martes, 13 de octubre de 2026

La Torre de la Iglesia de Los Navalmorales

Hace unos días, revisando números viejos de la revista Forja, encontré un escrito de Germán Pinto, firmado como El buen amigo. Se titulaba La Torre y en él expresaba sus vivencias acerca de ese edificio tan singular. Y se me ocurrió traerlo aquí, pues hace buenas migas con el post anterior de Francisco del Puerto titulado De mi tierra. 


“La torre de mi pueblo

no la puedo olvidar.

No la puedo olvidar

porque la tengo amor…”


"Esta vieja canción aún suena en mis oídos. Como sonaba cuando era estudiante, allá por las riberas del Tajo, con la morriña atenazando la garganta y alargando los meses, sin encontrar nunca el día que pusiera punto final a tantas horas de distancia. Sonaba igual que ahora, con un cierto sabor a fado y esa melancolía que el terruño lejano pone en las voces, desentonadas por la emoción cuando la nostalgia empaña los horizontes de la vida.

El presente no es nada si le quitamos las experiencias pasadas, que son la esencia de nuestro ser actual. Cuando miro hacia este pueblo, desde las implacables lejanías que la vida me impone, la silueta de su torre se yergue por encima de todos los paisajes que pueblan mis recuerdos. Su sombra se alarga de calle en calle, de patio en patio, y encuentra la mirada de cada uno en su diario trajinar. Allí se fija para siempre, anclando en la retina, aposentándose en algún rincón secreto de cada alma. La recia sillería en que apoya sus cinco cuerpos de ladrillo, con sus balconcillos y el fino chapitel que la corona, jamás abandonará los espacios interiores de quienes hemos vivido bajo esta sombra esbelta y protectora. Su personalidad ha dejado en cada neurona la impronta de su figura gentil.

A diario pasaba junto a ella. Me entretenía el planear de algún alcotán alrededor del pararrayos sobre la cruz que remata el chapitel. Y me divertía el revoloteo de las palomas con sus pasos de señoronas decimonónicas en los rehundidos y en las cornisas que la rodean por sus cuatro puntos cardinales. Más de una vez intenté abatir alguna con el tirachinas que me había preparado mi padre con una horquilla de encina en el río Pusa. Mis esfuerzos resultaban baldíos. Ellas se movían seguras en sus alturas sin que los proyectiles consiguieran siquiera desviar la atención de sus miradas. Sólo la cercanía de las rapaces, acechando desde las nubes, las hacía huir en desbandada.

Algunas veces me detenía, junto a los sillares de la torre, el poderoso tableteo del pico de la cigüeña, que venía escuchando desde mi casa y que las gentes asociaban con el soniquete del mortero machacando los ajos. En una esquina de la cubierta de pizarra, de la que arrancan los balconcillos, colgaban del vacío los bordes leñosos de su nido. La hojarasca apenas me dejaba ver el plumaje blanquinegro de la zancuda o los movimientos de su cuello, ese garabato risueño donde empieza a caracterizarse su figura.

Siempre he creído que alguna fuerza poderosa y antigua sujeta los nidos de estas aves. Puede ser la misma fuerza que, generación tras generación y año tras año, las hace volver al mismo lugar desde calientes y desconocidos panoramas. Sin duda tiene algo que ver el redoble del tambor de san Blas, el brillo de la luminaria en la plaza de la iglesia o el jolgorio de los muchachos alrededor del tío Soga añorando la primavera: Ran cataplán, el tambor de san Blas… Luego, de repente, cuando los primeros fríos del otoño aceleran el paso y nos levantan el cuello de la zamarra, nos damos cuenta de que el pico largo y rojizo de las cigüeñas ha dejado de crotorar sobre nosotros. Y alguien comenta que las han visto volar hacia los campos del sur.

No solo sólo cigüeñas, palomas y alcotanes habitan los espacios de la torre. Con el buen tiempo bullen sus cercanías, acribilladas por los vuelos acerados de golondrinas y vencejos. Las tardes de verano pueblan la plaza y las calles próximas con chiquillos que juegan a las chapas en las escalinatas de la iglesia, hacen equilibrios en el friso saliente de la capilla del Carmen, saltan al burro o se divierten de cualquier otra manera que el uso y la tradición trasmiten de una generación a otra y que permanece en el pueblo como la presencia de las aves por encima del campanario.

Unos cuantos muchachos dejan de repente los juegos y se apresuran hacia la sacristía. Alguno sale de ella acompañando al sacristán hacía la torre, y el metal dulce y sonoro de las campanas empieza a llamar de puerta en puerta. El panorama de la plaza cambia. Se va llenando de pasos devotos que penetran en el templo. A la entrada, algunos corrillos masculinos apuran su cigarro y su charla hasta que el último toque de campana -del campanillo- los sienta cachazudamente en algún banco de la iglesia.

No es fácil olvidar aquellas campanas velando con sus sones el acontecer de la vida de un pueblo entero. Sobre todo si el que escribe o lee estos renglones es uno de los monaguillos que todos los días las hacían sonar. Con alegría giraba el din-din del campanillo para dar la señal de aviso antes de comenzar la misa o los rezos con los que la religiosidad de las gentes alimentaba sus jornadas. El bronco “don..., don…, don...” de la campana gorda miraba la plaza de la iglesia, donde se hacen y deshacen las procesiones, las escalinatas del templo con el incesante subir y bajar de los fieles acosando al cristo con sus plegarias. El sonido gordo de esta campana alternaba con otro más liviano: “dan…, dan…, dan…”, producido por la mediana, contrapunto aguijoneando el sentimiento de los indiferentes. La combinación de ambos sonidos, sus silencios, su ritmo y su cadencia daban el mensaje exacto, la llamada inequívoca. Era la voz de la divinidad que buscaba el encuentro con los hombres. A veces era también la voz de alerta contra la catástrofe repentina, una voz capaz de arrancar el esfuerzo solidario ante la desgracia.

