sábado, 11 de julio de 2026

"La conciencia de Lisboa", un texto de Juan Eduardo Zúñiga sobre Fernando Pessoa

 


En 1988, el escritor español Juan Eduardo Zúñiga, que ha aparecido en este blog varias veces, escribió un texto sobre Fernando Pessoa y la ciudad de Lisboa, un texto que encontré hace cinco años y que traigo hoy aquí.


“Fernando Pessoa abre la ventana de su habitación, recibe el aliento fresco de la lluvia que ha mojado Lisboa y ve ante él, escalonadas, las casas multicolores, las cúpulas, las ropas puestas a secar, las nubes que se alejan. Sus ojos, habituados a la transmutación poética, perciben la inmediata realidad que le espera con el día que empieza, y por cuyas calles rutinarias irá hasta la oficina de la Rua da Prata, donde simultaneará la redacción de cartas en inglés con el buceo profundo en su alma. Para conocer a este misterioso oficinista, el archivo por excelencia de su vivir en Lisboa es el Libro del desasosiego que, atribuyéndolo al imaginario Bernardo Soares, formó Pessoa pacientemente con fragmentos ocasionales durante casi 20 años, y que componen uno de los más asombrosos textos europeos de introspección.

Este mayor que recoge la contabilidad de sus cavilaciones, o diario íntimo, si se puede llamar así, sólo se publicó y dio a conocer en su totalidad en 1982, porque el descubrimiento de buena parte de la excepcional creación pessoana se está haciendo después de su muerte, como herencia riquísima de clarividencia psíquica belleza estilística y egocentrismo. Es la información más extensa y minuciosa -superior a la que dan los elaborados y numerosos heterónimos- de su perseverante análisis de las más sutiles impresiones, aclaración perspicaz de cada estado de ánimo configurados por sus recuerdos, su trabajo, sus coetáneos, su exterioridad y, por tanto, la ciudad, Lisboa, donde vivió hasta su muerte, en 1935.

Tejados y sombras

"Se extiende ante mis ojos nostálgicos la ciudad incierta y silenciosa. Las casas se desnivelan en una acumulación contenida, y la luz lunar con manchas de incertidumbre, inmoviliza de madreperla los vaivenes muertos de la profusión. Hay tejados y sombras, ventanas y Edad Media. No tiene por qué haber alrededores. Reposa en lo que se ve un vislumbre de lejanía. Por encima de donde yo veo hay ramas negras de árboles, y yo tengo el sueño de la ciudad entera en mi corazón desganado. ¡Lisboa a la luz de la luna y mi cansancio de mañana!".

Pessoa vivió 30 años en una ciudad muy antigua, luminosa, colorida, acumulación de cuanto el ser humano, como creador, reúne en el desierto de la naturaleza. Pero Pessoa, que se afirma como escritor en la capital portuguesa y no sale de ella, es un viajero en tránsito, un exiliado que anhela con fuerza íntima otra patria que le dé el apoyo afectivo del que debió de carecer, tal se trasluce en múltiples vivencias suyas.

Pasea por las calles, hace un circuito reducido por el centro urbano, desde la casa o la pensión donde se alberga hasta la oficina, hasta el café Martinho, hasta la orilla del río: su habitat es limitado; en el Libro del desasosiego se menciona el Terreiro do Paço, la Alfândega, el Jardim da Estrela, el Cais do Sodré, la Rua dos Douradores... Describe un fugaz momento en la plaza "âo centro da cidade" -se supone que Rossio o Restauradores-, con el panorama maravilloso trepando por la falda del Castelo y el cielo azulblanquecino, y "de pronto estoy solo en el mundo. Veo todo esto desde lo alto de un tejado espiritual. Estoy solo en el mundo. Ver es estar distante. Ver claro es cesar. Analizar es ser extranjero. Toda la gente pasa sin rozarme".

Solitario, contempla desde la ventana, una y otra vez, según cuenta, la ciudad natal, la ciudad-madre a la que se adhiere y a la vez elude: "... por detrás de los ojos me veo viendo y sólo con esto se me oscurece el sol y el verde de los árboles se mustia ( ... ) forastero de lo que veo y oigo".

