Dentro de una semana, el 18 de julio de 2026,
se cumplirán noventa años del comienzo de la guerra civil. Cuantos más años tengo, más certezas encuentro acerca de que aquella
tragedia pudo haberse evitado. Y también tengo claro que mientras una inmensa
mayoría del pueblo español no participe en la convicción de que objetivamente
aquello fue una tragedia, que no solo no debe ser olvidada sino que ha de ser
conocida y asumida en su complejidad, no seremos capaces de pasar página y
seguir adelante.
"Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse. Pero algún día estas fotografías habrán de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos”. Así termina el relato Ruinas, el trayecto: Guerda Taro, de Juan Eduardo Zúñiga, que forma parte de su libro Capital de la gloria.
No se me ocurre mejor
forma de recordar esta infausta fecha que traer aquí un trabajo que hice en su
día sobre uno de los cuentos de Juan Eduardo Zúñiga sobre el Madrid de la
guerra civil.
https://roblesamarillos.blogspot.com/2016/12/ruinas-el-trayecto-guerda-taro-un.html
“Ruinas, el trayecto: Guerda Taro”. Un cuento de Juan Eduardo Zúñiga sobre el olvido, la memoria y la dignidad
1
“Pasarán unos años y olvidaremos todo; se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán las casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos, parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos”. Así comienza el primer cuento de Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga, y supone toda una declaración de supervivencia: el olvido, la desmemoria, el despojo de la propia identidad habrían de ser los objetivos perseguidos por los personajes de este cuento, y de todos los que pueblan La trilogía de la guerra civil. Unos objetivos comprensibles pero que resultarán inasumibles por los citados personajes, quienes, por dignidad, guardarán memoria de aquel tiempo de guerra, aunque, por seguridad, evitarán riesgos y ocultarán a los demás su experiencia de aquellos años.
Esa lucha entre olvido y memoria, en la que se debaten los personajes creados por nuestro autor, constituye la esencia de los cuentos de la citada trilogía. Una lucha que queda explícitamente resuelta en la frase que cierra el último cuento de Capital de la gloria, cuando una madre le dice a su niño después de uno de aquellos terribles bombardeos: “Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides”. Esta frase, como dice Israel Prados, cierra el bucle abierto en la primera, y si ambas anudan la lucha en la que se debaten los personajes de estos cuentos, la concisión y brevedad de la última resuelve con claridad el conflicto: el olvido, solo para sobrevivir; la memoria, para conservar la dignidad.
2
El cuento titulado Ruinas, el trayecto: Guerda Taro, perteneciente al libro Capital de la gloria, también comienza con la frase citada al principio, aunque ligerísimamente modificada: “Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse”. Como si de un mantra se tratase, la llamada del olvido, tan presente en toda la trilogía, se adueña de este cuento desde el principio y se convierte en el único objetivo de su protagonista. Pareciera que Miguel, que es así como se llama el personaje, hubiera oído o leído la frase del primer libro, a la manera cervantina, y se la repitiera una y otra vez a sí mismo para convencerse de que está en lo cierto.
Miguel, un soldado del ejército republicano, viendo que la guerra ya está perdida, se va desprendiendo de todo aquello que pueda delatar su pasado, y junto al despojo material, la quema de documentos y carnets, se propone iniciar un proceso de olvido que ha de llevarle a cambiar de identidad, abandonando su propia memoria e iniciando una nueva vida con los papeles de un miliciano fallecido en los primeros meses de la guerra. Con ese propósito inicia una travesía por un Madrid vencido y en ruinas, que comenzará en el cuartel donde se ha alojado en estos años y terminará en una calle lejana, donde un conocido le entregará los documentos de Eloy, el miliciano muerto. Ha de cruzar la ciudad evitando además la guerra dentro de la guerra, aquel enfrentamiento entre tropas del propio ejército republicano que desató el golpe de Casado, quien pretendiendo abrir una negociación con el ejército de Franco, acabó entregando la Republica sin condiciones.
Miguel va caminando por la ciudad devastada, se encuentra con cuerpos sin vida tendidos en la calle, con el entierro de un brigadista, con mujeres que revenden ropa, con parroquianos de una taberna. En un día triste de lluvia y desamparo, va atravesando la ciudad mientras en su cabeza da vueltas el mantra del olvido: has de dejar atrás tu pasado, iniciar una nueva vida, coger los papeles de Eloy, ponerte su traje y despojarte de tu identidad.