Otras veces, las campanas sonaban con la voz larga de las horas negras. El lamento de la esperanza dolida, presente en cada uno de los matices sonoros del bronce que el aire dispersa de casa en casa con el toque de difuntos. Parsimonia de metal que recorre uno por uno los rincones del espíritu y los llena de un vacío seco e infinito, suplantando los espacios que un día aposentaron a los seres que amamos y nos dejaron para siempre. Por ello, en la noche de difuntos, las campanas tañían hasta el amanecer. Para que el más allá tuviera tiempo de tomar posesión de nuestros rincones más íntimos y llenara ese vacío sustituyendo las palabras, que no se habían pronunciado en vida, por el lento, monótono y desasosegador: “don…,dan…,dan…,dan-don…,dan-on…,dan...,don…,don…,dan-don…,dan.., don…,dan-dan…” Como si los lamentos de todos los que habitábamos estas calles se unieran esa noche para llorar a quienes las abandonaron para siempre.

Sin embargo, en días especiales, de fiesta mayor, con procesión solemne, el campanario crece al infinito. A él subían los monaguillos -y algunos campaneros voluntarios- para sentirse por un rato dueños y señores de los espacios sonoros. Liberaban cigüeñales y badajos de sus cuerdas para transformarlas en brazos. Sus propios brazos. Fuertes, sincronizados, ágiles. Volteando al unísono las tres piezas del campanario: “dan… dan… don, dan… dan… don, dan… dan… don, lindando… dad…, de…, d...” Volteando hasta llegar al éxtasis del giro, a la velocidad del silencio, cuando el badajo ya ni siquiera golpea la hoja de la campana, pero se funde en ella y se transforma en una resonancia callada en medio del repiqueteo frenético y glorioso que desborda todas las alegrías interiores y hace vibrar ventanas y tabiques de las casas cercanas: dan… dan… don, dan… dan… don, dan… dan… don, lindando…dad…, de…, d….

Por encima de estos volteos de gloria, cantos de dolor, llamada a la oración y al rito, a la ceremonia vital, diariamente surgen otros ecos de esta torre. Es el campaneo repetido, regular, exacto, que procede del reloj. A todas y cada una de las horas, y a las medias horas de todos y cada uno de los días en que nuestra existencia permanezca tutelada por ella, ese sonido marcará familiarmente todos los pasos que el tiempo va dando en el devenir imperceptible e inexorable que es la vida. El comienzo y el fin de todas las actividades, del trabajo y del descanso, del día y de la noche están controlados por el “dan…, una, dan…, dos, dan..., tres…" de la campana invisible alojada en los entresijos del reloj de esta villa.

Ahora, cuando vuelvo a esta plaza, a la que retornan muchas veces las querencias de los que crecimos en ella y de ella nos marchamos, echo de menos los momentos pasados en este entorno marcado por su campaneo, por su iglesia y por su torre. A pesar de que los tiempos y la tecnología, ayudados por cierto espíritu crematístico, hayan alterado los matices artesanales del bronce, los toques de las campanas siguen marcando las vidas de las gentes. Y la silueta gentil de la torre, que levantó Fray Lorenzo de San Nicolás, allá por el siglo XVII, con ladrillos de barro y sillares de granito, permanece realzando esta villa con la gracia de su arquitectura.

Aparentemente indiferente, aparentemente lejana, la torre cuelga de las nubes los altos vuelos de su veleta mientras la vida ocurre abajo. Sin embargo, observo en los ladrillos de sus alturas las cicatrices de acontecimientos no deseados que parecen remotos, pero que aún guardan rescoldos dolorosos en los ojos de algunos habitantes. Quizás por ello me gusta imaginar su mirada cargada de curiosidad. La misma de mi retina y de mi mente cuando la existencia empezaba a abrirse ante mí con sus infinitas posibilidades y con sus dolorosas renuncias. Cuando observaba con ansiedad la carretera que discurre cerca de ella y que se pierde hacia paisajes desconocidos, escudriñados desde las alturas del campanario por una mirada joven que no piensa tanto en lo que deja como en el valor de lo que puede encontrar al otro lado de las lejanías.

            

lunes, 14 de septiembre de 2026

Los Navalmorales: La Procesión del Cristo. Un texto de Francisco del Puerto

De mi tierra, es un libro de Francisco del Puerto publicado en 2001 en la colección Vientos del Pueblo de Los Navalmorales. En el nº 31 de la revista Forja (agosto de 2017) nos pareció interesante difundir el capítulo titulado La procesión, en el que el autor aúna sus saberes como escritor con un amor íntimo hacia su tierra, una simbiosis de  lugares y de gentes que configuran ese espacio común cuyo símbolo es ese Cristo en la procesión del catorce de septiembre, cuando se forjan voluntades y se configuran las promesas y las esperanzas de una comunidad que, creyente, agnóstica o atea, se siente parte de un todo que se llama Los Navalmorales, y que se despide de su Cristo con esa oración de futuro: “Que el año que viene volvamos a verte”. 

