domingo, 12 de julio de 2026

Hace noventa años comenzó la guerra civil española

                 

Dentro de una semana, el 18 de julio de 2026, se cumplirán noventa años del comienzo de la guerra civil. Cuantos más años tengo, más certezas encuentro acerca de que aquella tragedia pudo haberse evitado. Y también tengo claro que mientras una inmensa mayoría del pueblo español no participe en la convicción de que objetivamente aquello fue una tragedia, que no solo no debe ser olvidada sino que ha de ser conocida y asumida en su complejidad, no seremos capaces de pasar página y seguir adelante.

"Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse. Pero algún día estas fotografías habrán de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos”. Así termina el relato Ruinas, el trayecto: Guerda Taro, de Juan Eduardo Zúñiga, que forma parte de su libro Capital de la gloria.

No se me ocurre mejor forma de recordar esta infausta fecha que traer aquí un trabajo que hice en su día sobre uno de los cuentos de Juan Eduardo Zúñiga sobre el Madrid de la guerra civil.

https://roblesamarillos.blogspot.com/2016/12/ruinas-el-trayecto-guerda-taro-un.html


“Ruinas, el trayecto: Guerda Taro”. Un cuento de Juan Eduardo Zúñiga sobre el olvido, la memoria y la dignidad

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“Pasarán unos años y olvidaremos todo; se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán las casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos, parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos”. Así comienza el primer cuento de Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga, y supone toda una declaración de supervivencia: el olvido, la desmemoria, el despojo de la propia identidad habrían de ser los objetivos perseguidos por los personajes de este cuento, y de todos los que pueblan La trilogía de la guerra civil. Unos objetivos comprensibles pero que resultarán inasumibles por los citados personajes, quienes, por dignidad, guardarán memoria de aquel tiempo de guerra, aunque, por seguridad, evitarán riesgos y ocultarán a los demás su experiencia de aquellos años. 

Esa lucha entre olvido y memoria, en la que se debaten los personajes creados por nuestro autor, constituye la esencia de los cuentos de la citada trilogía. Una lucha que queda explícitamente resuelta en la frase que cierra el último cuento de Capital de la gloria, cuando una madre le dice a su niño después de uno de aquellos terribles bombardeos: “Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides”. Esta frase, como dice Israel Prados, cierra el bucle abierto en la primera, y si ambas anudan la lucha en la que se debaten los personajes de estos cuentos, la concisión y brevedad de la última resuelve con claridad el conflicto: el olvido, solo para sobrevivir; la memoria, para conservar la dignidad.

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El cuento titulado Ruinas, el trayecto: Guerda Taro, perteneciente al libro Capital de la gloria, también comienza con la frase citada al principio, aunque ligerísimamente modificada: “Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse”. Como si de un mantra se tratase, la llamada del olvido, tan presente en toda la trilogía, se adueña de este cuento desde el principio y se convierte en el único objetivo de su protagonista. Pareciera que Miguel, que es así como se llama el personaje, hubiera oído o leído la frase del primer libro, a la manera cervantina, y se la repitiera una y otra vez a sí mismo para convencerse de que está en lo cierto. 

Miguel, un soldado del ejército republicano, viendo que la guerra ya está perdida, se va desprendiendo de todo aquello que pueda delatar su pasado, y junto al despojo material, la quema de documentos y carnets, se propone iniciar un proceso de olvido que ha de llevarle a cambiar de identidad, abandonando su propia memoria e iniciando una nueva vida con los papeles de un miliciano fallecido en los primeros meses de la guerra. Con ese propósito inicia una travesía por un Madrid vencido y en ruinas, que comenzará en el cuartel donde se ha alojado en estos años y terminará en una calle lejana, donde un conocido le entregará los documentos de Eloy, el miliciano muerto. Ha de cruzar la ciudad evitando además la guerra dentro de la guerra, aquel enfrentamiento entre tropas del propio ejército republicano que desató el golpe de Casado, quien pretendiendo abrir una negociación con el ejército de Franco, acabó entregando la Republica sin condiciones. 

Miguel va caminando por la ciudad devastada, se encuentra con cuerpos sin vida tendidos en la calle, con el entierro de un brigadista, con mujeres que revenden ropa, con parroquianos de una taberna. En un día triste de lluvia y desamparo, va atravesando la ciudad mientras en su cabeza da vueltas el mantra del olvido: has de dejar atrás tu pasado, iniciar una nueva vida, coger los papeles de Eloy, ponerte su traje y despojarte de tu identidad. 

Si este fuese el contenido del cuento, estaríamos ante un relato más de supervivientes: su proceso de olvido sería una experiencia dura y triste, aunque común a muchas personas y, por tanto, nada singular. Pero no va a ser así, Miguel va a cruzar la ciudad y, al final de su trayecto, no va a olvidar nada, solo va a cambiar de identidad, y eso por motivos de seguridad. 

La singularidad de este cuento de Zúñiga reside en la aparición, desde el mismo comienzo de la narración, de una fotografía que el protagonista decide conservar junto a unos pocos objetos de uso cotidiano. Una pequeña fotografía que apenas si contiene un vago recuerdo, sepultado bajo una catarata de experiencias vividas en tres años de guerra. Una foto que aparece, para su sorpresa, entre los papeles de su cartera, y que se va a salvar de la hoguera de carnets y documentos comprometedores que un teniente está atizando mientras recogen sus pertenencias. Esa fotografía, aparecida súbitamente entre los papeles de Miguel, va a desencadenar en su interior un proceso de recuperación de la memoria de unos hechos y unos sentimientos que había olvidado, un proceso que impedirá que esa intención inicial de despojarse de todo su pasado vaya más allá de un mero cambio de identidad por razones de supervivencia. 

¿Qué es lo que contiene esa fotografía para conseguir torcer la voluntad de olvidar de Miguel? ¿Por qué ha conservado esa foto durante tanto tiempo? Las respuestas a estas preguntas constituyen la esencia de este cuento, en el que se ensambla con maestría la lucha entre olvido y memoria en la que se debate el protagonista, y cuyos encuentros con otros personajes, en el trayecto hacia su destino final, se estructuran y dosifican como finos eslabones que propiciarán la recuperación de ese tiempo pasado que contiene la fotografía y que permanecía perdido en el olvido.

