viernes, 28 de enero de 2022

En la muerte del abuelo

El pasado viernes, 21 de enero de 2022, falleció mi padre, de muerte natural. A punto de cumplir los 98, se fue discretamente y lo despedimos familiares, amigos y vecinos en el Tanatorio de San Isidro de Madrid.

No se me ocurre mejor forma de homenajearlo que trayendo aquí unos textos de despedida de dos de sus nietos, uno de Cristina, escrito en la intimidad de su cuarto, y otro de Daniel, informando del hecho en la página de Facebook de Puerto Castilla.

El escrito de Cristina

El escrito de Daniel

Pulsar en el enlace:

https://www.facebook.com/photo/?fbid=10160258981780815&set=gm.10158612291592688

Mi escrito 

Mis padres también fueron jóvenes

Cuando mi madre cumplió catorce años, abuela María la llevó a Plasencia para que estudiara corte y confección, pues parecía ser ése un oficio que la atraía. Se alojó en casa de  tía Isabel, una prima segunda de abuela con la que ésta mantenía una estrecha amistad. Tía Isabel era una señora muy singular, con una voz especial y distinguida, una voz que mostraba dulcemente las yes del habla extremeña y las leves caídas de la entonación al final de las frases. Se quedó viuda siendo bastante joven, así que tuvo que admitir huéspedes para completar la menguada pensión que le había quedado.

En casa de tía Isabel se comía a plato y el último en servirse era siempre Alejandro, su hijo menor. Unas veces era poco lo que quedaba en la fuente y otras bastante, pero Alejandro habitualmente apuraba hasta lo último. Tal fama de tragón se ganó, que aún hoy se hacen bromas en la familia a propósito de aquellos platos a rebosar que se metía entre pecho y espalda en un santiamén, o de aquéllos otros menguados, con apenas un cucharón de lentejas, que descomponían su cara y le hacían maquinar cómo completar su exigua ración.

Al llegar a aquella casa, lo primero que hizo  mi madre fue aprenderse de memoria el nombre de la calle y el número: Rúa Zapatería, 10, cerca de la Plaza Mayor, al lado de la catedral. Al principio echaba de menos, en aquel cuarto estrecho que compartía con su prima Chon, las confidencias que le hacía su madre cuando iban a fregar los cacharros a la regadera del Regajillo, o lo bien que le daba al palique cuando cosían a la sombra, en las largas tardes de verano.

Muy pronto se dio cuenta, con la vivacidad de sus ojos verdes, de que aquélla era la ciudad de su vida, su destino privilegiado. Midiendo telas y dibujando patrones, mi madre soñaba con un futuro próspero en un taller de costura propio, con una clientela fija que le permitiera quedarse para siempre en Plasencia, disfrutando de un trabajo bien hecho y sin las penurias de la vida del campo.  

Pero aquello no duró más que dos años, y no se sabe  a ciencia cierta si fue por la escasez de comida –eran los duros años de la posguerra-  o por la falta de espacio en la casa. Aunque, pensándolo mejor, tal vez la causa residiera en que mis abuelos se cansaron del precio que tenían que pagar por la estancia de mi madre en Plasencia, ya que todos los veranos, en cuanto acababa el curso, tía Isabel llevaba a sus tres hijos a Aravalle  y los dejaba en casa de mis abuelos hasta mediados de septiembre. Allí disfrutaban de lo lindo, sobre todo Alejandro, que con su estómago insaciable nunca se cansaba de comer y engordaba lo suyo, ya que en casa de mi abuela todos comían de la misma fuente y ésa era una costumbre que a aquel tragón le parecía extraordinaria.

También mi abuelo debía apreciar mucho tal costumbre así que, para preservarla debidamente,  convencería a mi abuela de la necesidad de que aquel intercambio terminase. Fuera por una u otra causa, mi madre ya no volvió más a sus clases de corte y confección en el colegio de las Josefinas.