Hoy, catorce de septiembre de 2026, en plenas fiestas de Los Navalmorales, y a pocas horas de la procesión, subo aquí el texto de Paco, en homenaje a su memoria, convencido de que en la emoción de su lectura, todo un pueblo se siente unido en la celebración de sus señas de identidad y pertenecia comunitaria.   Jesús Bermejo 


La Procesión

"Calcula el viajero cuántos hay ahora en esta plaza, cuántas almas abren ahora su pábilo encendido al aire de la noche de esta plaza, qué fenómeno colectivo se está produciendo aquí en este momento al que concurren los devotos, los que no saben si creen o creen, los que se fueron, los que se esperan.

Mira a la gente y respira una solemnidad de miradas en esta plaza llena de velas, llena de gente que se desborda por toda la carretera, por la calle de la Iglesia y se ordena y avanza, desde hace media hora por la calle Carretas, mientras voltean las campanas y el Cristo desciende por las escaleras de la Iglesia, concentrando todas las miradas.

Si esta gente no tuviera una historia, no estaría aquí, si no tuviera que vivir el amor o el dolor, la alegría, la ilusión con ese muro con que se nos obliga a vivirlo, no estaría aquí. Ya pueden poner bailes o verbenas, toros o pólvoras, que este momento llega todos los años una vez; luego cada uno se compone o se dispone como puede, pero ahora eleva su mirada hacia la representación de un Cristo triunfal, vitoreado de músicas y flores, velas, campanas, súplicas y lágrimas, pequeño y elevado, de enjoyada cruz, de arracimadas luces, de dorados bordados sobre granado terciopelo, adherencias en suma que ocultan la escandalosa desnudez significativa del crucificado, pero nada de esto enturbia la limpieza y devoción que el viajero lee en las miradas, la fe de los cirios, la intensidad del acatamiento como tribu.

Con dificultad, pero con la presión de los organizadores, armados con plateados varales de cofrades, se van trenzando las filas, mientras el Cristo espera pacientemente rodeado de autoridades religiosas, civiles y militares, de reinas y damas empeinetadas como la ocasión exige, de la banda de música, de devotos que entienden la cercanía como un acto más de adoración y, contra viento y marea, la consiguen, de penitenciales detalles que fueron prometidos un día, una noche de angustia, un tiempo de necesidad a lo largo de este año, unos pies descalzos, la vela más cara, la grana de un hábito con cíngulo dorado, mientras el Cristo espera y la espera es el aire respirado.

Qué están pidiendo, piensa el viajero, tantas miradas, qué recuerdan agradecidos, qué temen, no lo sabe, aunque conviene para sí que esa incógnita forma parte de la tensión íntima de los presentes, como lo que él desea, lo que él piensa, lo que él pide y no va a reseñar.

Quien se quede en las apariencias de esta magnífica representación colectiva quizá podrá gozar del espectáculo, del colorido sombrío y arcaico del fenómeno litúrgico, pero no habrá penetrado en las claves de la manifestación, que están conmovedoramente vivas y que sobrepasan a los mismos organizadores, a la misma iglesia, a los mismos cofrades que, año tras año, afanan por su brillantez, como también sobrepasan a los que las desprecian o de ellas se desentienden, unos por creer que el hecho de organizar o ponerse al frente de la manifestación ya les garantiza su propiedad o exclusivismo y otros por excluirse displicentes, despreciando cuanto no está a su alcance.

No hay claves políticas para entender esto ni tampoco claves cristianas ni claves folclóricas, aunque ninguna de ellas esté ausente, todas están y todas son asumidas o aceptadas por quienes no les gustaría que allí estuvieran, como mal menor, porque, consciente o inconscientemente, saben que, si molestan, no entorpecen la razón por la que aquí acuden.

Como en un pueblo todo se conocen, todos, más o menos, conocen la vida y milagros de cada quien de los que gustan pasear arriba o abajo como devotos significados, que, seguramente, lo son, pero que su acción no les limpia de su verdadera identidad y a nadie engaña esta doble vida que se respeta y se conlleva sin ir más allá de una mirada irónica o un comentario discreto.

Como los verdaderos cristianos soportan todo el montaje del espectáculo al que antes nos referíamos de autoridades y bellezas que justifican su existencia en aras de tradiciones que no se molestan en ser homologadas de acuerdo con su actuación ideológica. O los reticentes anticlericales obedecen las instrucciones del cura como perfectos monaguillos y cantan, arrepentidos y, al tiempo, sin abdicar de su forma de pensar, salmos y letanías bajo su batuta. Nada importa vivir en un Estado confesional o aconfesional, laica o cristianamente, el color político, el sentimiento íntimo, aquí están todos a una.

Y al viajero no le parece mal, le gusta este mestizaje espiritual e ideológico, costumbrista, esta confusión o fusión de clases y cosmovisiones, este olvido de las diferencias, esta elevación por encima de las rencillas y las miserias y los convencimientos y las incompatibilidades, aunque le gustaría tener una explicación para esta manifestación que se produce, al menos, una vez al año en que todo un pueblo parece actuar y moverse como un organismo que funciona como tal más allá de sus funciones individualizadas, de sus maneras cotidianas de resolverse.

Al viajero le gusta que la disparidad no ahogue los encuentros y descubrir que las contradicciones, a veces, son aparentes, pues, por debajo están tejidas por algo diferente del racionalismo y la lógica y tampoco le importa tanto no descubrir la verdad profunda que las determina y bien le parece que manifestaciones como éstas no pueden ser sustraídas por los que las quieren utilizar para sus ansias de poder o clasismo intelectual con frecuencia travestido en otras denominaciones menos vilipendiadas.

