domingo, 7 de agosto de 2011

Pipo, mi perro





Ahora que ya va notándose un poco el calor de la primavera, me gusta salir un buen rato paseando con Pipo por la calle  camino del parquecillo que hay junto al museo de Ciencias Naturales. Él va husmeando todos los rincones y luego trota un rato. Después nos sentamos y hojeo el periódico. Cuando se cansa de esperar, emite un gruñido apenas audible, pidiendo que paseemos otro rato. A la primera de cambio no le hago caso; pero ante la insistencia, pliego el periódico y seguimos nuestro camino. Cuando llegamos a casa bebe agua con ansia y me pide una golosina. A veces accedo pero otras no, pues convertiría cada paseo en motivo de premio. Y aunque el premio es el paseo en sí, en ocasiones le doy un par de galletas que se traga en un santiamén. La verdad es que es guapo y positivo este simpático chucho. Me gusta, por primario y por cariñoso. Lo justo, para no cansar.





Traigo aquí una entrada que ya coloqué en el blog hace unos meses, cuando hice una semblanza de mis animales.


"Entró en nuestra vida como sin querer, ocupando el hueco que Linda había dejado unos meses antes, cuando desapareció. Pipo era entonces un cachorrillo semiabandonado de color canelo, que mordisqueaba todo lo que encontraba a su paso, y que alborotaba la vida allí por donde pasaba. Pero también era un perro miedoso y precavido: aún recuerdo cómo se resistía a entrar en el ascensor cuando nos lo trajimos del pueblo.

Pipo es un perro alegre, bruto y cariñoso. Siempre está dispuesto a saludarte y a jugar, para él es lo mismo, y también a salir de paseo. Come cuanto se le echa en su cuenco, pero además, al menor descuido, se zampa en un santiamén cualquier manjar que encuentre por la calle. Aunque para manjares, aquellos dos filetes de ternera que hábilmente secuestró de una bolsa del supermercado dejada en el suelo de la cocina, cuando sonó el teléfono una tarde de este otoño que está terminando. Eso sí, en cuanto lo advertí y se lo reproché, se fue directamente al rincón del castigo sin que yo le dijera nada más.

Es un perro práctico y astuto. Y testarudo. En el pueblo se pierde siempre al volver del paseo por el campo, y eso le permite callejear y husmear a su antojo, y buscar encuentros con sus amigas. Después, cuando lo considera oportuno, vuelve a casa y llama a la puerta falsa para que le abramos y, si no estamos, unas veces opta por darse una vuelta más y otras, por echarse en la calle hasta que regresemos.

Pipo es cariñoso, muy cariñoso, con todos aquellos a los que les gustan los perros, y juega con ellos hasta el agotamiento, sin más límite o freno que el que se le imponga con reiteración. Pero ignora sin rencor alguno a las personas que no conectan con los perros, no les hace caso alguno, les deja estar en paz.

Hasta en el dormir es práctico y brutote. Se le ve a menudo panza arriba, despatarrado y con todo al aire, muy lejos de la dulzura de Linda cuando estaba dormida. Aunque también Pipo puede ser elegante y delicado, como cuando prepara su cama en invierno, haciendo un ovillo con la jarapa de la cocina y enrollándose en ella hasta encontrarse a gusto.

Lo más bonito de Pipo es su mirada, siempre tierna y transparente. Y lo que más enfada, su comportamiento en el pueblo, cuando, libre de correas, lo llamas y, en lugar de venir, hace un quiebro como de juego y se marcha corriendo a la ventura, perdiéndose por las calles. Su tozudez va unida a la  seguridad de encontrar la casa abierta a su regreso. Pero su mirada siempre es la mejor prenda  de su fidelidad y de sus atenciones.


Mi hermano y el maratón de Madrid

martes 19 de abril de 2011


 



Una vez más, Javi, mi hermano, corre el maratón de Madrid, con una marca estupenda y una clasificación extraordinaria. Y una vez más, terminada su carrera y recuperado su cuerpo, nos narra su experiencia en una crónica singular.  Y yo, según costumbre, la traigo aquí.  Cerca están archivadas otras crónicas, por si queréis leerlas.

http://antonioaravalle.blogspot.com/2011/01/los-maratones-de-mi-hermano.html

Enhorabuena, atleta.