En su alienación, tan creadora, la dinámica de su pensamiento escrutador le aísla de lo circundante; tal demanda tiene su subjetividad que le obnubila la percepción objetiva de cosas y personas: "Se mira, mas no se ve. La larga calle con movimiento de bichos humanos es una especie de letrero tendido donde las letras fuesen móviles y no formasen sentidos. Las casas son solamente casas. Se pierde la posibilidad de dar un sentido a lo que se ve...". Las confidencias, fingidas o sinceras, del Libro del desasosiego demuestran que Pessoa no fue un pintor de la Lisboa turística, no fue su cronista ni su cantor. Menciona, en bellísimas imágenes, ciertas perspectivas, olores, lluvias, calidades de luz en nubes desflecadas, solitarios atardeceres, pero su meditación -tan penetrante, tan fría- es solicitada por los dominios interiores, por el abismo de la enajenación o por la historia de un niño en los brazos de su madre, en un monólogo obstinado de claridad hiriente, en un raciocinio lúcido sobre las menores vibraciones de su psiquismo. El pensador no quiere distraerse, dice, de la exclusiva atención a sus sensaciones, pues teme que eso le despersonalice: el entorno sólo le sirve como reactivo para explorar más su destino, desdoblarse en otros seres inventados, mitigar su latencia al no-ser: "Cierro, cansado, las hojas de mis ventanas, excluyo al mundo, y en un momento tengo la libertad".

Muy distinto del flâneur que Walter Benjamin descubría en Baudelaire, Fernando Pessoa cruzó por una ciudad -un universo- que era pura representación, puro vacío yacente bajo la febril actividad de quien fue prolífico colaborador en revistas y en círculos literarios, oficinista probo, escritor de tantas materias, promotor de iniciativas mercantiles, y así confiesa: "... la vida es absolutamente irreal en su realidad directa; los campos, las ciudades, las ideas, son cosas absolutamente ficticias, hijas de nuestra compleja sensación de nosotros mismos ... ".

Cesario Verde

En los lindes topográficos de la incomparable hermosura de Lisboa, la abstracción que de ella hace Pessoa se contrapone a la visión razonadora de Cesario Verde, otro poeta portugués de la misma estirpe de soñadores, que sólo dejó tras sí un libro de poemas, del que Pessoa se reconoce deudor, y que también fue transeúnte por calles nocturnas a las que prestó su tedio fin de siglo, pero Cesario Verde se identificó con los habitantes, con el trabajo cotidiano de Lisboa, con los objetos, los escaparates, la fruta sabrosa, con las vendedoras de pescado que suben del río, con los panoramas entrañables de carne y hueso, de cal y canto que han persistido para que hoy el poeta Ary dos Santos haya podido, apasionado, invocar la ciudad: "Amiga, amante, amor distante, Lisboa está cerca, pero no bastante...". 


Zúñiga en este blog

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sábado, 13 de junio de 2026

Tiza, plátano y libros nuevos, una columna de Najat El Hachmi en El País

En el periódico El País del 12 de junio de 2026 han publicado una columna de la escritora Najat El Hachmi, que traigo aquí porque creo que refleja bien la buena relación que a menudo existe entre alumnos y maestros, un “afecto genuino y real, tan profundo, que solo se tiene a los maestros que establecen un vínculo sólido con los alumnos”.

Algo de eso ha sentido uno en sus años de maestro. Algo difícil de explicar sin sentir algún rubor. Por eso me gusta que una persona adulta escriba tal homenaje a sus maestros y maestras. Una mirada de afecto que nunca olvidan quienes tuvieron la suerte de disfrutarla, ellos y ellas, los alumnos; ellas y ellos, los maestros.

Gracias, Najat.

"El grupo se había ido ya hacia el aula después de la actividad en la que había participado, pero un par de niñas se quedaron rezagadas, acercándose tímidamente a la maestra, que estaba de baja desde hacía unas semanas y había vuelto al centro para una gestión. Estaban ahí de pie a su lado, sin decir nada. La docente parecía adivinarles el pensamiento: ¿qué? ¿que cuándo vuelvo? Y las niñas, arrimándose más aún a la mujer, asintieron. En sus rostros se podía leer una expresión de anhelo, casi de súplica. Con el cuerpo y los ojos y ese silencio parecían gritar: ¡queremos que vuelvas ya! Ese afecto genuino y real, tan profundo, solo se tiene a los maestros que establecen un vínculo sólido con los alumnos. Al observar a las niñas me acordé de inmediato del maestro republicano de La lengua de las mariposas, por el que lloré en su día como si hubiera sido el mío. Y un poco lo es, si pensamos en la genealogía de la buena educación, la educación que ve en todos los alumnos a seres humanos que deben recibir la letra no con sangre sino con amor y buen trato, con rigor y disciplina, pero respeto y cariño.

