De mi tierra, es un libro de Francisco del Puerto publicado en 2001 en la colección Vientos del Pueblo de Los Navalmorales. En el nº 31 de la revista Forja (agosto de 2017) nos pareció interesante difundir el capítulo titulado La procesión, en el que el autor aúna sus saberes como escritor con un amor íntimo hacia su tierra, una simbiosis de lugares y de gentes que configuran ese espacio común cuyo símbolo es ese Cristo en la procesión del catorce de septiembre, cuando se forjan voluntades y se configuran las promesas y las esperanzas de una comunidad que, creyente, agnóstica o atea, se siente parte de un todo que se llama Los Navalmorales, y que se despide de su Cristo con esa oración de futuro: “Que el año que viene volvamos a verte”.
Hoy, catorce de septiembre de 2026, en plenas fiestas de Los Navalmorales, y a pocas horas de la procesión, subo aquí el texto de Paco, en homenaje a su memoria, convencido de que en la emoción de su lectura, todo un pueblo se siente unido en la celebración de sus señas de identidad y pertenecia comunitaria. Jesús Bermejo
La Procesión
"Calcula el
viajero cuántos hay ahora en esta plaza, cuántas almas abren ahora su pábilo
encendido al aire de la noche de esta plaza, qué fenómeno colectivo se está
produciendo aquí en este momento al que concurren los devotos, los que no saben
si creen o creen, los que se fueron, los que se esperan.
Mira a la gente y
respira una solemnidad de miradas en esta plaza llena de velas, llena de gente
que se desborda por toda la carretera, por la calle de la Iglesia y se ordena y
avanza, desde hace media hora por la calle Carretas, mientras voltean las campanas
y el Cristo desciende por las escaleras de la Iglesia, concentrando todas las
miradas.
Si esta gente no
tuviera una historia, no estaría aquí, si no tuviera que vivir el amor o el
dolor, la alegría, la ilusión con ese muro con que se nos obliga a vivirlo, no
estaría aquí. Ya pueden poner bailes o verbenas, toros o pólvoras, que este
momento llega todos los años una vez; luego cada uno se compone o se dispone
como puede, pero ahora eleva su mirada hacia la representación de un Cristo
triunfal, vitoreado de músicas y flores, velas, campanas, súplicas y lágrimas,
pequeño y elevado, de enjoyada cruz, de arracimadas luces, de dorados bordados
sobre granado terciopelo, adherencias en suma que ocultan la escandalosa
desnudez significativa del crucificado, pero nada de esto enturbia la limpieza
y devoción que el viajero lee en las miradas, la fe de los cirios, la
intensidad del acatamiento como tribu.
Con dificultad,
pero con la presión de los organizadores, armados con plateados varales de
cofrades, se van trenzando las filas, mientras el Cristo espera pacientemente
rodeado de autoridades religiosas, civiles y militares, de reinas y damas
empeinetadas como la ocasión exige, de la banda de música, de devotos que
entienden la cercanía como un acto más de adoración y, contra viento y marea,
la consiguen, de penitenciales detalles que fueron prometidos un día, una noche
de angustia, un tiempo de necesidad a lo largo de este año, unos pies
descalzos, la vela más cara, la grana de un hábito con cíngulo dorado, mientras
el Cristo espera y la espera es el aire respirado.
Qué están
pidiendo, piensa el viajero, tantas miradas, qué recuerdan agradecidos, qué
temen, no lo sabe, aunque conviene para sí que esa incógnita forma parte de la
tensión íntima de los presentes, como lo que él desea, lo que él piensa, lo que
él pide y no va a reseñar.
Quien se quede en
las apariencias de esta magnífica representación colectiva quizá podrá gozar
del espectáculo, del colorido sombrío y arcaico del fenómeno litúrgico, pero no
habrá penetrado en las claves de la manifestación, que están conmovedoramente
vivas y que sobrepasan a los mismos organizadores, a la misma iglesia, a los
mismos cofrades que, año tras año, afanan por su brillantez, como también
sobrepasan a los que las desprecian o de ellas se desentienden, unos por creer
que el hecho de organizar o ponerse al frente de la manifestación ya les
garantiza su propiedad o exclusivismo y otros por excluirse displicentes,
despreciando cuanto no está a su alcance.
No hay claves
políticas para entender esto ni tampoco claves cristianas ni claves
folclóricas, aunque ninguna de ellas esté ausente, todas están y todas son
asumidas o aceptadas por quienes no les gustaría que allí estuvieran, como mal
menor, porque, consciente o inconscientemente, saben que, si molestan, no
entorpecen la razón por la que aquí acuden.
Como en un pueblo
todo se conocen, todos, más o menos, conocen la vida y milagros de cada quien
de los que gustan pasear arriba o abajo como devotos significados, que,
seguramente, lo son, pero que su acción no les limpia de su verdadera identidad
y a nadie engaña esta doble vida que se respeta y se conlleva sin ir más allá
de una mirada irónica o un comentario discreto.
Como los
verdaderos cristianos soportan todo el montaje del espectáculo al que antes nos
referíamos de autoridades y bellezas que justifican su existencia en aras de
tradiciones que no se molestan en ser homologadas de acuerdo con su actuación
ideológica. O los reticentes anticlericales obedecen las instrucciones del cura
como perfectos monaguillos y cantan, arrepentidos y, al tiempo, sin abdicar de
su forma de pensar, salmos y letanías bajo su batuta. Nada importa vivir en un
Estado confesional o aconfesional, laica o cristianamente, el color político,
el sentimiento íntimo, aquí están todos a una.
