jueves, 18 de junio de 2015

Los hombros de Manuela Carmena




En el diario El País ha escrito el periodista Juan Cruz algunos artículos sobre Manuela Carmena, recientemente elegida alcaldesa de Madrid.
Pienso que si la lista que encabezaba Manuela Carmena en las elecciones municipales recibió 519.000 votos, fue en buena medida por ser ella la candidata a la alcaldía: Muchos ya la conocían y otros muchos fueron conociéndola en la campaña. Y creo que bastantes no votaron esa lista, a pesar de encabezarla Manuela Carmena, por los candidatos que la acompañaban y por estar apoyada por Podemos.
Del mismo modo pienso que si la lista que encabezaba Ángel Gabilondo en las elecciones autonómicas recibió en la ciudad de Madrid 416.000 votos, fue en buena medida por ser él el candidato a la presidencia del gobierno de la Comunidad: Muchos ya lo conocían y otros muchos fueron conociéndolo en campaña. Y creo que bastantes no votaron esa lista, a pesar de encabezarla Ángel Gabilondo, por ser una lista del PSOE.

Votos en las elecciones de 2015 en la ciudad de Madrid

Municipales
Autonómicas
Total de Votantes
1.642.000
1632.000
Abstención
743.000
729.000
PP
563.000
568.000
Ciudadanos
186.000                     
182.000                     
PSOE
249.000
416.000
Ahora Madrid/Podemos
519.000
287.000
Izquierda Unida
27.000                      
67.000                       
Si se observan los datos de Total de Votantes, de la Abstención, del PP y de Ciudadanos son prácticamente iguales en las dos elecciones del mismo día. Pero en las listas del PSOE hay una diferencia de 167.000 votos en favor de la lista encabezada por Ángel Gabilondo. Y la lista de Manuela Carmena obtuvo 232.000 votos más que la lista de Podemos a las autonómicas. En Izquierda Unida, la lista encabezada por Luis G. Montero triplicó los votos de la lista municipal.
Concluyendo: A los votantes les importa mucho el partido o candidatura, pero en determinados casos, una personalidad fuerte, íntegra, madura y bien preparada que encabece una lista de un partido o candidatura también les importa mucho. Tanto que ha sido Manuela Carmena la que ha resultado elegida alcaldesa de Madrid, con los votos de los concejales de Ahora Madrid y del PSOE, elegidos por 768.000 madrileños.