Aquellos dos años dejaron una profunda huella en su forma de encarar la vida. Su predilección por Plasencia siempre le hizo añorar la ocasión perdida, y cada vez que volvía a su ciudad, paseaba con nostalgia por plazas y calles, visitaba palacios e iglesias, recorría la catedral y el mercado, entraba en tiendas de ropa y se quedaba deslumbrada al ver los puestos de frutas y verduras de la Plaza Mayor. Aunque, para su desgracia, las más de las veces deambularía por aquellas calles buscando farmacias de guardia o caminando hacia la consulta de don Pedro, el médico de la tuberculosis.

Cuando volvió a Aravalle, mi madre ayudaba en las tareas de la casa y se esforzaba atendiendo a sus primeros sobrinos, la numerosa prole de su hermana Filomena, que allí se criaba al abrigo de la bondad de mi abuela María. También se empleaba a fondo en algunas tareas del campo, las reservadas a las mujeres: sembrar, coger fruta, ayudar en la recolección de las patatas, traer leña, llevar la comida a los hombres allí donde estuvieran trabajando... En sus ratos libres seguía con su afición a los patrones y las telas, hasta que vio que era vano empecinarse en ir contracorriente  y decidió guardar en el baúl sus útiles de pantalonera en ciernes. Las reglas, los cartabones, las tizas, el metro de madera, los libros y cuadernos de labores, los dibujos de prendas  y los recortes de revistas se quedaron para siempre en el tiempo de lo que no pudo ser.

Fue ganando fama de buena persona, como su madre, y de ferviente católica, como su padre. En aquellos años de devoción mariana obligatoria, perteneció a la asociación religiosa “Hijas de María”, entre cuyas tareas estaban las de cuidar el altar de la Virgen, visitar a los enfermos y dar catequesis los domingos. Tenía gran amistad con Juana y con Tomasa pero su amiga preferida era Sabina, su prima, a quien le contaba todo tipo de confidencias. Los domingos por la tarde solían ir al salón de baile, primero al de abuelo Jesús y luego al de tío Román. Allí podían mirar sin  reserva a los mozos del pueblo y bailar con ellos si las sacaban.

Pronto empezó a fijarse en Enrique, un mozo simpático y guapetón, a quien miraba embelesada mientras hablaba con sus amigos. Él también se fijó en sus ojos verdes y en su figura, así que un día la invitó a bailar. Ella hizo un mohín pero aceptó, y con la mano izquierda le abrazó suavemente el hombro mientras le ofrecía la derecha para que se la cogiera. Él le ciñó la cintura con decisión y empezaron a bailar el bolero que salía del manubrio, primero con extrañeza y después con soltura. Enrique la llevaba muy bien, era muy bailarín.

En la conjunción de  dos lugares contradictorios- el salón de baile y la iglesia- mi madre encontró la seducción de la vida pero también la agonía del remordimiento y el pecado, pues entonces casi todo era pecado. Después de titubeos y exploraciones, de avances y confusiones, decidieron confirmar su noviazgo y andar el camino que les llevaría a casarse unos años más tarde.

Cuando mi padre cumplió dieciséis años, abuelo Jesús lo llevó a Avila para que estudiase ebanistería en la Escuela de Artes y Oficios. Se hospedó en casa de su tía Primitiva, que vivía en la calle Tras de Gracia. Allí dormía y comía pero su vida transcurría en la Escuela, donde iba aprendiendo a manejar cepillos, escoplos, escorfinas, garlopas y sierras. Todos los días, al subir aquellas cuestas camino de las clases, iba pensando en su futuro y se entusiasmaba con la idea de tener un taller  cuando fuese mayor. Le encantaba aquel oficio y estaba dispuesto a hacer lo que fuera por llegar a ser un buen ebanista.

Viviendo con su tía, mi padre conoció de cerca la triste historia de aquella familia, que para él había sido un enigma hasta entonces. Tía Primi, aún con lágrimas en los ojos, le contaba a mi padre que su marido la había abandonado a los nueve años de casarse, que se había llevado al único hijo varón y que las había dejado en la miseria a ella y a su hija Lumi. Tía Primi le decía que sacó fuerzas de flaqueza, después de mucho llorar, y no paró hasta lograr un trabajo fijo, una portería que le permitiera salir adelante. Tuvo que aprender, con tristeza y dolor, a vivir sin su hijo, a renunciar a él, a conformarse con su secuestro.

