viernes, 23 de octubre de 2020

En la Puerta del Sol de Madrid falta una placa

 

En este tejer y destejer de placas conmemorativas, estatuas y nombres de calles que últimamente sucede en Madrid, me viene a la memoria algo que lleva bullendo en mi cabeza desde hace mucho tiempo. Me refiero al edificio de la Puerta del Sol de Madrid al que se le conoce como Real Casa de Correos. En efecto, fue Casa de Correos, luego albergó al Ministerio de la Gobernación y después las dependencias de la Dirección General de Seguridad franquista. Actualmente es la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid. 

En las paredes de la Casa de Correos hay dos placas conmemorativas: una honra a los héroes del 2 de mayo de 1808 y otra recuerda a las víctimas de los atentados  del 11-M. Recientemente se  inauguró una más,  en solidaridad con las víctimas del coronavirus. Una cuarta placa, pero en otra ubicación de la plaza, está dedicada al 15-M.





Para que la evocación de la historia de la plaza sea completa, sería de justicia colocar una placa más, una placa que diga: 

 



 

 


lunes, 19 de octubre de 2020

Pasaba por aquí

              

Han pasado cuatro meses desde el último artículo que subí a este blog, cuatro meses en los que parecía que el virus hubiera desaparecido de nuestras vidas, tanto deseo teníamos de salir de casa y poder andar libres y sin confinamiento. Los más prudentes avisaban de que se mantuvieran las tres m: mascarillas, metros de distancia  y lavado de manos; y, unido a ello, evitar estar en sitios cerrados. Creo que casi todos hemos mirado por nosotros y por los demás, siguiendo con el protocolo de las tres emes durante todo el verano y en los meses de otoño que van transcurriendo. Pero una parte de la población desistió o se rebeló, tanto da.

Por otro lado, una buena parte de las autoridades políticas no han cumplido con sus obligaciones comprometidas en la desescalada: rastreadores, más medios y más personal sanitario. Y así hemos llegado a esta segunda ola, que nos va a llevar a un segundo confinamiento si no se para la extensión del virus con medidas más severas que las que ahora se están desarrollando. Por lo demás, desde un principio, detesté y detesto el uso político que muchas autoridades están haciendo de este asunto del virus, singularmente el gobierno autonómico de Madrid, que ni quiere tomar decisiones recias ni admite que el gobierno de la nación las tome en su lugar. Ningún político está libre de culpa pero me niego a las equidistancias.

 

Poco se acuerdan ya esos políticos demagogos y altaneros de aquellos días de finales de marzo, cuando todos votaron a favor del confinamiento en el Congreso, desde los ultraderechistas hasta los independentistas, tal era el miedo general, tal la tragedia de los hospitales llenos y los miles de muertos en morgues improvisadas. Todo era silencio y angustia, todas las miradas se envolvían en ansiedad y miedo. Nadie aún se atrevía a levantar la voz para apropiarse de los muertos; a ningún partido aún se le ocurría buscar culpables y generar desazón y desesperanza en la población. Todos estábamos a las ocho en las ventanas y, mientras la gran mayoría aplaudíamos a los sanitarios y demás trabajadores  esenciales, algunos ya urdían reventar esos aplausos con caceroladas insensatas, populistas y descerebradas.

Fue por aquellos días cuando nos enteramos de la muerte de Luis Eduardo Aute. Y entonces al miedo se unió la pena, y al dolor la melancolía de saber que se acababa de ir un artista que había cantado muchos sentimientos compartidos y muchas situaciones vitales, a veces tristes pero siempre acompasadas por la hermosura musical y literaria de sus canciones. Y un día de aquellos, mi hermano Javi nos hizo partícipes de su pequeño homenaje a Aute, enviándonos una interpretación de la canción Pasaba por aquí, acompañándose de su guitarra. A los pocos días se me ocurrió cantar dicha canción con él, haciéndole unos dúos desde la lejanía, pues imposible era juntarse entonces. Hoy traigo aquí aquella grabación, ilustrada con fotos otoñales de El Retiro de Madrid, ese parque al que a veces iba Aute, cuando, como él decía, tenía que subir a Madrid, pues su parque era sin dudarlo el que hay al lado de su casa, el de la Fuente del Berro.