 
Cosa de amigos
K0. ANTONIO Y ELO

Faltan dos minutos para la salida y busco entre el público alguien con quien compartir las dudas habituales de carrera. Al otro lado de la valla veo por fin a Elo y Antonio, en mi opinión un modelo de hermandad. Como no me ven, agito la mano. Al fin, saludan. Estoy salvado.

K5. MARGA

Me había dicho que escaparía un momento para ver la carrera. Como no sé a qué lado se habrá situado, voy por el centro de la calle, bizqueando. Al fin, casi de milagro, me descubre y sonríe. Superada la primera larga cuesta, comienza de veras la carrera.

K9. NEMO Y ESTHER

Me extraña verlos aquí, porque lo suyo es que fueran más adelante. Eso quiere decir que me estoy pasando de ritmo, así que decido moderarme, no vaya a ser que tengamos títeres a partir de la Casa de Campo.

K13. CARLOS

Como el año pasado, me espera con bebida en Cuatro Caminos, la glorieta que fue hogar de sus tíos, hace ya tanto tiempo. Y me siento, claro, como en casa.

K15. GUILLE Y SUS BORRACHUELOS

Lo de este hombre y su familia es cosa aparte: todo el sábado preparando dulces, globos, bebida y música para el disfrute de los corredores. Nunca se lo agradeceremos suficientemente.

K19. RAMIRO, URRACA, ELVIRA Y SANCHO

Hoy no pudo ser: los rotundos reyes de Castilla se quedaron solitos al sereno, y nosotros fuimos condenados a las mazmorras para no interferir con otra marcha. Esta vez la procesión va por fuera.

K23. QNK

La gente del barrio de la Florida viene a ser la esencia de la gente del Madrid que más me gusta: algo escéptica, sensata, modesta y a la vez orgullosa. Más o menos como Qnk, que espera con una botella en la mano (¿para quién?) y saluda discretamente.

K24. YUDUS

Otro madrileño de pro, corredor legendario que me llama en voz baja y me ánima con un guiño casi imperceptible; él y yo sabemos que nos une un vínculo demasiado fuerte: una parte de mi único maratón de menos de tres horas se lo debo a una cabalgada que me regaló desde el puente de la Culebra hasta el MP de la Casa de Campo, un imborrable día gris de noviembre, allá por el año 2007.

K25. DANIEL Y GLORIA

Me esperan para cinco minutos más tarde, al revés de lo ocurrido en 2010. Sumo la ansiedad de entonces con la sorpresa de hoy, y al dividir por dos obtengo el resultado: el maratón es una entidad ingobernable. Es él quien te maneja a su capricho, y no hay más remedio que someterse.

K34.  ROBERALVA Y DIEGO

Buena parte del público que anima tiende a situarse en los puntos propicios para una postal: Gran Vía, Sol, Palacio Real (otros años, no éste), puente de Segovia… Pero hay otro público que sabe dónde se sufre de veras. Ahí están Diego y Rober, en medio de la nada, en esa zona gris en la que nadie haría una foto. Están ahí porque saben que ese es el punto en que el maratón devora a sus víctimas. Por eso se agradece tanto el gesto de Rober apretando los dientes.

K36. OTRA VEZ ANTONIO

Esta vez sin Elo, en otro punto fatídico, la cuesta de la calle Segovia, donde uno ya va bien macerado. Para suavizar el calvario, Antonio ofrece agua, isotónico, gel, lo que haga falta. Y lo que hace falta es que pase este duro tramo, algo más liviano con el apoyo del público.

K41. PACO G. Y PACO J.

Otro tándem histórico, casi un mito para el corredor popular, un símbolo del deporte como vía para alcanzar la felicidad. Como cabía esperar, se han colocado donde más falta hacían: en mitad del último tramo difícil, esa cuesta larga y tendida que conoces a fondo desde dentro del Retiro, pero que por el asfalto se hace aún más insidiosa.

K41,300. PILAR, CARLOS, GLORIA, MAYYI, LARA, DANIEL Y MAYSÁ.

Son el premio a una jornada llena de emociones. Como siguen siendo los peques (por más que anden casi todos por los veinte), me acerco a la valla para chocar la manos con Daniel y las sobris.

K41,700. ANA Y MATÍAS

Desde la izquierda, oigo mi nombre entre el guirigay de voces que envuelven al corredor, muy cerca ya de meta. De refilón veo el gesto animoso de Ana, acompañada del gran Matías.