El viajero se acuerda del unánime corazón del que hablaba Aleixandre en su poema En la Plaza, donde el diminuto corazón que somos cada uno afluye y se reconoce y se crece:

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia,

            un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,

            un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano.

su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

            Y era el serpear que se movía

como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,

 pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Y así quiere sentirse en esta noche de fe y de candelas, de cantos penitenciales, no estés eternamente enojado, canta la plaza, las calles contiguas, el serpear de la procesión que va estirando su cabeza alcanzando calles, mientras el Cristo permanece quieto, no estés eternamente enojado, perdónanos, Señor, todo el pueblo a sus pies, a sus alrededores, cantan los vivos por los muertos, por los vivos, por los que han de venir otra noche a una procesión como ésta o no, el futuro se piensa, pero no se sabe, se deduce del hecho de que tantos años celebrando el mismo rito pueden ser garantía de que, al año que viene, se siga celebrando y al otro y al otro, pero no se sabe, el viajero lleva muchos años asistiendo, incluso hay paisanos que asisten desde lejos, mirando el reloj, mirando a la oscuridad de la noche, oyendo el no estés eternamente enojado, mirando al Cristo elevado sobre los racimos de flores y de luces, sobre hombros jóvenes prestados por honor o promesa o por simple desnuda pleitesía para mecerle a lo largo de las calles del pueblo.

Al viajero, de pronto, le arrebata una idea, quizá espoleado por el perfume de las velas y el sofoco de la multitud que se apiña, contemplando esta manifestación, esta representación: ¿Qué pasaría si al aparecer por la puerta de la iglesia, en vez de este Cristo enjoyado y vitoreado por la multitud, hubiera aparecido un Cristo desnudo y sucio, manchado de sangre, abierto de heridas que, en vez de mirarnos con esos ojos de tranquila carnalidad, de juez piadoso, no pudiera mirarnos, perdido de dolor y humillación? ¿Qué si, en vez de arropado de autoridades y trajeados cofrades sólo rodearan a la cruz la angustia y el miedo de unas pocas mujeres y algún discípulo? ¿O una simple cruz de madera? ¿Enmudecerían los cantos penitenciales? ¿Se arrebataría la multitud hacia una conversión colectiva? ¿Se reconocería en la imagen? Todavía aquella atrocidad de hace veinte siglos, memoriada por algún discípulo sigue representándose controlada y discreta, no estamos asistiendo tampoco a la exaltación de la santa cruz, como anuncia el calendario del día, sino a la exaltación, eso sí, de una cruz maquillada para que no se nos salten los ojos.

Pero no dice estas cosas por echar nada la cara de nadie, muy al contrario, se siente reconfortado por esta capacidad de tolerancia e integración que tienen las manifestaciones religiosas en pueblos como este, otro cantar distinto es la verdadera religión de los verdaderos cristianos que pueda haber en este pueblo, que no celebra hoy su día grande, sino la grandeza de integración de lo que pueda ser cada uno de nosotros, lo que pueda sentir o creer a través de sus verdades más serias como el espectáculo de la cruz que, así celebrado, aúna resurrección y muerte, humillación y triunfo, toda la Semana Santa desde el Domingo de Ramos a la Pascua en un solo acto.

Esta grandeza solo la dan los siglos y los pueblos, la dan quizá las adherencias que el tiempo ha ido cristalizando: un nombre, una fecha, unos adornos, una memoria de la reiteración que le distingue e identifica frente a manifestaciones parecidas con cristos parecidos. A partir de ahí se puede tejer todo un rosario de razones y sinrazones con capacidad de convocatoria y emoción, el viajero no sabe, o sólo sabe lo que todos conocen: que ese es nuestro Cristo, el Cristo de las beatas y de los descreídos, de los ricos y los pobres, de los ausentes y de los presentes, de los que imaginan que descolgará su mano para ayudarles a entrar en el paraíso y de los que no creen en el paraíso, pero sí en el Cristo, que es dueño de las tormentas y de las cosechas, de la salud de la familia, de que los hijos no se tuerzan, de la suerte de una buena muerte y luego que venga lo que venga.

No todos los presentes suscribirían estas impresiones, el número de asistentes nos lleva a generalizar, existe también una actitud laica, más arraigada hoy en la juventud cuya sinceridad de prácticas no les lleva cambiar en una noche su distanciamiento por la devoción; existe la indiferencia y hasta el respeto desde la lejanía de quién ve estas manifestaciones como esclavismos ancestrales que sufren los pueblos más que las ciudades y con ellos hay que contar, lo que a algunos no les impide participar o, al menos, mirar en este mar de miradas que se lleva la Gran Mirada.

Pero el pueblo, sus gentes están aquí, llevan tres siglos estando aquí año tras año, manifestándose con su verdadera personalidad entre contradicciones y coherencias. Esto no es Andalucía, aquí no se desbordan los sentimientos en piropos o arrebatos ante la imagen, ni ésta, ya lo hemos advertido, está engalanada con abundancias y barroquismos, con la externa luz del sur, aunque tampoco se adorna de la honda desnudez, de la seriedad metafísica, de la interior luz de la Castilla profunda; algo, sin embargo, tiene de ambos polos que le aprietan y le determinan y le recortan de sus excesos y le conceden la mesura, la condición de mestizaje que le define y desvela el alma de esta multitud congregada.

Hace unos años se publicó un pequeño librito que lleva este título: El Santísimo Cristo de las Maravillas, patrón de Los Navalmorales, con exiguo texto y unas fotografías muy bien escogidas que reflejan todo este mundo de devoción popular e intensa que ha tejido este pueblo en torno a su patrono: regalos, ornamentos, utensilios sagrados, itinerarios de la procesión a lo largo del tiempo, gracias concedidas, historia de la imagen sagrada que fue regalada al pueblo por los señores de la población, los marqueses de Malpica a principios del siglo XVII, destruida en la guerra civil del 36, reproducida en la actual sobre los restos de la cruz que quedaron de aquella felonía y, en fin, actos que el tiempo ha ido cristalizando en costumbres sagradas.

