Trasteando en Facebook, hace unos días vi
un documental de unos diez minutos sobre los antiguos caleros. Otro día, un
programa sobre cordeleros. La curiosidad me llevó a conocer la página en la que
se alojan estos documentales. Todos ellos aparecen en la cuenta de Eugenio
Monesma Moliner, un productor y director de documentales etnográficos sobre cultura,
costumbres y oficios del mundo rural, asunto en el que ha trabajado desde 1979.
La matanza del cerdo, las casas de adobe,
sidra artesanal, higos secos, rabel, colchones de lana, azúcar de caña, aceite
de oliva, el azafrán, la miel, dulces tradicionales, el cáñamo, elaboración
tradicional de vino, elaboración de papel, artesanos del tambor, el ajo, el
pan, el cacao, norias, ruedas…
Trabajos artesanales, algunos de
una dureza extrema, hechos con el saber de siglos transmitido de padres a
hijos. Muchos de ellos en franca desaparición y otros, recuperados por las
nuevas generaciones. Todos ellos muestran la gran diversidad de
tareas que, con ingenio y con saber de siglos, nos dan cuenta de cómo el
ser humano ha aprovechado todo lo que le da la naturaleza.
Aquí traigo el enlace a la página de Eugenio
Monesma Moliner:
Ayer subí
aquí un post a propósito de “El sonido del silencio” de Paul Simon. La
melancolía me ha llevado a buscar algunas de sus canciones de aquel tiempo.
Aquí van unas cuantas.
Ayer por la
noche vi la película El último gigante, una película argentina
estrenada en este año; y me pareció interesante. Me sorprendió que, al final,
un personaje cantase El sonido del silencio, la famosa canción
compuesta por Paul Simon en 1964. Aunque la he cantado mil veces, desconocía su significado. Me dejaba llevar, como tantas veces, de la música y de
las sugerencias de las voces. Como estábamos viendo la película con subtítulos,
me enteré de lo interesante que era la letra y lo bien traída que estaba
respecto del argumento.
Hoy, la
curiosidad me ha llevado a oír de nuevo oír la canción, ver su letra en inglés,
la traducción al castellano y algunas versiones que se han hecho a lo largo de
la historia. Aquí traigo todo, como entretenimiento y curiosidad.
The Sound of Silence
Hello, darkness, my old friend.
I've come to talk with you again
because, a vision softly creeping;
left its sedes, while I was sleeping.
And the vision, that was planted in my brain,
still remains
within the sound of silence.
In restless dreams I walked alone
narrow streets of cobblestone,
neath the halo of a streetlamp.
I turned my collar, to the cold and damp,
when my eye were stabbed
by the flash of a neon light
that split the night. and touched the sound of silence.
And in the naked light I saw
ten thousand people, maybe more.
People talking without speaking,
people hearing without listening,
people writing songs
that voices never share.
And no one dar Disturb the sound of silence.
Fools, said I, you do not know
silence like a cancer grows.
Hear my words, that I might teach you,
take my arms that I might reach you.
But my words, like silent raindrops fell,
and echoed in the wells of silence.
And the people bowed and prayed
to the neon god they made.
And the sign flashed out its warning
in the words that it was forming;
And the sign said: “The words of the prophets
are written on the subway walls”
and tenement halls.
And whisper'd in the sounds of silence.
El Sonido del Silencio
Hola, oscuridad, mi vieja amiga.
He venido a hablar contigo otra vez
porque una visión, arrastrándose suavemente,
ha dejado sus semillas mientras dormía.
Y la visión, que se plantó en mi cerebro,
aún permanece
dentro del sonido del silencio.
En sueños inquietos, caminaba solo,
por calles estrechas con adoquines,
bajo el halo de luz de una farola.
Giré mi cuello hacia el frío y la humedad,
cuando mis ojos fueron apuñalados
por el destello de una luz de neón,
que partió la noche
y tocó el sonido del silencio.
Y en la luz desnuda vi
diez mil personas, tal vez más.
Gente hablando sin hablar,
gente oyendo sin escuchar,
gente escribiendo canciones
que nunca compartirán.
Y nadie desafió
perturbar el sonido del silencio.
Tontos, dije yo, no sabéis
que el silencio crece como un cáncer.
Escuchad mis palabras para que pueda enseñaros,
tomad mis brazos para que puedan levantaros.
Pero mis palabras cayeron
como gotas de lluvia silenciosas
resonando en los pozos del silencio.