K42,195. EL CRONO

A menudo, el reloj es un factor de presión para los corredores. También lo he sufrido, aunque cada vez menos. Desde el k2 he ido viendo delante de mí el globo de 3h30, cada vez más cerca: 500m, 300, 250, 200… Otras veces habría forzado la marcha para enlazar y entrar en 3h29, pero ya no. Poco a poco, uno va entendiendo que el tiempo apenas cuenta en maratón. La clave de esta carrera está en otro lado, está en los amigos.

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miércoles, 27 de julio de 2011

De cómo don Quijote y Sancho llegan a Madrid en el verano de 2011


                           

 

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

           Enterado por las habladurías de la gente de que el Gobierno de España, a causa de la locura de los mercados y del férreo control germano de la unión europea, había recortado el sueldo a funcionarios y jubilados, y sabiendo que los de la oposición esperaban, felones ellos, ganar las siguientes elecciones para tomar medidas aún más duras, don Quijote maldijo el despilfarro de muchos años gobiernos conservadores y progresistas, cuyas consecuencias ya se dejaban ya ver en el atrevimiento de los presidentes de muchas regiones, que, osados y energúmenos ellos, pretendían empezar a desmantelar el estado social y el carácter público de numerosos servicios, tales como hospitales, escuelas, pensiones y bienes de todo tipo, que a lo largo de los años habían ido siendo conquistados para el disfrute y el buen uso de todos, y decidió salir de nuevo en aventura con el fin de deshacer ésos entuertos ya dichos y otros más, y batallar lo que estuviera de su mano para que no les fuese arrebatado a los ciudadanos lo que debido a las luchas de sus padres y abuelos ya por derecho les pertenecía.

           
Así fue como decidió pedir a su creador, el señor don Miguel de Cervantes, que lo reviviese, lo galvanizase y lo salvase del hechizo al que lo habían condenado el cura, el barbero, el ama y aquel innoble caballero de falso nombre y mala idea. Y rogó al bueno de su creador que lo dignase de la compañía de su fiel escudero Sancho Panza, que a buen seguro quedaría maravillado de volver a vivir, y más aún en el mundo del siglo XXI. Apenas accedió don Miguel a tan noble petición, nuestro caballero se encaminó hacia la casa de Sancho, y cuál fue su sorpresa al ver repantigado a su escudero en un sillón, bebiendo cerveza mientras veía el partido de fútbol de la Champion League.
            -Sancho amigo, ¿Cómo estás, hijo?
            -¡Ay, mi señor don Quijote! ¡Qué sorpresa tan grande volver a verle! Espere vuestra merced, que apago esto con el mando. ¿Cómo usted por aquí?
            -Sancho, es menester que salgamos de nuevo por esos mundos de Dios, abandonados en las manos de gobiernos desleales y maltratadores del bienestar de las gentes sencillas. Has de animarte pronto y prepararte para la más grande aventura que vieron los siglos, despídete de los tuyos y vayamos ya donde tengo pensado.
            -Bien decís señor, ya presto me avío. Mas, ahora que lo pienso, ¿qué se me ha perdido a mí en tamaña aventura, si tengo pagados  el coche y el piso, y los muchachos ya se manejan, crecidos como están y bien colocados? Déjeme vuesa merced estar en casa tranquilo, que, con la jubilación anticipada, Teresa y yo tenemos lo suficiente para vivir sin preocupaciones ni problemas.
            ¡Ah, necio de ti, siempre pensando en tu propia panza y nada más! ¿Será necesario que te diga que has de poner tu empeño en el bienestar de todos y no sólo en el tuyo? Sancho bueno, con las dotes que tú tienes, el buen hablar y el buen razonar, saldrías en todas las televisiones y te convocarían para todos los programas, y eso te gustaría tanto o más que cuando fuiste gobernador de Barataria.
          Mudó la expresión Sancho y observó a don Quijote, vestido de negro y con sombrero de fieltro, la barba blanca y el ojo fiero. Pensó en lo feliz que estaría su mujer si él saliera por la tele dando consejas, y cómo sus vecinos se darían cuenta de que no es un jubilado simplón sino un gran sabio de sabiduría natural.
- Señor, está bien pensado lo que vuestra merced dice, tamañas injusticias es necesario repararlas. ¿Cuándo quiere vuesa merced que salgamos?
- Sancho amigo –dijo emocionado Don Quijote- sabía yo que tú no podías estar adormecido con esos opios de hoy en día y las cuatro chucherías que os propone el imserso. Remira mis ojos y observa cuánto de alegría hay en ellos porque tú, mi fiel escudero, decides que has de hacer lo que tienes que hacer y lo que conviene a todos.

