miércoles, 2 de julio de 2014

Nunca digas de esta agua no beberé


Parece oportuno traer de nuevo esta entrada de hace más de un año. Lejos de mermar, "las miles de personas" y "detrás tuyo" encabezan la plaga de los malos usos de nuestra lengua. Eso sin contar con los "Habían muchos que dudaban..."
Nada, un repasito, eso sí, con buen humor y mucha ironía.


Muchos de los que hablan por la radio, y de los que escriben en los periódicos, deberían mejorar su dominio del castellano. En menos de cinco minutos esta tarde he oído en la radio dos errores muy extendidos. Los enumero a continuación, junto a algunos otros, también muy frecuentes.
Las miles de personas: Debe decirse Los miles de personaslas decenas de personas, porque miles es masculino y decenas, femenino.

La orden del día: Vale si es en un cuartel; si son los puntos de una reunión, el orden del día.

Este agua: Ni este agua, ni este águila ni este aula. Los nombres femeninos que comienzan por  a tónica llevan los determinantes masculinos el, un, algún y ningún. El resto, en femenino. Así que Nunca digas de esta agua no beberé.

Agradecer vuestra asistencia: No se puede iniciar así una frase. Lo correcto sería:Queremos agradecer vuestra asistencia.

La conserja: Se va imponiendo lo de presidenta y jueza pero parece más oportuno la la agente, la conserje, la estudiante, la cónsul.

Homenaje en recuerdo a: Está bien hacer homenajes a quienes se lo merecen, pero siempre en su recuerdo, en recuerdo de su figura.

Detrás mío: Una plaga de adverbios con su acompañante incorrecto. Debe decirse detrás de mí, delante de nosotros, encima de ellos.

Deben de devolver el dinero: Si fuera una posibilidad, vale. Si lo que queremos expresar es una obligación dígase deben devolver el dinero, sin de.

Aquellos chicos se destornillaban de risa: No son tornillos, son ternillas. Se dice desternillarse de risa.

Más mayor: Con mayor basta: Luis es mayor que su primo. Puedo decir más grande, que significaría más alto, más fuerte.

Se ha descubierto un arsenal de armas por la policía. No es correcto, ya que hay complemento agente. Podemos decir Un arsenal de armas ha sido descubierto por la policía o La policía ha descubierto un arsenal de armas.

A nivel de, en base a: “Se ha criticado mucho a nivel de sindicatos la declaración que ha efectuado el gobierno, en base a las expectativas económicas”. Con lo fácil que es decir: “Los sindicatos, basándose en las expectativas económicas, han criticado mucho la declaración del gobierno.


Es un hombre muy asequible. No, no: Es muy accesible. Asequible, que se vende por buen precio; accesible, de fácil acceso.


Es por eso que. Es más sencillo, y mejor castellano, decir: Por eso.

Estesen tranquilos, hasta que llegue la autoridad, militar, por supuesto, dijo un oficial en el Congreso el 23-F. En fin, hubo ese día cosas más graves que el atropello del idioma. No es estesen, es estense. En un cuartel decían: Siéntesen, en lugar de Siéntense.

El Valencia va ganando de tres. No, hombre: Va ganando por tres.

He impreso el documento. Un impreso es el resultado de la acción de la impresora. La acción que yo realizo es la de imprimirPor tanto: “He imprimido”.

Tiene muy alta la líbidoMás bien tiene muy alta la libido, sin tilde, palabra llana. 

El árbol de la abundancia



Hace más de quince años publicó El País un escrito de Antonio Muñoz Molina sobre El olivo, sobre ese árbol que llaman en femenino allí donde se cultiva, La oliva. Espero que gustéis de su lectura ( o relectura).


Un millón de toneladas de aceite de oliva, dos millones de hectáreas de olivares, el empleo y el futuro de miles de familias. Un océano de oro líquido que da la vida a muchas provincias del sur de España que en los últimos tiempos no apartan su vista de los dictados de Bruselas: su subsistencia depende más que nunca de las decisiones de las autoridades comunitarias. El escritor Antonio Muñoz Molina hace un recorrido sentimental por una infancia no lejana en la que el olivo era la columna vertebral del hogar.

