domingo, 22 de septiembre de 2013

Septiembre




Después de un mes de julio de bastante trabajo en el Instituto, preparando el curso 2013-2014, y de un mes de agosto de vacaciones en Lisboa y en el pueblo, leyendo varios libros -entre ellos Correr, de Jean EchenozEl tiempo de los héroes, de Javier Reverte Lo que mueve el mundo, de Kirmen Uribe-  descansando y haciendo el vago, aquí estamos de nuevo.

Durante estas tres semanas de septiembre hemos tenido exámenes, evaluaciones, matrículas, reparto de carga lectiva, listados nuevos... con el fin de comenzar el curso según el calendario establecido.
Se empeñan nuestros gobernantes en empezar el curso cuanto antes aunque sea a costa de hacerlo con precipitación. En ello llevarán la penitencia: por su ineficacia, por su ineficiencia, por su prepotencia y por su cinismo, pues lo que pretenden es minar la educación pública. Esa es la batalla; pero están lejos de haberla ganado. 
Nos veremos en octubre, en la huelga general de toda la enseñanza pública  en toda España.

No tengo tiempo de escribir sobre la cascada continua de despropósitos que se van dando a todos los niveles; pero sí de traer aquí algunos artículos. 
Recurro a mis favoritos, claro está.

De Antonio Muñoz Molina 

1. Marca España

Hombre, por fin un asunto en el que los del PP y los del PSOE dejan a un lado diferencias  para unirse en la reivindicación de lo que es común a todos, lo que está por encima de la greña partidista, lo que merece preservarse en tiempos difíciles, lo singular, lo que es nuestro, lo que no existe en ninguna otra parte: ambos partidos defienden en Tordesillas, con el mismo fervor, por razones culturales e identitarias que se remontan, cómo no, a varios siglos atrás, la tortura de un pobre animal y el jolgorio bárbaro de una ciudadanía embrutecida. Había que ver en la televisión al sujeto que había alanceado al toro hasta matarlo y al alcalde -socialista- del pueblo. Luego nos quejamos de nuestra mala imagen en el mundo.





2. Una aspiración

Una cosa seria a la que aspiro en la vida es a tener algún día un huerto como el de mi tío Juan. En Úbeda, en lo que queda de patrimonio popular después de la devastación a la que llevan sometiéndola no sé cuántas décadas ayuntamientos vandálicos, arquitectos romos, concejales sinvergüenzas, especuladores rapaces e ignorantes, se encuentran a veces casas de fachada modesta que tienen al fondo, más allá del portal, una claridad que viene del huerto, un huerto secreto desde el que no se ve nada desde la calle, un paraíso cerrado como el de Soto de Rojas en Granada, con ese sentido doble de recreo y recato que probablemente viene de la cultura musulmana de al-Andalus. Al fondo de la penumbra fresca del portal, en casa de mi tío, se vislumbra la claridad del huerto, que es pequeño y es un mundo, con una gran higuera, con un apartado para las gallinas, con un aljibe cubierto por una parra, con filas prietas de tomates, pimientos, berenjenas, judías verdes, pepinos, calabazas, con macetas de plantas aromáticas, con bastidores de cañas en los que se secan ristras de ajos.


Para espantar a los pájaros mi tío cuelga entre los racimos de uvas trozos de cintas viejas de cassete que brillan al sol y se mueven con la brisa. También cuelga cosas un poco más extravagantes: una alcachofa de bombona de butano, un pájaro muerto, un grifo inservible. Un barreño viejo lleno de tierra fértil le sirve como vivero. En botes usados de nescafé almacena hojas secas de orégano para las ensaladillas. Cada racimo de uvas lo protege con un capuchón de papel o una bolsa de plástico recortada a medida. En estos tiempos de crisis mi tío se acuerda de que cuando él y mi padre eran niños lo que salvó del hambre a muchas familias trabajadoras era tener un huerto, por pequeño que fuera. Él vive en el suyo con una autosuficiencia de Robinson Crusoe. Mi tía Catalina y él recogen todo tipo de botes de cristal y de plástico para guardar todas las conservas que luego reparten a sus hijos. Como fertilizante poderoso usan el estiércol de las gallinas. Cuando me voy a marchar mi tío Juan pone a una bolsa de plástico un fondo cuidadoso hecho de hojas de higuera y sobre él apila el don magnífico de los higos recién madurados, rezumantes de azúcares. También me da unos tomates tremendos de la casta que a mi padre le gutaba tanto cultivar, los carne de doncella. Uno solo de esos tomates, con aceite de oliva, con sal gorda, con unas briznas de orégano, es un festín supremo para los sentidos. Yo quiero hacerme viejo cultivando un huerto como el de mi tío Juan.




3. De lo que no se habla

Da escalofrío entrar en los comentarios de los lectores a cualquier noticia o columna que tenga que ver con El Asunto. Y asombra que los periódicos, por ahorrar un dinerillo en filtros eficaces, permitan que bajo el amparo de sus páginas se difunda tanto odio, tanta ignorancia, tanta inmundicia. La ética y la estética de la pintada de retrete usurpando el debate, infectando el espacio público con un hedor de meadas y vómitos en mañana de sábado. Odiándose tanto, esos españolistas y antiespañolistas son exactamente iguales en su grosería, y se necesitan los unos a los otros como alimento mutuo de su mala leche.
Y mientras se gasta tanta furia y tanta saña en peleas identitarias que parecen exigir la eliminación del contrario no se discuten los problemas reales, lo cual es una gran ventaja para los explotadores y los corruptos. El otro día, en la primera página de la edición para Cataluña de El País, la noticia de que el Clínico de Barcelona reducía no sé cuántas camas y las desviaba a hospitales privados ocupaba la esquina menos visible: un pequeño recuadro abajo, a la izquierda. Todo lo demás estaba lleno de banderas.
La izquierda política le ha hecho en todos estos años un inmenso favor a la derecha y los dueños del mundo, olvidando la realidad de las clases sociales y la vindicación estricta de los derechos civiles para consagrarse a celebrar incondicionalmente  identidades colectivas exageradas o del todo ficticias. Mientras tanto, se agrandaba una desigualdad entre los seres humanos reales que no había existido desde antes de la Gran Depresión.