Y fue así como se encaminaron hacia la estación del ave de Ciudad Real, con el fin de coger el tren y llegar a la capital de las Españas. Llegados a Atocha subieron por el paseo del Prado y se acercaron a la consejería de Educación por ver de visitar a doña Lucía Figar. Cuando la consejera oyó que querían verla tan ilustres personajes, mandolos pasar y en seguida entabló conversa con ellos. Mas don Quijote entrole furioso y le dijo a la dama:
- ¡Ay Lucía Figar, Lucía Figar! Dime: ¿por qué en los colegios concertados de la educación básica hay tantos niños y niñas acomodados y por qué en las escuelas públicas hay tantos desfavorecidos y tantos inmigrantes, si unos y otros centros reciben de las mismas arcas del estado los euros para poder mantenerse?
La consejera, avergonzada pero remedándolo, le contestó que quizá había sido mal informado por malmetedores, que cada uno elige escuela tal y como desea, a lo que don Quijote replicó con feroz tono: “¿Acaso, Figar, el Estado todavía sigue siendo confesional como en mi primera salida?”, a lo que la consejera repuso que no, que todos los vecinos eran libres de creer o no creer en la madre iglesia. Fue entonces cuando nuestro caballero así le respondió:
- ¡Ah, grandísima picarona! ¡Qué bien engañas a los madrileños y qué mal gobiernas su educación, tú, que niegas a los colegios e institutos públicos los maestros de apoyo y compensación que necesitan los muchachos para salir adelante. Rácana e ineficiente dama, que no inspeccionas los centros concertados por vigilar que sean escolarizados paritariamente todos los solicitantes de escuela, pues públicos son todos los dineros que reciben unos y otros centros! ¡Ni lucía, ni figar! ¡Cobarde y sabihonda mujer! ¡He de concertar con mi creador que te rebaje del cargo que tienes y te nombre maestra contratada para sustituciones, a ver qué tal te va!

Y de Educación se fueron a la consejería de Sanidad, para ver a la señora consejera y decirle que debido al mal trato que daba a la sanidad pública iban a proponer al señor Cervantes que la nombrase enfermera en prácticas en el hospital Doce de Octubre, para atender las urgencias con un contrato temporal tan usual en estos tiempos.

Y a los magos de las finanzas, iban a proponer a su creador que los encantase de albañiles sin nómina; y a la viceconsejera de Educación, becaria sin sueldo en el CSIC; y al señor alcalde, conductor en prácticas de la EMT a tiempo parcial. Y a la señora presidenta de Madrid, vigilante nocturna en el polígono industrial de Pinto.
- Mi señor Don Quijote –dijo Sancho- podríamos pedirle a nuestro creador que al señor alcalde lo encantase no como conductor en prácticas de un autobús interurbano sino como barrendero del selur con contrato de tres meses.
- ¿Qué le dirás, Sancho, tú que eres un hombre tranquilo e irónico, qué le dirás al señor alcalde, cuando hablemos con él?
- Mi señor don Quijote, con conocida frase, yo le diré: “Quieto, ahí señor gallardo, quieto, no se le ocurra tocar el paseo del Prado, que vuesa merced es capaz de levantar en esa hermosa barriada un parque temático; deje vuesa merced el paseo en paz y aséelo con unas papeleras y otras cuatro cosejas más. ¡Quieto ahí, señor faraón!

Don Quijote y Sancho recorrieron Madrid y dejaron dichas y bien dichas tres cosas a algunos banqueros nacionales e internacionales, exigiéndoles que cesase de una vez tanta basura como se iba viendo en los escándalos financieros o serían encantados como recogedores de fruta en Murcia y sin contrato.

            Y luego fueron a ver al presidente del Gobierno, quien, huérfano ya de deseos electorales, aparecía ante todos como mustio y ahostiado, y pese a que destacaron lo que hizo en su primera legislatura en lo tocante a derechos civiles y le alabaron que diera la cara por la crisis, aunque tarde, le afearon que no hubiera metido en vereda a las grandes empresas, a de los bancos y a las sicav, y le echaron en cara que él y su gobierno dejasen que mangonearan sin pudor los tiburones financieros y los capos de la economía sumergida.