Artículos de Juan Cruz
Los hombros de Manuela

Días antes de recibir la carga de mandar en el Ayuntamiento de Madrid, Manuela Carmena servía agua en el jardincillo de su casa, al lado de donde recibió a su coetáneo José Mujica, expresidente de Uruguay. Mientras derramaba el agua con la paciencia con que aconsejaban Tip y Coll manejar ese líquido, Manuela Carmena (a quien le gustaría que todos la llamaran Manuela y la trataran de tú) sonreía con dolor; era feliz y sufría, como las madres esforzadas o como los niños bien educados, que no explican lo que sufren para no herir a los otros.
Lo que le pasaba a la jueza que un día llegó a ser alcaldesa es que tenía una tendinitis aguda, producida quizá por ese bolso enorme al que ahora se han unido las carpetas azules en las que lleva, a bordo del suburbano, los asuntos pendientes, algunos de los cuales le quemaron en las manos nada más llegar a la alta responsabilidad institucional que le ha tocado.
Ese rictus de dolor no la abandonó esos días, pero como entonces, por amabilidad institucional y por sensibilidad íntima, sigue siendo sustituido por una sonrisa que la acompañó en trances tan duros como su debate, ríspido a más no poder por la parte contraria, con Esperanza Aguirre u otros encuentros en los que ella ha mantenido el tipo como si no le doliera el hombro.
Así siempre fue por la vida, desde joven; sus amigos la recuerdan con esa sonrisa cuando les enseñaba a enfrentarse a la dictadura; así fue, sonriente como si no pasara nada, cuando se adentró en la vida carcelaria siendo a la vez jueza y maestra. Así dejó la carrera judicial, como si no le pesara el pasado, y asumió el futuro demostrando que sus hombros aguantaban también el cambio de tercio que impone la edad reciclando imágenes, vestidos y actitudes.
Ahora esta Manuela, la que pide que la traten de tú porque sirve al público, se enfrenta a una carga que parece más poderosa que sus hombros. La tendinitis ya no es una cuestión derivada del peso de las carpetas y de los bolsos; al contrario, esa es ahora una carga ligera para esta mujer que parece peinarse con las manos y que por eso lleva una diadema que le aleja los cabellos de los ojos.
En ella nada es impostado, ni el dolor; cuando la eligieron alcaldesa, sometido a la necesidad de buscar una metáfora de su actitud, este cronista halló una frase que Hemingway encontró para un personaje femenino: “Conoció la angustia y el dolor, pero nunca estuvo triste una mañana”.
Esta mujer conoció los cristales rotos (que decía Enzensberger) de la España de la Transición; por un punto de casualidad no sufrió la perversa anomalía del terror aquellos días de Atocha, en 1977; que luego se le haya hurtado también el ámbito de ese sufrimiento como si fuera una brizna de brisa en la nada desdice mucho de la memoria democrática que se les supone a sus agrios oponentes. Que esta mujer que dejó de ser comunista cuando le dio la gana haya tenido ahora que quitarse de los hombros esa sombra opaca de los sóviets que le lanzó la más pugnaz de sus contrincantes, sólo llama a preservar el respeto que personas de esta categoría merecen. Que se haya olvidado que Manuela Carmena estuvo en la lista atroz de ETA y se la acuse, al contrario, de ser secuaz, sólo maldice la condición humana tergiversada de la política que vivimos.
Los últimos incidentes, que Manuela ha afrontado, en medio de polémicas diversas y de desengaños de los que seguramente alguna vez dirá su memoria, han sido solventados con la galanura de su manera de ser; porque en ningún momento, ni en aquellos en los que pudo haberse mostrado rompiendo papeles, ha abandonado la serenidad con la que servía agua mientras el rictus de su cara denotaba el enorme dolor de su hombro lesionado.
Es un tiempo en el que Carmena, Manuela Carmena, ha venido con una ilusión que concentra las esperanzas de muchos otros (de los que no la hubieran votado, precisamente). Podría dar la impresión de que lleva en el cargo más tiempo que su tendinitis, y a partir de ahí le lanzamos dardos hasta cuando duerme. Es, en este momento, la mujer del año y no lleva ahí ni cuatro noches.
Pedir paciencia a los que ahora la zahieren, a los que no le dan ni agua, es simplemente darle lo que ella ha dado siempre incluso a los que la quisieron denostar como si no fuera Manuela Carmena.