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En el comienzo del relato, el teniente que atiza la hoguera de documentos le pregunta a Miguel si la fotografía es de una amiguita, y este carraspea, contesta que no y se sale de la habitación donde están ambos. Ya en la intimidad, coloca de nuevo la foto en su cartera, y esta, en el bolsillo alto del uniforme, “cerca de donde el corazón se mueve”. Después toma una botella y bebe, pero enseguida la deja caer, pues “no sintió en la lengua la benéfica quemadura del alcohol ni en el pecho renacer la energía”. El lector apenas repara en estos detalles, inmerso como está en una creciente empatía con el protagonista, en su proceso de abandono de todo lo que durante estos años le ha sido tan familiar: los carnets, los documentos, el palacio usado como cuartel, los camastros; todo salvo el uniforme y el capote, pues no tiene otra cosa que ponerse hasta que llegue donde Casariego, el fotógrafo que le entregará la cartera y la ropa de Eloy. El lector se da cuenta, sí, de que Miguel ha decidido conservar una fotografía, pero no detecta aún que en ella puede haber algo muy personal, más allá del posible contenido político y social de la misma, aunque el narrador insinúa con delicadeza que, al descubrirla en su cartera, se ha sentido sorprendido y turbado. 

Miguel sale del cuartel y comienza su travesía por la ciudad, una caminata de más de dos horas, y se asegura de lo que lleva palpando el macuto y repasando lo que en él ha metido: algo de ropa, una cuchara, una pitillera y unas botas; después toca el bolsillo alto del uniforme y, sin sacar la cartera del mismo, recuerda el contenido de la fotografía: en ella está la extranjera junto a un hombre y una mujer con cazadoras claras, y detrás se ve la fachada de una casa en un día de mucho sol. Y así, rememorando un día de mucho sol y calor, el bochorno de julio, se dice: “Sí, Brunete, ella estuvo en aquel frente”. Le sonaba aquel nombre, Brunete, uno de aquellos pueblos donde miles de hombres se mataron como fieras. El sol iluminaba la foto que Miguel había decidido conservar y llevar consigo, apenas sabía por qué. 

A unos soldados que se le acercan, les pregunta si alguno de ellos estuvo en Brunete, y uno contesta afirmativamente. Indaga acerca de si por allí vio a una extranjera que hacía fotos, y justo entonces recuerda Miguel la cámara Leica que ella tenía en el vestíbulo del hotel Florida. El soldado, sin contestar a la pregunta de Miguel, rememora a los brigadistas internacionales que intervinieron en aquella batalla, y recuerda que uno de ellos, un inglés como un castillo, fue sacado de entre los hierros de una ambulancia alcanzada por un proyectil y evacuado hacia El Escorial. 

Sigue Miguel su travesía y, junto a la Puerta de Alcalá, ve cómo unos militares despiden el féretro de un brigadista que no se marchó cuando se fueron los internacionales. Uno de aquellos militares, llamado Alonso, reconoce a Miguel y le aconseja que no vaya por Cibeles, que rectifique su travesía para así evitar refriegas con los de Casado. Lo acompaña un rato y Miguel aprovecha y le pregunta también por la extranjera fotógrafa que anduvo en los frentes. Fue a Brunete, le contesta Alonso, allí la mataron y se llevaron su cadáver a Francia para enterrarlo en París. Así es como Miguel, también por sorpresa, se entera de que la extranjera de su foto había muerto hacía ya casi dos años. 

Nuestro protagonista avanza hacia la glorieta de Bilbao y se acuerda de que nunca la vio reír ni sonreír, casi fue antipática con él. Apenas le habló, pero le pidió un lápiz. Los recuerdos le llegan de golpe: era en el hotel Florida, en la plaza de Callao. Una mujer rubia se dirigió a él y le pidió un lápiz mientras le tendía la mano; era rubia, con el pelo muy corto, y él se lo entregó. Al darse la vuelta vio sus tacones altos, sus piernas finas y su vestido color verdoso, y ese atuendo le pareció inadecuado para el trabajo de una fotógrafa de guerra. Miguel, sorprendido por este recuerdo intenso y repentino, se para unos instantes: la siente muy lejos de él. Se llamaba Gerda Taro (el autor escribe Guerda, adaptando su nombre a la ortografía española) y él la acompañó varias veces, a ella y a otros corresponsales extranjeros, en sus visitas a los barrios machacados por las bombas. Son recuerdos de sucesos lejanísimos, aunque Miguel los había vivido hacía apenas dos años, pero subsistían aún en su memoria como experiencias extrañas. 

Pasa junto a un panel abandonado, con carteles rasgados y fotos de propaganda: quizá alguna la habría hecho ella. Una vez vio que sacaba su Leica de una funda de cuero y colocaba en ella un rollo y hacía funcionar el disparador, todo muy deprisa. Vio como sus dedos delgados se movían con agilidad, igual que los dedos de una mujer cuando cosía, si bien el contraste resultaba muy llamativo de tan novedoso que era. 

Miguel entra en una taberna de la glorieta de Bilbao y se sienta a una mesa, en la que un soldado afín comparte con él su chusco de pan. Le trae recuerdos de otra mesa del hotel Florida, junto a la que vio en su día a periodistas extranjeros, a espías, a negociantes de armas y marchantes de arte. Y se acuerda de Ávalos, que fue quien lo introdujo en aquel ambiente. Sale pronto de la taberna y se encamina por Fuencarral hacia su destino, en el que, cambiando de ropa y de identidad, vendría a ser otra persona. Y sigue con Ávalos en su cabeza, quien unos días antes le había dado un consejo: “Oculta que defendiste la República, evita los riesgos y mantén las ideas”. Fue Ávalos quien le presentó a Gerda y a los otros periodistas, diciéndoles que iba a ser su acompañante e intérprete. Ella contestó tendiéndole la mano, la misma que tres días antes cogió de las suyas el lápiz que luego no le había devuelto.
Por San Marcos ve tirados en la calle dos cuerpos sin vida, tendidos en el suelo junto a regueros de sangre, y rememora otra mancha parecida junto a unas hojas de papel y un lápiz dorado, cuando un proyectil disparado desde el Cerro de Garabitas hirió a un militar. Lo evacuaron inmediatamente mientras él recogía las pertenencias del herido y las depositaba en el cuartel de al lado. Entregó todo salvo un lápiz dorado, ese lápiz que luego ofreció a la extranjera.
 

Al cruzar la Gran Vía de nuevo le viene a la memoria el vestíbulo del hotel Florida, en la cercana plaza de Callao; ahora seguro que permanecerá silencioso, tan distinto al de hace casi tres años, cuando él estuvo allí con la extranjera fotógrafa. Pensó entonces que igual ella venía en misión secreta y que quizá eso explicaría su adusta acogida. Ávalos le dijo que se llamaba Gerda Taro, pero que probablemente sería un nombre falso, como el de tantos otros.