Sigo pensando que, cuando este virus sea vencido, el mundo va a cambiar a mejor, si bien ahora estamos mal, mucho peor de lo que se preveía en primavera, sobre todo los que han perdido su trabajo, los que han perdido a sus familiares y amigos, los que han perdido sus negocios. Pero antes de un año el virus se agotará en millones de vacunas, y para entonces el señor Trump ya se habrá ido a su casa pues los ciudadanos estadounidenses así lo habrán decidido con sus votos. Y en ese terremoto trumpista, los populistas de todos los países serán desenmascarados. 

En todo el mundo se reforzarán los sistemas sanitarios y educativos, pues si no fuera así, la humanidad se precipitaría por simas que no quiero ni imaginar. Como todos hemos aprendido mucho del siglo XX, estoy seguro de que quedarán fuera de juego los populistas, los demagogos, los cantamañanas y los taimados. ¡Ah! se me olvidaba: también quedarán arrumbados aquellos partidos que mantengan en sus programas eso de asaltar los cielos. Al tiempo.

 


Enlaces:

https://roblesamarillos.blogspot.com/2020/04/luis-eduardo-aute-ha-muerto.html

https://roblesamarillos.blogspot.com/2020/03/un-fantasma-recorre-el-mundo-el.html

https://roblesamarillos.blogspot.com/2020/03/el-regreso-del-conocimiento-antonio.html

https://roblesamarillos.blogspot.com/search?q=trump


 

viernes, 19 de junio de 2020

Cuaderno de Geografía


De aquel bachillerato elemental que cursé entre 1962 y 1966 en un colegio de Madrid, las clases que más me gustaban eran las de lengua y las de geografía. Don Inocencio, un profesor activo y sabio, nos obligaba a confeccionar un cuaderno con mapas hechos a mano y una selección de datos de cada país. Ese cuaderno de geografía fue a parar al desván de la casa del pueblo, a un armario donde mi madre iba colocando todos mis libros y cuadernos cuando terminaba cada curso. 

Muchos años después, revisando con algo de melancolía aquel armario, la mano se me fue al cuaderno de las tapas rojas, aquel que preparé con don Inocencio cuando tenía doce años. Hace algún tiempo lo llevé a la imprenta para que lo protegieran un poco, pues merecía la pena guardarlo con esmero.

Al hojearlo siempre me vienen a la cabeza aquellos ratos en los que íbamos a las agencias de viajes de la plaza de España de Madrid para que nos diesen folletos, de los que sacaríamos las ilustraciones para nuestro cuaderno. Después, elegir, recortar y pegar. 

Es verdad que desde 1963 muchos han sido los límites de países que han cambiado y también todos los datos de población y de economía.  Pero aquel cuaderno me ubicó en el mundo. Eso no ha cambiado. Gracias a don Inocencio. Y a nuestra ilusión por hacer las cosas bien.

En mis clases de 1º de ESO a lo largo de los años propuse a mis alumnos copiar y comentar un poema de Concha Méndez a propósito de este asunto. Aquí lo traigo:

                        Los mapas de la escuela,

                        todos tenían mar,

                        todos tenían tierra.

                        ¡Yo sentía un afán

                        por ir a recorrerla!…

                        Soñaba el corazón

                        con mares y fronteras,

                        con islas de coral

                        y misteriosas selvas…

                        Soñaba el corazón…

                        ¡Oh, sueños de la escuela!

                                                                   Concha Méndez

https://literaturadelsigloxxenvalmayor.wordpress.com/tag/concha-mendez/

 

 













sábado, 2 de mayo de 2020

Caminando junto al Manzanares


Diez de la mañana de un día de mayo de 2015. Voy en metro  hasta Príncipe Pío. Bajo hacia la explanada de acceso a la Casa de Campo y tomo la orilla derecha del Manzanares. Caminantes, ciclistas y corredores no faltan pero todo está bastante despejado. A buen ritmo voy andando y atrás van quedando el palacio Real, el puente de Segovia, San Isidro y el Calderón. El puente de Toledo, siempre sublime, lo es aún más con los rosales y parterres que lo rodean. Quedan atrás también la Arganzuela y el Matadero y los nuevos puentes sobre el río. Dejamos atrás Legazpi. La M-30 sale de sus túneles y rodea el río a a derecha e izquierda. Los espacios para andar y correr se estrechan mucho pero no desaparecen. 