Carmena, el don apacible

Cuando rompió con la costumbre de la astilla (el pago fraudulento a funcionarios judiciales), el secretario que tenía en su juzgado le revolvía los expedientes para humillarla. “Va dado si quiere acabar conmigo”. En La Palma dejó memoria de su don apacible: recibía a funcionarios enfadados, a putas maltratadas, y a todos les dedicaba paciencia. Cuando se enfada, se serena. Derrota con la mirada.
Cuando se produjo la matanza de Atocha no dejó que el horror la nublara y dispuso qué se debía hacer para que la ultraderecha no hundiera a los sobrevivientes. Se había entrenado en el liderazgo tranquilo. Blanca Moltó, compañera suya que la escuchó en un acto antifranquista en 1966, la recuerda en el estrado explicando por qué había que votar No en el referéndum de Franco: “No nos explicaba desde el comunismo, sino desde las libertades”.
Con los delincuentes explicó tan bien las sentencias que terminaban pidiéndole perdón por el perjuicio. Su energía, dice Juan Puig de la Bellacasa, uno de los compañeros más jóvenes de entonces de los despachos laboralistas, produce empatía, “un fuego tranquilo”. Ella cree que el pesimismo es reaccionario, y eso lo aplicó incluso en medio de la sangre atroz de Atocha.
Ahora que se han producido los enfrentamientos en los queEsperanza Aguirre le quiso sacar los colores (por lo de ETA y por lo del marido), a Carmena se la vio serena, como si calmara a su oponente. “Así hacía en La Palma”, me ha dicho este domingo su amiga Milagros Fuentes, que era una joven abogada en los setenta, cuando Carmena ponía paz. Cabreada se serena más.
No le interesaba ingresar en la política; pero este 3 de marzo mientras promovía su libro Por qué las cosas pueden ser diferentes (Clave Intelectual), su editora Lourdes Lucía comprobó que maduró la idea. Lourdes la vio abrazar a los que habían sido sentenciados por ella. 
Sabe decir no; le dijo no, por ejemplo, al miedo al avión; a los 15 años leyó en Blanco y Negro un artículo que la marcó: hay que decir sí a la experiencia de vivir. Odia la burocracia, pero la asumirá por respeto a las instituciones; y de lo que ha hecho ahora lo peor ha sido cómo se hacen las campañas. “Son un desprecio a la democracia”. Y lo más despreciable, cuando los regidores de las teles comerciales le pedían a los candidatos que discutieran entre ellos para excitar a la audiencia. “Eso disminuye la dignidad del ser humano. Y de la política”.
No le sorprendió que Esperanza Aguirre la pinchara. “No quería que se hablara de ella. Pero yo lo logré”. Se pasa la vida leyendo; y leyendo ha hecho la campaña. Por ejemplo, un libro del alcalde de Reikiavik, Cómo me hice alcalde… Y las notas de Simone Weil sobre lo más negativo de los partidos políticos: que ahogan a los individuos que los componen y dañan la libertad de pensamiento. Trabajó en Inglaterra en una fábrica de mermeladas; es ciclista, inventa juegos y lo que más le gustó de lo que le inventaron para agasajarla estos días es un dibujo en la que se la ve abrazando a un oso. “Sí, yo podría ser una alcaldesa cuidadora”.
Cuando sonríe no significa que esté feliz. Es que está mostrando su don apacible. Por dentro puede que Manuela Carmena esté hirviendo.