Al pasar junto al Casino Militar, piensa que su fachada es similar a la del palacio que aparece en la fotografía, el que albergaba la sede de la Alianza de Intelectuales, cerca de Cibeles. Allí había ido una vez con Gerda Taro por algún motivo, y vio cómo se acercaron a ella dos franceses y colocaron en una mesa varias fotografías que sacaban de un sobre. Preguntó Miguel que de quién eran y los franceses señalaron a Gerda. Ella las miraba y, de vez en cuando, mostraba su insatisfacción ante alguna de ellas. Entonces se acercó un periodista del Ahora, y cuando uno de los franceses elogiaba la fotografía como procedimiento para mejor guardar la memoria de los hechos diarios, él español alegó que la fotografía resultaba pobre como documento. Fue entonces cuando, por primera vez, oyó Miguel hablar seguido a Gerda Taro, cuando dijo que las fotos podían dar testimonio de lo que hubiera ocurrido en un determinado momento, “y que pasarían años y todo quedaría olvidado pero un día esas fotografías habrían de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos.”
 

(Otra vez la frase del principio del cuento, el mantra que se repite en la trilogía, y que cobra vida en las palabras de la propia Gerda Taro, súbitamente recordadas por Miguel. Ahora la frase ya está completa, uniendo las dos de aquel bucle que decíamos más arriba. Así que era una frase de Gerda Taro, la extranjera fotógrafa, una frase recogida por Miguel, cuando este va encontrándose con los recuerdos que desencadena la presencia súbita de una fotografía. “Pasarán años y todo quedará olvidado pero un día estas fotografías habrán de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos”. Esto es lo que dijo Gerda Taro, y con ese impulso enérgico defendía la importancia de la fotografía como documento histórico y como testimonio ético para recuperar la memoria con dignidad. Otra vez el duende de Cervantes en los textos de Zúñiga. La frase de Gerda Taro, oída por Miguel y recordada por este en estilo indirecto, no es que cierre el bucle del que antes hablábamos, es que lo amplifica y lo completa. Si el niño del último cuento de la trilogía alguna vez se olvidase de los bombardeos, desoyendo las palabras de su madre, “Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides”, las fotos de Gerda Taro, y de tantos otros, darían testimonio para juzgar aquella barbarie). 

Fue en aquel preciso instante en el que Miguel oyó hablar así a Gerda, cuando intuyó en ella una mayor seriedad, después de las primeras impresiones, cuando la conoció con vestidos elegantes, fumando cigarrillos caros y realizando un trabajo, a su parecer, impropio de una mujer. Y de un fotógrafo a otro, Miguel se acuerda ahora de Robert Capa, acaso su compañero, y de la estancia de ambos en los frentes de Aragón y de Córdoba, y de que enviaban sus fotos a París para su publicación en varias revistas francesas. Y de que cuando Capa regresó a París, ella se quedó en Madrid. Y le viene a la memoria cuando la acompañó al barrio de Argüelles, destruido tras los bombardeos del primer noviembre de guerra; ella disparaba una y otra vez su Leica, mirando toda aquella destrucción sin decir nada, mostrando así su interés por este país y por la causa del pueblo. Había estado en la Almería bombardeada, en el Congreso de Intelectuales de Valencia, en el frente de la Ciudad Universitaria, en las largas colas de los economatos de Madrid. 

Y ahora Miguel, en esta catarata de recuerdos desencadenados, evoca con nitidez cuando una vez subieron al torreón del Círculo de Bellas Artes, desde donde Gerda quería tomar unas panorámicas, pero desistió por la intensidad del sol. Sacó tabaco, le tendió un cigarrillo y él lo aceptó mientras, a su vez le daba fuego: por primera vez le sonrió. Luego le señaló las torres de la Telefónica envueltas en densas nubes de humo y las cúpulas de San Francisco el Grande y dijo en español: “La capital de la gloria, cubierta de juventudes la frente”.  Meció la cabeza con un gesto de duda y miró a Miguel. Este, perplejo al no prever que conociera los versos de Alberti, se quedó boquiabierto,  y aquello le hizo tener otra idea de cómo podía ser Gerda. Fue entonces cuando la miró fijamente y hubo de admitir que el claro azul de sus ojos daba a su fisognomía una serenidad que, a la vez, parecía una reserva de sus sentimientos que quizá se confundía con altivez. 

Miguel avanza por la calle de los Peligros hacia la de Sevilla, mientras Gerda Taro le iba brotando a borbotones del olvido, y llega a reconocer ante sí mismo que voluntariamente la había apartado de su mente en todos aquellos meses de intranquilidad y de tensiones, y esta certidumbre aumenta tanto su malestar que se tiene que parar y apoyarse en la pared para recomponerse un poco. Ya recuperado, entra en Las Cuatro Calles y decide ir al hotel Inglés, donde estuvieron alojados Gerda y Robert Capa, por ver de hablar con Iriarte, para conocer mejor lo que el olvido le había ocultado de la fotógrafa. 

Iriarte, después de unos momentos de incertidumbre al ver entrar a Miguel, le pregunta a este en razón de qué se interesa por aquella alemana en momentos tan llenos de amenazas y zozobras, a lo que el otro le contesta que en las últimas horas ella le venía una y otra vez al pensamiento, pues cuando quemó su documentación esta mañana, encontró una foto de ella y decidió conservarla. Iriarte le pide la foto, nunca había visto una de Gerda, y al tenerla en sus manos dice: "sí, es ella, con el peinado y el vestido de aquel verano". Y recuerda que había venido com Robert Capa, y que se alojaron en el hotel. Y que aquello ocurrió cuando estaba acabando la ofensiva de Brunete, en cuya retirada un tanque la atropelló. Gerda había huido del régimen nazi y recaló en París, donde conoció a Robert Capa y con quien aprendió a manejar una cámara de fotos. Llegó con él a Barcelona en los primeros días de la guerra y luego estuvieron por muchos sitios. Capa se fue a París, pero Gerda no quiso faltar en Brunete. En el desorden de la retirada, iba subida en el estribo de un camión, con una mano sujetándose en la ventanilla abierta y el trípode en la otra. Un tanque que venía en dirección contraria se ladeó, la golpeó, Gerda cayó al suelo y el propio tanque, o quizá el mismo camión, le aplastó una pierna y parte del vientre. Quedó muy malherida y la evacuaron con urgencia a un hospital de sangre ubicado en el monasterio de El Escorial. Y allí murió. Fue terrible su final, tan joven y con tantas posibilidades. Sus fotos eran espléndidas, pues sabía elegir los momentos más emocionantes y, además, era extraordinariamente valiente. 