4. Noche indonesia

En un depravado universo paralelo veteranos de las SS o de los escuadrones de la muerte argentinos llegan a la vejez rodeados de la admiración respetuosa de sus vecinos y participan en alegres programas en vivo de la televisión en los que el público les aplaude desde el graderío del estudio. Están tan orgullosos de sus hazañas pasadas que no sólo las cuentan a cara descubierta en un documental, mostrando a la cámara con detalle cómo llevaban a cabo sus torturas y ejecuciones. También aceptan con agrado la invitación a convertirse en intérpretes de dramatizaciones para el cine, en las que unas veces repetirán sus papeles de verdugos y otras, como por juego, se pondrán en el lugar de las víctimas, dejándose desfigurar con crudos maquillajes de efectos especiales, truculencias de películas ínfimas de terror.
El ambiente de las entrevistas y de los ensayos en el plató irá de lo nostálgico a lo festivo. Algún joven torturador y asesino de entonces, ahora viejecillo enjuto de una elegancia anticuada, pasará fluidamente de simular un estrangulamiento a dar unos pasos de baile. Sus zapatos muy lustrados improvisarán sin música quiebros de chachachá sobre un suelo de cemento que hace casi cincuenta años fue un lodazal de sangre. Los veteranos de aquellas organizaciones paramilitares que entonces se ocuparon con tanto éxito de las operaciones de limpieza contra el enemigo interno se unen a los jóvenes reclutas uniformados en actos multitudinarios en los que participan desde la tribuna ministros del Gobierno actual. Botas negras, boinas ladeadas, uniformes de combate con manchas de camuflaje como a llamaradas naranjas y negras. Hace mucho calor siempre y todo el mundo suda y fuma Marlboro. Los veteranos declaran sin disimulo alguno su doble condición de patriotas y de gánsteres. El gobernador de la provincia en la que viven los agasaja en su residencia oficial y declara que los gánsteres son elementos muy valiosos en la sociedad.
Una de las hipótesis más intrigantes y menos plausibles de la Física es la existencia de un número ilimitado de universos simultáneos. El que acabo de esbozar, no sin repulsión, está situado en Indonesia y lo ha explorado cámara en mano, durante nueve años, el cineasta Joshua Oppenheimer. El resultado es una película, The act of killing, que apenas puede describirse, y que en algunos momentos casi no puede mirarse, y no porque se complazca en la habitual pornografía de la crueldad, la sangre y las vísceras. Tampoco permite la coartada virtuosa de ponerse sin esfuerzo del lado de las víctimas y en contra de los verdugos, previamente alejándolos a todos en el blanco y negro de los documentales sobre atrocidades de hace mucho tiempo, en una narración consoladora y hasta ejemplar en el que después del crimen viene alguna forma de castigo, de redención o expiación. Después de Auschwitz vienen los juicios de Núremberg, el proceso de Eichmann; después de la guerra sucia en Argentina, la frágil figura heroica del fiscal Julio César Strassera; incluso en el genocidio de Ruanda o en el Camboya ha habido formas incompletas o rudimentarias de restitución, al menos una conciencia universal aproximada de lo que sucedió.
En Indonesia, en algo menos de un año, entre 1965 y 1966, alrededor de un millón de personas fueron asesinadas a consecuencias de un golpe de Estado militar. Como los militares declaraban levantarse para salvar al país del comunismo contaron con el apoyo inmediato y generoso de los principales Gobiernos occidentales. La Embajada de los Estados Unidos en Yakarta suministró a los sublevados listas de millares de sospechosos de pertenecer al Partido Comunista. Pero no eran sólo militares los que mataban, y las víctimas no sólo eran comunistas. Incitados por sus mulás, musulmanes devotos mataban para erradicar la amenaza siempre funesta del ateísmo. En la isla de Bali, de mayoría hindú, los altos sacerdotes hinduistas reclamaban sacrificios humanos para satisfacer a los espíritus ofendidos por años de sacrilegio y desorden social. En algunas zonas del país los cristianos se unían a los musulmanes y a los hindúes en la persecución de posibles comunistas. En otras los cristianos eran asesinados como infieles por musulmanes y por hindúes. Activistas sindicales, profesores, librepensadores, artistas, gente rara, campesinos descontentos, cualquiera podía ser condenado sin remisión y ejecutado sobre la marcha, sus casas incendiadas, sus familias perseguidas hasta el exterminio. En Bali murieron asesinadas unas ochenta mil personas, el cinco por ciento de la población. Las ejecuciones en masa se celebraban a veces acompañadas por orquestas de la bellísima música gamelán —sus percusiones etéreas se harían más rotundas para animar a los asesinos y ahogar los gritos—.
Los miembros de la minoría china —forasteros, comerciantes, identificables— eran el chivo expiatorio perfecto. Uno de los verdugos lo recuerda en la película de Oppenheimer con cierta nostalgia: iba por la calle y mataba a todos los chinos a los que veía; su novia de entonces era china: aprovechó la ocasión para matar a su suegro. Pero ni él ni sus amigos eran militares, ni particularmente devotos del islam. Eran chorizos de medio pelo, aficionados a las películas americanas, las de gánsteres y las de vaqueros, los musicales de Elvis Presley. En lugares remotos del mundo el cine violento americano induce sueños de heroísmo y vocaciones sanguinarias. En Yugoslavia, en Chechenia, en los años noventa, matones provistos de apresurados uniformes y causas patrióticas ejecutaban a inocentes poniéndose la cinta roja en el pelo y las gafas de Rambo. En una provincia indonesia, hacia la mitad de los sesenta, delincuentes de barrio que en circunstancias normales no habrían llegado a más que a dar miedo a algunos tenderos se convierten de la noche a la mañana en señores de la muerte, y aprovechan para poner en práctica lo que han visto en viejas películas mal proyectadas y mal dobladas en cines al aire libre, igual que los rambos de otra generación futura verían las suyas en copias piratas de VHS. Al principio mataban a palos, explica uno de ellos, pero era muy fatigoso y se llenaba todo de sangre. Pero entonces se acordaron de cómo mataban los mafiosos en las películas americanas, y empezaron a estrangular a sus víctimas con un hilo de alambre o de plástico. Se cansaban de matar y cruzaban la calle para ver en el cine una película de John Wayne, de Marlon Brando o de Elvis. Salían del cine y cuando volvían a matar se imaginaban que seguían viviendo en el interior de la película, persiguiendo indios por una pradera en cinemascope, encerrados con un chivato al que tendrían que hacerle cantar a golpes mientras lo deslumbraba la luz de un flexo, como en una de gánsteres. Ahora el lugar de las ejecuciones es una tienda de deportes, abierta de noche e inundada de neón. Frente a ella el antiguo cine que trae tantos recuerdos lleva cerrado mucho tiempo: una verja extensible, sujeta con candados, clausura la puerta, tapada por capas de viejos carteles deteriorados y rasgados. Cinema Paradiso.
La pesadilla es tan poderosa que dura más que la película. Salgo del cine, en Madrid, a un callejón trasero, y me parece que he desembocado en esa noche indonesia, en un universo paralelo, de pronto no inverosímil, en el que habrá genocidas que se conviertan en estrellas de reality show.