No es un libro de autor, sino de devoción, seguramente de homenaje muy bien reflejados en la anonimia que le firma, una anonimia plural como descubrimos en la dedicatoria: “Unos devotos”. Parecen no haber pasado los siglos, parece, en estos asuntos, no tener importancia el individualismo, la personalización conquistada para bien o para mal por el hombre, parece no haber taquilla en esta tierra para recoger los méritos de estos trabajados detalles, parecen declararnos estos devotos que la única ventanilla donde les interesa cobrar estos desvelos no está aquí, sino en la otra vida que es la que importa. Que así sea.

El viajero se ha ido aproximando a la imagen que ha empezado a avanzar hacia la calle Carretas, apretada de noche y de luces, de rincones de fervor, perfumada de velas y plegarias, mientras el volteo de las campanas y campanillo agita palomas y memorias y mueve a su alrededor a los que cuidan las andas con brazos y órdenes y golpes significativos. Detrás de la imagen, de las autoridades, de la banda de música, todavía viene mucha gente, desordenada, silenciosa, recogida.

Pronto aparecerá, en la plaza, la cabeza de la procesión, el trayecto bien puede tener dos kilómetros largos de recorrido, lo que da una dimensión de la asistencia.

El Cristo sigue avanzando y penetra en uno de los barrios más populares de la población, desde su altura verá los campos, al entrar en la calle Espartal, pues apenas una o dos manzanas le cubren el flanco derecho a donde mira, con casas poco elevadas en algunos momentos del trayecto.

Estamos atravesando la calle más larga, más populosa y más popular del pueblo; el viajero recuerda, al ver tanta casa nueva, las fachadas blancas de esta calle con sus techos bajos, con sus patios pequeños, sombreados de parras en verano y perfumados, en primavera, de lilos, de celindos, de azucenas, de olor a tierra mojada, recuerda el empedrado irregular y descuidado, las tristes luces de las esquinas, el viajero hace memoria, pero ahora es una calle más, ha perdido la belleza de lo humilde, el aseo menestral de cales y escobas, el calor de la cercanía y las necesidades.

El viajero tiene en su casa una acuarela con la luz blanca de sus paredes horadadas con la simpleza esencial de las puertas y las bajas ventanas diminutas y aquel empedrado perdido que recorre un anciano cargado de espaldas y de pana que tira de un burro de orejas altivas y bondadosas, en esa estampa ha cristalizado y descansa la visión de esta calle que frecuentaba de niño y ahora sus ojos buscan lo que no hay, lo que se ha perdido para siempre en aras del progreso; no le molesta que las comodidades vayan arrumbando las menesterosidades antiguas, entiéndase bien, sino que se acuerda de aquellas referencias entre las que crecía, donde sus ojos aprendieron y fueron fijando el sentido de la dignidad, de la cercanía, del calor, del contento que los humanos sabemos sacar entre las dificultades y las penurias, eso le falta.

Ahora las andas del Cristo ruedan sin obstáculos sobre un firme de cemento que mañana enseñará un reguero de manchas de cera, con un levísimo y armónico balanceo que le da solemnidad.

Bajamos por la calle Norte, por un repecho abierto y ancho, todas las casas de la izquierda han venido a poblar las antiguas herrenes, arrancando olivos y derrumbando tapias de corrales para dejar un barrio de casas nuevas y calles bien trazadas. En la Fuente del Pollo esperan numerosos grupos que, por la edad u otros impedimentos, saben que se encuentran en un lugar de privilegio para ver acercarse al  Cristo. Al paso, hay saludos y besos, informes y novedades médicas y sociales que se dan con la ligereza que permite la parsimonia de la fila o el descanso obligado que imponen los que gobiernan la procesión, que no cesan de ir y venir entre las filas, evitando encontronazos con los que van pidiendo con un cetro en la mano y un cestillo repleto de monedas y billetes en la otra.

La banda de música que acompaña al cortejo apaga estos rumores discretos de la multitud y parece gobernar con la seriedad tristona y acompasada de sus aires el movimiento de este río que avanza. Son chicos y chicas muy jóvenes, oscuramente uniformados, que se aplican al papel de una partitura mil veces ensayada sin perder de vista al director que, unas veces les dirige de espaldas y otras de frente, atento también a todo el engranaje en el que participan. Su música tiene algo de sacralidad y paganía a la vez, de versatilidad y elementalismo popular y festivo, suena a costumbre y exotismo, repercute verbenal y devocionante, entraña el ámbito espiritual del momento con cuidada y tópica armonía.

La calle Colón es corta y angosta, y la altura de la imagen elevada por las andas, parece atender sólo a los que desde el piso superior miran la imagen con la intensidad de la cercanía, al niño que quiere arrancar una flor, a la anciana que se santigua y se limpia los ojos.

-No se pueden parar, señores.

Y el viajero apresura el paso, porque, sin darse cuenta, ha cortado la fila y ha roto la estética del orden fluyente por querer atender estos pequeños detalles.

La plaza del Carmen nos recibe como antesala de la otra gran plaza, la de Las Flores, donde esperan balcones engalanados, balcones abiertos, ventanas apenumbradas habitadas de ojos curiosos o fervientes, bocacalles obstruidas de expectantes y respetuosos paisanos que han elegido la cercanía y comodidad de este espacio para elevar su mirada llena de devoción a este Cristo sereno, superador del dolor, que mira con cierto hieratismo a su derecha, sosegado y sosegante, encendido hoy de noche y de fiesta, de luces y flores, oscuro y elevado, enjoyado,  revestido no cree el viajero que con acierto, pero sí con la costumbre del amor, con ese prurito de atenciones que conlleva el querer o adorar a alguien o algo. La devoción del amor ha gobernado estos terrenos sin que la iglesia haya levantado obstáculos y nuestro Cristo ya no sería nuestro Cristo sin esas adherencias que no son él, sino nosotros, nuestra propia historia, nuestros lujos, nuestros pecados, quizá.