Aquellos estudios de mi padre fueron interrumpidos bruscamente a los dos años de su comienzo, cuando abuelo Jesús se murió. Mi padre tuvo que regresar a Aravalle y encargarse de la hacienda de su madre. “Tienes que dejar los estudios y venirte al pueblo para encargarte de todo, Enrique, tú eres el único hombre de la familia”. 

Siendo ya mozo, mi padre apenas hablaba de su estancia en Ávila y cuando lo hacía, se protegía y evitaba hablar de su frustrada vocación de ebanista. Pero en la soledad del desván guardaba con primor, envueltas en un trapo, sus herramientas preferidas: el formón, el escoplo y la escorfina. Sin embargo las que de verdad usaba eran la azada, el calabozo, la segureja, el hacha, la horca, el rastrillo, la guadaña, la hoz y la pala. Con ellas trabajaba duramente, sacando adelante la casa de su madre y la de tío Benjamín.

En los días de descanso y en la función del pueblo solía divertirse con sus amigos, sobre todo con Gabriel y Braulio, a quienes quería como a hermanos. Fueron sonados los festejos que prepararon cuando llegaron a quintos, con el carnero encintado como mascota, el gorro que no se quitaron en los tres días, las corridas de gallos y el excitante espectáculo del miércoles de ceniza, pintando a las mozas en la cara.
Algunos meses después de las fiestas de quintos, los amigos de mi padre se marcharon a la mili, pero él no tuvo que ir pues se libró por ser hijo de viuda. Al venir de permiso Gabriel y Braulio, mi padre les dijo que estaba saliendo con mi madre. Unos meses después ya eran novios formales.

Pasados algunos años, decidieron casarse y celebrar la boda en el salón de abuela Isabel, que ya no era salón de baile sino archivo silencioso de  recuerdos y alicaída estancia de melancolía. Ellos lo alegraron con su boda. Y mi madre decidió que rompería con la tradición: nada de flores secas, como hacían todas las novias; ese día iba a llevar un buen ramo de flores frescas. Como todos los recién casados, fueron al fotógrafo de El Barco para hacerse el retrato tradicional, que los muestra demasiado irreales, tan lejanos e imposibles como los novios de todas las fotos. Pero hubo entre los invitados un aprendiz de retratista que hizo una fotografía deliciosa, en la que se muestra con acierto cómo pudo ser aquella boda. En el centro de la imagen destaca abuelo Manolo, con su eterno sombrero, y a su lado, sentado también, tío Antonio. Por delante, algunas de mis primas hacen una pausa en sus juegos para salir también en el retrato. Detrás de abuelo, sonriente y feliz, está mi padre y junto a él, alegre y con la gorra ladeada, bromea tío Paco. Subida en el poyo de piedra, y posando con gracia aérea por encima del grupo, mi madre esboza una sonrisa mientras sus ojos miran al objetivo de la cámara.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Feliz 2022


 (Cartulina hecha con Carolina, mi nieta, el día de San Silvestre de 2021)

viernes, 24 de diciembre de 2021

Feliz Navidad






Os deseo a los que entráis en este blog una feliz Navidad y un año 2022 lleno de salud, paz y prosperidad. 


Villancicos de Gloria

Los caminos se hicieron

con agua, viento y frío.

Caminaba un anciano, 

muy triste y afligido.

Llegaron a un mesón,

para pedir posada.

El mesonero ingrato

iba y se la negaba.

Yo no le doy posada,

yo no le doy posada.

A las dos de la noche

a una embarazada.

Si es que traes dinero,

toda la casa es tuya.

Pero si no lo traes

no hay posada ninguna.

Y desde allí se fueron,

a un portal recogido.

Y entre el buey y la mula

nació el verbo divino.

Estribillo:

¡A la gloria!

A su bendita madre

¡Victoria!

¡Gloria al recién nacido!

¡Gloria! 