           
Después se fueron a ver al cardenal Rouco para preguntarle que cuándo los señores purpurados van a dejar de presionar para que los españoles puedan libremente estar con la madre iglesia o no, que cuándo las visitas del santo padre serán cosa privada y que por tanto no usarán las escuelas públicas como albergues de su muchachada, pero como el cardenal le contestó a la gallega, le pidió a don Miguel que lo encantase como coadjutor temporal a una aldea de Lugo.

           Las siete de la tarde serían cuando por Cibeles aparecieron don Quijote y Sancho, y se les vio unirse a una manifestación que pedía paz duradera para Palestina. Todo el mundo los reconoció en seguida, tan famosa era su figura que pronto los miraban aunque nadie se atrevía a trabar conversación. Nadie salvo una niña, que en español y en árabe, les recitó el comienzo del famoso libro. Don Quijote la abrazó emocionado mientras decía al oído de su padre que La Mancha, el lugar de donde ellos venían, no se refería a manchurrón sino que era lo que en la morería dicen por  llanura.

Al pasar por el círculo de bellas artes se enteraron de que cada 23 de abril leían el famoso libro en el que se contaban sus propias aventuras. Autoridades y catedráticos, pintoras y músicos,  cineastas y actores se pavoneaban leyendo capítulos, difundidos por todos los medios y hacia todos los lados con lo que ahora llaman la red de redes.
-Habrás visto, Sancho, lo famosos que somos y lo mucho que nos quieren estas gentes. Mas mucho me temo yo que esta querencia sea solamente porque ya estamos muertos. Necesario será que nos presentemos al director de esta casa y le pidamos acaso para leer algún capitulillo de nuestras aventuras.
-Bien dice vuesa merced, pero a mí me gustaría más que leer, hablar en público de las cosas que hemos hecho en este día, y así dar cuenta a aldeanos y ciudadanos de nuestra nueva salida en aventura por deshacer entuertos de este nuevo siglo.

Y  se dirigieron hacia Atocha con el fin de coger el ave y volver a su pueblo para descansar. Al bajar por la carrera de San Jerónimo don Quijote dijo a su escudero, mirando a la izquierda:
- Sancho, quiero que te fijes en ese palacete, el congreso de los diputados, pues otro día vendremos más despacio a hablar con estos señores. Ahora que va a haber elecciones me gustaría venir a explicar este otoño a los señores diputados y diputadas que bien harían los dos partidos de la R formar un gobierno de gran coalición que afrontase la grave crisis con un pacto por el empleo y por la defensa del país contra los mequetrefes de la finanza especuladora; un pacto al que podrían unirse los nacionalistas vascos y catalanes y alguno más, si esa que llaman izquierda fuera unida.
-Cuente vuesa merced conmigo, que ya me estoy regustando con ello.

Y en el ave se fueron a su casa, que el día había sido duro y apenas habían probado bocado.
   


31 de julio de 2011
                          Antonio Aravalle
      
  
                








     




     


lunes, 18 de julio de 2011

Hace 75 años comenzó la guerra civil


"Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse. Pero algún día estas fotografías habrán de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos."

Así termina el relato   Ruinas, el trayecto: Guerda Taro, de Juan Eduardo Zúñiga, que forma parte de su libro Capital de la gloria.
Hoy, 18 de julio de 2011, hace 75 años del comienzo de la guerra civil. No se me ocurre mejor forma de recordar esta infausta fecha que traer aquí un enlace para poder leer diversos cuentos de Zúñiga sobre el Madrid de la guerra civil.


 
Después de leer La tierra será será un paraíso, Largo noviembre de Madrid y Capital de la gloria uno ya no es el mismo, la visión de la guerra es ya otra, el dolor y la tristeza por la tragedia son inigualables, el gozo de la lectura, infinitamente más acentuado y las ganas de releer una y otra vez, algo que sus lectores hacemos muy frecuentemente. No es sólo el vocabulario, la sintaxis o el estilo; no sólo la finura, el amor a las víctimas o el conocimiento del ser humano. Es sobre todo estar leyendo a un gran escritor, a un madrileño discreto, a un magnífico cuentista, a un poeta que ama a su ciudad y a los que en ella viven.