Manuela Carmena comunica
Manuela Carmena tiene Twitter, Facebook, teléfono fijo, teléfono móvil. Las redes sociales, que transita de puntillas, están a pleno rendimiento, porque seguramente se las alimentan miembros de su equipo. Pero el teléfono de casa comunica, y el móvil (que será también, imagino, el de Ahora Madrid) también comunica.
Ni su wasapp ni su móvil de toda la vida reciente están sirviéndole a la posible alcaldesa más que su presencia física. Por decirlo así, es una mujer analógica, que además toda la vida se ha comunicado como todo el mundo se comunicó toda la vida. Sus amigos de siempre, así como los sobrevenidos, la buscan ahora y la tienen que encontrar donde siempre: en el metro, en la calle, o en la Feria del Libro. Los periodistas fuimos a buscarla a la caseta de su editorial,Clave Intelectual, y allí dijo algo que comunica más que un discurso: hoy es el día de los lectores; ya tendrán ustedes sus días.
Entre esos amigos sobrevenidos hay incluso exediles muy reputados que cuando no responden en el ayuntamiento que todavía ejerce aconsejan que se esperen a que llegue Carmena, pues Manuela responde, comunica, es capaz de disponer de paciencia para que las llamadas acumuladas sean también llamadas de tránsito ineludible.
Esa virtud, la paciencia, así como su edad, han convertido a Manuela Carmena en un émulo del viejo profesor Tierno Galván. A diferencia del legendario alcalde de Madrid, ella tiene los años que tiene (71), mientras que Tierno tuvo la tentación, y cayó en ella, de hacerse más viejo de lo que era, 61 años al llegar a la Alcaldía. En aquel entonces un alcalde mayor de edad, en la España de las burbujas de la movida, podía permitirse licencias (sus pregones, su lenguaje cheli) que otros más jóvenes hubieran convertido en cacharrería.
Por otra parte, Tierno fue tan lejos en su afán por ser otro que convirtió en leyenda hasta los datos biográficos. Pero Carmena ha hecho de su biografía un currículum de persona normal: ha escrito artículos y libros, ha hecho discursos y ha convencido a acólitos comunistas cuando esta palabra estaba proscrita; convenció a los delincuentes de que no era correcto delinquir, y lo hizo con la palabra, suavemente. En eso sí se parece al viejo profesor, al que tanto se la asimila ahora. Como Tierno (y como Ángel Gabilondo, por cierto), Carmena amansa las fieras amansando primero las palabras, y ese es un arte mayor de su vida y también de su campaña. En el epicentro de la polémica que tuvo con ella Esperanza Aguirre, ella se mantuvo incólume, como si oyera llover. Y en el epílogo de esa lucha volvió al estilo pedagógico e indiferente: cuando la presidenta del PP madrileño volvió a la carga para desposeerla de la dignidad de la alcaldía, Manuela Carmena puso la voz en su sitio para decir que su famosa oponente necesita a su lado alguien que la ayude.
En eso se parece a Tierno, en la manera tranquila de establecer su distancia entre el verbo ajeno y el verbo propio. Comunica y escucha; es raro imaginarla en una situación en la que alce la voz más allá de lo que se puede escuchar. Y se entretendrá (quizá como Tierno) hasta con las cosas que le importan un bledo. Es educada, en grado sumo. Por eso quienes no son sus votantes, pero conocen el Ayuntamiento, creen que se equivocan quienes creen que va a llegar y, antes de escuchar, va a decir cuatro frescas.
Un día la acompañé a hablar con un inventor de juegos, Gonzo Suárez. Aquella mujer que entonces tenía 62 años (hace nueve), miró a Gonzo (de 46) e hizo como los mayores educados, le lanzó una pregunta, no le dio un sermón. Tierno daba sermones, a veces con mucho humor; ella lanzará preguntas. Le preguntó a Gonzo: “¿Qué piensas del videojuego?”. Ahí empezaron a conversar. “El derecho, como el juego, son reglas útiles para vivir mejor”, dijo ella. Y al final de todo se pusieron a hablar de la prisa contemporánea. Ante la inquietud de Gonzo, ella se expresó (esta vez sí) como Tierno: “Yo creo que vamos a vivir una época con menos miedo, y eso va a dar muchísima más felicidad”.
Es una mujer paciente; que nadie espere de ella que, aunque se le colapsen los teléfonos, deje de comunicar. Eso hará, no imitando a Tierno, pero sí como Tierno Galván.







miércoles, 17 de junio de 2015

Maratón con solanera de mi hermano Javi

El pasado siete de junio mi hermano corrió, una vez más, un maratón, este en Aguilar , Palencia. Enhorabuena y un abrazo, Javi.

"Lo normal, cuando uno se levanta, es desayunar. Cuando lo que amanece es un día en que se va a correr maratón en Aguilar, Palencia, lo suyo es desayunar mucho antes y algo más que un día cualquiera. Con lo que no se cuenta es con quedarse sin un diente en pleno desayuno, casi de madrugada. Pero ocurre, y toca correr desdentado.

Las vacas no tienen dientes, pero no por eso dejan de desayunar. Los terneros desayunan leche materna durante las primeras semanas de vida. En el primero de los cinco pasos de este maratón por la aldea de Villallana, dejamos a la izquierda una cuadra que me traslada (medio siglo) a la infancia: un hombre ordeña una vaca mientras el ternero muge débilmente, imagino que en demanda de su desayuno. El aroma de la leche, sumado al del estiércol tierno y al del heno, el olor de animales en plena vida, así, de forma inesperada, me saca de la carrera y me arrebata hasta un paraíso que cada vez va quedando más a trasmano.