En otro colegio me preguntaron si recordaba mi primer día de colegio y al instante me vino el olor de Eugènia, que nos acogió en su aula de primero de EGB a mi mellizo y a mí, yo con el pelo áspero del río salado del que sacábamos el agua y la piel quemada por el sol rifeño, mi hermano con la cabeza rapada como era costumbre en el campo para evitar piojos y demás parásitos. Éramos unos moritos que venían del fin del mundo, pero Eugènia nos abrazó (o eso recuerdo yo), y ahora siempre que pienso en ella en la nariz se me hace presente esa extraña mezcla de tiza y plátano. Y luego el olor de los libros nuevos, indescifrables entonces. Así que no hay nada más falso que la idea de que los profesionales de la educación son simples trabajadores que van a hacer su jornada como el que va a apretar tuercas o a vender camisetas. Son las personas adultas más importantes en la vida de cualquier niño después de los padres, la segunda figura con la que establecemos vínculos sólidos y de confianza. Y que echamos de menos cuando están de baja o se van a otra escuela. También los echamos de menos cuando el sistema no les deja enseñar en condiciones, con aulas hacinadas, burocracia y sueldos bajos. Por todo esto, no es de extrañar que a las manifestaciones de los docentes se unan personas que no lo son. Defender sus derechos es defender los derechos de nuestros hijos y honrar la memoria de los buenos maestros que tuvimos".

 


lunes, 4 de mayo de 2026

Su rostro entre nosotros, un libro de Germán Pinto Recuero




El 28 de abril de 2026, en la Biblioteca Municipal de Los Navalmorales, tuvo lugar el acto de Presentación del libro Su rostro entre nosotros, de Germán Pinto Recuero. Intervinieron Arturo Marqués, bibliotecario, María Victoria Navas, profesora, Jesús Bermejo, profesor, y Germán Pinto, autor del libro. Aquí va un resumen de dicho acto.

Germán Pinto: apuntes para una biografía

Hoy tengo el gusto de presentar en nuestra biblioteca algunos aspectos de la vida y obra de Germán Pinto Recuero, amigo, quinto y paisano (por este orden), por invitación expresa de él mismo. Cosa que agradezco mucho. Es para mí un honor que confíes en mis habilidades de presentadora.

Es de agradecer que los escritores navalmoraleños, autores de obras diversas, quieran mostrar a sus paisanos lo que han ido dando a conocer en otros lugares y a otras gentes. Es el caso de Germán Pinto. Así que, en nombre de todos nosotros, Germán, muchas gracias por presentar hoy aquí y entre los tuyos tu última obra.

Germán tiene un pasado profesional, claro, ajeno al acto que hoy aquí nos reúne. Empezó siendo monaguillo en nuestra iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Antigua, como tantos otros niños. También hizo pinitos de camarero en el Casino del pueblo, al tiempo que cursaba estudios en el Seminario Menor san Joaquín de Talavera y en el Seminario de Toledo. Para más tarde ingresar en la orden de los sacerdotes operarios diocesanos, donde estudió Filosofía en Majadahonda y en Salamanca.

En 1968 abandona esta vocación y empieza a trabajar en alguna empresa hasta que en 1971 aprueba las oposiciones de ingreso al Cuerpo General de Policía, en cuyo cuerpo ha terminado su labor como Inspector-jefe, en 2014.

Después de su jubilación, Germán no ha dejado su formación y ha realizado varios cursos de humanidades en la Universidad Carlos III de Madrid.

Germán es también una persona solidaria, participativa y entregada a los grupos sociales a los que pertenece o ha pertenecido.

Así, por ejemplo, en Los Navalmorales fue cofundador de la revista Forja, creada en 2001, de la que ha sido director algunos años (desde 2005 hasta el 2008)) y en la que ha colaborado y colabora regularmente, a veces con el pseudónimo de El buen amigo.

Es miembro también, desde su fundación en 2003, de la Mesa de Trabajo por Los Navalmorales.

Mientras, en la zona donde reside, desde 2019 es vicepresidente de la Asociación Literaria Verbo Azul de Alcorcón, donde así mismo codirige la revista La hoja azul en blanco.