Iriarte termina su evocación, y se produce un silencio en el que Miguel siente que ya todo está confirmado: sí, Gerda había muerto en Brunete, atropellado y roto su cuerpo. Reflexiona y concluye que debió pasar desapercibido aquel tremendo accidente, pues a nadie se lo oyó comentar ni lo leyó en ningún periódico. Iriarte le pregunta de nuevo, mientras sigue mirando la foto, el porqué de su interés por aquel asunto, a lo que Miguel le responde que es solo por curiosidad. Iriarte recuerda que la muerte debió ocurrir entre el 20 y el 25 de julio y, mientras lo va diciendo, nuestro protagonista se imagina la cámara de fotos aplastada, quizá al lado del lápiz que él le dio, ambos manchados de sangre. Iriarte le dice que le dé la foto, pero Miguel se resiste, aunque accede a dársela finalmente. Según va saliendo del hotel, Miguel piensa que en los tiempos que vienen será conveniente olvidarse de la extranjera y de todos los que vinieron a ayudar a la República. 

Nuestro protagonista sale a la calle desconcertado; se imagina a Gerda muriéndose sola en un sitio frío e inhóspito como era el monasterio. Y a la vez se asombra de que unos recuerdos tan lejanos le hayan atraído tanto desde que dejó el cuartel. Ahora, cuando ha conocido en detalle ese final de Gerda sin continuidad posible, siente cómo por dentro le araña el remordimiento por haberla olvidado totalmente en los últimos años, a pesar de que piensa que tenía razones íntimas para haber decidido retirar de su mente a Gerda Taro, su figura, su aspecto físico, la entonación de su voz, la audacia en su tarea como reportera de guerra. 

Al pasar por la plaza de Matute se refugia de la lluvia en un portal y oye a unos soldados hablar de las responsabilidades que les esperan. Después se encamina hacia Antón Martín, donde, tras la máscara de Eloy, logrará salvarse en la catástrofe. Guardando silencio de lo pasado nadie lo descubriría, pero, en secreto, conservaría la memoria de cuanto le fortaleció y le hizo madurar durante estos años. Y se convence de que no debía hundir en un nuevo olvido las fotografías que entonces se hicieron. La travesía de Miguel va llegando a su fin. Cuando entra en la calle de Santa Isabel, se da de bruces con una casa bombardeada, abierta de arriba a abajo. Por un instante ve allí a Gerda, desgarrado su vientre a la luz del sol de julio. A Gerda Taro, que dejó en sus fotografías testimonio del gran delito que había sido la guerra.

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En todos los cuentos de Zúñiga hay ciertos objetos que hacen brotar emociones y sentimentos, funcionando como señales que arman la narración. Así ocurre en nuestro relato, en el que una pequeña fotografía desencadena la recuperación de la memoria del protagonista. Pero también hay otros objetos: el lápiz dorado, que supone una velada alusión a emociones íntimas; el jersey manchado de sangre, símbolo de muerte, pero también de  que la vida sigue; la cartera y el traje de Eloy, salvoconductos para una vida más segura; el panel de fotos, desencadenante de recuerdos; el himno, memoria de los brigadistas; el pan compartido, indicio de solidaridad; el cartel, memoria de un tiempo pasado; el obús, símbolo de la barbarie; el cuerpo atropellado, imagen de la entrega y la dignidad. Todos ellos se aúnan para articular una narración cuyo hilo conductor es sin duda la fotografía. Una pequeña fotografía que nos va conducir a la defensa que Gerda Taro hace de ese novísimo medio, quizá el más eficaz para construir la memoria de un tiempo pasado. 

Un tiempo que, de otra manera, podría perpetuarse en los vastos jardines sin aurora, donde todo quedase sepultado entre ortigas, como diría Luis Cernuda. Un tiempo pasado que será recobrado gracias al testimonio ofrecido por las fotografías captadas en la Capital de la gloria. Una Capital de la gloria cuya memoria habrá de recuperarse algún día, y que será,
sí, un canto a aquellos que, en noviembre de 1936, defendieron la ciudad y frenaron a los facciosos, a la manera de Alberti. Pero que será, sobre todo, una Capital de la gloria tamizada por la ironía, quizá simbolizada en el gesto de duda que Gerda Taro hizo en el torreón del Círculo de Bellas Artes al contemplar la ciudad asediada. Capital de la gloria, sí, de una ciudad rendida pero orgullosa de su dignidad. 

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Después de más de dos horas de trayecto por la ciudad en ruinas, y gracias a los recuerdos que le evoca una pequeña fotografía, lo que en principio iba a ser despojo y olvido para el protagonista del cuento, se convierte en un simple cambio de identidad y en una voluntad firme de guardar memoria de aquel tiempo de guerra. Miguel, en su propia busca del tiempo perdido, decidirá conservar su memoria y, en consecuencia, vivir con dignidad. Guardar en la memoria aquel gran delito que fue la guerra, en cuyo horror cayó Gerda Taro, aquella mujer extranjera y fotógrafa de la que se enamoró como del rayo un sorprendido Miguel, y a la que, en la vorágine de la guerra, decidió olvidar para poder vivir. 

Ahora, ese tiempo recobrado le ayudará a vivir cuando ya todo parecía perdido. La aparición por sorpresa de aquella fotografía y la progresiva recuperación de la memoria de aquella insólita mujer, el punzante dolor de saberla ya muerta y el velado reconocimiento de las emociones y los sentimientos que en él desencadenó, harán posible torcer el camino del olvido que pretendía iniciar, y permitirán depositar en el ejercicio de la memoria el fundamento de su dignidad. Una memoria cuya recuperación ha iniciado Miguel mediante el empuje de las emociones y los sentimientos que la fotografía ha liberado. Un proceso de emociones y de sentimientos sociales, pero también íntimos, que van a fundamentar la ética de la memoria y que serán el alimento de la moral de resistencia del protagonista en el largo tiempo de silencio que van a imponer los vencedores de la guerra, ese gran delito del que siempre darán testimonio las fotografías de una extranjera llamada Gerda Taro, que “entregó su hermosa vida a una digna tarea, a una causa perdida”.

                                                                                                                                    Jesús Bermejo

                                                                                                                                                                                               Lisboa, noviembre de 2016

 

sábado, 11 de julio de 2026

"La conciencia de Lisboa", un texto de Juan Eduardo Zúñiga sobre Fernando Pessoa

 


En 1988, el escritor español Juan Eduardo Zúñiga, que ha aparecido en este blog varias veces, escribió un texto sobre Fernando Pessoa y la ciudad de Lisboa, un texto que encontré hace cinco años y que traigo hoy aquí.