Y la gente se arrodilló y rogó
al dios de neón que habían hecho.
Y la señal destelló con esta advertencia
en las palabras que fue formando.
Y la señal dice: las palabras de los profetas
están escritas en las paredes del metro
y en los callejones.
Y susurradas en los sonidos del silencio.
Hubo un grupo, Los Mustang, que hicieron una
versión en español, allá por los sesenta.
Hace
ya muchos años, allá por 1985, comencé a preparar el guión de El
Manzanares, un vídeo dedicado a ese río tan desconocido incluso
para los propios madrileños. Después de una compleja documentación, empecé a
preparar los materiales necesarios para la grabación.
Hicimos
una excursión matinal a La Pedriza, para las tomas del tramo más bonito del
Manzanares, ese que va desde su nacimiento hasta que entra en la ciudad de
Madrid. La tarde la dedicamos a las tomas del tramo final del río, el más
desconocido: el que va desde la M-40 hasta su desembocadura en el Jarama. En la
excursión participamos seis alumnos y tres profesores: Pablo, José Luis y yo.
Inolvidable aquella tortilla de patatas y las bromas de José Luis.
El
tramo urbano, desde la entrada del Manzanares en la ciudad, por la Puerta de
Hierro, hasta que la abandona, por Villaverde, lo grabé por las tardes a lo
largo de una semana, y fue una tarea complicada, pues era muy difícil, y en
algunos casos, arriesgado, acercarse al cauce del río, por culpa de la M-30.
Afortunadamente hoy ha sido enterrada esa autovía y el cauce discurre tranquilo
en medio del parque llamado Madrid-Río, que muestra por fin el encuentro
de la ciudad con su ignorado y maltratado Manzanares.
En
2010 hicimos una copia en DVD de aquella cinta de vídeo VHS. De allí
la pasamos al ordenador, y de este a Youtube. Después de tanto copiar de
un medio a otro, la calidad técnica ya no es buena. Quizá algún especialista en
la materia sabría confeccionar una versión con los medios de los que hoy
se dispone. A la espera quedamos.
Mientras tanto, después de ver el vídeo, entra, si te parece, en estos enlaces. Uno, sobre el premiado Madrid-Río. Dos más, caminatas recientes junto al Manzanares.
"Después de un duro día de trabajo llegué a casa. En la cocina preparé algo de merienda, fruta y un
café con leche. Una letanía monótona de síes y de noes se oía en la radio: era
la votación en el Congreso de los Diputados para elegir como Presidente del
Gobierno a Leopoldo Calvo Sotelo, tras la fulminante dimisión de Adolfo Suárez. De
repente, se oyó un ruido muy fuerte, como un portazo o un tiro. Dejé de comer
al oír la voz del locutor, una mezcla de sorpresa y de miedo. Decía que un
teniente coronel de la guardia civil acababa de entrar en el hemiciclo y,
pistola en mano, se dirigía a la tribuna.
—¡Quieto todo el
mundo!
El locutor permaneció callado mientras una algarabía de tiros y
un jaleo de voces sembraba el pánico.
—¡Al suelo! ¡Al suelo!
Después se oyó una voz amenazante:
—¡Corta, que esto se mueve!
Y se acabó la transmisión en directo.
Aparté la bandeja de la
mesa y me quedé pensativo. Estaba claro, parecía ser el golpe de Estado del que
tanto se había venido hablando en aquellos últimos meses. ¿Quedaban en casa
papeles comprometedores de la época del PCE? ¿Habría problemas en la carretera
de Burgos, por donde tenía que venir María José desde su trabajo? La radio
había quedado muda de noticias y la televisión también. En onda corta tampoco
decían nada.
Tomo un papel y hago unas cuentas.
Desde el 14 de abril de 1931, día de la proclamación de la segunda República,
hasta el 18 de julio de 1936, el comienzo de la guerra, transcurrieron cinco
años, tres meses y cuatro días. Desde el 20 de noviembre de 1975, día de la
muerte de Franco, hasta hoy, 23 de febrero de 1981, han transcurrido
exactamente cinco años, tres meses y tres días. No es posible, no puede ser.
¡Qué coincidencia! Esta vez no puede triunfar algo así. Y sale en mi consuelo
aquello que dijo Marx: «La historia
ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una
miserable farsa».