Una particularidad del habla campesina de Jaén es que en ella el árbol del olivo es femenino: la oliva. Esa diferencia de género gramatical permite distinguir a quienes tienen trato directo con la agricultura de los que se aproximan a ella desde una posición forastera o urbana. Cuando yo era pequeño, si se quería parodiar a quienes se habían ido a Madrid y regresaban queriendo fingir una actitud y un acento de ciudad, se les representaba siempre hablando de “olivos” y pronunciando muy fuerte y con muy poca habilidad la ese final. Creo que esa feminización de lo que suele nombrarse como masculino es idéntica a la que hace que la gente que vive del mar o en su cercanía más estrecha. Los de secano, los de interior, los literatos, decimos “el mar”, pero los pescadores y la gente de la orilla, que viven de sus frutos como nosotros vivíamos del los del olivo, lo llaman siempre “la mar”, que es una manera rápida y precisa de convertir en hembra y en madre fértil lo que para otros es masculino y adulto.
Hay algo más en común entre el mar o la mar y el olivo o la oliva. El uno y el otro -o la una y la otra- no son sólo el origen y el medio de donde viene la riqueza que sostiene la vida material, sino que constituyen también el paisaje y el horizonte, el punto de referencia privilegiado de la vida entera, de toda la cultura, en el sentido más preciso de representación del mundo. La mirada de los pescadores y de sus familias se dirige obligatoriamente al mar, lo tiene siempre como fondo. Para la gente de las tierras de olivares, éstos son, de cerca y de lejos, una presencia constante: no sólo una fuente de ingresos, ya digo, sino una manera de vivir. Se vive (se vivía antes más) del dinero ganado con la cosecha de aceite o con los jornales que se derivan de ella, pero también se vive a lo largo de todo el año con ese árbol femenino y adusto, porque hay que podarlo, que labrar la tierra a su alrededor, que regarlo, cuando se tiene la suerte de poseer un olivar de regadío, porque en otoño, por fin, hay que hacerlo los ruedos y en invierno hay que varearlo con una mezcla de contundencia y delicadeza para arrancarle las aceitunas, o que ordeñarlo cuando el árbol todavía es muy joven: se llama ordeñar la aceituna a irla desprendiendo de las ramas demasiado tiernas para varearlas, y la palabra de nuevo trae asociaciones antiguas de fertilidad: ¿qué clase de árbol es este al que se ordeña como si fuera una vaca, como si el líquido que se obtiene de él, el aceite, fuera un don tan primitivo y tan sagrado como la leche?
El propietario de pequeños olivares (en la provincia de Jaén, que es la más rica en producción de aceite del mundo, no hay grandes latifundios) puede establecer con sus árboles una relación casi tan individual y tan estrecha como los antiguos vaqueros con sus vacas, o como la que establecían los hortelanos y los campesinos en general con sus animales de trabajo y de carga, los mulos, caballos, y burros, a los que acababa uniéndolos una especia de ruda camaradería, manifestada en los nombres que les daban. La relación de intimidad era más estrecha aún cuando el dueño de los olivos los había plantado él mismo y los había ido viendo crecer. El olivo, la oliva, de recién plantado se llama estaca, o estaquilla, y tiene algo, en su flaqueza, en lo suave del tacto todavía liso y verde de su superficie, de la suavidad y la delgadez de las patas de un becerro recién nacido, de un potro. Si el olivo adulto, aun siendo de apariencia tan resistente y hasta tan huraña, requiere cuidados continuos, la estaca, la cría de olivo, por llamarla así, exige una atención absorbente y va creciendo muy despacio, pero en el curso de unos pocos años ya puede dar un primer fruto que su dueño celebrar los primeros pasos o las primeras palabras pronunciadas por un hijo. Hay que cavar unas pozas, hay que hundir en ellas a cierta profundidad la estaca cuidadosamente elegida y cortada, hay que dejar la tierra esponjosa, bien cernida, libre de malezas, hay que regar la poza, algunas veces trayendo el agua de lejos, antes en las aguaderas de esparto de los mulos o los burros, ahora en los land rovers. La rama del olivo muy joven tiene un color gris luminoso, una lisura de piel que sólo al cabo de los años se convertirá en esa especie de inmóvil furia retorcida de un tronco adulto. El primer puñado de aceitunas de una estaca se muestra al volver a casa como el puñado de monedas de un tesoro: igual que la primera rama con flores amarillas que hacia el mes de mayo es un anuncio de la cosecha que todavía tardará muchos meses en llegar.
Pero no debo capitular a la nostalgia, y menos todavía a la literatura. La vida en la tierra de Jaén giró en torno al olivo en los tiempos en que la sociedad era mayoritariamente agrícola, y no era precisamente una vida de abundancia y reposo, sino de trabajo y escasez, de mucho esfuerzo y poco resultado. En mi ciudad y en mi barrio, entre diciembre y febrero, la recogida de la aceituna reclamaba la fuerza de casi todos los brazos y determinaba todas las costumbres. Era precisamente al final de aquella campaña cuando empezaba la temporada teatral, porque las compañías llegaban al olor del dinero fresco de los jornales, y también cuando los tenderos cobraban las cuentas atrasadas. Durante todo el invierno, las mujeres salían de sus casas para dedicarse al único trabajo remunerado que les estaba permitido, que era el de granilleras, es decir, el de recogedoras de la aceituna caída al suelo antes del vareado o despedida tan lejos por la fuerza de los golpes que quedaba fuera de la extensión de los grandes mantones que se ponen alrededor de los troncos. Era muy raro que una mujer vareara, o que ayudara en esa tarea de arrastrar los mantones que se parece mucho, visualmente, a la de arrastrar por la playa las redes cargadas de peces. A las que hacían eso era frecuente que les cayera una fama hombrunas.
Los hombres adultos hacían de vareadores: los muchachos, mocicos, se encargaban de recoger las espuertas llenas de aceituna y de cribarla para separarla de las hojas y de las ramas rotas antes de guardarla en los sacos. Las mujeres y los niños eran los granilleros. Así, la división de sexos se mantenía rígidamente a pesar de la unanimidad en el trabajo. Los hombres manejaban las varas tremendas de brezo, fumaban, por lo común sin desprenderse el cigarrillo de los labios, respirando por la nariz en medio del esfuerzo físico, tenían conversaciones de hombres. Al llegar al olivar, a primera hora de la mañana, a veces todavía de noche, con todo el frío del invierno en las caras y en las manos ateridas, los hombres cortaban y amontonaban la leña entre dos filas de olivos, en un espacio despejado que se llama camada, y encendían un gran fuego al que nos acercábamos para calentarnos y que también servía para asar las provisiones del desayuno, que, por cierto, se llamaba el almuerzo (desayuno, igual que olivo, era una palabra de ciudad). Se espetaba un chorizo o un trozo de tocino en una vara fuerte y larga, se acercaba a las llamas, donde despedía chispas brillantes de grasa y un olor que ya era un anticipo suculento para los estómagos desalentados por el madrugón, se comía luego encima de un trozo de pan, con la ayuda de una navaja.