Gracias, maestro, por sus hermosos libros. Gracias por el relato Gerda Taro, por el Rosa de Madrid, por el Patrulla del amanecer. Gracias por su discreción. Gracias por escribir.

sábado, 28 de mayo de 2011

La ciudad de Trieste y Claudio Magris






El sábado, 21 de mayo, estuvimos en Barcelona y aprovechamos para ver una exposición  en el CCCB, dedicada a la ciudad de Trieste y al escritor Claudio Magris.
Tiene algo especial esta exposición, algo que te deja una huella imborrable: los cinco sentidos te acercan a una ciudad y a un escritor, a un espacio que es un crisol, un cruce de caminos y culturas, y a un tiempo que recoge la esencia del siglo XX.
El viento que caracteriza la ciudad, las lenguas que en ella se hablan, la diversidad étnica, los contrastes entre la vanguardia (en literatura, en arte, en psiquiatría) y el retroceso (la proclamación de las leyes raciales del fascismo), las librerías, los cafés…

Todo de la mano de Claudio Magris, ese escritor que con su libro El Danubio me dio a conocer una Europa anterior a la guerra fría, esa Europa alrededor del Danubio que es una crónica de la diversidad, una diversidad que une a veces y otra separa, pero que no se deja engullir por las culturas dominantes del continente.
Claudio Magris, sus libros, su café, sus clases, su dolor por la muerte de su esposa, su esencia de hombre sabio que conoce Europa y que sabe dónde reside su fuerza, sus peligros y sus  grandezas.

martes, 17 de mayo de 2011

Bob Marley: Treinta años de su muerte



Hace treinta años murió Bob Marley, el rey del reggae. Traigo aquí quizá su canción más famosa, cantada en directo en Boston en 1979.


http://es.wikipedia.org/wiki/Bob_Marley



No woman no cry



No woman no crySay, say
Say I remember when we used to sit
In a government yard in Trenchtown
Observing the hypocrites
As they would mingle with the good people we meet
Good friends we have
Oh, good friends we lost
Along the way
In this great future
You can't forget your past
So dry your tears, I seh


No woman no cry
No woman no cry
Little darling, don't shed no tears
No woman no cry


Say, Say
Said I remember when we use to sit
In the government yard in Trenchtown
And then Georgie would make the fire lights
I seh, log would burnin' through the nights
Then we would cook cornmeal porridge
Of which I'll share with you
My feet is my only carriage
And so I've got to push on through
Oh, while I'm gone


Everything 's gonna be alright
Everything 's gonna be alright


No woman no cry
No woman no cry


I say little darlin'
Don't shed no tears
No woman no cry






No llores mujer

Recuerdo cuando solíamos sentarnos

En la plaza de gobierno de Trenchtown.

Observando a los hipócritas

Mezclarse con la gente bien que conocemos,

Qué buenos amigos hemos tenido,

Oh, muy buenos amigos hemos perdido en el camino.

En este futuro prometedor no puedes olvidar tu pasado,

Así que seca tus lágrimas.



No llores mujer

No llores mujer

Pequeña, no dejes caer mas lágrimas.

No llores mujer.



Y dije: recuerdo cuando solíamos sentarnos

En la plaza de gobierno de Trenchtown.

Georgia enciende la fogata,

Los maderos ardían toda la noche

Cocinamos sopa de maíz

Que comimos juntos.

Sólo con los pies me desplazo,

Así debo seguir,

Pero, mientras parto...



Todo estará muy bien.

Todo estará muy bien.

Así que, no llores mujer

No llores mujer

Pequeña, no dejes caer más lágrimas.

No llores mujer.




http://es.wikipedia.org/wiki/No_Woman,_No_Cry







lunes, 9 de mayo de 2011

Incendies, una tragedia actual




Ayer vi una película excepcional, de esas que no se olvidan nunca. Se titula Incendies, dirigida por el canadiense Denis Villeneuve y con un guión basado en la obra teatral del mismo nombre del libanés-canadiense Wajdi Moijawad.
Desde la primera escena te atrapa esta película, y cuando llega el final, dos horas después, querrías que aún continuara. Es una tragedia griega reescrita para el cine con una precisión sobria y contemporánea, que al final te lleva al horror, al tabú, a lo inefable.
Las marcas imborrables del pie de un niño nacido de un amor imposible,  señalado como Edipo desde su nacimiento, marcarán también la historia paralela de la madre y de sus hijos gemelos en busca de su origen. Y la película nos marcará también a nosotros, los espectadores, porque recorriendo el camino de los personajes entenderemos mejor, ubicada en el mundo actual, una tragedia clásica, esa que muestra la cara de la madre cuando se encuentra a la vez  y en el mismo momento con el amor y con el horror de su propia vida.
La mirada y la expresión de la madre en esa escena, la mirada del niño del pie marcado cuando lo rapan en el orfanato, la falta de palabras en la escena en la que los gemelos entienden que uno más uno es igual a uno valen para toda la vida. Y alrededor, el amor, la violencia. Un amor cuyo fruto es un hijo violento y criminal. Unos hijos amados, nacidos de un acto violento. Y en medio, la guerra, la asquerosa guerra. No esas guerras de escritores clásicos, lejanas en el tiempo y cuyo dolor apenas se percibe,  sino las guerras de ahora mismo, cuya violencia genera un dolor insoportable y abyecto. Y  al final de la película, la calma, ese sosiego que se siente después del desenlace, al ver cómo actúa ese ser marcado para siempre por su destino.
Traigo aquí tres artículos encontrados en la red, por si los queréis leer.