“Fernando Pessoa abre la ventana de su habitación, recibe el aliento fresco de la lluvia que ha mojado Lisboa y ve ante él, escalonadas, las casas multicolores, las cúpulas, las ropas puestas a secar, las nubes que se alejan. Sus ojos, habituados a la transmutación poética, perciben la inmediata realidad que le espera con el día que empieza, y por cuyas calles rutinarias irá hasta la oficina de la Rua da Prata, donde simultaneará la redacción de cartas en inglés con el buceo profundo en su alma. Para conocer a este misterioso oficinista, el archivo por excelencia de su vivir en Lisboa es el Libro del desasosiego que, atribuyéndolo al imaginario Bernardo Soares, formó Pessoa pacientemente con fragmentos ocasionales durante casi 20 años, y que componen uno de los más asombrosos textos europeos de introspección.

Este mayor que recoge la contabilidad de sus cavilaciones, o diario íntimo, si se puede llamar así, sólo se publicó y dio a conocer en su totalidad en 1982, porque el descubrimiento de buena parte de la excepcional creación pessoana se está haciendo después de su muerte, como herencia riquísima de clarividencia psíquica belleza estilística y egocentrismo. Es la información más extensa y minuciosa -superior a la que dan los elaborados y numerosos heterónimos- de su perseverante análisis de las más sutiles impresiones, aclaración perspicaz de cada estado de ánimo configurados por sus recuerdos, su trabajo, sus coetáneos, su exterioridad y, por tanto, la ciudad, Lisboa, donde vivió hasta su muerte, en 1935.

Tejados y sombras

"Se extiende ante mis ojos nostálgicos la ciudad incierta y silenciosa. Las casas se desnivelan en una acumulación contenida, y la luz lunar con manchas de incertidumbre, inmoviliza de madreperla los vaivenes muertos de la profusión. Hay tejados y sombras, ventanas y Edad Media. No tiene por qué haber alrededores. Reposa en lo que se ve un vislumbre de lejanía. Por encima de donde yo veo hay ramas negras de árboles, y yo tengo el sueño de la ciudad entera en mi corazón desganado. ¡Lisboa a la luz de la luna y mi cansancio de mañana!".

Pessoa vivió 30 años en una ciudad muy antigua, luminosa, colorida, acumulación de cuanto el ser humano, como creador, reúne en el desierto de la naturaleza. Pero Pessoa, que se afirma como escritor en la capital portuguesa y no sale de ella, es un viajero en tránsito, un exiliado que anhela con fuerza íntima otra patria que le dé el apoyo afectivo del que debió de carecer, tal se trasluce en múltiples vivencias suyas.

Pasea por las calles, hace un circuito reducido por el centro urbano, desde la casa o la pensión donde se alberga hasta la oficina, hasta el café Martinho, hasta la orilla del río: su habitat es limitado; en el Libro del desasosiego se menciona el Terreiro do Paço, la Alfândega, el Jardim da Estrela, el Cais do Sodré, la Rua dos Douradores... Describe un fugaz momento en la plaza "âo centro da cidade" -se supone que Rossio o Restauradores-, con el panorama maravilloso trepando por la falda del Castelo y el cielo azulblanquecino, y "de pronto estoy solo en el mundo. Veo todo esto desde lo alto de un tejado espiritual. Estoy solo en el mundo. Ver es estar distante. Ver claro es cesar. Analizar es ser extranjero. Toda la gente pasa sin rozarme".

Solitario, contempla desde la ventana, una y otra vez, según cuenta, la ciudad natal, la ciudad-madre a la que se adhiere y a la vez elude: "... por detrás de los ojos me veo viendo y sólo con esto se me oscurece el sol y el verde de los árboles se mustia ( ... ) forastero de lo que veo y oigo".

En su alienación, tan creadora, la dinámica de su pensamiento escrutador le aísla de lo circundante; tal demanda tiene su subjetividad que le obnubila la percepción objetiva de cosas y personas: "Se mira, mas no se ve. La larga calle con movimiento de bichos humanos es una especie de letrero tendido donde las letras fuesen móviles y no formasen sentidos. Las casas son solamente casas. Se pierde la posibilidad de dar un sentido a lo que se ve...". Las confidencias, fingidas o sinceras, del Libro del desasosiego demuestran que Pessoa no fue un pintor de la Lisboa turística, no fue su cronista ni su cantor. Menciona, en bellísimas imágenes, ciertas perspectivas, olores, lluvias, calidades de luz en nubes desflecadas, solitarios atardeceres, pero su meditación -tan penetrante, tan fría- es solicitada por los dominios interiores, por el abismo de la enajenación o por la historia de un niño en los brazos de su madre, en un monólogo obstinado de claridad hiriente, en un raciocinio lúcido sobre las menores vibraciones de su psiquismo. El pensador no quiere distraerse, dice, de la exclusiva atención a sus sensaciones, pues teme que eso le despersonalice: el entorno sólo le sirve como reactivo para explorar más su destino, desdoblarse en otros seres inventados, mitigar su latencia al no-ser: "Cierro, cansado, las hojas de mis ventanas, excluyo al mundo, y en un momento tengo la libertad".

Muy distinto del flâneur que Walter Benjamin descubría en Baudelaire, Fernando Pessoa cruzó por una ciudad -un universo- que era pura representación, puro vacío yacente bajo la febril actividad de quien fue prolífico colaborador en revistas y en círculos literarios, oficinista probo, escritor de tantas materias, promotor de iniciativas mercantiles, y así confiesa: "... la vida es absolutamente irreal en su realidad directa; los campos, las ciudades, las ideas, son cosas absolutamente ficticias, hijas de nuestra compleja sensación de nosotros mismos ... ".

Cesario Verde

En los lindes topográficos de la incomparable hermosura de Lisboa, la abstracción que de ella hace Pessoa se contrapone a la visión razonadora de Cesario Verde, otro poeta portugués de la misma estirpe de soñadores, que sólo dejó tras sí un libro de poemas, del que Pessoa se reconoce deudor, y que también fue transeúnte por calles nocturnas a las que prestó su tedio fin de siglo, pero Cesario Verde se identificó con los habitantes, con el trabajo cotidiano de Lisboa, con los objetos, los escaparates, la fruta sabrosa, con las vendedoras de pescado que suben del río, con los panoramas entrañables de carne y hueso, de cal y canto que han persistido para que hoy el poeta Ary dos Santos haya podido, apasionado, invocar la ciudad: "Amiga, amante, amor distante, Lisboa está cerca, pero no bastante...". 