(Desde lejos, por las mañanas, del valle cuadriculado de olivares y gris en la distancia del aire invernal se veían subir las columnas de humo de las hogueras que encendían las cuadrillas. La primera vez que yo vi en el Prado el cuadro de Las lanzas me pareció que estaba viendo ese mismo paisaje de Jaén en las mañanas de aceituna, no una llanura holandesa asolada por la guerra).
Las mujeres, una vez al año, salían de la casa y se ganaban un jornal, inferior al de los hombres, desde luego, pero eso no las eximía de los trabajos domésticos. Antes de salir hacia el campo habían encendido la lumbre, despertado a los niños, calentado la leche, preparado la barja, que era el nombre que se daba a la comida que se llevaría al campo, y que solía estar hecha de sobras de comidas anteriores y de embutidos de la matanza reciente, que había tenido lugar en otoño. (Pero no paro de encontrarme palabras que fueron usuales para mí y que ya están perdidas. Barja, que ni siquiera viene en el diccionario, era el nombre del zurrón de esparto donde se guardaba la comida). Luego, ya en los olivos, las mujeres se pasaban el día arrastrándose de rodillas sobre la tierra, debajo de las ramas rígidas, picoteando aceitunas con los dedos muy rápidos, a la misma velocidad con las dos manos. Si había helado, lo que no era infrecuente, la tierra al principio estaba tan dura que se desollaba la piel de las rodillas de las manos, y se rompían las uñas tratando de arrancar las aceitunas de la costra helada. Conforme avanzaba la mañana, la escarcha se convertía en barro, y el simple acto de caminar era una tarea agotadora, las suelas tan pesadas como si llevaran plomo adherido.
Los hombres iban por delante, vareando; las mujeres y los niños, detrás, a una distancia de uno o dos olivos. Los hombres llevaban consigo el ruido seco de las varas, el otro ruido como de granizo de las aceitunas cayendo sobre la lona (luego, el plástico) de los grandes mantones, el olor del tabaco, el metal de las voces y de las risas masculinas. las mujeres, agrupadas y arrodilladas debajo de los olivos, activas en el movimiento incesante de las manos, llevaban consigo otra clase de rumor que no se parecía en nada al de los hombres y que el oído del niño distinguía con mucha facilidad, un rumor de conversaciones confidenciales o chismosas, que a veces interrumpían a coro carcajadas procaces. Las mujeres, para ir a la aceituna, solían vestirse de manera bizarra, con ropas viejas, con botas de hombres, con pañuelos a la cabeza, con pantalones a veces, lo cual muy pronto dejó de ser inusitado: la aceituna era uno de los pocos sitios donde a una mujer le estaba permitido ganarse un jornal, pero sin duda fue el primero en el que las mujeres de la clase trabajadora se pusieron pantalones…
Se volvía del campo a pie, en la época anterior a los land rovers y a las furgonetas Citroën (aún a principios de los años setenta yo me acuerdo de caminar una hora entera antes y después de la jornada de trabajo, caminatas que ya lo remataban a uno de agotamiento), y al llegar a la casa ya era de noche, los hombres se lavaban, se disponían para dormirse o para salir, pero las mujeres continuaban trabajando: había que preparar la cena, la comida del día siguiente. Una de las rarezas del tiempo de la aceituna era que se tomaba potaje o guiso de arroz para cenar: había que comer caliente, no era saludable alimentarse sólo de los fiambres que llevábamos al campo.
A no ser que lloviera, no se descansaba jamás: ni los domingos, ni en Navidad, ni Año Nuevo. Si llovía, no se cobraba el jornal. Si el tiempo estaba indeciso al amanecer, cubierto, lloviznando un poco, las cuadrillas aguardaban junto a los portales de los patrones esperando a que éstos tomaran una decisión. Cuando una lluvia fuerte sorprendía a las cuadrillas en el campo, la gente volvía a la ciudad por los caminos arriba con un abatimiento de retirada militar: los hombres, tapándose la cabeza y los hombros con sacos; las mujeres, con chales negros; los animales, chorreando agua por cuellos y lomos, los cascos hundiéndose  en la tierra empapada, en las rodadas que dejaban los carros. En los días de lluvia, de inactividad obligatoria, los hombres se reunían alrededor de la lumbre, asaban cosas, trozos de tocino, orejas de cerdo; si era en las navidades, se pasaban bandejas de mantecados y borrachuelos y copitas de anís, que dejaban un olor muy fuerte en el aire matinal de las casas.
Había pequeñas cuadrillas familiares, constituidas por los padres y los hijos, extendiéndose a veces a la trama de cuñados, nueras, sobrinos, abuelos. Había ingentes cuadrillas de casa grande, que se hacían aún más populosas los domingos, cuando mucha gente que trabajaba en talleres o en tiendas aprovechaba para ganarse un jornal extra. De noche, después de cenar, mientras las mujeres se quedaban cosiendo, con los dedos desollados e hinchados por tantas horas recogiendo aceitunas de la tierra, y se adormecían al calor del brasero, escuchando la radio, mirando los primeros televisores, los hombres iban a la plaza, a los soportales, donde fumaban sin quitarse los cigarros de las bocas y hablaban interminablemente de la aceituna, de los kilos recogidos, de los olivares que faltaban todavía por terminar, de los que habían sido comprados o vendidos. Tener dinero no era nada, o casi nada: la prosperidad de alguien se contaba en el número de los olivos que poseía, mejor si eran de riego que de secano, si estaban al sur de la ciudad que al norte. Había una geografía muy complicada de comarcas y nombres en aquella extensión que desde lejos parecía única, tan indivisible como un mar, y todo el mundo sabía de quién eran tales o cuales olivos, dónde estaban las lindes, las fronteras invisibles.
El último día de la recogida se celebraba una fiesta en el campo, que tenía el nombre sonoro y raro de butifuera. Había más comida, tortas de azúcar, de pimentón, de manteca, se bajaban en las aguaderas grandes damajuanas de vino tinto, las mujeres cantaban con voces ligeramente de falsete canciones que podían ser romances de varios siglos atrás, y que desaparecieron para siempre en unos pocos años. Las mujeres y los hombres, al calor del vino, de la comida y de la próxima holganza, se trataban con más soltura de la habitual, y los niños descubrían, entre desconcertados y burlones, las tonterías de las que eran capaces sus mayores bajo los efectos de la bebida. El butifuera era una celebración de un arcadismo rústico y algo bruto, que yo he reconocido luego en algunas comilonas campestres del Quijote, en las bodas de Camacho o en el banquete con que los cabreros agasajan a Don Quijote y a Sancho.
Pero todo esto se perdió en el gran cambio de los tiempos que a las tierras de Jaén llegó tan tardíamente, más o menos en la primera mitad de los años setenta. Poco a poco, la gente dejó de ir a la aceituna: primero la recogieron cuadrillas de gitanos, y cuando también a los gitanos les llegó un poco de holgura económica, las cuadrillas fueron de inmigrantes marroquíes. Ahora, bajo los soportales de la plaza, en las noches de invierno, se ven hombres de piel atezada, de ropas oscuras, de manos grandes, que sostienen cigarrillos, pero el rumor de las conversaciones suena a árabe.


