En el periódico
El País del 12 de junio de 2026 han publicado una columna de la periodista Najat El Hachmi, que
traigo aquí porque creo que refleja bien la buena relación que a menudo
existe entre alumnos y maestros, un “afecto genuino y real, tan profundo, que solo
se tiene a los maestros que establecen un vínculo sólido con los alumnos”.
Algo de eso ha
sentido uno en sus años de maestro. Algo difícil de explicar sin sentir algún
rubor. Por eso me gusta que una persona adulta escriba tal homenaje a sus maestros y maestras. Una mirada de afecto que nunca olvidan quienes
tuvieron la suerte de disfrutarla, ellos y ellas, los alumnos; ellas y ellos,
los maestros.
Gracias, Najat.
"El grupo se había ido ya hacia el aula después de la actividad en la que
había participado, pero un par de niñas se quedaron rezagadas, acercándose
tímidamente a la maestra, que estaba de baja desde hacía unas semanas y había
vuelto al centro para una gestión. Estaban ahí de pie a su lado, sin decir
nada. La docente parecía adivinarles el pensamiento: ¿qué? ¿que cuándo vuelvo?
Y las niñas, arrimándose más aún a la mujer, asintieron. En sus rostros se
podía leer una expresión de anhelo, casi de súplica. Con el cuerpo y los ojos y
ese silencio parecían gritar: ¡queremos que vuelvas ya! Ese afecto genuino y
real, tan profundo, solo se tiene a los maestros que establecen un vínculo
sólido con los alumnos. Al observar a las niñas me acordé de inmediato del
maestro republicano de La lengua de las mariposas, por el que lloré en su
día como si hubiera sido el mío. Y un poco lo es, si pensamos en la genealogía
de la buena educación, la educación que ve en todos los alumnos a seres humanos
que deben recibir la letra no con sangre sino con amor y buen trato, con rigor
y disciplina, pero respeto y cariño.
En otro colegio me preguntaron si recordaba mi primer día de colegio y al
instante me vino el olor de Eugènia, que nos acogió en su aula de primero de
EGB a mi mellizo y a mí, yo con el pelo áspero del río salado del que sacábamos
el agua y la piel quemada por el sol rifeño, mi hermano con la cabeza rapada
como era costumbre en el campo para evitar piojos y demás parásitos. Éramos
unos moritos que venían del fin del mundo, pero Eugènia nos abrazó (o eso
recuerdo yo), y ahora siempre que pienso en ella en la nariz se me hace
presente esa extraña mezcla de tiza y plátano. Y luego el olor de los libros
nuevos, indescifrables entonces. Así que no hay nada más falso que la idea de
que los profesionales de la educación son simples trabajadores que van a hacer
su jornada como el que va a apretar tuercas o a vender camisetas. Son las
personas adultas más importantes en la vida de cualquier niño después de los
padres, la segunda figura con la que establecemos vínculos sólidos y de
confianza. Y que echamos de menos cuando están de baja o se van a otra escuela.
También los echamos de menos cuando el sistema no les deja enseñar en
condiciones, con aulas hacinadas, burocracia y sueldos bajos. Por todo esto, no es de extrañar que
a las manifestaciones de los docentes se unan personas que
no lo son. Defender sus derechos es defender los derechos de nuestros hijos y
honrar la memoria de los buenos maestros que tuvimos".

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