Ninguna información nueva. Llegó María José sin problemas. Hicimos
algunas llamadas y recibimos otras, entre ellas la de Dámaso, un compañero del Machado
que conocía mi militancia pasada en el PCE y que ofreció su casa por si fuera
necesario. «Gracias, Dámaso», le contesté emocionado. Por la calle, ni un alma.
Nos acostamos sin saber más detalles. El sueño no llegaba, así que pusimos la radio:
seguían con música clásica. En la tele continuaban los documentales de animales
salvajes. De madrugada vimos el discurso del Rey por televisión. El
golpe de Estado parecía ir fracasando. Al amanecer, ya estaba abortado. Yendo
hacia el trabajo, me enteré de que el periódico El País había sacado una
edición, cuando aún nada estaba claro, con un titular a toda página: «El País
con la Constitución».
En la sala de profesores del colegio había corrillos en los que
se hablaba del golpe. Cuando una maestra defendió toda ufana a los golpistas, algunos
dijimos alto y claro: «Compañeros: a la rutina cuanto antes». A lo largo de la mañana,
los golpistas se fueron entregando y, con el tiempo, fueron apartados de las
fuerzas armadas y condenados a penas de cárcel. Un año después se abrieron las
urnas de nuevo y los españoles dieron la mayoría absoluta al PSOE, una votación
masiva que apoyaba un cambio tranquilo. Casi
toda España respiró ilusionada. Se notaba que, por fin, se iba asentando la
democracia".
(Este texto lo escribí hace catorce años. Hoy es un capítulo más de mi libroRobles Amarillos).
Unos comentarios desde hoy
Cuarenta y
cinco años transcurridos desde entonces son muchos años, es media vida vivida,
es pasar de los 29 que estaba yo a punto de cumplir aquella tarde a los 74 que
mañana espero alcanzar. Me he hecho mayor, sí, he pasado de ser aquel joven que había tomado posesión de una plaza definitiva de maestro
de Lengua Castellana y Literatura en el Colegio Público Antonio Machado de
Madrid, a este señor que ahora mismo está escribiendo estas líneas, un abuelo
que vive sus años dorados de jubilación apacible después de cuarenta años
ininterrumpidos de ir al colegio y al instituto a dar clase con ganas y con
ilusión.
Cuarenta y
cinco años son muchos años, también para un país como España, un país que
venía de una guerra civil trágica y cruel que duró tres años, y de una
dictadura cuartelera y sanguinaria que llegó hasta los cuarenta y que,
francamente, muerto el jefe de todo aquello, no podía sino abrirse al
mundo y alcanzar las libertades. Y con la mano estaban ya tocando los españoles
esas banderas, después de cinco años conflictivos, que luego fueron conocidos
como los años de La Transición, cuando unos autocares llenos de
guardias civiles aparcaron ilegalmente en las aceras del Congreso de los
Diputados y, como si fueran de visita a la sede del poder legislativo, de
ellos bajaron los uniformados y entraron en el hemiciclo y, diciendo todos
al suelo, dispararon unas ráfagas de tiros al techo dando a entender
que aquello era un golpe de estado y que, por tanto, el poder ya no iba a
residir en aquel salón de plenos sino en el sillón del jefe militar que mandaba
de verdad sobre aquella tropa. Al día siguiente, aquellos uniformados salieron de allí derrotados y
detenidos y, meses después, otros uniformados, eso sí, togados,
los sentenciaron a largos años de condena por la ilegalidad de su felonía.
También la
democracia española se ha hecho mayor, es verdad, pero los países no se jubilan
como si fueran personas, han de seguir adelante porque la vida sigue y las
generaciones se suceden unas a otras, como no podría ser de otra manera. España,
decimos, está en proceso de cambio, y eso es bueno; eso es bueno solo si se
acierta a hacerlo bien. Y para que saliera bien, sería necesario que cada
española, que cada español, cuando fuera a la urna a depositar su papeleta, no
la depositara votando contra alguien sino eligiendo a aquellos que, a su buen
saber y entender, mejores ideas tengan para renovar, con los pies en el suelo,
este país antiguo y nuevo, dejando arrumbados a los partidos imbuidos de
demagogia y que, a buen seguro, ven con buenos ojos lo sucedido en el Congreso aquel día de infausto recuerdo. Quizá la decisión del Gobierno actual de desclasificar los documentos del 23-F sea una buena ocasión para profundizar en estos temas y ver dónde y cómo se sitúa cada uno.