El olivo, la oliva, ha dejado de ser el árbol mitológico, el centro simbólico de la vida en nuestra tierra interior, pero el aceite sigue sosteniendo nuestra economía. Los sábado y domingos, los días de fiesta en Navidad, familias que ya viven de trabajos más recogidos y clementes bajan a recoger la aceituna en los olivares que aún no se deciden a vender o para los que no encuentran comprador.  Ahora los olivareros, más que mirar al cielo en espera de lluvia, o atemorizados por la amenaza de una helada, a donde miran es a las oficinas inescrutables de Bruselas, donde se deciden las subvenciones, los cupos de producción, las penalizaciones por exceso, etcétera. De vez en cuando aparece en los periódicos un pálido funcionario de la Comunidad que augura fríamente la necesidad de abandonar cultivos, de talar árboles, de limitar un volumen de producción que no sólo supera irracionalmente las expectativas de consumo, sino que entra en conflicto con los intereses globales y las estrategias indescifrables de la Comisión Europea.
Pero a pesar de todo, para los que nacimos y crecimos allí, el olivo, la oliva, sigue teniendo algo de árbol sagrado, y su figura solitaria nos sobrecoge siempre, y el color y el aroma del aceite nos dan todavía una sensación de intemporalidad, casi de paraíso. Por algo creían los griegos que el árbol del olivo fue el regalo que la diosa Atenea le hizo a la especie humana.