 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Forja, número 40: La revista de Los Navalmorales



Como ya sabéis, en Los Navalmorales hay una revista llamada Forja. Su número 40 está recién publicado. Si queréis leerla, pinchad en este enlace:

http://www.losnavalmorales.com/mesa/

Y buscáis el número de invierno de 2021, o sea, el 40. En sus setenta y dos páginas hay muchos artículos; yo destacaría el dedicado a Jesús Magán, el sastre del pueblo.



"Me llamas", de José Luis Perales: Dos versiones y un pequeño juego

       

Hace unos días vi una serie titulada Melódica en Movistar+, dedicada a revisitar la música ligera española de los años sesenta y setenta. Son tres capítulos bien estructurados y con un ritmo dinámico que pretende reivindicar dicha música, destacando su importancia y revisitándola con nuevas versiones hechas desde el mundo de hoy, con lo que las generaciones actuales puedan aportar al interpretarlas desde los valores de este momento y siempre con el objetivo de insuflarles nueva vida, uniéndola a la que ya tenían. Un poco la manera de Mi gran noche de Raphael, aunque en este caso ya él interpretó en su momento una versión de la canción de Adamo, y que en los últimos años, con nuevos arreglos y una apertura de miras hacia públicos más jóvenes, está triunfando más y más.

En El País del día de enero de 2022 aparece un largo artículo donde se analiza esta serie, Melódica. Aquí lo traigo por si queréis consultarlo.

https://elpais.com/television/2022-01-11/tributo-a-la-cancion-melodica.html

Especialmente me centré, al ver la citada serie, en la canción Me llamas, de José Luis Perales y en la versión que de la misma hace el grupo Rufus T. Firefly, una versión que me ha satisfecho especialmente y que me hizo interesarme por dicha canción. Estaba pensando en todo esto el otro día, mientras planchaba un cerro de sábanas. Tenía puesta la emisora Radio Castilla-La Mancha, y oía un programa musical donde ofrecían versiones de diversas canciones famosas. Así me enteré de que un grupo llamado Despistaos había hecho una versión rockera de la canción Me llamas y que la iban a poner. La oí y me gustó mucho. La busqué en Youtube, la volví a oír varias veces y, una vez terminada mi plancha, me puse manos a la obra: copiar la letra, oírla unas veinte veces más y ensayos una y otra vez. Cuando ya la tenía bastante trabajada, me atreví a a cantarla oyendo la versión de Despistaos, superponiendo mi voz y grabando todo con el móvil. Después de nueve grabaciones, seleccioné la que me pareció más interesante para subirla a mi blog. Pero como subir un audio es cosa difícil (en este blog), edité un vídeo con el audio grabado y unas imágenes mías de Albarracín, Teruel, Puerto Castilla, Madrid y Los Navalmorales. Y ya está.

Aquí subo tres vídeos:

  • ·      La versión original de José Luis Perales
  • ·      La versión del grupo Despistaos
  • ·      La citada versión de Despistaos con mi voz superpuesta.

En fin, un pequeño juego, sin más intención que pasar un buen rato, ejercitar la disciplina de la música y alegrarme la vida con cosas que me gustan.

¡Ah!, un consejo: Si reproduces los vídeos en el ordenador, pincha en el extremo inferior derecha, lo verás mucho mejor.  Saludos.






jueves, 16 de diciembre de 2021

Objetos usados: La vara

Ahí está, en el estudio, siempre dispuesta a que la tomes para correr la cortina de la ventana o para descorrerla, una forma suave de realizar esta tarea, mucho más amable que si la haces a base de tirones. Ahí está la vara que tu madre usaba para hacer las camas, sobre todo aquellas que, situadas junto a la pared, resultaban de difícil acceso por un lado, y que, gracias a ese sencillo objeto, alargaba con precisión uno de sus brazos y le permitían hacer su tarea sin estirarse excesivamente.

Es una vara hecha de madera blanda, casi parece de caña, y tiene tantos años que si con ella se hace un esfuerzo brusco se podría quebrar, cosa que estuvo a punto de sucederte a ti hace algún tiempo y que, por fortuna, pudiste solucionar con un material fuerte que aplicaste a la incipiente herida. En tu pueblo decían indistintamente vara o cruz de hacer las camas y todas ellas tenían, más o menos, un metro de longitud, un grosor de dos centímetros y uno de los extremos terminados en forma de uve, lo que permitía que, con la destreza suficiente, la vara prolongase la tarea de los dedos, acostumbrados a coger con precisión las sábanas y a hacer las camas con más comodidad y en menos tiempo.