Y, en Leganés, es miembro del grupo literario de Miguel Hernández. Sin olvidar su participación en coloquios, recitales, ferias de libros y en actividades varias.

Germán, a la chita callando, desde la modestia y, como decía Paco del Puerto en el prólogo a su primer poemario del año 2000, En esta tarde humana, German, repito, desde la sencillez, la discreción, la modestia y el despiste, ha ido escribiendo, publicando y ganando premios con sus poemas a lo largo de los años.

Por ejemplo, ya en 1967, con 18 años, ganó su primer premio, en el concurso literario, convocado por el periódico El Alcázar de Madrid, con su poema “Vértigo”.

En ese mismo año también consigue ni más ni menos que el Premio Provincial de Poesía de Madrid.

Pero es sobre todo a partir del inicio de este siglo XXI cuando Germán Pinto Recuero ha perdido su inseguridad, “su enfermiza timidez”, decía Paco del Puerto, y ha empezado a mostrar, parece ser que, gracias a la insistencia de sus amigos, el regalo de sus versos.

En el año 2000, La Mesa de Trabajo por Los Navalmorales publica su primer poemario, En esta tarde humana, con prólogo de otro de nuestros poetas y amigo de Germán, Paco del Puerto.

En 2001, publicó en el nº 21 de la revista toledana Hermes. Revista Estacional de Poesía, codirigida por otra poeta originaria de Los Navalmorales, María Antonia Ricas Peces, “Mujer”, pp. 68-70; “Oración por César Vallejo”, pp. 70-71; “No es el mar”, pp. 71-75; “Atardecer”, pp. 75-76.

De 2002, es su segundo libro de poemas, Pájaros muertos en la niebla, premio de poesía Villa de Leganés 2002.

En 2007 obtiene el primer premio de poesía por “La cruz de piedra”, en el I Certamen Literario Gregorio Peces Barba, Almucat, Universidad Carlos III de Madrid (publicado posteriormente en Forja, nº 24, verano 2012, pp. 15-16. Y, en ese mismo concurso, logra el segundo premio de narrativa por “El portalón”, (publicado posteriormente en Forja, nº 16, primavera-verano 2008, pp. 18-24).

Al año siguiente, 2008, recibe el segundo premio de poesía por “Añonuevo”, en el VI Certamen Literario Rafael Morales, Universidad Carlos III de Madrid.

En 2023 publica su tercer poemario, La luz contraria, con prólogo de la poeta Ana Garrido Padilla.

Hoy hace público su cuarto libro de poemas aquí en Los Navalmorales, Su rostro entre nosotros, publicado en 2025 y presentado en marzo de este mismo año en la librería Fábula de Alcorcón, con lectura de poemas a cargo de la poeta Ana Garrido Padilla, y acompañamiento musical a la guita-rra por Ana Bella López.

La portada, seguro que hablan de ello los compañeros de la mesa, es una foto de una escultura de Amparo Carpizo, seleccionada por Germán Pinto.  Pero no es la primera vez que nuestro poeta se interesa por la obra de Amparo pues, ya en 2010, publicó en la revista Forja un poema dedicado a la escultora.

Para ir acabando, quiero añadir que Germán Pinto no es ajeno a los medios digitales. De hecho, tiene un blog en la Asociación Literaria Verbo Azul de Alcorcón en el que ha publicado “Las hojas de los árboles caídas”, “He pisado los charcos”, “Puerto chico” (también en Forja, nº 33, junio 2018, p. 59), “En la torre”.

En resumen, Germán Pinto tiene publicados cuatro libros de poesía; 27 poemas en varias revistas; 21 textos de prosa literaria; otros 10 textos de reflexión; 3 de crítica literaria.

Dice Germán, además, que tiene en marcha tres poemarios Y que, tal vez, se decida a publicar una novela que tiene terminada.

En fin, que para quien dice o decía que no tenía ánimo para publicar, no está nada mal.

Mariví Navas


Poesía de la angustia 

En diciembre del año pasado, a punto ya de comenzar el invierno, Germán nos regaló su último libro de poemas. Aún sin abrirlo, me impactó la fotografía de la cubierta, esa escultura de Dolor, que luego comprobé que es de Amparo García Carpizo. Y me interpeló el título del libro, tan directo: Su rostro entre nosotros. Escultura y título, desde la cubierta, parecían demandar del lector su participación en un dolor profundo, en el recuerdo de los rostros de los que ya no están.