viernes, 27 de junio de 2014

Un nuevo tiempo


Jueves, 26 de junio

Mañana es mi último día de trabajo. Me jubilo. Después de cuarenta años dando clase, mañana me despido de mis compañeros y de mi trabajo en el instituto. Un tiempo nuevo comienza, en el que espero encontrar tanta vida como he encontrado en las aulas en las que he dado clase.

Atrás quedan más de cinco mil alumnos, chicos y chicas de 12, de 13, de 14 años, llenos de vida y de futuro. Algunos de ellos ya tendrán más de cincuenta años; los más cercanos acaban de dejar atrás los doce. Cuarenta años: toda mi juventud y mi madurez. 


Siempre me tomé mi trabajo como Juan Ramón Jiménez se tomó su escritura, sus libros de poesía:


Quisiera que mi libro
fuese, como es el cielo por la noche,
todo verdad presente, sin historia.
Que, como él, se diera en cada instante,
todo, con todas sus estrellas; sin
que niñez, juventud, vejez quitaran
ni pusieran encanto a su hermosura inmensa.
¡Temblor, relumbre, música
presentes y totales!
¡Temblor, relumbre, música en la frente
—cielo del corazón— del libro puro.



 
Juan Ramón Jiménez: Piedra y cielo, 1917-1918.






Desde esta página quiero recordar a mis  alumnos y a mis compañeros de:

   Liceo Castellano, de Valdeacederas, Madrid, de 1974 a 1976.
   Colegio Público “Juan de Herrera”, de Villa de Vallecas, Madrid, 1977.
   Colegio Público “Cristo de la Misericordia”, de Numancia de la Sagra,
        Toledo, de 1978 a 1980.
   Colegio Público “Antonio Machado” de Carabanchel Alto, Madrid, desde
       1980 hasta 2001, veintidós años.
   Instituto “Emperatriz María de Austria” de Carabanchel Bajo, Madrid,
       desde 2002-03 hasta 2013-14, doce años.



Un abrazo para todos. Y gracias por hacerme más fácil un trabajo tan delicado como es la educación.

martes, 10 de junio de 2014

Fracturas


Pareciera que todo se va a arreglar en España si se hace caso del derecho a decidir: En Cataluña todos los males desaparecerían si se votase la independencia; en España si se votase a favor de la instauración de la República; en Europa, si los radicales de ultraderecha y los izquierdistas reconvertidos dirigieran la Unión.                                                                  
Crear espejismos, descuidar la complejidad de la situación, olvidar qué grandes poderes son los que dominan el mundo, qué se puede hacer y qué es imposible. 
Hace unos días leí en el blog de Antonio Muñoz Molina un artículo que traigo aquí, viene a cuento de todo lo que está pasando ahora. 