Zúñiga en este blog

https://roblesamarillos.blogspot.com/2016/11/juan-eduardo-zuniga-premio-nacional-de.html

https://roblesamarillos.blogspot.com/2012/01/brillan-monedas-oxidadas-de-j-eduaro.html

https://roblesamarillos.blogspot.com/2011/01/conociendo-gerda-taro.html

 


sábado, 13 de junio de 2026

Tiza, plátano y libros nuevos, una columna de Najat El Hachmi en El País

En el periódico El País del 12 de junio de 2026 han publicado una columna de la escritora Najat El Hachmi, que traigo aquí porque creo que refleja bien la buena relación que a menudo existe entre alumnos y maestros, un “afecto genuino y real, tan profundo, que solo se tiene a los maestros que establecen un vínculo sólido con los alumnos”.

Algo de eso ha sentido uno en sus años de maestro. Algo difícil de explicar sin sentir algún rubor. Por eso me gusta que una persona adulta escriba tal homenaje a sus maestros y maestras. Una mirada de afecto que nunca olvidan quienes tuvieron la suerte de disfrutarla, ellos y ellas, los alumnos; ellas y ellos, los maestros.

Gracias, Najat.

"El grupo se había ido ya hacia el aula después de la actividad en la que había participado, pero un par de niñas se quedaron rezagadas, acercándose tímidamente a la maestra, que estaba de baja desde hacía unas semanas y había vuelto al centro para una gestión. Estaban ahí de pie a su lado, sin decir nada. La docente parecía adivinarles el pensamiento: ¿qué? ¿que cuándo vuelvo? Y las niñas, arrimándose más aún a la mujer, asintieron. En sus rostros se podía leer una expresión de anhelo, casi de súplica. Con el cuerpo y los ojos y ese silencio parecían gritar: ¡queremos que vuelvas ya! Ese afecto genuino y real, tan profundo, solo se tiene a los maestros que establecen un vínculo sólido con los alumnos. Al observar a las niñas me acordé de inmediato del maestro republicano de La lengua de las mariposas, por el que lloré en su día como si hubiera sido el mío. Y un poco lo es, si pensamos en la genealogía de la buena educación, la educación que ve en todos los alumnos a seres humanos que deben recibir la letra no con sangre sino con amor y buen trato, con rigor y disciplina, pero respeto y cariño.

En otro colegio me preguntaron si recordaba mi primer día de colegio y al instante me vino el olor de Eugènia, que nos acogió en su aula de primero de EGB a mi mellizo y a mí, yo con el pelo áspero del río salado del que sacábamos el agua y la piel quemada por el sol rifeño, mi hermano con la cabeza rapada como era costumbre en el campo para evitar piojos y demás parásitos. Éramos unos moritos que venían del fin del mundo, pero Eugènia nos abrazó (o eso recuerdo yo), y ahora siempre que pienso en ella en la nariz se me hace presente esa extraña mezcla de tiza y plátano. Y luego el olor de los libros nuevos, indescifrables entonces. Así que no hay nada más falso que la idea de que los profesionales de la educación son simples trabajadores que van a hacer su jornada como el que va a apretar tuercas o a vender camisetas. Son las personas adultas más importantes en la vida de cualquier niño después de los padres, la segunda figura con la que establecemos vínculos sólidos y de confianza. Y que echamos de menos cuando están de baja o se van a otra escuela. También los echamos de menos cuando el sistema no les deja enseñar en condiciones, con aulas hacinadas, burocracia y sueldos bajos. Por todo esto, no es de extrañar que a las manifestaciones de los docentes se unan personas que no lo son. Defender sus derechos es defender los derechos de nuestros hijos y honrar la memoria de los buenos maestros que tuvimos".

 


lunes, 4 de mayo de 2026

Su rostro entre nosotros, un libro de Germán Pinto Recuero




El 28 de abril de 2026, en la Biblioteca Municipal de Los Navalmorales, tuvo lugar el acto de Presentación del libro Su rostro entre nosotros, de Germán Pinto Recuero. Intervinieron Arturo Marqués, bibliotecario, María Victoria Navas, profesora, Jesús Bermejo, profesor, y Germán Pinto, autor del libro. Aquí va un resumen de dicho acto.

Germán Pinto: apuntes para una biografía

Hoy tengo el gusto de presentar en nuestra biblioteca algunos aspectos de la vida y obra de Germán Pinto Recuero, amigo, quinto y paisano (por este orden), por invitación expresa de él mismo. Cosa que agradezco mucho. Es para mí un honor que confíes en mis habilidades de presentadora.

Es de agradecer que los escritores navalmoraleños, autores de obras diversas, quieran mostrar a sus paisanos lo que han ido dando a conocer en otros lugares y a otras gentes. Es el caso de Germán Pinto. Así que, en nombre de todos nosotros, Germán, muchas gracias por presentar hoy aquí y entre los tuyos tu última obra.

Germán tiene un pasado profesional, claro, ajeno al acto que hoy aquí nos reúne. Empezó siendo monaguillo en nuestra iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Antigua, como tantos otros niños. También hizo pinitos de camarero en el Casino del pueblo, al tiempo que cursaba estudios en el Seminario Menor san Joaquín de Talavera y en el Seminario de Toledo. Para más tarde ingresar en la orden de los sacerdotes operarios diocesanos, donde estudió Filosofía en Majadahonda y en Salamanca.

En 1968 abandona esta vocación y empieza a trabajar en alguna empresa hasta que en 1971 aprueba las oposiciones de ingreso al Cuerpo General de Policía, en cuyo cuerpo ha terminado su labor como Inspector-jefe, en 2014.

Después de su jubilación, Germán no ha dejado su formación y ha realizado varios cursos de humanidades en la Universidad Carlos III de Madrid.

Germán es también una persona solidaria, participativa y entregada a los grupos sociales a los que pertenece o ha pertenecido.

Así, por ejemplo, en Los Navalmorales fue cofundador de la revista Forja, creada en 2001, de la que ha sido director algunos años (desde 2005 hasta el 2008)) y en la que ha colaborado y colabora regularmente, a veces con el pseudónimo de El buen amigo.

Es miembro también, desde su fundación en 2003, de la Mesa de Trabajo por Los Navalmorales.

Mientras, en la zona donde reside, desde 2019 es vicepresidente de la Asociación Literaria Verbo Azul de Alcorcón, donde así mismo codirige la revista La hoja azul en blanco.