Memoria del espanto

Escrito por Carlos Boyero
 Sabía que me había cruzado varias veces en los festivales con esta película, pero debido a la obligación tantas veces inútil de dar noticia rigurosa o frívola de lo que exhibe la sección oficial, se te escapan algunas cosas notablemente más interesantes que el cine a concurso y que han sido relegadas a secciones paralelas por criterios selectivos difíciles de entender, entre el surrealismo y la estupidez. Es canadiense, cinematografía que exporta numerosos directores, intérpretes y técnicos a Hollywood, pero que mantiene un cine de autor tan insólito como atormentado. Allí nació la genial Léolo, la poesía más desgarrada hecha cine, vomitada por Jean-Claude Lauzon, alguien que como los febriles y sufrientes personajes de su película, disponía de todas las papeletas para no llegar a viejo. Canadá es el permanente universo del retorcido y siempre atractivo Atom Egoyan. Y tampoco abandona esa identificable geografía el ingenioso, intenso y demasiado retórico Denys Arcand, alguien que se ganaría muy bien la existencia en el cine francés.
Denis Villeneuve adapta en Incendies una obra de teatro, pero el lenguaje que utiliza no permite imaginar los orígenes. Desprende sabor a cine. Posee tono enigmático y un argumento terrorífico. Lo segundo transmite aún más miedo, cuando te enteras de que no ha nacido de la imaginación, sino que está basado en miles de hechos reales. Su metraje es largo, pero no pesa. Te hace compartir la angustia de sus protagonistas, buscar con ellos respuestas que presientes dolorosas a interrogantes misteriosos.
Después de la muerte de una mujer árabe exiliada en Canadá (cualquier espectador medianamente informado de las atroces noticias del mundo, sabe que están hablando de Líbano en los años ochenta, pero innecesariamente, con el ánimo de universalizar la historia, jamás aparece el nombre de ese país ni se sitúan en las fechas de los hechos más salvajes que ocurrieron allí), un notario le entrega a sus hijos mellizos dos cartas que ha escrito la difunta y que solo podrán abrir después de que estos hayan encontrado a sus desconocidos padre y hermano.
El viaje de estos a unas raíces presumiblemente siniestras, el progresivo descubrimiento de una madeja cuyo final solo puede conducir al horror, la constatación de esas heridas prematuras que van a marcar el resto de la vida condenando a los que las han sufrido a la supervivencia más desolada, el imperio del fanatismo religioso o social y la inimaginable crueldad de la que es capaz contra todos aquellos marcados con el estigma del enemigo y que incluye a los niños, la legitimada utilización de la abyecta tortura para destruir física y mentalmente a la indefensa presa, está descrito con realismo alucinado, con imágenes poderosas y silencios y elipsis que se expresan con más intensidad que las palabras. Es en el mejor sentido una película agobiante, dotada de atmósfera, que te contagia su temblor ante un desenlace tan brutal como cargado de lógica. La lógica en la que se pueden escudar las consecuencias de la puta guerra.