Por un puente sobrevolamos el nudo sur y accedemos al Parque Lineal del Manzanares, una extensión verde considerable y muy bien ajardinada desde cuya atalaya vemos una extraordinaria panorámica de Madrid.

 Aprovecho para sentarme un rato y tomar un bocadillo. Cuadrillas de empleados cuidan el parque.




El río corre desahogado y se nos presenta en toda su ruralidad. Por su orilla izquierda, y luego por la derecha, recorro más de tres km de senda, en la que de vez en cuando aparece algún ciclista o corredor. Veo a la derecha la Caja Mágica (¡Lo que ha quedado de aquellos delirios de Olimpiada!). Más adelante, una depuradora vierte sus aguas al río doblando el cauce. Paso bajo sucesivos puentes, sobre los que van veloces coches y trenes. A pesar de ello el paseo es gratificante. 


Miro el reloj: La una y diez. A la altura del barrio de Los Rosales dejo la senda y me dirijo a la estación de cercanías de Villaverde Bajo. Cojo el tren y a los trece minutos estoy en Sol.



Pipo



Entró en nuestra vida como sin querer, ocupando el hueco que Linda había dejado unos meses antes, cuando desapareció. Pipo era entonces un cachorrillo de color canela, que mordisqueaba todo lo que encontraba a su paso, y que alborotaba la vida allí por donde pasaba. Pero también era un perro miedoso y precavido: aún recuerdo cómo se resistía a entrar en el ascensor cuando nos lo trajimos del pueblo.

Pipo es un perro alegre, bruto y cariñoso. Siempre está dispuesto a saludarte y a jugar, para él es lo mismo, y también a salir de paseo. Come cuanto se le echa en su cuenco, pero además, al menor descuido, se zampa en un santiamén cualquier manjar que encuentre por la calle. Es un perro práctico y astuto. Y testarudo. En el pueblo se pierde siempre al volver del paseo por el campo, y eso le permite callejear y husmear a su antojo. Después, cuando lo considera oportuno, vuelve a casa y llama a la puerta falsa para que le abramos y, si no estamos, unas veces opta por darse una vuelta más y otras, por echarse junto a la puerta hasta que regresemos.

Pipo es muy cariñoso con todos aquellos a los que les gustan los perros, y juega con ellos hasta el agotamiento, sin más límite o freno que el que se le imponga con reiteración. Pero ignora sin rencor alguno a las personas que no conectan con los perros, no les hace caso alguno, les deja estar en paz.

Hasta en el dormir es práctico y brutote. Se le ve a menudo panza arriba, despatarrado y con todo al aire, muy lejos de la dulzura de Linda cuando estaba dormida. Aunque también Pipo puede ser delicado, como cuando prepara su cama en invierno, haciendo un ovillo con la jarapa de la cocina y enrollándose en ella hasta encontrarse a gusto. 

Lo más bonito de Pipo es su mirada, siempre tierna y transparente. Y lo que más enfada, su comportamiento en el pueblo, cuando, libre de correas, lo llamas y, en lugar de venir, hace un quiebro como de juego y se marcha corriendo a la ventura, perdiéndose por las calles. Su tozudez va unida a la  seguridad de encontrar la casa abierta a su regreso. Pero su mirada siempre es la mejor prenda  de su fidelidad y de sus atenciones.

Música del Renacimiento español

 
Nueve composiciones de músicos del Renacimiento Español 


Juan del Enzina
Más vale trocar

     
Antonio de Cabezón
Differencias sobre el canto llano del caballero
    


Tomás Luis de Victoria
Ave María


Luis de Milán
Pavana nº 1


Luys de Narváez
Guárdame las vacas


Alonso Mudarra
Fantasía X


Cristóbal de Morales
Officium Divinum


Diego Ortiz
Recercada



Juan del Enzina
Ay triste que vengo

Una mañana en el Lázaro Galdiano