viernes, 25 de febrero de 2011

23 de febrero de 1981





Llego a casa después de un duro día de trabajo. En la cocina, preparo merienda con fruta y café. Paso al estudio con mi bandeja y voy comiendo mientras ojeo el periódico; oigo de fondo una letanía monótona de síes y noes: es la votación para Presidente del Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo.

De repente se oye un ruido muy fuerte, como un portazo o un tiro. Dejo de leer y de comer mientras oigo la voz del locutor, una mezcla de sorpresa y miedo. Dice que un teniente coronel acaba de entrar en el hemiciclo y, pistola en mano, se dirige a la tribuna.


“¡Quieto todo el mundo!” se oye claramente. El locutor va callándose mientras una algarabía de tiros y voces siembra el pánico: “¡Al suelo! ¡Al suelo!” Después se oye una voz que dice: “¡Corta, que esto se mueve!”
Aparto la bandeja y el periódico de la mesa. Me quedo pensativo. Está claro, parece el golpe de estado del que tanto se ha venido hablando. Pienso qué puedo hacer ahora mismo.


¿Quedan en casa papeles comprometedores de cuando hemos estado en el partido?
¿Habrá problemas en la carretera de Barajas, de donde viene María José?
¿Suspenderá el hermano de Alberto la mudanza? Quedó en venir a recoger la cama mueble…


La radio ha quedado muda de noticias y la tele también. En onda corta nada de nada aún. Tomo un papel y hago unas cuentas:


Del 14. 04. 1931 al 18.07.1936: La II República duró 5 años, 3 meses y 4 días.


Del 20.11.1975 a hoy 8 23.02.1981 : Desde que murió Franco hasta hoy han transcurrido 5 años, 3 meses y 3 días.


No es posible, no puede ser. Esta vez no puede triunfar algo así. Me consuelo con aquello que dijo Karl Marx: “La historia cuando se repite es en forma de farsa”.

Ninguna información. Llega Mª José sin problemas. Hago algunas llamadas y recibo otras. Entre ellas de un compañero del Cole que me ofrece su casa por si fuera necesario. Alberto llega con su hermano y se llevan la cama mueble.

De madrugada vemos el discurso del Rey por televisión. Parece ir fracasando el golpe. Por la calle ni un alma. Noche de frío y de ausencia. Me acuerdo de tantas manifestaciones pidiendo mil cosas en 1976 y 1977... Ahora todo está paralizado. De nuevo el miedo. Nos acostamos.


domingo, 13 de febrero de 2011

La Calera. Memoria de un tiempo de trabajo



A principios de siglo el tío Bernardino compró una finca llamada La Calera, un espacio limitado por tapiales blancos, con su portalón, su huerta, un pozo artesano y un cercado de olivas, en cuyos  lindazos de piedra seca crecían recias las parras y las higueras. Era allí, en La Calera, donde el tío Bernardino iba a mostrar a los demás qué poderío tiene una cabeza bien organizada.

 
Como dicen en el pueblo, ese cacho tierra podría convertirse en una industria que le haría trabajar duro a él y a los suyos, sí, pero permitiéndoles despegar de una humildad de siglos. Aunque desde el principio, el tío Bernardino, el Fraile, se encontró con la animadversión de uno de los ricos del pueblo, que no veía con buenos ojos aquel futuro en ciernes. Menos mal que todos tenemos padre, y el tío Apolonio resolvió por su cuenta la mala uva de aquel ricachón que quería malograr hasta el camino público que llevaba a La Calera.

Diestramente aconsejado por su padre, el tío Bernardino, después de diversas tentativas, construyó en el portalón un horno de cal, ese imprescindible material para la argamasa de tapiales y paredes, en una época en la que el cemento y el hormigón eran cosa de otro mundo. No era cal para encalar, no. Era una cal venida del fondo de los siglos, blanco testigo silencioso de un mundo de ingenieros romanos y alarifes árabes, sabiduría de un mundo antiguo cuyo cordón umbilical nunca permitieron que se perdiera.


De todo el contorno acudían al tíoBernardino para que les abasteciera de cal. Y de todo el contorno acudían a él para que se llevase de sus fincas y de sus huertas las piedras que les estorbaban, piedras blancas de caliza que él, sus hijas y sus horneros sabían convertir en cal para las paredes y bardas de casas y de labranzas, de corrales y de herrenes.