5. Llanto de septiembre

Cada primer lunes de septiembre, un clamor de tragedia: en la casa contigua hay una guardería. Dentro de una o dos semanas la situación se habrá apaciguado, y si trabajo con la ventana del estudio abierta oiré de fondo cantos a coro y voces de maestras, discos de canciones infantiles, risas y carreras a la hora del recreo. Pero hoy, desde primera hora, no han parado los llantos, llantos unánimes como balidos y berrinches individuales, llantos de casi bebés con pulmones de poderío tremendo y llantos de niños que por primera vez se separan de los padres, llantos que parecen cesar y que arrecian de pronto, mientras se oyen las voces de las maestras que gritan nombres recién aprendidos, siempre muy semejantes, Álvaro, Alba, Alex, rebasadas por los acontecimientos, como queriendo organizar un naufragio. Y a uno, que también llevó a niños asustados de la mano en la primera mañana de guardería, le da congoja pensar en todos los años escolares que esas criaturas del otro lado del jardín tienen por delante, todos los madrugones con sueño, todos los primeros de curso, a veces con una ilusión cándida de nuevo comienzo, después de esos veranos tan largos de la niñez que equivalen a cambios de época . Y qué furia primitiva de supervivencia en esos llantos, qué abismos de pena.


6. Voces en un jardín
Mientras intentaba sanear algo un jazmín que se ha desmelenado estos meses oía en la casa contigua la melopea de llantos, alaridos y berrinches de los últimos días, ya algo apaciguada, aunque las pobres maestras estén afónicas llamando al orden, impartiendo consuelos, cantando canciones mientras intentan que la confusión de los niños plañideros se ordene en un corro. Hay uno que debe de ser un pinta, porque su nombre es el que más oigo: “¡Pepe!” Pepe por aquí y Pepe por allá. Pepe que no se calla o que no obedece o que le tira del pelo a alguien. Un niño que en estos tiempos de alejandros y sergios y arones se llama Pepe, sin más,  ya tiene mucho ganado, como una promesa de porvenir inconfundible.
Cuidando plantas y escuchando voces y cantares de niños se van las horas en un ensimismamiento que lo apacigua y lo fortalece a uno. Cómo me gusta el sinsentido burlón de las canciones infantiles antiguas, esa poesía de la máxima sencillez irónica que sedujo lo mismo a García Lorca que a Emily Dickinson.

El patio de mi casa
es particular.
Cuando llueve se moja
como los demás.Chocolate
molinillo
corre corre
que te pillo.
A estirar, a estirar
que el demonio va a pasar.

Las voces infantiles suenan exactamente igual que hace cincuenta o veinte o diez años, detrás de un muro de jardín, verde de hiedra, de glicinia y bambú, en un tiempo estático que es el de la niñez.

                                               
7. Todo por la patria

La casta política que gobierna en Madrid privatiza la sanidad, desguaza la escuela pública, despilfarra en tonterías el dinero de todos, recorta o elimina prestaciones sociales, ampara la corrupción, fomenta la incompetencia y el clientelismo, ahoga la investigación científica, favorece servilmente a los poderosos y esquilma a los débiles.
La casta política que gobierna en Barcelona privatiza la sanidad, desguaza la escuela pública, despilfarra en tonterías el dinero de todos, recorta o elimina prestaciones sociales, ampara la corrupción, fomenta la incompetencia y el clientelismo, ahoga la investigación científica, favorece servilmente a los poderosos y esquilma a los débiles -y abandera triunfalmente la liberación nacional de Cataluña.
Ante semejante muestra de talento político sólo cabe el brindis de admiración del borracho de Luces de Bohemia:
-¡Me quito el cráneo!