Luego abrí el libro y leí el verso del epígrafe:

            …un día en que Dios estuvo enfermo.

El verso me pareció rotundo y la decisión de Germán Pinto, también. Para escribir Su rostro entre nosotros, había decidido ir de la mano de uno de sus grandes referentes, el poeta César Vallejo.

La relación de Germán con César Vallejo ya nos la había señalado en su día Francisco del Puerto en el prólogo del libro En esta tarde humana, de Germán Pinto, publicado en el año 2000 en la colección Vientos del Pueblo, de Los Navalmorales.

Germán Pinto escribe con dolor …de lo que lleva dentro, …de los muros del dolor que se levantan en las calles por las que circulamos… Poeta del dolor, como su admirado Vallejo, esa guerra que todos los días nos hace sentir lo que somos: humanos con muchas cuentas pendientes por resolver, y con un anhelo pendiente que, si se resolviera, amainaría nuestro interior desasosiego.

Una tarde fría del pasado enero leí de un tirón Su rostro entre nosotros y me quedé sobrecogido. En la poesía de Germán Pinto que yo conocía hasta entonces, aparecían a menudo la angustia y el dolor. Sin embargo, con este nuevo libro, yo sentía en aquella tarde que se había producido un salto cualitativo. Esos sentimientos de angustia y de dolor, que cristalizaban en un estremecimiento creciente y mantenido, lograban conmocionar al lector porque se referían a un acontecimiento colectivo muy reciente, la pandemia, aquel tiempo de angustia y de desolación.

Después de una segunda lectura, ya más detenida, hice llegar a Germán mi reconocimiento y mi felicitación. Hoy y aquí, en la Biblioteca de Los Navalmorales, quiero darle las gracias al autor de Su rostro entre nosotros por haber concebido este libro tan extraordinario, que navega firme en la angustia de aquellos meses del covid.

Su rostro entre nosotros es un libro que se organiza en seis partes:

§  In memoriam

§  Desde la penumbra

§  Estos días sin luz

§  Más allá de nosotros

§  Con las palmas heridas

§  No ha terminado el tiempo de la ira 

Esas seis partes, cuyos títulos van precedidos de versos de varios autores, a la manera de epígrafes, vendrían a ser las diferentes etapas de la pandemia: desde la conmoción de tanta muerte sobrevenida hasta el incipiente sosiego cuando se vislumbra una salida de aquel tiempo sombrío.

Aunque todos los poemas son brillantes, algunos me han deslumbrado especialmente. Así sucede con Te tuvo que llegar, un poema dedicado a Paco Torres, uno de los primeros navalmoraleños víctimas de la pandemia.

Te tuvo que llegar

el frío anochecer de la zumaya…

 

Aunque abriste de lleno tus azogues

de nada te sirvió la primavera

ni el caudal jubiloso de su culto.

 

Tampoco te sirvió buscar el aura,

la piel de la alhucema o la albahaca

ni ofrendarles tus pícaros desplantes…

 

Al final solo fuiste, como todos,

un soplo entre humilladas bambalinas

y un cerco de cipreses que no ahogan

la ambigüedad perpleja de los dioses. 

Qué comienzo tan rotundo y sentencioso: “Te tuvo que llegar/ el frío anochecer de la zumaya”. Esa zumaya telúrica, presagio de la muerte, esa ave que nos evoca la del Romance de la luna, luna de Lorca: “¡Cómo canta la zumaya!/  ¡ay, cómo canta en el árbol!”

Qué bello homenaje de Germán Pinto al actor Paco Torres, expresado en esos “pícaros desplantes” y en esas “humilladas bambalinas”. Y qué despedida tan bella y sosegada dedicada al paisano, al amigo.

Otro poema de Su rostro entre nosotros, cuyo título es Varado en los cristales, nos invita a recordar los parques vacíos de aquellos meses, en los que el silencio y la desolación competían con una primavera impetuosa.

Nos imaginamos a Germán Pinto asomado a su ventana, contemplando, al trasluz del mediodía, el parque vacío de voces infantiles. Por un momento, su mirada parece alegrarse al evocar los toboganes llenos de niños correteando libres y felices. Pero no: el parque donde los milagros jugaban a ser niños está vacío; y los niños están en sus casas, amarrados, quietos, paralizados. Y los columpios hoy destilan veneno y juegan con la muerte al escondite.