El día, que había amanecido nublado y suave, poco a poco se va poniendo severo. El sol comienza a castigar demasiado pronto. A nadie le cabe duda de que tomar el sol tumbado en una pradera es un placer al alcance de cualquiera; sólo hace falta tener ganas de disfrutarlo. Es lo que hacían en el parque de Las Moreras, tres semanas atrás, cuatro de los auxiliares de conversación del instituto, una vez terminada la jornada laboral. Ese día tocaba hacer veinte cambios de ritmo en series de cuatrocientos metros. Un ejercicio tan exigente como satisfactorio. En uno de los cambios pude ver en el césped a mis colegas, procedentes de tierras brumosas, disfrutando del sol en pleno mayo. Me acerqué un momento a saludar. Uno de ellos tocaba una suave melodía con el ukelele. Les invité a compartir el entrenamiento. Declinaron la oferta, sobra decirlo. Por su parte, quizá por timidez, no me invitaron a dejarme mecer por el ukelele. Seguramente habría aceptado.

Estamos en el k. 21, y el sol comienza a hacer estragos. El pulso se eleva mucho más de la cuenta, así que la idea de abandonar comienza a minar el ánimo. De hecho, en el tercer paso por meta, se van quedando varios corredores (sólo somos 38), entre ellos la única chica participante, una inglesa habitual de este maratón casi secreto. ¿Cómo seguir en una carrera sin una sola chica? ¿No resulta totalmente discriminatorio, injusto, machista, abusivo, prehistórico y mil adjetivos más cuya única función es desgastar la voluntad del corredor que no sabe cómo evitar el suplicio que le espera?

En el k. 30 sigue cayendo el ritmo, única forma de mantener el pulso medio controlado. Ya no hay duda de que este va a ser el maratón más lento de los veintiuno corridos hasta ahora (nada que ver con los 210 que lleva encima otro participante en la prueba, Santi Hitos), salvo que se haga realidad el abandono. Pero un maratoniano no puede, no debe hacer trampas, y menos jugando al solitario. Hay que seguir. ¿Objetivo? Conseguir la peor marca personal. Así de fácil. Por el aire vuelan los ‘vilani’ desprendidos de la doble hilera de chopos que “guardan el camino y la ribera” del Pisuerga. Es un leve espejismo, el rumor del río. Porque no seguimos su curso. Queda doscientos metros más allá, en paralelo a este tramo del circuito. Quién pudiera correr bajo la sombra de los chopos, en lugar de arrastrarse bajo este sol de granito.

Uno de los objetivos iniciales, llegar a meta sin ser doblado por los dos que van en cabeza (lo que implica siete km de ventaja), se desvanece en el k.34. Según mis cálculos llegarán en 3h05, un tiempo muy discreto para tipos acostumbrados a 2h45 - 2h50. El sol está repartiendo leña a todo el mundo. Para asimilar el bajonazo, me traslado a otro entrenamiento, a mediados de abril. Frente al citado parque de Las Moreras, hay un centro comercial. Un acordeonista eslavo entretiene al personal durante los treinta segundos que se mantiene en rojo el semáforo. Ese medio minuto le da para unos compases (de bolero, habitualmente) que repite tantas veces como cambios de verde a rojo programa el relé del semáforo. Una actividad tan mecánica como cualquier otra, con tal de poder desayunar a diario, con más o menos dientes. Pues bien, ese día se ha desatado una tormenta considerable. No pasa nadie. El músico y su acordeón se quedan solos, bajo un plástico del que emerge una melodía que nada tiene que ver con lo habitual. Parece una danza húngara, visceral y enérgica, rotunda. A saber en qué estará pensando este anciano músico, tan lejos de todo.