8. Esponsorizados
Sugiere Malaquías en que estos tiempos de crisis los padres en apuros pongan a sus hijos nombres de marcas comerciales, pero no se trata de una fantasía. Juan Sardá ya escribió una novela de ciencia-ficción en la que los países adoptan nombres de empresas que los patrocinan. Sin necesidad de ir al futuro, el metro de Madrid -”Metro de Madrid”, perdón: hay que evitar siempre que se pueda la vulgaridad del artículo- ha convertido el hermoso nombre de la estación de Sol en Vodafone-Sol, lo cual me parece uno más de ultrajes a los que esta ciudad viene siendo sometida por los vándalos que la desgobiernan desde hace tanto tiempo. Qué buena suerte ha tenido Madrid en la literatura, y qué mala en la historia, incluida la contemporánea. ¿Para cuándo Puerta de Alcalá- Kentucky Fried Chicken, o “Moviestar Parque del Retiro? Hasta en los nombres están dispuestos a entrar a saco en su propósito de malvenderlo todo a intereses corporativos. Cada vez que monto en el metro y veo en la nomenclatura pública del mapa la intrusión de ese logo de la lagrimita o la comilla  me llevan silenciosamente los demonios. Esta tarde, por ejemplo, cuando he tenido que bajarme en Vodafone-Sol para visitar a mis amigos de la librería Méndez en la calle Mayor. ¿Por qué no Mayor-McDonald’s? Me he comprado un libro de Seamus Heaney y en el camino de vuelta me he puesto a salvo leyendo poesía, que es un refugio contra la intemperie del mundo.







martes, 30 de julio de 2013

Tres maestros rurales


Hace más de diez años El País publicó un artículo cuyo título era Tres maestros, de Olegario González de Cardedal, de La Lastra del Cano, cerca de El Barco de Ávila. Me parece oportuno traerlo a este cuaderno.