Pero llegó la guerra y el miedo paralizó la vida, y lo que un día parecía ser un futuro al alcance de la mano, quedó de repente paralizado y como sin respirar. La guerra, que todo lo pudre y todo lo embrutece, fue el comienzo de la decadencia de La Calera. Aún siguió durante años manando blanca cal de su horno de carbonilla, pero ya no era un futuro cercano e ingenioso sino una rémora de tiempos y dolores. En ellos se quedó el tío Apolonio, y poco después, su hijo. Su viuda, la tía Evarista, y sus hijas siguieron la senda trazada por el tío Fraile, y el horno fue fuente de alimento en aquella dura época. Pero poco a poco el rendimiento iba ralentizándose, a pesar del esfuerzo inmenso de las Frailas, esas mujeres valientes, huérfanas y solas que siguieron con el horno de cal hasta que la vida les fue juntando a sus hombres,  cuyos oficios les llamaban por otros derroteros.

  
Fue así como a finales de los cincuenta La Calera empezó a languidecer: Esa es la época que recuerda Mariví, cuando con una cesta cogendera llevaba el puchero del cocido a su tía Nena, las más joven de las hermanas, que por entonces era quien insperccionaba la cochura.

Algunos años más tarde murió la abuela y se repartió la herencia siguiendo la costumbre. Se siguieron recogiendo las uvas de las parras, los higos melares y la cosecha de garbanzos del cercado. Pero el horno fue cayendo en una melancolía de cal y de cenizas a la espera de alguna savia nueva. De cal, lo que es cal, ya sólo quedaba el nombre.


Hacia 1967 y con cincuenta y cuatro años llegó Telesforo a La Calera, recién jubilado del ejército. Y llegó alentado por el tesón de su mujer, Sixta la Fraila, los dos con la ilusión de que aquella modesta industria y su entorno se convirtieran en una huerta feraz y en un lugar apacible de frutas y de otoños.

Telesforo echó mano de su ingenio, construyó una escalera rampante y colocó un motor de gasolina para subir agua de aquel pozo de agua fina que tuvo que ahondar, removió la tierra de toda La Calera y organizó seis meses de su vida cada año para que aquel espacio de agua, aire y tierra fuera un poco su paraíso de frutos y verduras, de sombras y sudores.

Aupó las paredes, reforzó cimientosdesplazó piedras, allanó el terreno, extendió  la tierra, recompuso el portalón, ideó formas diversas de aprovechamiento del agua, aplicó sus conocimientos de matemáticas y de física para la reorganización del terreno de regadío y diversificó  las siembras, para tener fruta y verdura casi todo el año. Podría decirse que, durante más de treinta años, La Calera fue la despensa de Sixta y Telesforo.




Plantó higueras, sembró patatas y tomates, cuidó habas y lechugas, cosechó garbanzos, cortó racimos de uvas olederas, vareó almendros, cuidó cebollinos y pimientos, rebuscó espárragos, plantó azucenas y rosales,hasta se atrevió con las chumberas, que en la sazón del verano arracimaban jugosos higos que él cogía con una tenaza y  luego limpiaba con agua y una buena vara para dejarlos dispuestos como un manjar de lujo. Había reunido en aquel espacio lo mejor de su infancia y discretamente había dejado fuera todas las pócimas que la vida te obliga a probar. En La Calera, donde él era el rey, sólo tenían cabida los buenos frutos de la tierra y la agradable sintonía con la vida.

En los últimos años, Telesforo, acostumbraba a ir de buena mañana aLa Calera todos  los días del verano. Iba andando a buen paso, llegaba, se preparaba la ropa vieja, se calaba el sombrero de paja y se calzaba las botas cómodas y acostumbradas a sus pies desde hace muchos años. Podaba, regaba, cavaba, oteaba las brevas, miraba los albaricoques, intuía cómo se iban a portar los almendros y, a la hora del ángelus, se disponía a volver a casa, llevando siempre algo en la cesta.
  