k.39. Es el último de los veinte repechos que incluye esta prueba. En la cuneta, macizos de piornos en plena floración. A las nueve y cuarto desprendían un aroma fresco y estimulante. Ahora sueltan un pestazo recocido que provoca varias arcadas durante los doscientos metros que tiene la subida. Y de nuevo, el recuerdo. Carril-bici en El Carrascal. Mediodía de una jornada luminosa. Cuarenta preescolares cabalgan en sus bicicletas, con o sin ruedines, acompañados de media docena de profes. Me aparto para no estorbar. En un ligero repecho, un niño se queda clavado. No entiende bien por qué la bici no anda. Habla consigo mismo: “No puedo”. No está irritado, no gimotea ni demanda nada. Sencillamente enuncia un hecho. Sin que lo advierta, le doy un suave empujón y corona la cuestecilla. Quién pudiera.

Entro en meta como quien cae por un precipicio. Recojo mi diploma y saludo a Gabriel (organizador del evento, el único maratón gratuito que existe en Europa, y única razón tal vez de tan escasa asistencia, a pesar de la crisis). Sigo caminando un poco para evitar el colapso de los músculos. Cincuenta metros más allá, una treintena de querubines comulgantes (ellas de blanco-azucena, marineros o almirantes ellos) vienen en procesión desde la Colegiata. Me cruzo con la comitiva y no acabo de saber si estoy viendo lo que creo ver o si voy entrando ya en el Paraíso, cojitranco, greñudo y desdentado.



jueves, 28 de mayo de 2015

Telesforo en La Calera


Mi compañero y amigo, el pintor Miguel Ruiz-Poveda, me ha entregado hoy este retrato de mi suegro, Telesforo. Me lo prometió cuando le conté su trabajo durante más de cuarenta años en La Calera. Desde aquí, de nuevo, mi agradecimiento y mi asombro ante el arte del Dibujo. Gracias, Miguel.

“Este verano pasado, con 98 años bien cumplidos, Telesforo aún ha ido a La Calera. Arrimaba yo el coche junto a la puerta de su casa a las ocho  en punto, siempre me estaba ya esperando, y nos íbamos un par de veces por semana a regar, a tapar las uvas para guardarlas de los pájaros y a limpiar y cavar lindes y alcorques. Mientras yo llevaba cubos de agua a algunos arbolillos, él, imponente como un héroe griego,  con su camiseta de tirantes y su sombrero de paja, ajustaba la abertura de sus ojos al resplandor del sol y subía cubos de agua acariciando la carrucha del pozo. Así se olvidaba de sus muchos años. Aún ha vareado más de quince almendros, y todavía le he visto comer uvas e higos a pecho y con deseo. El bastón quedaba en el portalón, pues la tierra, blanda, le sustentaba con un plus de fuerza y juventud.”                Jesús Bermejo

http://roblesamarillos.blogspot.com.es/2011/02/la-calera-memoria-de-un-tiempo-de.html








martes, 26 de mayo de 2015

Caminando junto al Manzanares



Diez de la mañana de un día de mayo de 2015. Voy en metro  hasta Príncipe Pío. Bajo hacia la explanada de acceso a la Casa de Campo y tomo la orilla derecha del Manzanares. Caminantes, ciclistas y corredores no faltan pero todo está bastante despejado. A buen ritmo voy andando y atrás van quedando el palacio Real, el puente de Segovia, San Isidro y el Calderón. El puente de Toledo, siempre sublime, lo es aún más con los rosales y parterres que lo rodean. Quedan atrás también la Arganzuela y el Matadero y los nuevos puentes sobre el río. Dejamos atrás Legazpi. La M-30 sale de sus túneles y rodea el río a a derecha e izquierda. Los espacios para andar y correr se estrechan mucho pero no desaparecen. 

Por un puente sobrevolamos el nudo sur y accedemos al Parque Lineal del Manzanares, una extensión verde considerable y muy bien ajardinada desde cuya atalaya vemos una extraordinaria panorámica de Madrid.