“En un país atravesado por fracturas tan graves -sociales, territoriales, políticas, económicas-, en el que cada vez es más difícil llegar a acuerdos sobre cosas fundamentales, sobre problemas inaplazables a los que no se hace frente nunca por falta de un mínimo espíritu de concordia, en el que parece cada día más difícil el ejercicio de la opinión independiente y en el que se oyen sobre todo las voces de los que gritan más alto y más agresivamente, en el que el delirio tiene un prestigio muy superior al de la racionalidad, ¿de verdad nos hace falta, justo ahora, abrir una fractura más? Decía Manuel Azaña que él soñaba con un patriotismo arraigado en las “zonas templadas del espíritu”. Qué falta nos hace eso que se valora tan poco en el territorio entre cínico y visceral de la política, la templanza.
Cuidado: templanza no es tibieza, ni frigidez, ni falta de pasión. Es la decisión de no dejarse guiar por los impulsos inmediatos: la conciencia de que la realidad es muy compleja, las opiniones variadas, las soluciones difíciles, la construcción de algo muy difícil y su destrucción veloz y llamativa; templanza puede ser aceptar, como decía Isiah Berlin, que en el mundo real dos fines igualmente nobles pueden ser incompatibles, con lo cual siempre hará falta llegar a transacciones y arreglos imperfectos.  La democracia, por naturaleza, es templada y escéptica: se basa en el equilibrio de poderes, en el juego de las mayorías y las minorías, en el imperio de la ley, en el recelo hacia los caudillos, en la necesidad de acuerdos básicos pero muy profundos sobre unas cuantas cosas fundamentales, que sostienen el respeto hacia las enormes diferencias entre las personas.
Cuidado con el resplandor de los salvadores.





jueves, 1 de mayo de 2014

Otro maratón de Javi



Un año más y otro mapoma de mi hermano. Felicidades, Javi.


Esta es su Crónica.


Uno más

Que los pájaros no corren es un hecho que deberían explicarnos en la escuela. Un jilguero, vamos a suponer, se levanta por la mañana, reza sus oraciones, desayuna unos granos de cebada y luego ya se pone a gorjear un rato. Si acaso, se traslada unas ramas más allá para que el sol le vaya entibiando las plumas antes de ponerse a pensar en la tarea del día. Lo que no hace es ponerse a correr a lo tonto un maratón. No tiene por qué. Es un pájaro, claro, y ya se sabe lo que pasa en esos casos.

A lo largo de los cuatro meses de entrenamiento para el maratón, uno ha visto muchos pájaros, como se puede comprender. Sin ir más lejos, el catorce de febrero, en el bosque que bordea la carretera de Castilla, unas ochenta o cien urracas estaban dispuestas sobre el suelo del pinar como un batallón que acaba de ocupar un territorio recién conquistado. Cada una de ellas domina unos cinco o seis metros cuadrados, y el conjunto ofrece una imagen tan espléndida como amenazante. ¿Son los pájaros tan inocentes como creíamos? ¿Cómo se organizan para defender sus posesiones (¿o serán derechos?) ¿Hasta dónde llega su compromiso con la bandada? ¿Qué ocurre si una se desentiende de la tarea y se va, un suponer, a tomar unas cañas en lugar de dar el callo? ¿Cobran horas extra las urracas?

Uno se plantea estas cosas cuando encara el kilómetro treinta y cinco de un maratón, ese punto en que lo mismo te da por dormirte en los laureles que por acordarte del día en que decidiste entrar en la cofradía o por darte media vuelta aprovechando que la carrera pasa cerca de tu casa, y en tu casa hay un sofá.

Lo que pasa es que la carrera no ha comenzado, y entonces no vale, hay que ir por orden.

Correr el vigésimo maratón de tu vida después de diez años enfrentado a esa distancia podría considerarse una buena ocasión para buscarse uno las cosquillas, pero es tanto el respeto que se le tiene a la distancia que lo que uno quisiera es salir huyendo pretextando cualquier cosa, qué sé yo, se te ha olvidado la gorra, tienes que comprar el pan o el regalo de cumpleaños de la abuela, (¡ostras, el regalo de la abuela, ahora que estaba a punto de dictar testamento!), y cosas así. O que tienes una rodilla echada a perder, por decir algo: las lesiones de rodilla son muy socorridas en estos tiempos de andar de rodillas.