Este verano pasado, con 98 años bien cumplidos, Telesforo aún ha ido a La Calera. Arrimaba yo el coche junto a su portal a las ocho  en punto y nos íbamos un par de veces por semana a regar algunos arbolillos, a tapar las uvas para guardarlas de los pájaros y a limpiar y cavar lindes y alcorques. Mientras yo llevaba cubos de agua a algunos arbolillos, él, imponente como un héroe griego,  con su camiseta de tirantes y su sombrero de paja, ajustaba la abertura de sus ojos al resplandor del sol,  subía el agua acariciando la carrucha del pozo y así se olvidaba de sus muchos años. Aún ha vareado más de quince almendros, y todavía le he visto comer uvas e higos a pecho y con deseo. El bastón quedaba en el portalón, pues la tierra, blanda, le sustentaba con un plus de fuerza y juventud.
  
Y en este invierno, seco de agua y raro de fríos, mientras Telesforo está en su casa de Madrid, cerca de su radiador preferido, oye a su hija Mariví el relato de unas paredes de La Calera que se han venido abajo y que ha habido que hacer desde los cimientos. Otra vez la noria de la vida, como si a un tiempo de hermosura le tuviera que suceder otro de ocaso, y luego un tercero lleno de quietud y silencio. Para volver, más tarde, a renacer en un nuevo soplo de vida.
  
Siempre quedará gravado en mi memoria
 ese dromedario que lucen tus tapiales
coronados de tejas sabiamente dispuestas
 para que la lluvia no cale sus adentros.
Esas tejas que en invierno
 rebosan de nieve en polvo
mientras los árboles duermen
 en silencio y al viento.




martes, 1 de febrero de 2011

La Calera. Memoria de un tiempo de trabajo



A principios de siglo el tíoBernardino compró una finca llamada La Calera, un espacio limitado por tapiales blancos, con su portalón, su huerta, un pozo artesano y un cercado de olivas, en cuyos  lindazos de piedra seca crecían recias las parras y las higueras. Era allí, en La Calera, donde el tío Bernardino iba a mostrar a los demás qué poderío tiene una cabeza bien organizada.

 
Como dicen en el pueblo, ese cacho tierra podría convertirse en una industria que le haría trabajar duro a él y a los suyos, sí, pero permitiéndoles despegar de una humildad de siglos. Aunque desde el principio, el tío Bernardino, el Fraile, se encontró con la animadversión de uno de los ricos del pueblo, que no veía con buenos ojos aquel futuro en ciernes. Menos mal que todos tenemos padre, y el tío Apolonio resolvió por su cuenta la mala uva de aquel ricachón que quería malograr hasta el camino público que llevaba a La Calera.

Diestramente aconsejado por su padre, el tío Bernardino, después de diversas tentativas, construyó en el portalón un horno de cal, ese imprescindible material para la argamasa de tapiales y paredes, en una época en la que el cemento y el hormigón eran cosa de otro mundo. No era cal para encalar, no. Era una cal venida del fondo de los siglos, blanco testigo silencioso de un mundo de ingenieros romanos y alarifes árabes, sabiduría de un mundo antiguo cuyo cordón umbilical nunca permitieron que se perdiera.


De todo el contorno acudían al tíoBernardino para que les abasteciera de cal. Y de todo el contorno acudían a él para que se llevase de sus fincas y de sus huertas las piedras que les estorbaban, piedras blancas de caliza que él, sus hijas y sus horneros sabían convertir en cal para las paredes y bardas de casas y de labranzas, de corrales y de herrenes.


Pero llegó la guerra y el miedo paralizó la vida, y lo que un día parecía ser un futuro al alcance de la mano, quedó de repente paralizado y como sin respirar. La guerra, que todo lo pudre y todo lo embrutece, fue el comienzo de la decadencia de La Calera. Aún siguió durante años manando blanca cal de su horno de carbonilla, pero ya no era un futuro cercano e ingenioso sino una rémora de tiempos y dolores. En ellos se quedó el tío Apolonio, y poco después, su hijo. Su viuda, la tía Evarista, y sus hijas siguieron la senda trazada por el tío Fraile, y el horno fue fuente de alimento en aquella dura época. Pero poco a poco el rendimiento iba ralentizándose, a pesar del esfuerzo inmenso de las Frailas, esas mujeres valientes, huérfanas y solas que siguieron con el horno de cal hasta que la vida les fue juntando a sus hombres,  cuyos oficios les llamaban por otros derroteros.

  
Fue así como a finales de los cincuenta La Calera empezó a languidecer: Esa es la época que recuerda Mariví, cuando con una cesta cogendera llevaba el puchero del cocido a su tía Nena, las más joven de las hermanas, que por entonces era quien insperccionaba la cochura.