Si este fuese el contenido del cuento, estaríamos ante un relato más de supervivientes: su proceso de olvido sería una experiencia dura y triste, aunque común a muchas personas y, por tanto, nada singular. Pero no va a ser así, Miguel va a cruzar la ciudad y, al final de su trayecto, no va a olvidar nada, solo va a cambiar de identidad, y eso por motivos de seguridad.
La singularidad de este cuento de Zúñiga reside en la aparición, desde el mismo comienzo de la narración, de una fotografía que el protagonista decide conservar junto a unos pocos objetos de uso cotidiano. Una pequeña fotografía que apenas si contiene un vago recuerdo, sepultado bajo una catarata de experiencias vividas en tres años de guerra. Una foto que aparece, para su sorpresa, entre los papeles de su cartera, y que se va a salvar de la hoguera de carnets y documentos comprometedores que un teniente está atizando mientras recogen sus pertenencias. Esa fotografía, aparecida súbitamente entre los papeles de Miguel, va a desencadenar en su interior un proceso de recuperación de la memoria de unos hechos y unos sentimientos que había olvidado, un proceso que impedirá que esa intención inicial de despojarse de todo su pasado vaya más allá de un mero cambio de identidad por razones de supervivencia.
¿Qué es lo que contiene esa
fotografía para conseguir torcer la voluntad de olvidar de Miguel? ¿Por qué ha
conservado esa foto durante tanto tiempo? Las respuestas a estas preguntas
constituyen la esencia de este cuento, en el que se ensambla con maestría la
lucha entre olvido y memoria en la que se debate el protagonista, y cuyos
encuentros con otros personajes, en el trayecto hacia su destino final, se
estructuran y dosifican como finos eslabones que propiciarán la recuperación de
ese tiempo pasado que contiene la fotografía y que permanecía perdido en el
olvido.
3
En el comienzo del relato, el teniente que atiza la hoguera de documentos le pregunta a Miguel si la fotografía es de una amiguita, y este carraspea, contesta que no y se sale de la habitación donde están ambos. Ya en la intimidad, coloca de nuevo la foto en su cartera, y esta, en el bolsillo alto del uniforme, “cerca de donde el corazón se mueve”. Después toma una botella y bebe, pero enseguida la deja caer, pues “no sintió en la lengua la benéfica quemadura del alcohol ni en el pecho renacer la energía”. El lector apenas repara en estos detalles, inmerso como está en una creciente empatía con el protagonista, en su proceso de abandono de todo lo que durante estos años le ha sido tan familiar: los carnets, los documentos, el palacio usado como cuartel, los camastros; todo salvo el uniforme y el capote, pues no tiene otra cosa que ponerse hasta que llegue donde Casariego, el fotógrafo que le entregará la cartera y la ropa de Eloy. El lector se da cuenta, sí, de que Miguel ha decidido conservar una fotografía, pero no detecta aún que en ella puede haber algo muy personal, más allá del posible contenido político y social de la misma, aunque el narrador insinúa con delicadeza que, al descubrirla en su cartera, se ha sentido sorprendido y turbado.
Miguel sale del cuartel y comienza su travesía por la ciudad, una caminata de más de dos horas, y se asegura de lo que lleva palpando el macuto y repasando lo que en él ha metido: algo de ropa, una cuchara, una pitillera y unas botas; después toca el bolsillo alto del uniforme y, sin sacar la cartera del mismo, recuerda el contenido de la fotografía: en ella está la extranjera junto a un hombre y una mujer con cazadoras claras, y detrás se ve la fachada de una casa en un día de mucho sol. Y así, rememorando un día de mucho sol y calor, el bochorno de julio, se dice: “Sí, Brunete, ella estuvo en aquel frente”. Le sonaba aquel nombre, Brunete, uno de aquellos pueblos donde miles de hombres se mataron como fieras. El sol iluminaba la foto que Miguel había decidido conservar y llevar consigo, apenas sabía por qué.
A unos soldados que se le acercan, les pregunta si alguno de ellos estuvo en Brunete, y uno contesta afirmativamente. Indaga acerca de si por allí vio a una extranjera que hacía fotos, y justo entonces recuerda Miguel la cámara Leica que ella tenía en el vestíbulo del hotel Florida. El soldado, sin contestar a la pregunta de Miguel, rememora a los brigadistas internacionales que intervinieron en aquella batalla, y recuerda que uno de ellos, un inglés como un castillo, fue sacado de entre los hierros de una ambulancia alcanzada por un proyectil y evacuado hacia El Escorial.