Lo que pasa es que nadie te creería, y entonces te toca correr. Quedas con Porfirio, ruedas unos minutos, os cruzáis con Emiliocomunero, que prepara su próxima carrera (a ver si lo digo bien: 238 kilómetros del tirón) y te da como una risa tonta, pero al cabo sales y enfilas la Castellana en medio de un pelotón en el que se han colado centenares de personas que van a un ritmo descaradamente inferior al del cajón de donde han salido, de modo que toca aguantarse y esperar a que se vaya aclarando el panorama. Dichosas las urracas, que saben distribuirse el territorio sin necesidad de aparatología digitalizada, simplemente mirando alrededor para hacerse cargo de la cosa.

Cosas de pájaros.

Sin mayores incidencias pasa el kilómetro diez, el doce, Serrano abajo, Almagro, subida por Santa Engracia, vuelta a bajar por San Bernardo, subida por Gran Vía, continuos toboganes que te van macerando la musculatura (de pajarito) a la espera de lo que viene;  o de lo que venga, a saber. El paso por Sol (ya con Óscar acompañándonos, ayuda inestimable) resulta tan emotivo como siempre. En la calle Mayor vemos a Paco J con Garabitas, tan vitales como de costumbre, dos corredores modélicos a los que uno querría parecerse sin que haya forma de conseguirlo. Palacio Real (con Toñi esperando a Miguel, a pesar del disgusto que le dio el martes por ese empeño suyo en “destrozarse el cuerpo sin necesidad, que es que no lo entiendo”), Ferraz, Rosales y Camoens, el remate de los quince kilómetros de ese sube y baja que tanto nos gusta, como queda dicho.

Fin de la primera parte. Visite nuestro bar.



Al paso por la estación del Norte, Gloria espera con algo de líquido para cruzar la Casa de Campo. Mira que conocemos la cuesta de entrada, que la hemos hecho centenares de veces, que la tenemos medida al centímetro; de poco sirve: es un estacazo en la nuca que te deja seco, el primer aviso de que Madrid no perdona. Aquí se viene a sufrir, y el que quiera otra cosa tiene maratones de sobra donde elegir. Lo nuestro es otra cosa, aunque no se sabe muy bien qué.

De modo que ahí vamos, trasteando como se puede entre los generosos castaños, tan acogedores, a la espera de rematar con más de lo mismo: la subida a Lago, otra broma pesada de esta mañanita primaveral. Menos mal que el intenso olor a romero supone un revulsivo inesperado para coronar (es un decir) la cuesta y enfilar la bajada (¿no decías que se habían acabado los toboganes?) hacia el río.

Aprovechas para soltar los brazos pensando en lo que ha de venir. En Virgen del Puerto, Porfirio afloja un poco. El estómago. Habrá que ver en qué queda la cosa. En el puente de San Isidro (tan cerquita de casa que dan ganas de confundirse de camino), aprovecho para tomar el último gel. Por el rabillo del ojo veo que se reengancha Porfirio, buena noticia, pero poco más allá me dice Óscar que va a tener que parar. Aflojo un poco por si vuelve, miro atrás, pero no los veo. Con lo que cuesta preparar esto (tantos  entrenamientos con días de perros, sacrificando tantas cosas) y todo al traste en un segundo.

Y con lo que queda aún. Pasito a paso subimos la calle Segovia y el paseo Imperial. En Pirámides espera Daniel, que me acompaña hasta el Retiro, y cómo se agradece. Como ya vamos bastante lentos, le digo que mire a ver si viene Porfirio, pero nada. Si la cosa no ha ido del todo mal (a veces, echarlo todo fuera es un alivio absoluto), nos pueden coger antes de Atocha o incluso en Colón, para hacer juntos el tramo final y la entrada en meta. Pero no les ve. Luego nos enteramos de que, efectivamente, limpió el estómago, remontó y  puso ritmo de 4.50, de modo que hemos entrado en meta prácticamente juntos, pero sin vernos. Bueno, eso nos asegura otra ocasión para intentarlo de nuevo. Antes o después tendrá que ocurrir.


No queda ya nada. Digo mal, queda el público que tanto y tan bien sabe dulcificar los kilómetros finales. Esta vez es un malagueño, en el 37:
- Ánimo, que ya lo tenéi’ en er borziyo.