"¿Desde dónde se puede y se debe escribir la historia de España? ¿Qué atalaya permite columbrar más lejos, discernir más claro y penetrar más hondo en sus procesos, instituciones, problemas? Unamuno repetía que la historia del mundo se puede escribir desde los centros económicos, políticos y culturales de poder, para que la aprendan en la escuela los niños de Matilla de los Caños, o por el contrario, se puede escribir desde Matilla de los Caños, para que los protagonistas que deciden esa historia se enteren de cómo la gozan y sufren los pasionistas de sus decisiones soberanas. Porque hoy ya cada persona es un voto, y cada voto puede decidir el destino de una aldea o del país más poderoso del mundo. Por eso hay que volver la mirada a cada vida humana, porque en cada terrón de tierra, que se disuelve en el mar, está implicado el entero continente, y en cada muerte morimos todos los hombres.Al acercarse el final del siglo, es necesario realizar una operación de consumación del tiempo para que no se nos agote como se agota el agua de un cántaro, pasan las horas del reloj o cesa el temporal de lluvia. El tiempo sólo es humano, a diferencia del tiempo cronológico, si el hombre lo toma en su propia mano, si vuelve la mirada a su trayecto, discierne sus contenidos, reconociendo y rechazando lo que fue injusto, falso e inhumano, a la vez que reafirma lo que con él la libertad forjó de verdadero, limpio y eterno. Consumado de esta forma el tiempo, es acrecentamiento de conciencia y génesis de libertad, porque, así purificada la memoria y reconstruida la dirección de la vida, puede el hombre recobrar el tino. Lo que digo del individuo vale también de las instituciones y de los grupos, de las minorías de sentido y de las naciones.
Yo no puedo acercarme al final del siglo XX sin poner ante mis ojos lo que han sido las raíces de mi destino personal y las del destino del país en el que he vivido. Necesito recordar los elementos, nutricios del amor o generadores del odio, en medio de las personas entre las que he existido y pensado. Soy hijo de la República, crecí durante la guerra civil y me formé en los decenios subsiguientes. Fueron tan fieros esos tajos en la convivencia nacional, que sólo tras largos decenios dejaron de rezumar sangre las heridas. Y es tanta su hondura y tan frágil la sutura, que al primer temor profundo de conciencia o aparición de fenómenos inesperados, vuelven a supurar. Por eso es necesario recordar con lucidez, asumir con responsabilidad y, en el perdón que olvida, pasar a un siglo nuevo, que no sea víctima de las pasiones y desgarros de su predecesor. Esto no es ingenuidad, sino magnanimidad; no es negación de lo ocurrido, sino salto en libertad sobre la perversidad del corazón, afirmación actual de humanidad sobre la inhumanidad que prevaleció entonces.
Cuando vuelvo la mirada a mi origen, compruebo que nací en un lugar donde se estaba decidiendo el futuro de España a sangre y fuego. Lo vivido en mi más tierna infancia no son placenteros recuerdos de un patio de Sevilla, sino el silencio de muerte en las alturas de Gredos. Lo que entonces fue mudez y miedo, con los años he logrado conocerlo día a día, nombre a nombre, palmo de cuneta a palmo de cementerio. En los meses de julio y agosto de 1936 quedó fijado el frente de la guerra. En Ávila, la línea divisoria estaba en el puerto del Pico. En esos meses se enfrentaron hombres e ideas, situaciones y esperanzas, que habían llegado al convencimiento de ser inconciliables, necesitando unas anular a las otras para sobrevivir. En la vertiente norte de Gredos eran asesinados los maestros; en la vertiente sur eran asesinados los curas.
Voy a proferir tres nombres de maestros en la ladera norte y tres nombres de curas en la ladera sur, de los que yo me siento heredero y solidario, y a los que acompaño con amor a este fin de siglo para que, pronunciados sus nombres por alguien que alberga en sus entrañas el ser y las aspiraciones de ambos, se encuentren entre sí, ellos que fueron símbolos victimados de poderes que los excedían. Tres maestros de tres aldeas: don Luciano Alegre en Lastra del Cano, arrancado de su casa y fusilado en la carretera de Hermosillo. Don Antonio Muñoz, maestro en la escuela de Cardedal donde yo estudiaría luego, que, sintiéndose en peligro las semanas últimas del mes de julio, decidió cruzar de noche la sierra para unirse a la otra zona y, detenido por un guarda forestal, que lo entregó a la Guardia Civil, fue fusilado en la plaza Mayor de Barco de Ávila. Don Daniel Leralta, maestro de Navasequilla, el pueblo más alto de España, junto con Trevélez en Sierra Nevada, y desde el que se tiene la vista más sobrecogedora del pico Almanzor y de las crestas del macizo.
Don Daniel desapareció de Navasequilla una noche de julio, con el pretexto de querer dormir con la boyada en la sierra. Cogió una manta, y hasta hoy no se ha vuelto a saber nada más de él. En su casa quedaba una arqueta de madera con libros de historia, literatura, derecho, ciencias. Para sus padres, aquel arca era como un sagrario: ni a tocarla se atrevían. Era la presencia viva del ausente, del que ni siquiera se sabía si había muerto. ¿Qué hacer con ella? Sus padres, compañeros de los míos en trashumancias y agostaderos, se la entregaron para que el niño, que era yo, pudiera ir aprendiendo desde bien pequeño. Esperaban que su saber y su memoria, su pasión por la lectura y la verdad, prendiendo en mí, fueran semilla profunda, y así los libros de Daniel, y Daniel con ellos, tuvieran sucesión y vida perdurable. ¡De memoria los aprendí mientras cuidaba los ganados, guareciéndome detrás de retamas y torviscos de los cierzos que en aquella altura, dice Madoz, azotan fríos y violentos! Todavía hoy, cuando vuelvo a la arqueta para sacar un libro, se estremecen mis redaños y me pregunto cómo he administrado y correspondido a aquel legado de amor y muerte, de sabiduría y esperanza.
Mi infancia en la ladera norte de Gredos tuvo su continuación durante la adolescencia en la ladera sur, que tiene su centro en Arenas de San Pedro, y su símbolo, en el palacio del infante don Luis. Por él pasaron Goya y Boccherini, pintores, músicos y literatos. Allí aprendí letras, fe y otra historia también de sangre. En los mismos meses de julio y agosto de 1936 habían sido asesinados uno tras otro los sacerdotes de la zona. Enuncio sólo los nombres de tres de ellos. Para quienes mandaban en aquella zona, la religión era el símbolo de la reacción capitalista y de la alienación humana. Los sacerdotes eran considerados exponentes culpables, lo mismo que en la ladera norte los maestros eran vistos como los agentes de la República y de las ideas revolucionarias.
Cuando se cruza la sierra de Gredos por el camino que sale de Hoyos del Espino, se va a caer en El Arenal y El Hornillo. A este pueblo llegó en los primeros días de julio don Juan Mesonero, ordenado sacerdote el 6 de junio anterior. El día 15 de agosto caía en una cuneta de la carretera que va de Arenas de San Pedro a Candeleda. El día antes había muerto en el término de Pedro Bernardo don José García, párroco de Gavilanes. Tenía 27 años. El día 19 del mismo mes era despeñado, desde los altos riscos del puerto del Pico, don Damián Gómez, párroco de Mombeltrán. Si éste ya era mayor, los dos primeros acababan de llegar a sus pueblos: la eliminación no correspondía a un juicio sobre sus personas o la forma de ejercicio de su ministerio. Contra el precepto bíblico de no hacerse imagen de Dios ni del hombre, no se vio en estas personas rostros individuales, sino poderes enemigos: la República y revolución en los maestros; la Iglesia y la reacción en los sacerdotes.
La España real ha sido hasta ahora masivamente la España rural, a la que sólo se ha visitado para contar con sus votos y recoger sus contribuciones. Desde esas aldeas y hombres, hay que contar y comprender nuestra historia, también la reciente. Decidían en Madrid o Barcelona quienes eran hijos de la burguesía y habían estudiado en el Liceo Francés, la Escuela Británica o los colegios del Pilar, Areneros y el Recuerdo. La imagen que ellos tenían de la España rural era común: la propia de la burguesía, que mandaba siempre, con gobiernos de derechas o gobiernos de izquierdas, utilizando la cultura y la religión al servicio de sus programas. Los pobres de la tierra, incluidos maestros y curas, estaban lejos. Eran citados con desprecio o compasión: "pasar más hambre que un maestro escuela" o "llevar un traje más raído que la sotana de un cura de pueblo".
Esas dos laderas son el cuerpo que sostiene mi historia, magisterial y ministerial, y la historia de todos los niños del campo, que sólo merced al buen hacer de maestros (¡sobre todo de maestras!) y curas, hemos accedido a la cultura, y con ella, a la libertad. Por eso, al sentirme heredero y solidario de unos y de otros, hago memoria de todos al mismo tiempo y con la misma pasión. He escrito esos seis nombres reales, con lugares y días reales, para que con ellos queden nombrados, honrados y rescatados del olvido todos los que perdieron su vida. Delante de Dios y delante de los hombres cuento su historia, para dejarla en su divina mano creadora y recreadora; para hacerles justicia y confesar públicamente nuestra injusticia; para recoger sus ideales y trenzarlas como trama y urdimbre del futuro común. La España moderna no puede pensar en alternativas trágicas la cultura y la religión, el atenimiento a los imperativos cotidianos y la abertura a la trascendencia. Y pronuncio su nombre para que, concluido el siglo, la memoria de unos no sea nunca más denuesto de otros, para que nadie convierta el elogio de su correligionario en pedrada contra su adversario, las canonizaciones en recriminaciones y los recursos viejos en procesos nuevos. ¿Podré confiar en que esta historia mía sea la parábola de una España que, definitivamente resanada y reconciliada, cierre el siglo con paz, acogimiento del prójimo y esperanza?
Cuento su historia, para dejarla en su divina mano creadora y recreadora; para hacerles justicia y confesar públicamente nuestra injusticia; para recoger sus ideales y trenzarlas como trama y urdimbre del futuro común. La España moderna no puede pensar en alternativas trágicas la cultura y la religión, el atenimiento a los imperativos cotidianos y la abertura a la trascendencia. Y pronuncio su nombre para que, concluido el siglo, la memoria de unos no sea nunca más denuesto de otros, para que nadie convierta el elogio de su correligionario en pedrada contra su adversario, las canonizaciones en recriminaciones y los recursos viejos en procesos nuevos. ¿Podré confiar en que esta historia mía sea la parábola de una España que, definitivamente resanada y reconciliada, cierre el siglo con paz, acogimiento del prójimo y esperanza?"
                                                                                        Olegario González de Cardedal 
                                                                                                                    Miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas


viernes, 5 de julio de 2013

Los Navalmorales: El patio de la casa...y la herrén




El seis de octubre de 2011, me publicaron en la página, cuaderno lo llama él, de Antonio Muñoz Molina, mi escrito “El patio de la casa”. Y fue bastante leído y comentado. Nadie sabía quién soy,  Antonio Aravalle, un seudónimo mío, como el de otro cualquiera, un lector más de Muñoz Molina y de su cuaderno.
Dos años después, aprovechando que era verano, y que el texto nos situaba en otro  verano, me pareció bien subir aquí de nuevo el texto, y también algunos comentarios publicados al respecto en el cuaderno de Muñoz Molina, eso sí, sin el nombre o seudónimo del comentarista. 
Hoy, seis años después de publicarlo en este blog, lo traigo de nuevo, por ser verano, por el texto y por los comentarios. Todo junto forma una miscelánea jugosa y llena de vida.

 

"Estoy en el patio de la casa del pueblo. Son las siete de la tarde de un caluroso y seco domingo de agosto. Sentado a una mesa redonda de patas cortas, alrededor de la cual hay cuatro sillitas bajas de anea, de esas que se usan para salir a la fresca, en las noches de verano, a darle al pico con los vecinos, miro pausadamente el patio y, en la placidez de la tarde, intento darle un apunte al pintor que un día pretenda dibujar este espacio apacible y añejo.

Enfrente de mí hay una pared blanca y una puerta que une el patio con la herrén y las cuadras. Al fondo se ve un cobertizo con tejado árabe, sobre el que resbalan los rayos amarillos, aún intensos, del sol. En un rincón, más a la derecha, testigo de los años y ajena a las tormentas, hay una parra vieja y abandonada a su suerte durante mucho tiempo. Está sin podar pero tiene animosas ramas verdes, que van avanzando como lianas persistentes por las guías que les hemos marcado para ayuda y sostén, y rugosos troncos, como sarmientos viejos, de los que penden racimos cumplidos de uvas color miel, que aquí llamande cojón de gato. A estas horas todavía nos cobija del calor, pues está sabiamente plantada y eficazmente orientada hacia la sierra del Santo, desde donde por la mañana el sol tempranero inunda el pueblo de luz y de calor.

Al lado de la parra hay dos puertas. La situada a la izquierda nos abre el paso a una cocina de pastor, con chimenea de tiro rápido y diestro trazado, que sólo devuelve el humo de la lumbre en los ratos de tormenta aparatosa y de ventarrones otoñales. Es una habitación de unos dos metros de altura, cuyo tejado descansa en un entramado de cuartones y cañizo. Un ventanuco que da a la herrén, dos faroles antiguos que jalonan la repisa de la chimenea y las tenazas y las trébedes traen recuerdos imposibles de su dueño antiguo, el tío José Melchor, que, con su familia, pasaría aquí las largas noches de invierno, contemplando hipnotizado el lento discurrir de las llamas, el borboteo de algún puchero y el paralelo fluir de silencios y conversaciones.

A la derecha de la parra hay una puerta antigua de madera, curtida por el tiempo, con dos campanillos que suenan cuando se abre y se cierra. Da acceso a una cuadra, con pesebre de mampostería y una cama persistente de paja en el suelo. Aún se conservan en ella algunas garrafas, que en su día servirían para el acarreo del aceite de oliva desde el molino hasta las tinajas ubicadas en la troje, donde el tiempo iría aportando color y densidad al líquido.

En la pared de mi derecha hay un amplio ventanal, desde el que se vislumbra una sala de estar y una cocina moderna, que aprovecha la luz del patio para disfrutarla, a buen cobijo, en las apacibles mañanas de invierno y en las tardes de primavera y otoño. En esta estancia había una chimenea,  ahora habilitada como lugar que concita  miradas y oídos, pero no para ver las brasas de la  lumbre, ni para oír el chisporroteo de los troncos, sino para ubicar la televisión y las cadena de sonido, esos medios modernos que cumplen la misma función que el fuego de las chimeneas después de cenar: la ensoñación de imágenes lejanas y ruidos diversos, aportados antes con el relato de algún experto en cuentos y chismes, y hoy con el mecanismo de un interruptor que acciona la entrada en la casa de mundos ajenos e idiomas de todos los lugares.

A mi espalda está el hastial posterior de la casa, con una puerta de cristales rectangulares, protegida por una cortina, que da acceso al portal, umbrío y fresco en verano y luminoso y cálido en invierno. En la parte inferior de la pared, una ventana desahoga el baño de olores y humedades, y lo llena de luz filtrada por una persiana de madera. Este hastial, blanco de cal, contrasta con la fachada delantera, de color beige, como las demás viviendas de labradores y pastores del pueblo. De dos plantas, la casa conserva su sabor antiguo, si bien en sus tripas lleva tuberías de calor y de agua, de electricidad y de gasóleo, para permitir una vida más cómoda sin perder la estructura antigua. El portal es de baldosín viejo y tiene techos de madera y ladrillo visto. Este espacio da acceso a dos dormitorios amueblados sobriamente y en los cuales destaca algún detalle antiguo, como un cabecero de hierro con adornos dorados o unas ventanas de madera, con sus postiguillos, que atenúan la luz en la siesta y producen sensaciones placenteras de claridades y de sombras. Al lado de los dormitorios, un baño espacioso, elegantemente distribuido y decorado, da a la casa un toque señorial en el lugar más visitado después del patio.