Y, en Leganés, es miembro del grupo literario de Miguel Hernández. Sin olvidar su participación en coloquios, recitales, ferias de libros y en actividades varias.

Germán, a la chita callando, desde la modestia y, como decía Paco del Puerto en el prólogo a su primer poemario del año 2000, En esta tarde humana, German, repito, desde la sencillez, la discreción, la modestia y el despiste, ha ido escribiendo, publicando y ganando premios con sus poemas a lo largo de los años.

Por ejemplo, ya en 1967, con 18 años, ganó su primer premio, en el concurso literario, convocado por el periódico El Alcázar de Madrid, con su poema “Vértigo”.

En ese mismo año también consigue ni más ni menos que el Premio Provincial de Poesía de Madrid.

Pero es sobre todo a partir del inicio de este siglo XXI cuando Germán Pinto Recuero ha perdido su inseguridad, “su enfermiza timidez”, decía Paco del Puerto, y ha empezado a mostrar, parece ser que, gracias a la insistencia de sus amigos, el regalo de sus versos.

En el año 2000, La Mesa de Trabajo por Los Navalmorales publica su primer poemario, En esta tarde humana, con prólogo de otro de nuestros poetas y amigo de Germán, Paco del Puerto.

En 2001, publicó en el nº 21 de la revista toledana Hermes. Revista Estacional de Poesía, codirigida por otra poeta originaria de Los Navalmorales, María Antonia Ricas Peces, “Mujer”, pp. 68-70; “Oración por César Vallejo”, pp. 70-71; “No es el mar”, pp. 71-75; “Atardecer”, pp. 75-76.

De 2002, es su segundo libro de poemas, Pájaros muertos en la niebla, premio de poesía Villa de Leganés 2002.

En 2007 obtiene el primer premio de poesía por “La cruz de piedra”, en el I Certamen Literario Gregorio Peces Barba, Almucat, Universidad Carlos III de Madrid (publicado posteriormente en Forja, nº 24, verano 2012, pp. 15-16. Y, en ese mismo concurso, logra el segundo premio de narrativa por “El portalón”, (publicado posteriormente en Forja, nº 16, primavera-verano 2008, pp. 18-24).

Al año siguiente, 2008, recibe el segundo premio de poesía por “Añonuevo”, en el VI Certamen Literario Rafael Morales, Universidad Carlos III de Madrid.

En 2023 publica su tercer poemario, La luz contraria, con prólogo de la poeta Ana Garrido Padilla.

Hoy hace público su cuarto libro de poemas aquí en Los Navalmorales, Su rostro entre nosotros, publicado en 2025 y presentado en marzo de este mismo año en la librería Fábula de Alcorcón, con lectura de poemas a cargo de la poeta Ana Garrido Padilla, y acompañamiento musical a la guita-rra por Ana Bella López.

La portada, seguro que hablan de ello los compañeros de la mesa, es una foto de una escultura de Amparo Carpizo, seleccionada por Germán Pinto.  Pero no es la primera vez que nuestro poeta se interesa por la obra de Amparo pues, ya en 2010, publicó en la revista Forja un poema dedicado a la escultora.

Para ir acabando, quiero añadir que Germán Pinto no es ajeno a los medios digitales. De hecho, tiene un blog en la Asociación Literaria Verbo Azul de Alcorcón en el que ha publicado “Las hojas de los árboles caídas”, “He pisado los charcos”, “Puerto chico” (también en Forja, nº 33, junio 2018, p. 59), “En la torre”.

En resumen, Germán Pinto tiene publicados cuatro libros de poesía; 27 poemas en varias revistas; 21 textos de prosa literaria; otros 10 textos de reflexión; 3 de crítica literaria.

Dice Germán, además, que tiene en marcha tres poemarios Y que, tal vez, se decida a publicar una novela que tiene terminada.

En fin, que para quien dice o decía que no tenía ánimo para publicar, no está nada mal.

Mariví Navas


Poesía de la angustia 

En diciembre del año pasado, a punto ya de comenzar el invierno, Germán nos regaló su último libro de poemas. Aún sin abrirlo, me impactó la fotografía de la cubierta, esa escultura de Dolor, que luego comprobé que es de Amparo García Carpizo. Y me interpeló el título del libro, tan directo: Su rostro entre nosotros. Escultura y título, desde la cubierta, parecían demandar del lector su participación en un dolor profundo, en el recuerdo de los rostros de los que ya no están.

Luego abrí el libro y leí el verso del epígrafe:

            …un día en que Dios estuvo enfermo.

El verso me pareció rotundo y la decisión de Germán Pinto, también. Para escribir Su rostro entre nosotros, había decidido ir de la mano de uno de sus grandes referentes, el poeta César Vallejo.

La relación de Germán con César Vallejo ya nos la había señalado en su día Francisco del Puerto en el prólogo del libro En esta tarde humana, de Germán Pinto, publicado en el año 2000 en la colección Vientos del Pueblo, de Los Navalmorales.

Germán Pinto escribe con dolor …de lo que lleva dentro, …de los muros del dolor que se levantan en las calles por las que circulamos… Poeta del dolor, como su admirado Vallejo, esa guerra que todos los días nos hace sentir lo que somos: humanos con muchas cuentas pendientes por resolver, y con un anhelo pendiente que, si se resolviera, amainaría nuestro interior desasosiego.

Una tarde fría del pasado enero leí de un tirón Su rostro entre nosotros y me quedé sobrecogido. En la poesía de Germán Pinto que yo conocía hasta entonces, aparecían a menudo la angustia y el dolor. Sin embargo, con este nuevo libro, yo sentía en aquella tarde que se había producido un salto cualitativo. Esos sentimientos de angustia y de dolor, que cristalizaban en un estremecimiento creciente y mantenido, lograban conmocionar al lector porque se referían a un acontecimiento colectivo muy reciente, la pandemia, aquel tiempo de angustia y de desolación.

Después de una segunda lectura, ya más detenida, hice llegar a Germán mi reconocimiento y mi felicitación. Hoy y aquí, en la Biblioteca de Los Navalmorales, quiero darle las gracias al autor de Su rostro entre nosotros por haber concebido este libro tan extraordinario, que navega firme en la angustia de aquellos meses del covid.

Su rostro entre nosotros es un libro que se organiza en seis partes:

§  In memoriam

§  Desde la penumbra

§  Estos días sin luz

§  Más allá de nosotros

§  Con las palmas heridas

§  No ha terminado el tiempo de la ira 

Esas seis partes, cuyos títulos van precedidos de versos de varios autores, a la manera de epígrafes, vendrían a ser las diferentes etapas de la pandemia: desde la conmoción de tanta muerte sobrevenida hasta el incipiente sosiego cuando se vislumbra una salida de aquel tiempo sombrío.