Se ha salido el viajero de la fila y se ha colocado frente al ayuntamiento, porque le gusta ver avanzar la imagen entre la elevada angostura que forman los volúmenes del Ayuntamiento y la casa Gullón, las dos construcciones civiles de factura noble más hermosas del pueblo, y por allí avanza, majestuoso, con la solemne parsimonia que marcan las flores y las luces que le adornan, parece venir en su altura desde la noche a la luz, desde el camino al encuentro, le brillan los oros de la carroza y las plateadas geometrías de la cruz, con el aire poblado de música respeto, murmullos, oraciones.

Pero, poco a poco, toda la contemplación se carga y concentra en la imagen, en el rostro de la imagen, y el viajero olvida toda la teatralidad, el rumor humano que pasa a sus pies y se reconoce tierra de su tierra, se levanta, en su interior, el misterio estremecido de sus raíces, el punto de la emoción, la emoción que es memoria latiendo, quizá la voluntad de permanencia que nos habita cuando notamos el temblor de los orígenes y pasa la imagen delante de él como quien representa y recibe la oración personal que todos los que en estos momentos se reúnen en torno al Cristo venimos a decir:

-Que el año que viene volvamos a verte.

Es una imploración tremenda que nos sobrepasa y por eso la elevamos a las alturas, es un deseo de permanencia, de eternidad que viene a formularse con humildad y tiempo, es un sí a la vida y, tal vez, a la muerte que, quizá, todo es lo mismo.

Todos se van detrás de la imagen, se va la música, los fervores encendidos, la carroza va a tomar la última calle para llegar a la plaza de la iglesia, donde ya espera todo el pueblo para despedirle y despedirse hasta el año que viene.

El viajero ve cómo todo se va alejando, cómo todo se va recogiendo, cómo él quiere también recogerse, perderse, la procesión, el Cristo también ha pasado y paseado por él, y en vez de seguir en el cortejo enfila la calle que acaba de ser recorrida, ya sin gente, con las campanas volteando, con las banderitas movidas por el viento solitario y fresco de este otoño que llama a nuestra puerta, con el suelo manchado de cera y papeles, alguien cruza por la calle Serrano a la que se dirige como un pájaro perdido, confundido, contrario. Las campanas han dejado de repicar, se oye lejano el himno al Cristo:

Hoy que el pueblo te aclama en tu día

Resplandece su faz con tu luz.

En esta noche oscura, en la soledad con que el viajero se va acercando a la plaza de la iglesia, al hervor de la plaza abierta, sagrada de ocasión donde el pueblo está congregado y parroquial cantando, preparándose para vivir otro año más hasta que vuelva a llegar este momento único para su historia cotidiana de aldea perdida y anónima. Cuando al fin llega a la gente, acaba el canto y un mar de aplausos aprieta la muchedumbre con la emoción de un gran corazón palpitando, alcanza a ver al Cristo, al rostro sosegado y sosegante del Cristo que mira impertérrito, tranquilo, como si todo aquello ajeno le fuera por su altura, al lado desde el que el viajero le contempla”.

  Francisco del Puerto

 

martes, 18 de agosto de 2026

Recordando a Federico García Lorca: Más vivo que nunca noventa años después

                     
El cuarto de Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente, Granada

Hoy se cumplen noventa años del asesinato de Lorca, aquella infamia que yo creo que simboliza cabalmente la catástrofe que fue la guerra civil. Noventa años en los que se ha pasado del silencio y el miedo de los cuarenta al recuerdo universal que hoy se le tributa a Federico. Noventa años, en los que Lorca se ha ido convirtiendo en el escritor español más universal junto con Cervantes.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,

un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

Así acaba el poema que Federico García Lorca dedicó al torero Ignacio Sánchez Mejías, gran amigo suyo, cuando murió de una cogida en 1934. Juan Antonio Bardem, en su serie Lorca, muerte de un poeta, decidió que la película terminase con estos versos, pero dedicados esta vez a Federico. Creo, hoy más que nunca, que fue una decisión cabal. Leed de nuevo esos versos y veréis que son la quintaesencia de Lorca.

Hace diez años subí aquí un artículo de recuerdo y homenaje a Lorca. Y otro sobre Leonard Cohen, un ferviente admirador de nuestro poeta. Releyéndolos, he creído interesante volver a traerlos aquí. Estos son los enlaces:  

https://roblesamarillos.blogspot.com/2026/08/tardara-mucho-tiempo-en-nacer-si-es-que.html

https://roblesamarillos.blogspot.com/2016/11/en-la-muerte-de-leonard-cohen.html

jueves, 13 de agosto de 2026

Las necrópolis de Los Navalmorales (Toledo) a través de las fuentes

En el número 22 de 2022 de la revista Alcalibe, del Centro Asociado a la UNED de Talavera de la Reina, en las páginas 185 a 194 hay un artículo titulado Las necrópolis de Los Navalmorales (Toledo) a través de las fuentes, escrito por Jorge Fernández Toribio, doctor por la Universidad Complutense de Madrid, cuyo resumen dice así:

“Con el presente artículo pretendo contribuir al conocimiento de las necrópolis situadas en el entorno de la población de Los Navalmorales, aportando información acerca de sus primeras descripciones; los casos constatados de expolio sufridos en los siglos XVII y XIX; y las campañas de excavación emprendidas en la segunda mitad del siglo pasado. Asimismo, pretendo poner en valor los citados yacimientos y plantear algunos interrogantes que podrían ser respondidos por medio de la realización de nuevas excavaciones”.