Ahora, al coger la vara para correr la cortina de tu estudio, sientes en su tacto el de las manos de tu madre, y un día y otro, al tomarla en tu mano, te acuerdas de tu madre joven y de sus muchas tareas en aquella casa del pueblo que un día fue además el comercio de tío Benjamín. Y también te acuerdas de que era allí, en la mesa camilla, junto a las ventanas del balcón, donde tu madre te hablaba de Plasencia y de tus abuelos, te enseñaba las fotos familiares y te preguntaba por las tareas en la escuela de doña Mari. También te hablaba de cuando ella era niña, y de cuando abuela María le contaba historias de su infancia al lado de la ventana del balcón en la casa del Corral del Payo. Y a veces tú, mientras la oías, pegabas tu nariz a las ventanas del balcón y veías caer, alborotados por el fuerte viento, densos copos de nieve que se fundían al caer en la calle, sin poder cuajar aún, debido al paso de los coches y de las personas, mientras otros muchos caían en los tejados y formaban una gruesa capa blanca. Los prados, las huertas, los montes y los caminos se cubrían con aquel largo manto de frío y hielo. Solo la carretera y el río se libraban de la blancura, por ser hondos surcos de comunicación y de drenaje. Allí, cerca de la mesa camilla, en el rincón que había junto al sofá, la vara de hacer las camas permanecía quieta haciendo guardia, hasta que al día siguiente se volviera a poner en marcha para ayudar a tu madre en el desempeño de sus tareas.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Bertolt Brecht: Objetos usados

Hace ya mucho tiempo leí un poema de Bertolt Brecht en el que hablaba de cuánto le gustaban los objetos usados, esos cubiertos de madera cogidos por muchas manos o esas losas desgastadas por tantas pisadas, que se han hecho preciosos porque han sido apreciados muchas veces. Yo también tengo una colección de objetos usados, muchos de los cuales no están de adorno, sino que los reutilizo y, al hacerlo, me acuerdo de quienes los tuvieron en sus manos muchas veces a lo largo de sus vidas. Esos objetos usados a mí también me hacen feliz.

De todos los objetos, los que más amo

son los usados.

Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,

los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera

han sido cogidos por muchas manos. Éstas son las formas

que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,

desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,

esas losas entre las que crece la hierba, me parecen

objetos felices.

 

Impregnados del uso de muchos,

a menudo transformados, han ido perfeccionando sus

formas y se han hecho preciosos

porque han sido apreciados muchas veces.


Me gustan incluso los fragmentos de esculturas

con los brazos cortados. Vivieron

también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;

si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.

Las construcciones casi en ruinas

parecen todavía proyectos sin acabar,

grandiosos; sus bellas medidas

pueden ya imaginarse, pero aún necesitan

de nuestra comprensión. Y, además,

ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas me

hacen feliz.

Quiero escribir acerca de algunos de esos objetos usados que me hacen feliz a mí, y que me acompañan en mi vida diaria, dándome el mismo uso que ofrecieron a sus dueños o reutilizados para otros menesteres, pero siempre evocándome momentos de sus usuarios primeros. La vara de hacer la cama de mi madre, la barrena de mi padre, la hoz de abuelo Manolo, el cristal de abuela María, la cheira de abuelo Jesús, el manubrio de abuela Isabel, el aparejo del bisabuelo Enrique, el pisón de Telesforo, los agarraderos de Sixta, mi cartera de parvulitos, la bicicleta de Javi, el biberón de Maribel, la ventana de Mariví, el columpio de Carolina, el piano de Ana, el rastro de Pablo, la cantarera de la prima Maribel, el azadón de María, el gazpacho de Mercedes, la zafra de Juan Pablo o la lámpara de Isabel. Vamos a ello.