Algunos años más tarde murió la abuela y se repartió la herencia siguiendo la costumbre. Se siguieron recogiendo las uvas de las parras, los higos melares y la cosecha de garbanzos del cercado. Pero el horno fue cayendo en una melancolía de cal y de cenizas a la espera de alguna savia nueva. De cal, lo que es cal, ya sólo quedaba el nombre.


Hacia 1967 y con cincuenta y cuatro años llegó Telesforo a La Calera, recién jubilado del ejército. Y llegó alentado por el tesón de su mujer, Sixta la Fraila, los dos con la ilusión de que aquella modesta industria y su entorno se convirtieran en una huerta feraz y en un lugar apacible de frutas y de otoños.

Telesforo echó mano de su ingenio, construyó una escalera rampante y colocó un motor de gasolina para subir agua de aquel pozo de agua fina que tuvo que ahondar, removió la tierra de toda La Calera y organizó seis meses de su vida cada año para que aquel espacio de agua, aire y tierra fuera un poco su paraíso de frutos y verduras, de sombras y sudores.

Aupó las paredes, reforzó cimientosdesplazó piedras, allanó el terreno, extendió  la tierra, recompuso el portalón, ideó formas diversas de aprovechamiento del agua, aplicó sus conocimientos de matemáticas y de física para la reorganización del terreno de regadío y diversificó  las siembras, para tener fruta y verdura casi todo el año. Podría decirse que, durante más de treinta años, La Calera fue la despensa de Sixta y Telesforo.




Plantó higueras, sembró patatas y tomates, cuidó habas y lechugas, cosechó garbanzos, cortó racimos de uvas olederas, vareó almendros, cuidó cebollinos y pimientos, rebuscó espárragos, plantó azucenas y rosales,hasta se atrevió con las chumberas, que en la sazón del verano arracimaban jugosos higos que él cogía con una tenaza y  luego limpiaba con agua y una buena vara para dejarlos dispuestos como un manjar de lujo. Había reunido en aquel espacio lo mejor de su infancia y discretamente había dejado fuera todas las pócimas que la vida te obliga a probar. En La Calera, donde él era el rey, sólo tenían cabida los buenos frutos de la tierra y la agradable sintonía con la vida.

En los últimos años, Telesforo, acostumbraba a ir de buena mañana aLa Calera todos  los días del verano. Iba andando a buen paso, llegaba, se preparaba la ropa vieja, se calaba el sombrero de paja y se calzaba las botas cómodas y acostumbradas a sus pies desde hace muchos años. Podaba, regaba, cavaba, oteaba las brevas, miraba los albaricoques, intuía cómo se iban a portar los almendros y, a la hora del ángelus, se disponía a volver a casa, llevando siempre algo en la cesta.
  
Este verano pasado, con 98 años bien cumplidos, Telesforo aún ha ido a La Calera. Arrimaba yo el coche junto a su portal a las ocho  en punto y nos íbamos un par de veces por semana a regar algunos arbolillos, a tapar las uvas para guardarlas de los pájaros y a limpiar y cavar lindes y alcorques. Mientras yo llevaba cubos de agua a algunos arbolillos, él, imponente como un héroe griego,  con su camiseta de tirantes y su sombrero de paja, ajustaba la abertura de sus ojos al resplandor del sol,  subía el agua acariciando la carrucha del pozo y así se olvidaba de sus muchos años. Aún ha vareado más de quince almendros, y todavía le he visto comer uvas e higos a pecho y con deseo. El bastón quedaba en el portalón, pues la tierra, blanda, le sustentaba con un plus de fuerza y juventud.
  
Y en este invierno, seco de agua y raro de fríos, mientras Telesforo está en su casa de Madrid, cerca de su radiador preferido, oye a su hija Mariví el relato de unas paredes de La Calera que se han venido abajo y que ha habido que hacer desde los cimientos. Otra vez la noria de la vida, como si a un tiempo de hermosura le tuviera que suceder otro de ocaso, y luego un tercero lleno de quietud y silencio. Para volver, más tarde, a renacer en un nuevo soplo de vida.
  