Entrada al Retiro. La cabeza anda a lo suyo, aunque aún me da para ver de nuevo a Gloria, y algo más allá a Carlos y a Lara. A lo que anda la cabeza es al martes 25 de marzo a las dos de la tarde. Llueve a mares en el parque. No hay un alma. Bueno, están los pájaros, posados en el suelo. En una praderilla, juntos pero no revueltos, conviven docenas de gorriones con otros tantos estorninos y cotorras. Algo más allá, las urracas. Me pregunto qué hacen ahí, a quién esperan, por qué no buscan refugio.

Lo mismo se preguntarán ellos, seguramente.

En meta, un último pensamiento para Toño, con la esperanza de que no llegue lo peor


- Ánimo, que ya lo tenéi’ en er borziyo.


sábado, 5 de abril de 2014

Ida: Quizá la mejor película en mucho tiempo







Hipnosis en blanco y negro
Por Carlos Boyeroel País, 28 de marzo de 2014.

Es una película rodada en un precioso blanco y negro y que no puedo ni quiero imaginármela en color, en la que su elección cromática sirve para hacerte respirar la época en la que está ambientada. Son los años sesenta en Polonia y si no poseyeras datos de ella creerías que fue concebida en aquel tiempo por un poderoso creador de imágenes, que no es cine de ahora. Utiliza el formato 4:3, la pantalla es casi cuadrada. Y tiene sentido, no es gratuito, coqueto, ni experimental. No existe música subrayando las emociones de los personajes, aunque a estos les ocurran muchas y terribles cosas. La única que escuchamos es la que ponen en su casa (Bach), cantos religiosos en una iglesia, o cuando alguien interpreta al saxo, con veneración y sentimiento Naima, de John Coltrane. El metraje es de 80 minutos, el tiempo que necesita el director para contarte esta historia con tanta precisión como poder de sugerencia. No sobra ni falta un plano. Me siento hipnotizado de principio a fin.

Nada desprende olor a impostura. El claustro nevado de un convento, la bruma acercándose a un bosque, un tenue rayo de sol filtrándose en un cementerio, parece que siempre han pertenecido en esos paisajes, que no forman parte de la puesta en escena. Todo resulta insólito en Ida.También complejo, duro, misterioso, trágico, desgarrado, sutil, humano en su anverso luminoso y en su reverso tenebroso.

Narra la breve y trascendente iniciación en el mundo real, en la lacerante historia de su familia, de una joven huerfana que va tomar los hábitos de monja, que desde que ella recuerda ha vivido en un convento, protegida de la intemperie que puede crear el exterior. Una tía de la que desconocía su existencia le revelará que es judía de nacimiento y que el horror pudo ser el culpable de la desaparición de sus padres y de su hermano.

El director polaco Pawel Pawlikovski(Ida es su quinta película y lamento profundamente no haber conocido su cine hasta ahora) describe el viaje de estas dos mujeres con vivencias y mundos tan opuestos a la búsqueda de ese pasado que intuyen atroz, van a investigar la época de la invasión alemana de Polonia y constatar que el Holocausto lo perpetraron los nazis, pero que también existió la pasividad cómplice con los invasores y la codicia hacia las posesiones de los judíos entre bastantes nativos, algo que también denunciaba Claude Lanzman en Shoah al hacer exhaustiva notaría del espanto en Treblinka y en Auschwitz.
La catártica relación entre la tía, esa mujer endurecida, cínica, hastiada y amarga, antigua fiscal del Estado y firmante de numerosas penas de muerte contra presuntos antirevolucionarios, alcohólica y folladora compulsiva de hombres de una noche , y su enigmática sobrina, amante a perpetuidad de Dios pero con lógicas tentaciones hacia los placeres de la carne, que va conociendo la infamia que puede habitar en los seres humanos en determinadas circunstancias pero también las sensaciones placenteras que le podría ofrecer la existencia fuera de la protección del convento, está admirablemente descrita, con gestos tan leves como reveladores, con silencios y miradas llenas de expresividad y matices, con diálogos breves y justos, con la creación de una atmósfera magnética y creíble.

Si la actriz que interpreta a la joven aspirante a sierva del Señor causa duradera inquietud, el personaje de su desesperada tía, de esa mujer que parece estar de vuelta de todo pero que sigue sangrando por dentro, deslumbra desde su desgarrada aparición hasta su sorprendente y brutal desenlace. Esa actriz extraordinaria se llama Agata Zulesza. Sigo pensando en “Ida” después de verla tres veces. En su belleza, en su pureza visual, en su sobriedad narrativa, en lo que comprendo transparentemente y lo que me siembra dudas o me deja perplejo . Es rara y antigua en el mejor sentido, es cine muy bueno, con estilo y aroma a tiempos lejanos.