 


 

 

             

                                                                                                                                                           

sábado, 11 de diciembre de 2021

Madrid: Travesías navideñas

              

Hemos venido hasta el centro de Madrid con intención de dar un paseo en esta mañana no muy fría de diciembre, un día de diario, lejos de las masas que, por calles de dirección única, como una pesadilla, van y vienen entre luces de navidad y tiendas abarrotadas. 

No es nuestra intención hacer fotos, pero al ver a varios grupos de personas tomar como fondo de sus instantáneas la fachada principal del edificio Canalejas, el nuevo emporio del lujo de Madrid, tomamos nuestro móvil y hacemos algunas fotos, quizá inmortalizando ese juego de deseos de la gente de querer entrar en el recinto exclusivo de los muy ricos, un nuevo cuento de Cenicienta despojado de príncipes y de zapatos y, ya sin escrúpulos, mostrando la verdadera identidad de los poderes del dinero. Quizá deberíamos agradecer a esos poderes no tan invisibles que, por fin, se hayan dado cuenta de que el centro de la capital, despojado de coches, tiene otro ritmo y otra acústica, así que, bienvenidos a la ciudad de los peatones, de esos que vamos a pie, aún a sabiendas de que multitud de cachivaches con ruedas atraen a gentes de conciencia casi infantil y, a velocidades quizá inadecuadas, nos hacen un regate mientras deambulamos por lo que se dice zona peatonal.





                        

En la acera de la calle de Alcalá, muy cerca del ministerio de Hacienda, un grupo de músicos de algún país del este de Europa tocan piezas clásicas, Mozart, Vivaldi, Brahms, con bastante profesionalidad, aunque cierta resignación; quizá se deba a que la gente aplaude pero se rasca poco el bolsillo.


Dejamos atrás la Puerta del Sol y nos dirigimos, por la calle del Arenal, hacia la plaza de Isabel II, un caudal de gente tranquila que va y viene sin prisas, se para en Cortylandia, esperando que suene la hora en punto para ver la atracción playmóvil, o mira los libros y dibujos de la caseta del callejón de san Ginés.



Entramos en la plaza de Oriente, un espacio tranquilo y sosegado en el que conviven sabiamente el teatro real, el palacio, las casas, los árboles, las estatuas, el arrayán y el azul del cielo, algo amenazado por nubarrones grises. Nuestros pasos van siendo cada vez más lentos y notamos que estamos pisando anchas veredas de tierra bien aplastada y losas de granito de las de verdad. Nos paramos, miramos a un lado y a otro y sentimos que, sin dudarlo, este es uno de los mejores sitios de Madrid, donde la fuerza del azul de los cielos, la luz de los horizontes arbolados y el cuidado ancestral de las simetrías se juntan para ofrecernos sus primores, esos bienes de este lugar tan singular que cobró su forma actual cuando el mal llamado Pepe Botella decidió que había que despejar todo lo que había al oriente del palacio. De ahí tomó su nombre la plaza, de su posición respecto del palacio, ese espacio privilegiado en el que los árabes levantaron su atalaya, que luego fue alcázar, también con los Austrias, y después palacio real con los Borbones. Durante la segunda república lo llamaron palacio nacional, por aquello de no nombrar al rey, y en la dictadura franquista algunos, sin duda despistados, lo llamaron palacio de oriente.





Diversos alcaldes han aprobado obras para hacer de esta zona un espacio peatonal, soterrando el tráfico y dotando al lugar de elementos que faciliten el disfrute de la armonía de los volúmenes y del entorno y su horizonte, si bien los muchos restos históricos hallados en las obras no siempre han sido tratados con la singularidad de su ubicación y simbología. Pero bueno, han ido unos aprendiendo de otros y, por eso, en los recientes trabajos de remodelación de la plaza de España y su unión con esta zona del palacio y los jardines del templo de Debod, han tenido en cuenta la historia y han trazado el tránsito peatonal respetando los restos del palacio de Godoy en la calle de Bailén, junto a los jardines de Sabatini. No es poca cosa para los tiempos que corren. 