Sigue Miguel su travesía y, junto a la Puerta de Alcalá, ve cómo unos militares despiden el féretro de un brigadista que no se marchó cuando se fueron los internacionales. Uno de aquellos militares, llamado Alonso, reconoce a Miguel y le aconseja que no vaya por Cibeles, que rectifique su travesía para así evitar refriegas con los de Casado. Lo acompaña un rato y Miguel aprovecha y le pregunta también por la extranjera fotógrafa que anduvo en los frentes. Fue a Brunete, le contesta Alonso, allí la mataron y se llevaron su cadáver a Francia para enterrarlo en París. Así es como Miguel, también por sorpresa, se entera de que la extranjera de su foto había muerto hacía ya casi dos años.
Nuestro protagonista avanza hacia la glorieta de Bilbao y se acuerda de que nunca la vio reír ni sonreír, casi fue antipática con él. Apenas le habló, pero le pidió un lápiz. Los recuerdos le llegan de golpe: era en el hotel Florida, en la plaza de Callao. Una mujer rubia se dirigió a él y le pidió un lápiz mientras le tendía la mano; era rubia, con el pelo muy corto, y él se lo entregó. Al darse la vuelta vio sus tacones altos, sus piernas finas y su vestido color verdoso, y ese atuendo le pareció inadecuado para el trabajo de una fotógrafa de guerra. Miguel, sorprendido por este recuerdo intenso y repentino, se para unos instantes: la siente muy lejos de él. Se llamaba Gerda Taro (el autor escribe Guerda, adaptando su nombre a la ortografía española) y él la acompañó varias veces, a ella y a otros corresponsales extranjeros, en sus visitas a los barrios machacados por las bombas. Son recuerdos de sucesos lejanísimos, aunque Miguel los había vivido hacía apenas dos años, pero subsistían aún en su memoria como experiencias extrañas.
Pasa junto a un panel abandonado, con carteles rasgados y fotos de propaganda: quizá alguna la habría hecho ella. Una vez vio que sacaba su Leica de una funda de cuero y colocaba en ella un rollo y hacía funcionar el disparador, todo muy deprisa. Vio como sus dedos delgados se movían con agilidad, igual que los dedos de una mujer cuando cosía, si bien el contraste resultaba muy llamativo de tan novedoso que era.
Miguel entra en una taberna de la
glorieta de Bilbao y se sienta a una mesa, en la que un soldado afín comparte
con él su chusco de pan. Le trae recuerdos de otra mesa del hotel Florida,
junto a la que vio en su día a periodistas extranjeros, a espías, a negociantes
de armas y marchantes de arte. Y se acuerda de Ávalos, que fue quien lo
introdujo en aquel ambiente. Sale pronto de la taberna y se encamina por
Fuencarral hacia su destino, en el que, cambiando de ropa y de identidad,
vendría a ser otra persona. Y sigue con Ávalos en su cabeza, quien unos días
antes le había dado un consejo: “Oculta que defendiste la República, evita los
riesgos y mantén las ideas”. Fue Ávalos quien le presentó a Gerda y a los otros
periodistas, diciéndoles que iba a ser su acompañante e intérprete. Ella
contestó tendiéndole la mano, la misma que tres días antes cogió de las suyas
el lápiz que luego no le había devuelto.
Por San Marcos ve tirados en la calle dos cuerpos sin vida, tendidos en el
suelo junto a regueros de sangre, y rememora otra mancha parecida junto a unas
hojas de papel y un lápiz dorado, cuando un proyectil disparado desde el Cerro
de Garabitas hirió a un militar. Lo evacuaron inmediatamente mientras él
recogía las pertenencias del herido y las depositaba en el cuartel de al lado.
Entregó todo salvo un lápiz dorado, ese lápiz que luego ofreció a la
extranjera.
Al cruzar la Gran Vía de nuevo le
viene a la memoria el vestíbulo del hotel Florida, en la cercana plaza de
Callao; ahora seguro que permanecerá silencioso, tan distinto al de hace casi
tres años, cuando él estuvo allí con la extranjera fotógrafa. Pensó entonces
que igual ella venía en misión secreta y que quizá eso explicaría su adusta
acogida. Ávalos le dijo que se llamaba Gerda Taro, pero que probablemente sería
un nombre falso, como el de tantos otros.