 Aprovecho para sentarme un rato y tomar un bocadillo. Cuadrillas de empleados cuidan el parque.




El río corre desahogado y se nos presenta en toda su ruralidad. Por su orilla izquierda, y luego por la derecha, recorro más de tres km de senda, en la que de vez en cuando aparece algún ciclista o corredor. Veo a la derecha la Caja Mágica (¡Lo que ha quedado de aquellos delirios de Olimpiada!). Más adelante, una depuradora vierte sus aguas al río doblando el cauce. Paso bajo sucesivos puentes, sobre los que van veloces coches y trenes. A pesar de ello el paseo es gratificante. 


Miro el reloj: La una y diez. A la altura del barrio de Los Rosales dejo la senda y me dirijo a la estación de cercanías de Villaverde Bajo. Cojo el tren y a los trece minutos estoy en Sol.






Si pinchas en el enlace, podrás ver la ruta seguida.





jueves, 21 de mayo de 2015

Últimas lecturas



En los últimos seis meses he ido leyendo libros de lo más variado, si bien lo que ha predominado ha sido la narrativa. Voy a resumir aquí lo más interesante.

Novelas

Así empieza lo malo, de Javier Marías
Como la sombra que se va, de Antonio Muñoz Molina
El impostor, de Javier Cercas
Distintas formas de mirar el agua, de Julio Llamazares
El balcón en invierno, de Luis Landero
El final de Sancho Panza, de Andrés Trapiello
Intemperie, de Jesús Carrasco

Los novelistas más consagrados de mi generación han publicado libro recientemente. Marías, o el gusto por el estilo y la referencia ética; Muñoz Molina, la introspección en una mente ajena y el ajuste de cuentas con la memoria personal; Cercas, el ensayo imposible o la realidad narrada en lucha con la impostura; Llamazares, la memoria de resistencia de lo que ya no existe; Landero, un intento irónico de memoria familiar; Trapiello, una aceptable continuidad de una historia universal; Carrasco, una historia desgarrada y seca narrada con un estilo clásico


La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares
Liberados, de Sándor Márai
El último encuentro, de Sándor Márai

Tres clásicos de la literatura mundial. Bioy, una historia brillante y bien escrita pero que no me ha llegado; Márai, dos narraciones de un autor clásico del siglo XX, mejor la segunda, escritas con un estilo envolvente y refinado.

La hierba de las noches, de Patrick Modiano
Koba el temible, de Martin Amis
Miguel Strogoff, de Julio Verne

Modiano, una historia de posguerra y un ambiente clandestino en un estilo cortante y sincopado; Amis, un ajuste de cuentas con Stalin y su séquito; Verne, la aventura entusiasta narrada con solvencia y desenvoltura.


Ensayo

La invención del Quijote, de Manuel Azaña
Teresa de Ávila, de Kate O’Brien
Vivir es resistir, de Jorge Semprún
Sosiego, de Wilhelm Schmid

Azaña, la modernidad de una visión del Quijote adelantada en más de cincuenta años a la crítica; O’Brien, una visión novedosa de Teresa de Ávila; Semprún, tres conferencias sobre la vida y la resistencia moral; Schmid, el intento de presentar la serenidad como la mejor virtud de la vejez.


Diarios

El tejado de vidrio, de Andrés Trapiello

Uno de sus muchos diarios, con momentos interesantes, observaciones acertadas y entretenida curiosidad.

Viajes

Viaje a Rusia, de Stephen Zweig
Guía de Lisboa, de Fernando Pessoa

Zweig, el extraordinario estilo y la novedad al servicio de una buena crónica; Pessoa, el amor por una ciudad que impide la melancolía que uno podría esperar.

Música

Canciones para enmarcar, de Jaime Urrutia

Urrutia, una historia de los últimos cincuenta años contada con gracia y precisión a través de su música preferida.