Entramos en la plaza de España, recién remodelada pero con obras aún sin terminar. Nos gusta, sin duda, esa agradable y conseguida unión de espacios diferentes, pero nos parece un poco desacertado lo de la zona central de la plaza, una esplanada principal que tiene su esencia en su amplitud diáfana, pero que inevitablemente será ocupada por todo tipo de cachivaches, que en este momento no pueden ser otros que algunos puestecillos de navidad y bares falsamente alpinos. Menos mal que hay una amplia zona de juegos y artilugios para niños, jóvenes y mayores y que todo ello es pastoreado por don Quijote y su amigo Sancho, en ese monumento que da la espalda a la torre de Madrid y el edificio España, esos dos rascacielos ya tan madrileños como esencialmente colosalistas. 




Miramos, una vez más, el edificio España, limpio y superlativo, tan enorme que, desde su terraza, toda la ciudad no se intuye, se ve, y aún más, se divisa casi toda la comunidad, llegando los ojos hasta los montes de Toledo, el Guadarrama y las lejanas llanuras del sureste. Nos fijamos en su verticalidad y, de repente, apreciamos una especie de bulto saliente, un a modo de balcón que desafía la gravedad y que parece hecho para domar el vértigo. Puede que sea una  broma cínica que represente cabalmente cierta estupidez de nuestro tiempo: el desafío mentiroso del vértigo de vivir. 

                                          




miércoles, 24 de noviembre de 2021

Nombres de mujeres en el actual callejero madrileño

Este artículo aparece en la web del Ayuntamiento de Madrid. Si entras en él podrás ver las calles de la capital que tienen nombre de mujer, una breve referencia acerca de su ubicación y una sucinta historia del personaje, real o de ficción.

https://www.madrid.es/UnidadesDescentralizadas/IgualdadDeOportunidades/Publicaciones/MemoriaMujeresEnElCallejero/mujeresreales.pdf


Otras páginas con referencias similares:

https://www.secretosdemadrid.es/calles-de-madrid-con-nombre-de-mujer/

https://elpais.com/politica/2017/01/06/actualidad/1483666778_781495.html                     

 

martes, 16 de noviembre de 2021

Medio maratón de Jabo en Madrid, después de un tiempo de covid


El domingo, 14 de noviembre de 2021, corrieron por Madrid 15317 personas en el Medio Maratón, una carrera que reanudaba una costumbre anual, suspendida, como tantas cosas, por culpa del coronavirus.

Y en dicha carrera ha participado Javi Bermejo, mi hermano, con sus 65 años bien cumplidos, con muchas ganas y mucho control. Jabo, que así es como se le conoce en el ambiente de las carreras, llegó a la meta en el puesto 5776 (el 5342 entre los hombres), y de entre los mayores de 65 años quedó en el puesto 33. Tardó en recorrer los 21,097 kilómetros una hora, 53 minutos y 13,234 segundos. Ole por Jabo. Y ¡olé!

Aquí traigo su crónica, escrita el mismo día de la carrera, como parte de sus actividades de recuperación después de un esfuerzo tan especial.