Desde el portal, subiendo por una escalera de empinados escalones, llegamos a la troje, cuyo techo es un entramado de madera y cañizo, como el de la cocina de pastor, pero abierto a dos aguas y con una altura respetable. Hay tres ventanucos, que permiten contemplar la sierra del Santo, los tejados del pueblo y un plácido semblante de patios encalados, que se extienden hacia las llanuras del sur, salpicadas del verdor de las higueras y de las parras.

Y por fin, a la izquierda de la mesa desde la que esto escribo, está la puerta falsa, por donde en su día entraban y salían las ovejas y las cabras. Al contemplarla en este momento de la tarde, se puede oír, en la melancolía de los tiestos y en el silencio de las piedras, los balidos de las ovejas y sus campanillos rumorosos y sosegados, y se puede ver el reguero de cagarrutas que dejaban, e incluso sentir cómo su olor, dulzón y algo desabrido, penetra por la nariz. Aún hoy, Linda, nuestra perra, descendiente de careas, se pasea por la herrén y por las cuadras olisqueando rincones, persiguiendo quizá el rastro de algún perro antiguo y pusilánime, o acaso en celo.

Y cerca, muy cerca de la parra, bajo su sombra, en una sillita baja, Mariví cose una cortina para la puerta de la calle, y lejos de sus artículos, de su ordenador y de sus clases, evoca la higuera y el patio de su abuela La Fraila, donde, siendo niña, un día aprendió a bordar. Sintiendo el rumor profundo de sus raíces, mira a su alrededor y evoca desde este espacio vivo, y sin embargo antiguo, aquello que se fue, la infancia, y lo que queda de ella en este patio, que aún conserva el pilón del agua de la sierra deslizándose entre líquenes verdosos.

Así es el patio de la casa, irregularmente cuadrado y plácidamente sombrío, a estas horas de la tarde. Aquí pasamos los atardeceres de agosto, oyendo el reloj de la torre de la iglesia, el canto de algún gallo, el pregón del último buhonero o el rumor de las conversaciones de los vecinos.

Cuando ya ha anochecido, la temperatura desciende y es el momento de reponer fuerzas cenando gazpacho, algo de carne guisada y fruta fresca. Y después, un paseo con los amigos y una animada tertulia con un buen vaso en la mano. Y en la madrugada, cuando se tercie, volver tranquilos a casa, tender una manta en el suelo del patio, echarnos en ella para contemplar las estrellas y después acostarnos sin prisas y sin despertadores."
     
Antonio Aravalle
Verano de 1995
Dedicado a Mariví

 
Comentarios

1
Qué apacible vida Antonio. Y qué hermoso cuadro. Lo describes tan bien que casi llega el olor de las uvas en la parra y los restos del ganado en la piedra. Espero sigáis disfrutando de esa bonita casa de pueblo en las noches estrelladas. Gracias por compartirlo.

2
¿Eres Antonio de la Mancha? Muchas gracias por tu escrito. Lo has pintado como lo haría Antonio López.


3
Tengo que buscar el significado de alguna de las palabras, no creo haberlas oído antes: “hastial”, “herrén”, “troje”.


4
Nosotros también teníamos cuadras, y una gloria (en el diccionario de la RAE no aparece ninguna explicación que me guste para la gloria), que era un cuarto bajo cuyo suelo se quemaba la basura de la casa y tenía las baldosas ardientes incluso en pleno invierno. A nuestra Linda (se me ha hecho un nudo en la garganta cuando he leído su nombre) le gustaba parir en el cuartucho de las ovejas dentro de la cuadra y nos obligaba a mezclar las ovejas con la mula durante unos días para que estuviese tranquila.
Tenemos aún un par de tumbillas en el palomar, que es como seguimos llamando al desván (es curioso que sí aparezca como conozco la “tumbilla” y no la “gloria”, en el diccionario).


5
Tengo aún recuerdos de subir a coger pichones, desplumarlos sentadas en una de las sillas que menciona, con un caldero entre las piernas y echarlos después al arroz.
Quién me iba a decir a mí que me iba a acordar hoy de estas cosas, que acabo de venir de coger setas con los polacos, en un bosque soleado a menos de 5 grados.
Sin querer he ido dibujando mentalmente el cuadro. Lo que más me gusta es el color miel que me ha quedado para las uvas. De “cojón de gato”, nunca lo había oído. Sólo conozco las ciruelas “de cojón de fraile”. Un abrazo.

6
Yo encuentro todavía más palabras que no conozco que Serapio, “careas”, por ejemplo.
Es un mundo que me resulta muy exótico.
Y “tumbilla” y “gloria”, que maravilla de palabras.
Un saludo, Antonio, y gracias.

7
He entendido que careas es la anterior perra/o, un progenitor de La Linda. No sé.
“Antes de acostarse Teresa su tía calentaba la cama con una jaula de madera, en el centro de la cual había suspendida una gamella con fuego. A aquel artefacto le llamaban “la tumbilla” y cuando estaba puesto daba al lecho una apariencia de túmulo funerario. No quería verlo Teresa y entraba en su cuarto cuando lo habían retirado ya.”

“La puerta grande”. Ramón J. Sender.


8
La tal Teresa hacía muy bien. Es que nunca hay que estar dentro de la habitación con la tumbilla, porque si se quema mal el rescoldo, te atufas (es un decir, se genera CO en lugar de CO2 y es tóxico y fácilmente mortal. Bloquea el lugar de unión del oxígeno -el grupo hemo- de la hemoglobina (Nobel en 1962 a Perutz y Kendrew por cristalizarla), de los glóbulos rojos y nos ahogamos).