Aunque todos los poemas son brillantes, algunos me han deslumbrado especialmente. Así sucede con Te tuvo que llegar, un poema dedicado a Paco Torres, uno de los primeros navalmoraleños víctimas de la pandemia.

Te tuvo que llegar

el frío anochecer de la zumaya…

 

Aunque abriste de lleno tus azogues

de nada te sirvió la primavera

ni el caudal jubiloso de su culto.

 

Tampoco te sirvió buscar el aura,

la piel de la alhucema o la albahaca

ni ofrendarles tus pícaros desplantes…

 

Al final solo fuiste, como todos,

un soplo entre humilladas bambalinas

y un cerco de cipreses que no ahogan

la ambigüedad perpleja de los dioses. 

Qué comienzo tan rotundo y sentencioso: “Te tuvo que llegar/ el frío anochecer de la zumaya”. Esa zumaya telúrica, presagio de la muerte, esa ave que nos evoca la del Romance de la luna, luna de Lorca: “¡Cómo canta la zumaya!/  ¡ay, cómo canta en el árbol!”

Qué bello homenaje de Germán Pinto al actor Paco Torres, expresado en esos “pícaros desplantes” y en esas “humilladas bambalinas”. Y qué despedida tan bella y sosegada dedicada al paisano, al amigo.

Otro poema de Su rostro entre nosotros, cuyo título es Varado en los cristales, nos invita a recordar los parques vacíos de aquellos meses, en los que el silencio y la desolación competían con una primavera impetuosa.

Nos imaginamos a Germán Pinto asomado a su ventana, contemplando, al trasluz del mediodía, el parque vacío de voces infantiles. Por un momento, su mirada parece alegrarse al evocar los toboganes llenos de niños correteando libres y felices. Pero no: el parque donde los milagros jugaban a ser niños está vacío; y los niños están en sus casas, amarrados, quietos, paralizados. Y los columpios hoy destilan veneno y juegan con la muerte al escondite.


Varado en los cristales

hay un parque vacío

donde siempre

los milagros jugaban a ser niños…

 

Toboganes de sueños y acuarelas

correteaban libres sobre el tiempo

sin sospechar la hipnosis de una infancia

amarrada a los hados de rodillas.

 

La hierba de ese prado y sus columpios

hoy destilan venenos insondables

y juegan con la muerte al escondite.

 

Parques vacíos, casas llenas de temor, columpios que destilan veneno y una infancia “amarrada a los hados de rodillas”. ¡Qué imagen tan cabal de aquel tiempo! 

Se han quedado vacías las ciudades es el título de otro poema que quiero destacar. En él, el autor contempla la calle llena de amenazas, que no inyectan sino desdicha y miedo. Una calle en la que hasta los mirlos lloran cada día al vislumbrar la soga al cuello de la muerte.

 

Vagan por sus asfaltos

caminos y amenazas

que hacen temblar milagros y legiones

e inyectan su desdicha de infinito.

 

Y es fácil encontrar qué es lo que vive

debajo de los muros

que forman las ergástulas del miedo.

 

Descubrir cada día

el llanto de los mirlos

con esa soga al cuello que se aprieta

y ocultan los carontes en su barca. 

El poema Mas allá de los vivos confinados, me parece prodigioso. En sus cuatro estrofas, que comienzan con dos palabras que suenan como aldabonazos, el autor nos impulsa a mirar más allá del confinamiento y del miedo. Más allá de las urnas de loza que atesoran las cenizas de los muertos. Más allá de los que perdieron su ángel en cajas de madera.

Pero más allá solo queda un pánico final y un gran silencio, la angustia colectiva e insondable de aquel tiempo que, al recordarlo ahora, aún nos estremece y nos acalla.

 

Más allá de los vivos confinados

que esconden su cendal en donde viven

las ráfagas del miedo.

 

Más allá

de aquellos que atesoran sus cenizas

en calvarios de loza que se agrietan

bajo el llanto floral de un cementerio.

 

Más allá

de los que se marcharon sin permiso

y perdieron su ángel

en cajas de madera y desconcierto.

 

Más allá de nosotros solo queda,

aguardando su turno en los misales,

un pánico final

y un gran silencio.

El libro va terminando y parece abrirse en un incipiente hilo de esperanza. Así sucede en el poema titulado Hay mundos sin origen discutible. Las primeras estrofas muestran todavía ese mundo de miedo, esos “espacios de viento /donde nadie se atreve/ a desnudar la faz de sus escaras/ ni el hedor de los cuerpos maltratados”.

Sin embargo, en los últimos versos, más allá de la desolación, el autor invita a romper el ahogamiento que nos atenaza y nos propone buscar algo de luz más allá de las sombras del presente.

 

Es necesario entonces

 romper en desbandada

 el óxido mortal que nos ahoga.

 

Encontrar el prodigio del asombro,

 ese deslumbramiento

 que a veces se desvela

 en la brisa del mar y sus espumas. 

Cuando Germán Pinto escribe poesía, formalmente se aleja de las composiciones populares de versos octosílabos y de rima asonante. También se aleja de la poesía culta de estricta medida y rima consonante. Los poemas de Su rostro entre nosotros encuentran su cauce en unas estrofas armadas con el ritmo acompasado de una sabia combinación de versos endecasílabos y heptasílabos, libres de rima, a la manera de Luis Cernuda, que son el recipiente cabal para un contenido estricto y exigente.

Germán Pinto nos muestra en Su rostro entre nosotros un brillante dominio de la forma, dotando a sus versos de un ritmo propio y reconocible. Sus endecasílabos luminosos y sus bellos heptasílabos nos invitan a concluir con una exclamación tan cierta como rigurosa: ¡Qué bien escribe Germán!

Comprobadlo conmigo en el poema Hay mundos sin origen discutible, de cuyo contenido hemos hablado hace un momento. Disfrutemos juntos de su ritmo firme y armonioso.

…Es necesario entonces

romper en desbandada

el óxido mortal que nos ahoga.

 

Encontrar el prodigio del asombro,

ese deslumbramiento

que a veces se desvela

en la brisa del mar y en sus espumas. 

Gracias, Germán, por habernos regalado este libro. Como dije al principio, es muy difícil escribir sobre el dolor y la angustia. Tú lo has conseguido, Germán. Por eso te reitero mi reconocimiento y mi felicitación.

Muchas gracias.

Jesús Bermejo