Siempre quedará gravado en mi memoria
 ese dromedario que lucen tus tapiales
coronados de tejas sabiamente dispuestas
 para que la lluvia no cale sus adentros.
Esas tejas que en invierno
 rebosan de nieve en polvo
mientras los árboles duermen
 en silencio y al viento.




martes, 25 de enero de 2011

Este sol de la infancia



La cita era a las nueve de la noche de un viernes de este mes de enero. En el pequeño zaguán del teatro”La puerta estrecha”, nos íbamos juntando los quince espectadores de la obra “Este sol de la infancia”, el máximo de espectadores señalado por la compañía “La pajarita de papel”.
La obra está basada en el recuerdo de los últimos días de don Antonio Machado en la pensión de Collioure, donde se alojaron su madre, doña Ana, y él, en aquellos trágicos y fríos días de febrero de 1939.

Se abre una puerta y nos recibe la portera de la pensión citada. Con mucho sigilo nos permite pasar al dormitorio de doña Ana, quien, metida en la cama, dormita, ronca y se ve engullida en una ensoñación a veces convertida en pesadilla. Nos sobrecoge la escena.
Doña Ana pasa a la cocina, y allí sigue en su ensoñación, en sus pesadillas, que esta vez contemplamos nosotros también. Primero, unos soldados perdidos, hambrientos, heridos. Luego, Leonor, la joven mujer de Antonio Machado, vestida de novia y bailando, o enferma de tisis pidiendo al poeta la lectura de otra poesía.

Avanzamos por un pasillo hacia la sala, donde vemos un fragmento de “El hombre que murió en la guerra”, de los hermanos Machado, contemplamos el catafalco del poeta, asistimos a una clase de don Antonio o vemos a madre e hijo, ya muertos, conversando sentados en un banco. Doña Ana se retira de la escena mostrando un papelito con unos versos que tenía el poeta en su cartera:


Estos días azules
y este sol de la infancia

La portera, que nos ha reñido varias veces, nos invita a salir. No hay aplausos ni saludos de los actores. Nada más. Dejamos atrás muebles de época, olores, luces, enseres, versos, derrotas, espejos, cuadros, pasillos, ambientes…
Salimos del teatro como si hubiéramos estado en Collioure en aquel febrero del 39. Al menos es lo que intentan hacernos creer los miembros de la compañía.

Realmente hemos tenido una experiencia singular, donde lo mejor ha sido la ambientación, las escenas de la cocina y el trabajo de la actriz que encarna el personaje de doña Ana.
En suma, una experiencia muy recomendable.


sábado, 22 de enero de 2011

Tara, mi gata




Tara es una gata blanca, con unas orejitas y un morro negros, unos bigotes cuidados y unos ojos azules imponentes. Llegó a nuestra casa cuando contaba sólo con unos meses, y ya va para dieciséis años que nos acompaña.

Desde pequeñita ha sido una gata ágil y sociable, a la que le gustaba mucho descubrir los rincones de la casa, sitios frescos en verano y calentitos en invierno. Es limpia y discreta, elegante en su forma de comer y caminar, y gruñona cuando la dejamos algún fin de semana sola  en casa, con su agua y su comida, pero sin compañía.

Tara es fiel a la casa y cariñosa casi siempre, con ganas de mimo. La he visto sentada encima del microondas, en la repisa del baño mientras Mariví se maquilla, en la mesa del estudio, junto al ordenador, extasiada con el icono del ratón. Metida dentro de un cajón de la mesa grande, sin saber por dónde salir; subida en la estantería de los libros, escondida en el armario ropero, debajo de la lámpara del salón, a modo de caperuza de peluquería.  En fin, la he visto en los lugares más inverosímiles. Aunque lo más para Tara en invierno es colocarse junto al trasero de uno de nosotros cuando estamos en la cama ; si es verano, con quedarse de centinela en una esquina se conforma.

Siempre era la primera en percibir que alguno de nosotros iba a llegar a casa: estuviera donde estuviera, iba calladamente por el pasillo hacia la puerta, y en la cómoda esperaba a que entrásemos; ahora le gana a menudo la partida Pipo, pues anda algo sorda y bastante delicada.

Tara es también pequeña, peluda y suave, como Platero. Y ahora está viejecita, dolida y muy mimosa. Come muy poco, pero siempre necesita tener a su disposición algo para llevarse a la boca y agua fresca, para no tener que robársela a Pipo.