Para quien quiera leer el artículo completo este es el enlace:

https://www.alcalibe.es/images/Alcalibe_22/las%20necropolis%20de%20los%20navalmorales.pdf

pp. 185-194


miércoles, 12 de agosto de 2026

Antonio Palomeque Torres y Los Navalmorales

 

En el Diccionario biográfico de Castilla La Mancha, hay un artículo escrito por Isidro Sánchez Sánchez sobre Antonio Palomeque Torres. Este es su contenido:

“Antonio Palomeque Torres nació en Navahermosa (Toledo) en 1907 y murió en Barcelona en 1984. Estudió Bachillerato en el Instituto San Isidro (Madrid), Magisterio en la Escuela Normal de Toledo y Filosofía y Letras en la Universidad Central. En 1929 aprobó las oposiciones al Magisterio Nacional y empezó su labor docente en los pueblos de La Rubia y Los Villares (Soria). Antes de su destino en la Universidad de Barcelona, estuvo en el Instituto Nacional de 2ª Enseñanza de Ronda desde 1934 hasta 1937, fue becario en la Universidad Internacional de Verano de Santander (1934) y profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada desde 1942 a 1944.

Cuenta María Lourdes Sánchez Mencía, directora de la Biblioteca Municipal de los Navalmorales, que la misma empezó a funcionar en 1949, cuando era alcalde Luis Palomeque Torres, farmacéutico y hermano del catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de Barcelona y comisario de Investigaciones Arqueológicas de Los Navalmorales. Eso explicaría que dejara en la Biblioteca “algunos de los hallazgos encontrados en las excavaciones de la zona de Los Navalmorales y en Las Tamujas de Malpica”, hoy expuestos en una vitrina en la Institución. Palomeque, además, donó parte de sus libros a la Biblioteca, un total de 1.560 ejemplares, que forman el fondo antiguo de la misma.

Discípulo de Claudio Sánchez Albornoz y colaborador suyo en la sección que dirigía en el Centro de Estudios Históricos, mantuvo con él una continua correspondencia en su exilio argentino. Su actividad docente e investigadora se centró en la Universidad de Barcelona, concretamente en la Facultad de Filosofía y Letras, después de Geografía e Historia, que dirigió durante los conflictivos años de 1974 a 1977 y que lo nombró decano honorario. Antes, en 1968, tuvo algunos problemas con los estudiantes, que llegaron a amenazarle, según cuenta La Vanguardia (30-11-1968). Publicó un gran número de artículos en revistas especializadas y obras:

Historia de la civilización e instituciones hispanicas (1946) 

Historia general de la cultura (1947)

Episcopologio de las redes del Reino de León (1966) 

Historia universal: cultural y política (1954) 

Geografía económica: la economía y su desarrollo (1962)

Los estudios universitarios en Cataluña bajo la reacción absolutista y el triunfo liberal: hasta la reforma de Pidal, 1824-1845 (1974)

La Universidad de Barcelona desde el plan Pidal de 1845 a la ley Moyano de 1857 (1979).     

Fue miembro correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo y de la Real Academia de la Historia, así como colaborador del Instituto Diego Velázquez (CSIC). Consiguió el premio Raimundo Lulio en su edición de 1950, dotado con 20.000 pesetas, por su trabajo Episcopologio de las sedes del Reino de León durante el siglo X  (ABC, 4-2-1951) y en 1951 recibió una ayuda del CSIC para investigar en los archivos portugueses (La Vanguardia, 22-4-1951).

Su relación con la JAE empezó en 1930 cuando fue admitido como profesor de Historia en el Instituto Escuela de Madrid, en el que estuvo durante tres cursos. Y en febrero de 1935 solicitó pensión, que le fue concedida, para ampliar estudios de medievalismo en Francia, durante estuvo en los años 1935 y 1936. La ayuda fue de 425 pesetas al mes y 450 para el viaje de ida y vuelta.

Era entonces profesor encargado de curso en el Instituto de Ronda, puesto del que fue separado definitivamente en 1937 por las autoridades franquistas e inhabilitado para ejercer puestos directivos y de confianza en instituciones culturales y de enseñanza (BOE, 21-10-1937). No obstante, tras la revisión del expediente, fue confirmado en el cargo en 1940, aunque se mantenía la inhabilitación para puestos directivos y de confianza en instituciones educativas y culturales (BOE, 26-8-1940). Y en 1942 era nombrado catedrático de Historia Universal en la Universidad de Granada, tras oposición libre, para pasar por traslado a la de Barcelona en 1944”.

https://diccionariobiograficodecastillalamancha.es/biografias/palomeque-torres-antonio/

 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Estos días azules y este sol de la infancia: ante la tumba de Antonio Machado

Hace doce años escribí una conferencia titulada Homenaje a  Antonio Machado en el 75 aniversario de su muerte y la expuse en mi Instituto el día del libro ante mis compañeros, ante padres y madres y, sobre todo, ante un nutrido grupo de alumnos. Así celebré mi despedida de la Educación Pública y mi acceso a la jubilación, después de cuarenta años educando a varios miles de niños, niñas y adolescentes mientras les enseñaba Lengua Castellana.


Y hoy,  cinco de agosto de 2026, he visitado con mi familia la tumba del poeta. Ha sido como el final de un viaje largo y he sentido sosiego y paz.