9
Me comento a mí misma. Pero me parece que el Sender igual no llegó a usar una. “Con fuego”, dice. Si llega a ser con fuego, buena se hubiese puesto la abuela si le quemas las sábanas. Se pone rescoldo, las brasas que quedan de la lumbre por la noche y se las tapa con ceniza para que no saquen llama y la líen.

10
Una vez nos invitaron a pasar un día en Consuegra. Paseando por sus calles veíamos en las alturas, como centinelas imponentes, los molinos de viento que tanto sulfuraron a Alonso Quijano. Nuestros amigos vivían en una casa como la que tan bien has descrito. Ahora bien, todas las estancias: cuadras, herrenes –tampoco lo había escuchado nunca; es lo que tiene ser de ciudad- y demás, estaban dedicadas a trasteros y habitaciones. Me parecía, en cuanto he comenzado a leer tu entrada, que era esa misma casa. Las parras, las plantas, la cantidad de puertas alrededor del gran patio, como dando paso a sitios secretos… Muy bonito; pero cuando nos fuimos de allí supimos que no nos gustaría vivir en una casa como esa.

Me ha gustado, Antonio.

 

11
Qué difícil es hacer eso que comenta, que una chimenea sólo devuelva el humo cuando el tiempo está rabioso. Con los ladrillos que recogimos de las antiguas chimeneas de Altos Hornos de Vizcaya (como mucha otra gente, aquello parecían los pabellones desolados de Detroit poco después de su cierre) hicimos una chimenea nueva en el palomar. Los ladrillos son estupendos, pero las vueltas que dimos para que tirase bien. Hasta que no vinieron varios “entendidos” por casa y nos solucionamos el problema, estuvimos un buen tiempo teniendo que abrir la puerta para que hiciese tiro y el humo se fuese chimenea arriba.

12
Hay una cosa curiosa de las chimeneas de pueblo que yo he experimentado. En las noches frías, en esas en las que el aire, de puro frío, vibra como si fuese un diapasón al menor ruido, los sonidos del hogar ascienden por el tiro y se disemina en el aire recogiéndose en la caperuza de otras chimeneas, introduciéndose en los lares vecinos. Por todos es sabido que no hay que contar secretos junto a la lumbre de la chimenea, si no se quieren dispersar como humo al viento.
No sé por qué me da que yo hoy sueño con patios, pozos, cocinas de humo y hasta con esas uvas que nunca he tenido la suerte de ver ni de probar.

13
Por todos no era sabido, que yo me acabo de enterar ahora y habrá más gente que lo ignore.
Y tanto que hay muchos mundos, ¿eh?
:))

14
Siempre me ha atraído contemplar el fuego vivo en una chimenea. La luz , el calor que desprende y ese movimiento misterioso me atraen poderosamente. Tiene que ser maravilloso descansar con un libro o en una tertulia junto al fuego. Y también con una copa de vino bueno. :-)

15
Una noche horrorosamente fría estaba leyéndole “La Regenta” a mi abuela junto al fuego. En un momento dado me dio por escribir con un tizón nuestros nombres en la campana de la chimenea, por dentro, en un ladrillo.
Están todavía ahí. Cada vez que vuelvo lo compruebo. Antes nos gustaba mirarlo año tras año a las dos.
Salir de casa, con el frío, y empujar la carretilla con leña hasta el portal.
A alguien le habrá tocado esta noche, como casi todas a partir de agosto. O a lo mejor este año está siendo inusualmente cálido por todos lados. No sé.
Yo me quedaba siempre dormida junto a la chimenea, con un tebeo, mientras los mayores hablaban y hablaban. A la mañana siguiente me despertaba en la cama. Sin saber cómo habría llegado hasta allí.


16
En el patio de mi casa, con mis padres, conversa un arriero que porta en un costal cinco o seis quesos curados. El vendedor lleva en la cabeza una boina negra y viste una blusa ancha del mismo color. Tiene al hijo haciendo la mili en Jaca (Huesca), y la niña se ha ido este verano a servir con unos señores de la capital de muchos posibles.

Ha dicho que la cuenta del queso la haga el muchacho, y el muchacho soy yo.
En la escuela me manejo bien con los problemas de matemáticas que hay en los libros, pero cuando me plantean estas operaciones con el queso delante y con gente extraña, hay veces que me salen cantidades raras que no cuadran con el peso del queso o el precio del kilo.

No me gustan estos exámenes caseros…

17
Entro aquí y leo y por un rato, mientras los leo, siento que soy una intrusa, que estoy espiando unas vidas tan distintas de la mía. Una intrusa espiando, metiéndome en la intimidad de unas vidas ajenas. Y pienso: mis abuelos sabrían el significado de todas estas palabras que yo tengo que buscar en el diccionario. Mis abuelos habrán tenido vidas parecidas a estas, habrán hablado con palabras parecidas a estas, habrán vivido en casas parecidas a estas. Qué habrán añorado, de qué se acordarían todavía cuando ya eran muy viejos y todo aquello había quedado tan atrás, tan del otro lado imposible del mundo. Con quién hubieran podido hablar de sus recuerdos, a quién hubieran querido tener cerca para poder charlar de esas cosas que sus hijos y sus nietos ignorábamos.
Gracias por estos recuerdos. De alguna manera oscura son también son los míos, aunque yo sea una intrusa.

18
¿Leyendo “la Regenta” con tu abuela junto al fuego? Qué momento inolvidable y mágico. :-)

19
Parece que en cualquier momento van a aparecer por el patio a ‘bacinear’, Plinio, el jefe de la GMT y su compañero de aventuras don Lotario.
Esta entrada hubiera tenido toda la consideración de Fco. García Pavón. Sin duda.
:-)
Sí, bueno, con el libro que más disfrutamos fue “Fray Perico y su borrico”, de Juan Muñoz Martín. Pero es que las abuelas suelen tener muchísima paciencia.

20
Todos los libros son buenos. :-)

21
Es impresionante la vastedad de cosas que confluyen en cada persona.
Congrats!