Al pasar junto al Casino Militar, piensa que su fachada es similar a la del
palacio que aparece en la fotografía, el que albergaba la sede de la Alianza de
Intelectuales, cerca de Cibeles. Allí había ido una vez con Gerda Taro por
algún motivo, y vio cómo se acercaron a ella dos franceses y colocaron en una
mesa varias fotografías que sacaban de un sobre. Preguntó Miguel que de quién
eran y los franceses señalaron a Gerda. Ella las miraba y, de vez en cuando,
mostraba su insatisfacción ante alguna de ellas. Entonces se acercó un
periodista del Ahora, y cuando uno de los franceses elogiaba la
fotografía como procedimiento para mejor guardar la memoria de los hechos
diarios, él español alegó que la fotografía resultaba pobre como documento. Fue
entonces cuando, por primera vez, oyó Miguel hablar seguido a Gerda Taro,
cuando dijo que las fotos podían dar testimonio de lo que hubiera ocurrido en
un determinado momento, “y que pasarían años y todo quedaría olvidado pero un
día esas fotografías habrían de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de
unos años sangrientos.”
(Otra vez la frase del principio del cuento, el mantra que se repite en la trilogía, y que cobra vida en las palabras de la propia Gerda Taro, súbitamente recordadas por Miguel. Ahora la frase ya está completa, uniendo las dos de aquel bucle que decíamos más arriba. Así que era una frase de Gerda Taro, la extranjera fotógrafa, una frase recogida por Miguel, cuando este va encontrándose con los recuerdos que desencadena la presencia súbita de una fotografía. “Pasarán años y todo quedará olvidado pero un día estas fotografías habrán de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos”. Esto es lo que dijo Gerda Taro, y con ese impulso enérgico defendía la importancia de la fotografía como documento histórico y como testimonio ético para recuperar la memoria con dignidad. Otra vez el duende de Cervantes en los textos de Zúñiga. La frase de Gerda Taro, oída por Miguel y recordada por este en estilo indirecto, no es que cierre el bucle del que antes hablábamos, es que lo amplifica y lo completa. Si el niño del último cuento de la trilogía alguna vez se olvidase de los bombardeos, desoyendo las palabras de su madre, “Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides”, las fotos de Gerda Taro, y de tantos otros, darían testimonio para juzgar aquella barbarie).
Fue en aquel preciso instante en el que Miguel oyó hablar así a Gerda, cuando intuyó en ella una mayor seriedad, después de las primeras impresiones, cuando la conoció con vestidos elegantes, fumando cigarrillos caros y realizando un trabajo, a su parecer, impropio de una mujer. Y de un fotógrafo a otro, Miguel se acuerda ahora de Robert Capa, acaso su compañero, y de la estancia de ambos en los frentes de Aragón y de Córdoba, y de que enviaban sus fotos a París para su publicación en varias revistas francesas. Y de que cuando Capa regresó a París, ella se quedó en Madrid. Y le viene a la memoria cuando la acompañó al barrio de Argüelles, destruido tras los bombardeos del primer noviembre de guerra; ella disparaba una y otra vez su Leica, mirando toda aquella destrucción sin decir nada, mostrando así su interés por este país y por la causa del pueblo. Había estado en la Almería bombardeada, en el Congreso de Intelectuales de Valencia, en el frente de la Ciudad Universitaria, en las largas colas de los economatos de Madrid.
Y ahora Miguel, en esta catarata de recuerdos desencadenados, evoca con nitidez cuando una vez subieron al torreón del Círculo de Bellas Artes, desde donde Gerda quería tomar unas panorámicas, pero desistió por la intensidad del sol. Sacó tabaco, le tendió un cigarrillo y él lo aceptó mientras, a su vez le daba fuego: por primera vez le sonrió. Luego le señaló las torres de la Telefónica envueltas en densas nubes de humo y las cúpulas de San Francisco el Grande y dijo en español: “La capital de la gloria, cubierta de juventudes la frente”. Meció la cabeza con un gesto de duda y miró a Miguel. Este, perplejo al no prever que conociera los versos de Alberti, se quedó boquiabierto, y aquello le hizo tener otra idea de cómo podía ser Gerda. Fue entonces cuando la miró fijamente y hubo de admitir que el claro azul de sus ojos daba a su fisognomía una serenidad que, a la vez, parecía una reserva de sus sentimientos que quizá se confundía con altivez.