A Tara le molesta mucho viajar y, cuando lo hace, se pasa todo el tiempo maullando en su bolso. Pero luego disfruta de lo lindo una vez que está en la casa del pueblo. Pasea  por el patio, camina por los tejados, come más y maúlla menos. Aún recuerdo una noche de bodas en el tejado, hace ya bastantes años…

Hace unos meses estuvo a punto de morirse. Sólo el tesón de Mariví y los buenos cuidados del veterinario lograron enderezar su salud. Ahora parece recuperar tiempos mejores. Pero, en el silencio de la noche, a veces el dolor la descontrola y maúlla insistentemente. Es el momento de que una llamada, “Tara, Tari”, la invite a venir a la cama y, cobijada en una caricia, se calme y se relaje mientras nos deja descansar a todos.

PD)

Y ahora, a mediados de enero de 2011, Tara ha empeorado progresivamente y, en los últimos días, ya no comía ni bebía y apenas se quejaba. Se ponía bajo la mesa del salón o en medio del pasillo, y ahí permanecía quieta, sin moverse, como esperando la nada. La llevamos al veterinario y apenas mejoró un poquitín. Hoy nos han dicho que nada podía hacerse. Así que hasta aquí ha llegado la vida de Tara, 16 años, una gata  blanca, peludita, suave, de imponentes ojos azules, cariñosa y juguetona. Tara, que llegó a esta casa cuando la inauguramos y que nos deja hoy un poco huérfanos de sus suaves peticiones de comida, de mimos y de caricias. 
 

viernes, 21 de enero de 2011

Aldapeko



Hace unos meses me envió mi hermano un audio con la canción Aldapeko. En su comentario Javi me decía "¿Cuántos años hace, cuarenta quizá? ". Luego hacía una reflexión sobre el paso del tiempo y sobre lo extraño de que por aquel entonces en Madrid, años sesenta, yo hubiera aprendido una canción en vasco.

Y así era. En la Escuela Normal de Magisterio de Madrid y en el coro de la Residencia Divino Maestro nos enseñaban a solfear, y además aprendíamos canciones a cuatro voces en castellano, en vasco, canciones rusas, italianas; en fin, un buen repertorio de música coral y popular. En vacaciones yo cantaba algunas de aquellas canciones y Javi se las aprendía.

Muchos años después, sin buscarlo, ¡zas! se encontró en Internet con  Aldapeko. Y me escribió un correo todo contento. Y yo aquí os la traigo hoy, por si os gusta.


Versión original 

 

Aldapeko sagarraren

adarraren puntan

puntaren puntan

txoria zegoen kantari.


Xiru-liruli, xiru-liruli,

nork dantzatuko ote du

soinutxo hori?


                                   Zubiburu zelaieko

oihanaren zolan,

zolaren zolan,

lili bat bada beilari.


Xiru-liruli, xiru-liruli,

nork bilduko ote du

lili xarmant hori?


Mende huntan jasan dudan

bihotzeko pena,

penaren pena,

nola behar dut ekarri?


Xiru-liruli, xiru-liruli,

zuk maitea hartzazu

 ene pena hori!

 

 

Traducción

 

En la última punta

de la rama del manzano

de la cuesta

estaba cantando el pajarillo.


Chiru- liruli, chiru-liruli,

¿Quién ha de bailar

esa musiquilla bien?


En el fondo,

muy al fondo del bosque

junto al prado sobre el puente

hay una flor en vela.


                                  Chiru- liruli, chiru-liruli,
                                  ¿Quién ha de recoger

esa flor encantadora?


La pena de mi corazón

pena penísima que he sufrido

a lo largo de este siglo

¿cómo la voy a contar?


Chiru- liruli, chiru-liruli

¡Recibe tú, querida,

esa pena mía! 

 

 

 Versión libre 

 

En la punta del manzano

hay un pajarito,

un pajarito

que sin cesar canta siempre así:

 

chiruliruli, chiruliruli,

canta pajarito,

canta y canta siempre así. 

 

En la vega, la avecilla

alegre y trinadora

canta a la aurora

¡qué juguetón suena su cantar!

 

chiruliruli, chiruliruli,

canta pajarito,

canta y canta siempre así.

 

¡Quién podrá cantar

música mejor!

Canta pajarito

 la esperanza y el amor.