Edipo padre
Escrito por  Eloy Domínguez Serén
Prólogo: un poderoso y escalofriante travelling cruza la ruinosa estancia de un orfanato árabe en el que un grupo de niños están siendo trasquilados mientras escuchamos la afligida voz de Thom Yorke (líder de Radiohead) cantando You and whose army. Uno de estos niños mira a cámara. En la siguiente secuencia nos trasladamos a una sombría oficina de Quebec, donde un notario comunica a una pareja de mellizos el testamento y últimas voluntades de su difunta madre. El fedatario comienza a leer. Tras manifestar el deseo de la fallecida de ser enterrada sin ataúd ni lápida, desnuda y boca abajo como señal de expiación, entrega a cada uno de los hijos una carta sellada. A ella, Jeanne (Mélissa Désormeaux-Poulin), le da una misiva dirigida a su padre. A él, Simon (Maxim Gaudette), una epístola para su hermano.
El encargo de Nawal Marwan, la madre, es contundente: su alma sólo podrá descansar en paz si ambos entregan sendas cartas a sus respectivos destinatarios. Sin embargo, ninguno de ellos conoce la identidad de los receptores. De hecho, hasta ese momento, ambos creían que su padre había muerto en algún pueblo de Oriente Medio e ignoraban que su madre hubiese tenido más hijos. Mientras Simon rechaza esta petición considerándola el siniestro delirio de una mujer moribunda, Jeanne decide aceptar la encomienda y emprende la búsqueda de su anónimo padre.

Este es el sobrecogedor comienzo de Incendies, adaptación cinematográfica de la obra homónima del dramaturgo canadiense-libanés Wajdi Mouawad, uno de los autores más influyentes de la escena teatral francófona actual. El encargado de transcribir a imágenes esta variación contemporánea y multiétnica de Edipo rey es el canadiense Denis Villeneuve, un cineasta cuya trayectoria, desde Un 32 août sur terre (1998) hasta Polytechnique (2009), pasando por Maelström (2000) e incluso el cortometraje Next Floor (2008), ha sido respaldada por la crítica europea, cosechando numerosos premios en festivales como Cannes o la Berlinale.
La búsqueda de Jeanne de su padre la lleva a destapar el terrible pasado de su madre, desde que se quedara embarazada a los quince años en una aldea de un país de Oriente Medio que, si bien no llega a especificarse en ningún momento, podemos identificar como Líbano durante la guerra civil que asoló este país entre 1975 y 1990. A partir de este momento el film se estructura a través del paralelismo entre la historia de ambas mujeres, madre e hija. Mientras la primera busca desesperadamente al hijo que le arrebataron de las manos al nacer, la segunda hace lo propio con el padre que siempre dio por muerto. La joven Nawal (soberbia Lubna Azabal) y su hija recorren los mismos lugares en tiempos y contextos muy diferentes. Una trata de desenterrar los secretos que la otra había intentado sepultar para siempre.

Cuanto más indagamos en el pasado de Nawal a través de la investigación de Jeanne más nos sumergimos en una devastadora tragedia cercada por la violencia, la ira, la venganza, el miedo, la desesperación y la infamia. En otras palabras: por la guerra. Los contendientes son tantos y tan parejos en la llamada a la violencia que resulta casi imposible saber quién mata a quién y por qué motivos. Torturas, violaciones y asesinatos asolan cada secuencia, escena, plano, fotograma. Es el horror del que hablaba el Coronel Kurtz de Apocalyspe Now. Cuantos más secretos nos son revelados más tentados nos sentimos de cerrar nuestros ojos, tapar nuestros oídos, darnos la vuelta y volver a sepultar esos atroces recuerdos. Rayando el límite de nuestra tolerancia, las secuencias del tiroteo y posterior calcinación del autobús y los niños huyendo de un francotirador son devastadores retratos de la más absoluta miseria humana.
Cada nueva pista, cada rastro, cada testimonio nos acerca y aleja más y más del padre ausente, haciéndonos naufragar en un enigma que se nos escapa entre los dedos a cada brazada que damos. Seguimos a Jeanne en su obstinado intento por descubrir tanto quién es su padre como, sobre todo, quién demonios fue su madre. Compartimos su conmoción al descubrir que Nawal había estado en prisión por asesinato y allí (donde la conocían como “la mujer que canta”) había sido víctima de sistemáticas vejaciones y violaciones. También padecemos la frustración de la hija por no poder capturar el espectro de su progenitor.
Será entonces, cuando el espectador cree que ya no puede soportar más, que su transigencia ha sido sobrepasada y su paciencia agotada, que ha llegado a un callejón sin salida, al laberinto del Minotauro, cuando la tercera historia vuelva a entrar en escena como una apisonadora: Simon, el hijo, y la búsqueda de su hermano. Si hasta ese momento habíamos podido creer que Villeneuve había ido perdiendo poco a poco el pulso de la narración, es entonces cuando somos conscientes del férreo control que el autor había ejercido sobre esta milimétrica y rotunda historia. En un desenlace tan demoledor como redondo comprenderemos que Jeanne jamás podría encontrar a su padre si Simon no buscase a su hermano y viceversa.