Varado en los cristales

hay un parque vacío

donde siempre

los milagros jugaban a ser niños…

 

Toboganes de sueños y acuarelas

correteaban libres sobre el tiempo

sin sospechar la hipnosis de una infancia

amarrada a los hados de rodillas.

 

La hierba de ese prado y sus columpios

hoy destilan venenos insondables

y juegan con la muerte al escondite.

 

Parques vacíos, casas llenas de temor, columpios que destilan veneno y una infancia “amarrada a los hados de rodillas”. ¡Qué imagen tan cabal de aquel tiempo! 

Se han quedado vacías las ciudades es el título de otro poema que quiero destacar. En él, el autor contempla la calle llena de amenazas, que no inyectan sino desdicha y miedo. Una calle en la que hasta los mirlos lloran cada día al vislumbrar la soga al cuello de la muerte.

 

Vagan por sus asfaltos

caminos y amenazas

que hacen temblar milagros y legiones

e inyectan su desdicha de infinito.

 

Y es fácil encontrar qué es lo que vive

debajo de los muros

que forman las ergástulas del miedo.

 

Descubrir cada día

el llanto de los mirlos

con esa soga al cuello que se aprieta

y ocultan los carontes en su barca. 

El poema Mas allá de los vivos confinados, me parece prodigioso. En sus cuatro estrofas, que comienzan con dos palabras que suenan como aldabonazos, el autor nos impulsa a mirar más allá del confinamiento y del miedo. Más allá de las urnas de loza que atesoran las cenizas de los muertos. Más allá de los que perdieron su ángel en cajas de madera.

Pero más allá solo queda un pánico final y un gran silencio, la angustia colectiva e insondable de aquel tiempo que, al recordarlo ahora, aún nos estremece y nos acalla.

 

Más allá de los vivos confinados

que esconden su cendal en donde viven

las ráfagas del miedo.

 

Más allá

de aquellos que atesoran sus cenizas

en calvarios de loza que se agrietan

bajo el llanto floral de un cementerio.

 

Más allá

de los que se marcharon sin permiso

y perdieron su ángel

en cajas de madera y desconcierto.

 

Más allá de nosotros solo queda,

aguardando su turno en los misales,

un pánico final

y un gran silencio.

El libro va terminando y parece abrirse en un incipiente hilo de esperanza. Así sucede en el poema titulado Hay mundos sin origen discutible. Las primeras estrofas muestran todavía ese mundo de miedo, esos “espacios de viento /donde nadie se atreve/ a desnudar la faz de sus escaras/ ni el hedor de los cuerpos maltratados”.

Sin embargo, en los últimos versos, más allá de la desolación, el autor invita a romper el ahogamiento que nos atenaza y nos propone buscar algo de luz más allá de las sombras del presente.

 

Es necesario entonces

 romper en desbandada

 el óxido mortal que nos ahoga.

 

Encontrar el prodigio del asombro,

 ese deslumbramiento

 que a veces se desvela

 en la brisa del mar y sus espumas. 

Cuando Germán Pinto escribe poesía, formalmente se aleja de las composiciones populares de versos octosílabos y de rima asonante. También se aleja de la poesía culta de estricta medida y rima consonante. Los poemas de Su rostro entre nosotros encuentran su cauce en unas estrofas armadas con el ritmo acompasado de una sabia combinación de versos endecasílabos y heptasílabos, libres de rima, a la manera de Luis Cernuda, que son el recipiente cabal para un contenido estricto y exigente.

Germán Pinto nos muestra en Su rostro entre nosotros un brillante dominio de la forma, dotando a sus versos de un ritmo propio y reconocible. Sus endecasílabos luminosos y sus bellos heptasílabos nos invitan a concluir con una exclamación tan cierta como rigurosa: ¡Qué bien escribe Germán!

Comprobadlo conmigo en el poema Hay mundos sin origen discutible, de cuyo contenido hemos hablado hace un momento. Disfrutemos juntos de su ritmo firme y armonioso.

…Es necesario entonces

romper en desbandada

el óxido mortal que nos ahoga.

 

Encontrar el prodigio del asombro,

ese deslumbramiento

que a veces se desvela

en la brisa del mar y en sus espumas. 

Gracias, Germán, por habernos regalado este libro. Como dije al principio, es muy difícil escribir sobre el dolor y la angustia. Tú lo has conseguido, Germán. Por eso te reitero mi reconocimiento y mi felicitación.

Muchas gracias.

Jesús Bermejo