VOLVER, VOLVER, VOLVER

Por Javier Bermejo

Salir de una pandemia no es algo que ocurra demasiado a menudo, pienso yo, como tampoco es muy normal que estemos volviendo a la normalidad semana tras semana desde hace quince meses. O más. El caso es que se celebraba el medio maratón de primavera en pleno otoño, por la cosa de recuperar la normalidad, es decir, el negocio propiamente dicho, que a fin de cuentas es lo que de verdad nos emociona, para qué negarlo. Porque, si te soy sincero, la normalidad de esta mañana ya no era lo que en su día pudo llegar a ser normal en nuestros corazones, o en nuestros intestinos, es decir, el paraíso aquí en la Tierra, no en vano ha transcurrido casi una eternidad desde que nos vimos encadenados al virus apestoso, y ya de paso, a docenas de sorteos extraordinarios de la ONCE que nos han vuelto a todos algo más precavidos, o algo menos ilusos, o más calvos, vaya usté a saber. Así que allá íbamos, Castellana arriba, dejándonos engullir por una multitud que andaría incubando en ese mismo instante millones de virus de toda índole, una circunstancia en otro tiempo insólita que nos forzaba a buscar un hueco en la avenida por el que circular más o menos a salvo hasta ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Que evolucionaban, Bravo Murillo abajo, a la buena de dios, o sea, como siempre, envuelto el personal en ese aroma dulzón de churros y de café con leche que se adensa en las esquinas de Valdeacederas solo en los meses de otoño, y que te invita a olvidar las zapatillas para refugiarte en lo que de verdad importa en esta vida, es decir, el calor del amor en un bar. Ay, los bares, y las pandemias, y la libertad... El caso es que nadie te había dicho que la nueva normalidad fuera a premiarte con churros y café con leche; menos aún, con un pulso ordenado y discreto, porque no sería una normalidad lo que se dice estrictamente normal. Llega, pues, inequívoco, el aviso cotidiano, en Quevedo, por elegir una plaza al tuntún. Y para consolarte un poco tras el pulsus interruptus, te sumerges otra vez en el río de sangre que corre todavía por la acera de Fernando el Católico, un crimen entre hojalateros cuyas voces amortiguan levemente esta mañana los cánticos de la animosa juventud alistada en la Bripac, esas docenas de soldados en pantalón corto que relatan al trote un repertorio de tragedias a cual más bufa, historietas que provocan la risa y el aplauso de la (escasa) concurrencia que ha salido a ver quién alborota la calle a esta hora tan intempestiva. Por lo demás, ya digo, no hay mucho público en las aceras. El público que antes era habitual terminó aprendiendo que en tiempos de pandemia era mejor quedarse en casa hasta la hora del aperitivo, de modo que Madrid es casi un desierto habitado solo por esa marea de colorines que avanza ya en silencio Alcalá arriba pensando que quizá lo más adecuado habría sido quedarse en casa y dejar para más adelante toda esta tontería de gastar sin ton ni son las pocas fuerzas de que uno dispone a día de hoy, y que seguramente habría que ir ahorrando hasta que los chinos sean capaces de fabricar a lo bestia los chips que haga falta o hasta que los rusos abran del todo el grifo del gas para calentarnos los pies en los meses más crudos del inevitable invierno. Para qué gastar a lo tonto la energía que pudimos acumular ayer con ese arroz caldoso o o con ese cocido de tres vuelcos que nos devolvió de veras a la normalidad siquiera durante las dos horas de siesta preceptiva. En esas profundas y melancólicas meditaciones andábamos sumergidos, allá por Mariano de Cavia, cuando de las lumbares llegó una voz aguda, una amenaza como de punzón que quisiera horadar lo que vaya quedando de materia orgánica entre las vértebras L4-L5 y L5-Sacro. Esto no puede ser normal, se oyó decir al interfecto: a ver por qué razón tiene uno que seguir pateando el suelo con esta cruz a cuestas, pudiendo estar tumbado en un sillón y pensando en las musarañas, o consultando los movimientos de la bolsa con un puro entre los dientes, como hacen esos tipos que con rigor podríamos calificar como indiscutiblemente normales... De eso se trataba, a fin de cuentas, de encontrar algún atisbo de normalidad entre tanta anomalía. Y mira por dónde, la subida de Atocha hacia Colón se ofreció graciosamente a recordarnos que hubo otro tiempo, en su día normal, en que nos gobernaban principios y leyes de la naturaleza un poco más normales, un tiempo que se congeló sin previo aviso, arruinando sin piedad toda la maquinaria de músculos y de pulmones que nos había mantenido año tras año en pie, y que quizá por mera inercia, a pesar de virus y de filomenas, aspiraba aún a sobrevivir tan solo fuera un minuto más en medio de la herrumbre circundante. ¿Seguro? Quise pensar que sí; que, a pesar de todas las jugarretas del maldito huésped, estos metros finales de la carrera nos devolvían un poco de aquel dolor sabroso del pasado, una pizca de aquella rabia, o de aquella alegría, tan visceral, un ligero indicio de la antigua inocencia, es decir, de la eterna ignorancia, con el que nos consolábamos cuando todo alrededor era casi normal.