Miguel avanza por la calle de los Peligros hacia la de Sevilla, mientras Gerda Taro le iba brotando a borbotones del olvido, y llega a reconocer ante sí mismo que voluntariamente la había apartado de su mente en todos aquellos meses de intranquilidad y de tensiones, y esta certidumbre aumenta tanto su malestar que se tiene que parar y apoyarse en la pared para recomponerse un poco. Ya recuperado, entra en Las Cuatro Calles y decide ir al hotel Inglés, donde estuvieron alojados Gerda y Robert Capa, por ver de hablar con Iriarte, para conocer mejor lo que el olvido le había ocultado de la fotógrafa.
Iriarte, después de unos momentos de incertidumbre al ver entrar a Miguel, le pregunta a este en razón de qué se interesa por aquella alemana en momentos tan llenos de amenazas y zozobras, a lo que el otro le contesta que en las últimas horas ella le venía una y otra vez al pensamiento, pues cuando quemó su documentación esta mañana, encontró una foto de ella y decidió conservarla. Iriarte le pide la foto, nunca había visto una de Gerda, y al tenerla en sus manos dice: "sí, es ella, con el peinado y el vestido de aquel verano". Y recuerda que había venido com Robert Capa, y que se alojaron en el hotel. Y que aquello ocurrió cuando estaba acabando la ofensiva de Brunete, en cuya retirada un tanque la atropelló. Gerda había huido del régimen nazi y recaló en París, donde conoció a Robert Capa y con quien aprendió a manejar una cámara de fotos. Llegó con él a Barcelona en los primeros días de la guerra y luego estuvieron por muchos sitios. Capa se fue a París, pero Gerda no quiso faltar en Brunete. En el desorden de la retirada, iba subida en el estribo de un camión, con una mano sujetándose en la ventanilla abierta y el trípode en la otra. Un tanque que venía en dirección contraria se ladeó, la golpeó, Gerda cayó al suelo y el propio tanque, o quizá el mismo camión, le aplastó una pierna y parte del vientre. Quedó muy malherida y la evacuaron con urgencia a un hospital de sangre ubicado en el monasterio de El Escorial. Y allí murió. Fue terrible su final, tan joven y con tantas posibilidades. Sus fotos eran espléndidas, pues sabía elegir los momentos más emocionantes y, además, era extraordinariamente valiente.
Iriarte termina su evocación, y se produce un silencio en el que Miguel siente que ya todo está confirmado: sí, Gerda había muerto en Brunete, atropellado y roto su cuerpo. Reflexiona y concluye que debió pasar desapercibido aquel tremendo accidente, pues a nadie se lo oyó comentar ni lo leyó en ningún periódico. Iriarte le pregunta de nuevo, mientras sigue mirando la foto, el porqué de su interés por aquel asunto, a lo que Miguel le responde que es solo por curiosidad. Iriarte recuerda que la muerte debió ocurrir entre el 20 y el 25 de julio y, mientras lo va diciendo, nuestro protagonista se imagina la cámara de fotos aplastada, quizá al lado del lápiz que él le dio, ambos manchados de sangre. Iriarte le dice que le dé la foto, pero Miguel se resiste, aunque accede a dársela finalmente. Según va saliendo del hotel, Miguel piensa que en los tiempos que vienen será conveniente olvidarse de la extranjera y de todos los que vinieron a ayudar a la República.
Nuestro protagonista sale a la calle desconcertado; se imagina a Gerda muriéndose sola en un sitio frío e inhóspito como era el monasterio. Y a la vez se asombra de que unos recuerdos tan lejanos le hayan atraído tanto desde que dejó el cuartel. Ahora, cuando ha conocido en detalle ese final de Gerda sin continuidad posible, siente cómo por dentro le araña el remordimiento por haberla olvidado totalmente en los últimos años, a pesar de que piensa que tenía razones íntimas para haber decidido retirar de su mente a Gerda Taro, su figura, su aspecto físico, la entonación de su voz, la audacia en su tarea como reportera de guerra.