Verdaderamente fueron penosas y tristes las últimas jornadas de Antonio Machado, si bien sus paseos por la playa de Collioure le ofrecieron un final sereno y armonioso, que dieron lugar a un último poema: "Estos días azules y este sol de la infancia". 

Quizá por conocer bien los últimos días del poeta, el dolor y la tristeza que en su momento sentí, se ha transformado en tranquilidad y aceptación. He recordado junto a su tumba su vida y su poesía. Y ha venido a mi memoria otra tumba, la de Leonor, que visité en 1975 en un viaje a Soria, Entonces pensé que quizá sería bueno que algún día reposaran juntos. Hoy pienso que no, que mejor así. Ella en los altos páramos del Duero. Y él, en las dulces tierras de Collioure, tierras de acogida en un tiempo de ira. Dejemos a los muertos en paz, en su tumba honesta y tranquila. Y disfrutemos de la poesía y de la prosa de nuestro poeta. Y de su ejemplo cívico, de su saber estar a la altura de las circunstancias.






              Hotel Bougnol Quintana. Collioure


Estos días azules y este sol de la infancia

Homenaje a Antonio Machado en el 75 aniversario de su muerte

En la madrugada del 23 de enero de 1939, casi al final de la guerra civil, varios grupos de científicos, intelectuales y escritores republicanos, entre los cuales estaba Antonio Machado, son evacuados de Barcelona debido al avance del ejército franquista. Van en varios vehículos oficiales camino de Francia. Cuatro días más tarde, después de una odisea por carreteras secundarias, llegan a la frontera, donde hay una impresionante aglomeración de personas. Gracias a las gestiones del escritor español Corpus Barga, que explica al inspector de los gendarmes que Machado es un poeta español muy conocido, por fin les sellan los visados.

Arrecia el temporal de lluvia y se refugian en un primer momento en la estación de trenes de Cerbère, donde la situación general es espantosa. La madre del poeta está seriamente enferma y Antonio, muy desmejorado en los últimos meses, tiene la salud quebrantada por problemas cardíacos y pulmonares. Finalmente, cinco días después emprenden viaje en tren hasta el cercano pueblecito de Collioure. En un pequeño hotel llamado Bougnol-Quintana les recibe la dueña, una persona afable que pone a disposición de los Machado dos habitaciones, una para el poeta y su madre y otra para su hermano José y Matea, su esposa. Han llegado con lo puesto y apenas sin dinero. Pero se han librado de los cercanos campos de refugiados creados para los miles de españoles que llegan a Francia.

En esos primeros días en Collioure, Antonio Machado escucha la radio, lee algunos periódicos y se informa de lo que está pasando en España. Desde la terraza del hotel se divisa el mar. Hay una foto del poeta en este mirador en la que se le ve liando un cigarrillo; parece muy cansado, pero no abatido. Aún tiene fuerzas para escribir cartas que le permitan abrirse camino y seguir adelante.

Apenas sale del hotel, pero un día de sol el poeta le dice a su hermano José: “Vamos a ver el mar”. Caminan hasta la playa y se sientan en una de las barcas allí varadas. Hace mucho viento, pero el sol del mediodía, es invierno, casi les da calor. Están un largo rato en silencio contemplando las olas y mirando las casitas de pescadores. Poco después le dice Antonio a su hermano: “Quién pudiera vivir ahí, tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación”.

La salud de la madre empeora y la del poeta se agrava súbitamente. Llaman a un médico, pero les dice que nada se puede hacer. Antonio muere el 22 de febrero de 1939, a los 63 años.  El entierro, por su expreso deseo, es estrictamente civil y sobrio, como era su manera de ser. Acuden muchos vecinos del pueblo y están presentes autoridades republicanas españolas y francesas. Tres días después fallece la madre y es enterrada en el mismo cementerio…

A los pocos días, guardando las cosas del poeta, su hermano José encontró un trozo de papel arrugado en el bolsillo del abrigo de Antonio. Allí, escritos a lápiz, había tres apuntes. El primero, las palabras iniciales del famoso monólogo de Hamlet:

Ser o no ser

El segundo apunte era un verso alejandrino, acaso el primero de un futuro poema: 

Estos días azules y este sol de la infancia

Y el tercero, cuatro versos de su poema Otras canciones a Guiomar:


Y te daré mi canción:

se canta lo que se pierde,

con un papagayo verde

que la diga en tu balcón.

Gracias a este emocionante documento, podemos deducir que, derrotada la República y viendo cercana su muerte, Antonio, en aquel rato en silencio junto al mar, pensaría en Guiomar, la mujer de la que se enamoró en su edad madura, un amor que no pudo ser. También se acordaría de su primera infancia, de aquella Sevilla luminosa y azul que tantas veces evocó en sus escritos. Seguro que recordaría sus proverbios y cantares, nacidos de la sabiduría poética y de sus muchas y variadas lecturas. Allí, tan cerca del mar en Collioure, es muy probable que viniera a su memoria Leonor, la musa-esposa de Campos de Castilla. Y que evocase, con amargura y un punto de ironía, los últimos versos de su Retrato, tan amargamente proféticos. 


Y cuando llegue el día del último viaje

y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

Hoy queremos hacer aquí un homenaje a Antonio Machado en el 75 aniversario de su muerte. Y queremos que el trozo de papel encontrado en su abrigo nos haga de guía en el viaje por la vida del poeta.

Si deseas leer el artículo completo, aquí va el enlace:

https://roblesamarillos.blogspot.com/2014/02/homenaje-antonio-machado-en-el-75.html