hace unos años salió publicado el extraordinario libro "Flores
de plomo", de Juan Eduardo, una novelación exquisita sobre el último
Larra.
3
Una vez, en la
presentación de un libro, quiso la coincidencia que fuéramos a salir juntos de
la sala Zúñiga y yo. La noche anterior había terminado de leer "Capital de
la gloria". Mientras le cedía el paso, le dije:
-¡Qué bien
escribe usted! -Así le abordé, yo, que no acostumbro a molestar a quienes son
personajes públicos, pero que ese día no pude contenerme, tan reciente tenía la
lectura del libro.
- Los hay que
escriben mejor- me contestó con una sonrisa pícara y una rapidez
extraordinaria.
- Bueno, pues
yo insisto, ¡qué bien escribe usted!
- Gracias- me
contestó.

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