Al pasar por la plaza de Matute se
refugia de la lluvia en un portal y oye a unos soldados hablar de las
responsabilidades que les esperan. Después se encamina hacia Antón Martín,
donde, tras la máscara de Eloy, logrará salvarse en la catástrofe. Guardando
silencio de lo pasado nadie lo descubriría, pero, en secreto, conservaría la
memoria de cuanto le fortaleció y le hizo madurar durante estos años. Y se
convence de que no debía hundir en un nuevo olvido las fotografías que entonces
se hicieron. La travesía de Miguel va llegando a su fin. Cuando entra en
la calle de Santa Isabel, se da de bruces con una casa bombardeada, abierta de
arriba a abajo. Por un instante ve allí a Gerda, desgarrado su vientre a la luz
del sol de julio. A Gerda Taro, que dejó en sus fotografías testimonio del gran
delito que había sido la guerra.
4
En todos los cuentos de Zúñiga hay ciertos objetos que hacen brotar emociones y
sentimentos, funcionando como señales que arman la narración. Así ocurre en
nuestro relato, en el que una pequeña fotografía desencadena la recuperación de
la memoria del protagonista. Pero también hay otros objetos: el lápiz dorado,
que supone una velada alusión a emociones íntimas; el jersey manchado de
sangre, símbolo de muerte, pero también de que la vida sigue; la cartera
y el traje de Eloy, salvoconductos para una vida más segura; el panel de fotos,
desencadenante de recuerdos; el himno, memoria de los brigadistas; el pan
compartido, indicio de solidaridad; el cartel, memoria de un tiempo pasado; el
obús, símbolo de la barbarie; el cuerpo atropellado, imagen de la entrega y la
dignidad. Todos ellos se aúnan para articular una narración cuyo hilo conductor
es sin duda la fotografía. Una pequeña fotografía que nos va conducir a la defensa que Gerda Taro hace de ese novísimo medio,
quizá el más eficaz para construir la memoria de un tiempo pasado.
Un tiempo que, de otra manera, podría perpetuarse en los vastos jardines sin
aurora, donde todo quedase sepultado entre ortigas, como diría Luis
Cernuda. Un tiempo pasado que será recobrado gracias al testimonio
ofrecido por las fotografías captadas en la Capital de la gloria.
Una Capital de la gloria cuya memoria habrá de recuperarse
algún día, y que será, sí, un canto a aquellos que, en
noviembre de 1936, defendieron la ciudad y frenaron a los facciosos, a la manera de Alberti. Pero que será, sobre todo,
una Capital de la gloria tamizada por la ironía, quizá
simbolizada en el gesto de duda que Gerda Taro hizo en el torreón del Círculo
de Bellas Artes al contemplar la ciudad asediada. Capital de la gloria,
sí, de una ciudad rendida pero orgullosa de su dignidad.
5
Después de más de dos horas de trayecto por la ciudad en ruinas, y gracias a los recuerdos que le evoca una pequeña fotografía, lo que en principio iba a ser despojo y olvido para el protagonista del cuento, se convierte en un simple cambio de identidad y en una voluntad firme de guardar memoria de aquel tiempo de guerra. Miguel, en su propia busca del tiempo perdido, decidirá conservar su memoria y, en consecuencia, vivir con dignidad. Guardar en la memoria aquel gran delito que fue la guerra, en cuyo horror cayó Gerda Taro, aquella mujer extranjera y fotógrafa de la que se enamoró como del rayo un sorprendido Miguel, y a la que, en la vorágine de la guerra, decidió olvidar para poder vivir.
Ahora, ese tiempo recobrado le
ayudará a vivir cuando ya todo parecía perdido. La aparición por sorpresa de
aquella fotografía y la progresiva recuperación de la memoria de aquella
insólita mujer, el punzante dolor de saberla ya muerta y el velado reconocimiento
de las emociones y los sentimientos que en él desencadenó, harán posible torcer
el camino del olvido que pretendía iniciar, y permitirán depositar en el
ejercicio de la memoria el fundamento de su dignidad. Una memoria cuya
recuperación ha iniciado Miguel mediante el empuje de las emociones y los
sentimientos que la fotografía ha liberado. Un proceso de emociones y de
sentimientos sociales, pero también íntimos, que van a fundamentar la ética de
la memoria y que serán el alimento de la moral de resistencia del protagonista
en el largo tiempo de silencio que van a imponer los vencedores de la guerra,
ese gran delito del que siempre darán testimonio las fotografías de una
extranjera llamada Gerda Taro, que “entregó su hermosa vida a una digna tarea,
a una causa perdida”.
Jesús Bermejo
Lisboa, noviembre de 2016
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