Fotografía del
Rollo de Los Navalmorales tomada por el Conde de Cedillo hacia 1917
En el año 2003, de común acuerdo, nosotros dos, Ramón Lafuente y Jesús Bermejo, decidimos conocer en profundidad la historia del Rollo de Los Navalmorales. Así que fuimos al Archivo Histórico Municipal y, con el permiso de la alcaldesa, Mónica Cortijo –que nos atendió con eficacia y amabilidad–, consultamos los legajos correspondientes a dicho asunto. Siempre fuimos avanzando en nuestro estudio con el auxilio del libro(1) del historiador Antonio Palomeque, titulado El Señorío de Valdepusa y la concesión de un privilegio de villazgo al lugar de Navalmoral de Pusa en 1635. Esa ayuda fue impagable sobre todo en lo referente a la construcción del Rollo.
Portada de El Señorío
de Valdepusa de A. Palomeque, 1946
Recuerdo que
entresacamos literalmente del mismo algunos párrafos tratando de contrastarlos
con lo encontrado en los legajos del Archivo Municipal:
El uno de
octubre de 1653... en las eras del Espartal “se levantó e fixó en el suelo una
Horca de tres palos en alto”, y cerca de ésta… “se fixó en el suelo un Rollo de
madera alto con sus garfios e cuchillo” [...]. Pocos años después de la
erección de este primer rollo de madera, se construyó otro de granito [...] en
la plaza del Rollo… Hemos podido ver un recibo del maestro de cantería acusando
la entrega de varias cantidades para su confección del tres de septiembre de
1656 […] y un “Memorial de las personas que van haziendo mandas para hacer la
picota(2)”
de siete de marzo de 1659.
Fragmento del legajo del Archivo Histórico Municipal de Los Navalmorales
sobre el levantamiento del Rollo, 1657
Hay quien suele tomar como sinónimos picota y rollo, pero no siempre fue
así. Las picotas eran lugares públicos de ajusticiamiento, con sus garfios y
sus cuchillos. Los rollos manifestaban la libertad jurisdiccional de las
villas. En algunos pueblos, los rollos sumaban ambas funciones, pero parece ser
que ese no fue el caso de Navalmoral de Pusa, dado que el Rollo tuvo una sola
misión: ser símbolo de la libertad jurisdiccional de la villa, una libertad
otorgada por cédula real que emancipaba a Navalmoral de determinadas
obligaciones respecto del señorío de Valdepusa.
El Rollo
estuvo en la plaza que lleva su nombre desde 1665, año en el que se erigió, al
menos hasta 1917. En El Señorío de Valdepusa, Antonio
Palomeque expone con claridad la decadencia de estos símbolos a partir del
absolutismo borbónico (siglos XVIII y XIX):
Estos símbolos
de autonomía municipal comienzan a decaer, más que con la aparición de reformas
humanitarias en la justicia, por la anulación política de las villas y por la
decadencia de la vida municipal. Con el absolutismo borbónico los rollos
comienzan a caer y muchos son demolidos o trasladados, como el nuestro, que
pasó [...] de la plaza del Rollo [...] a la explanada que en las afueras de la
villa se extiende ante el convento de Capuchinos, hoy en ruinas(3).
Nacido en
1908, Palomeque afirma en su libro que “este rollo de piedra lo hemos conocido
todos los de mi generación y por sus gradas más de una vez hemos jugado
de niños”. Y Telesforo Navas (n. 1912), en una conversación que
mantuvimos con él, recordaba haber jugado también de niño en el citado Rollo,
ubicado en la plaza de su mismo nombre.
Hacia 1917,
el Conde de Cedillo hizo una fotografía de dicha plaza, que es todo un
documento de referencia. En ella se nos muestra que el Rollo tenía garbo y,
aunque de materiales toscos, mostraba cierta galanura. En 2003, basándose en la
citada foto,
uno de nosotros, Ramón Lafuente, hizo una proyección de las posibles
dimensiones del Rollo y concluyó que el conjunto debió de tener 6,5 metros de
alto: las gradas medirían 1,40 m. de alto y la columna (base, fuste y capitel)
5,10 m. En cuanto al diámetro del fuste, se dedujo que estaría entre 0,40 m. y
0,60 m. ya que no era uniforme su grosor. Dichos datos casi concuerdan con
los anotados por Telesforo Navas, quien aseguraba que tendría unos 7 metros de
alto y que el diámetro de la columna sería de 0,70 m.
Proyecciones de las posibles dimensiones del
Rollo. Ramón Lafuente, 2003
En el número
17 de la revista Forja(4), de Los Navalmorales, publicado en
otoño de 2008, Francisco del Puerto escribió un artículo sobre el Rollo antiguo
y el nuevo. Comenzaba así:
Acaba el
Ayuntamiento de colocar una réplica de lo que fue el rollo municipal que, como
símbolo de autonomía jurisdiccional de su antigua dependencia del Señorío de
Valdepusa y su conversión en villa, se exponía como atributo jurídico en sitio
público del término municipal.
En dicho
artículo se nos da cuenta de que el 22 de marzo de 1917, el Conde de Cedillo
pronunció una extensa y bien documentada conferencia en el Ateneo de Madrid con
el título “Rollos y picotas en la provincia de Toledo(5)”, del que
entresacamos lo referido a Los Navalmorales:
Navalmoral de
Pusa parece haber sido fundado en el siglo XIV por dependientes (sic) de los
Gómez de Toledo, que poseían el señorío, y dependió, desde su fundación, de San
Martín de Pusa. Deseando recabar su libertad jurisdiccional, sirvió al rey
Felipe IV con 17000 reales […] y, para premiar el lugar, el monarca le hizo
villa por cédula de 21 de septiembre de 1653, según consta en el privilegio de
villazgo, que se conserva y he examinado en aquel Archivo Municipal. En
cumplimiento de la Real Disposición, el Juez de Comisión, Francisco Navarrete,
pasó a Navalmoral en 1º de octubre del mismo año, hizo los nombramientos de
justicias, revisó los pesos y medidas, amojonó el término y mandó levantar “un
rollo y picota con sus garfios y cuchillos”, ordenando que se pusiera en sitio
público. El rollo se conserva íntegro y está en el centro de la plaza que
llevaba su nombre, hoy de la Constitución. Es todo él de piedra y de buena
labor. Sobre una gradería de cinco escalones se alza la toscana columna, en
cuyo capitel descansan un cuerpo curvilíneo y estriado y un laboreado apéndice,
terminando el conjunto en una cruz de hierro. En la columna se lee esta
inscripción, indicadora de la fecha en que se erigió el rollo: EN DOS DE JVLIO
DE 1665 AÑOS.
En algún
momento indeterminado, siempre posterior a 1917, el Rollo fue trasladado al
Ejido. Allí quedaría ubicado hasta 1931. Con la proclamación de la II
República, y aprovechando la confusión inicial, es muy posible que el Rollo
fuera arramblado. En el parque municipal oímos decir a varios abuelos, en el
verano de 2003, que algunos de los bancos de piedra que nos rodeaban tal vez
provendrían de las gradas del Rollo, y que quizá otras habrían sido
incorporadas a algunas casas particulares.
Réplica del Rollo de Los Navalmorales, 2008
Hay pueblos,
como Espinoso del Rey, que tienen la fortuna de conservar aún sus rollos,
atestiguando así su antigua autonomía jurisdiccional. Las circunstancias
hicieron que otros pueblos, entre ellos Los Navalmorales, los perdieran en
algún momento de su historia. La suerte es que, en nuestro caso, queda el
testimonio documental del Archivo Histórico Municipal y la fotografía del Rollo
del Conde de Cedillo.
Esos
testimonios permitieron, en 2008, la colocación de una réplica de lo que fue el
Rollo municipal en el sitio que este dejó cuando fue trasladado al Ejido. Un
Rollo que fue símbolo de la conversión de Navalmoral de Pusa en villa y que se
expuso, desde 1665, como atributo jurídico en el sitio preferente de la plaza
principal del pueblo. Al unirse Navalmoral de Toledo y Navalmoral de Pusa, en
1835, el Rollo siguió siendo el santo y seña del pueblo, el símbolo de todos
los vecinos en su lucha por la emancipación del señorío de Valdepusa.
Jesús Bermejo
Ramón
Lafuente
Notas:
(1) PALOMEQUE, Antonio: El Señorío de Valdepusa y la concesión de un privilegio de villazgo al lugar de Navalmoral de Pusa en 1635. Madrid: Instituto Nacional de Estudios Jurídicos, 1943. Edición facsímil, publicada en la Colección Vientos del Pueblo, nº 24, de la Mesa de Trabajo por Los Navalmorales, y patrocinada por el Excmo. Ayuntamiento de Los Navalmorales, 2006.
(2) Archivo Histórico Municipal de Los Navalmorales, Sección 16, tomo 335.