Y al viajero no le
parece mal, le gusta este mestizaje espiritual e ideológico, costumbrista, esta
confusión o fusión de clases y cosmovisiones, este olvido de las diferencias,
esta elevación por encima de las rencillas y las miserias y los convencimientos
y las incompatibilidades, aunque le gustaría tener una explicación para esta
manifestación que se produce, al menos, una vez al año en que todo un pueblo
parece actuar y moverse como un organismo que funciona como tal más allá de sus
funciones individualizadas, de sus maneras cotidianas de resolverse.
Al viajero le
gusta que la disparidad no ahogue los encuentros y descubrir que las
contradicciones, a veces, son aparentes, pues, por debajo están tejidas por
algo diferente del racionalismo y la lógica y tampoco le importa tanto no
descubrir la verdad profunda que las determina y bien le parece que
manifestaciones como éstas no pueden ser sustraídas por los que las quieren
utilizar para sus ansias de poder o clasismo intelectual con frecuencia
travestido en otras denominaciones menos vilipendiadas.
El viajero se acuerda del unánime corazón del que hablaba Aleixandre en su poema En la Plaza, donde el diminuto corazón que somos cada uno afluye y se reconoce y se crece:
Era una gran plaza
abierta, y había olor de existencia,
un olor a gran sol descubierto, a
viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas
pasaba su mano.
su gran mano que
rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.
Y era el serpear que se movía
como un único ser,
no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.
Y así quiere
sentirse en esta noche de fe y de candelas, de cantos penitenciales, no estés
eternamente enojado, canta la plaza, las calles contiguas, el serpear de la
procesión que va estirando su cabeza alcanzando calles, mientras el Cristo
permanece quieto, no estés eternamente enojado, perdónanos, Señor, todo el
pueblo a sus pies, a sus alrededores, cantan los vivos por los muertos, por los
vivos, por los que han de venir otra noche a una procesión como ésta o no, el
futuro se piensa, pero no se sabe, se deduce del hecho de que tantos años celebrando
el mismo rito pueden ser garantía de que, al año que viene, se siga celebrando
y al otro y al otro, pero no se sabe, el viajero lleva muchos años asistiendo,
incluso hay paisanos que asisten desde lejos, mirando el reloj, mirando a la
oscuridad de la noche, oyendo el no estés eternamente enojado, mirando al
Cristo elevado sobre los racimos de flores y de luces, sobre hombros jóvenes
prestados por honor o promesa o por simple desnuda pleitesía para mecerle a lo
largo de las calles del pueblo.
Al viajero, de
pronto, le arrebata una idea, quizá espoleado por el perfume de las velas y el
sofoco de la multitud que se apiña, contemplando esta manifestación, esta
representación: ¿Qué pasaría si al aparecer por la puerta de la iglesia, en vez
de este Cristo enjoyado y vitoreado por la multitud, hubiera aparecido un
Cristo desnudo y sucio, manchado de sangre, abierto de heridas que, en vez de
mirarnos con esos ojos de tranquila carnalidad, de juez piadoso, no pudiera
mirarnos, perdido de dolor y humillación? ¿Qué si, en vez de arropado de
autoridades y trajeados cofrades sólo rodearan a la cruz la angustia y el miedo
de unas pocas mujeres y algún discípulo? ¿O una simple cruz de madera?
¿Enmudecerían los cantos penitenciales? ¿Se arrebataría la multitud hacia una
conversión colectiva? ¿Se reconocería en la imagen? Todavía aquella atrocidad
de hace veinte siglos, memoriada por algún discípulo sigue representándose
controlada y discreta, no estamos asistiendo tampoco a la exaltación de la
santa cruz, como anuncia el calendario del día, sino a la exaltación, eso sí,
de una cruz maquillada para que no se nos salten los ojos.
Pero no dice estas
cosas por echar nada la cara de nadie, muy al contrario, se siente reconfortado
por esta capacidad de tolerancia e integración que tienen las manifestaciones
religiosas en pueblos como este, otro cantar distinto es la verdadera religión
de los verdaderos cristianos que pueda haber en este pueblo, que no celebra hoy
su día grande, sino la grandeza de integración de lo que pueda ser cada uno de
nosotros, lo que pueda sentir o creer a través de sus verdades más serias como
el espectáculo de la cruz que, así celebrado, aúna resurrección y muerte,
humillación y triunfo, toda la Semana Santa desde el Domingo de Ramos a la
Pascua en un solo acto.
Esta grandeza solo
la dan los siglos y los pueblos, la dan quizá las adherencias que el tiempo ha
ido cristalizando: un nombre, una fecha, unos adornos, una memoria de la
reiteración que le distingue e identifica frente a manifestaciones parecidas
con cristos parecidos. A partir de ahí se puede tejer todo un rosario de
razones y sinrazones con capacidad de convocatoria y emoción, el viajero no
sabe, o sólo sabe lo que todos conocen: que ese es nuestro Cristo, el Cristo de
las beatas y de los descreídos, de los ricos y los pobres, de los ausentes y de
los presentes, de los que imaginan que descolgará su mano para ayudarles a
entrar en el paraíso y de los que no creen en el paraíso, pero sí en el Cristo,
que es dueño de las tormentas y de las cosechas, de la salud de la familia, de
que los hijos no se tuerzan, de la suerte de una buena muerte y luego que venga
lo que venga.
No todos los
presentes suscribirían estas impresiones, el número de asistentes nos lleva a
generalizar, existe también una actitud laica, más arraigada hoy en la juventud
cuya sinceridad de prácticas no les lleva cambiar en una noche su
distanciamiento por la devoción; existe la indiferencia y hasta el respeto
desde la lejanía de quién ve estas manifestaciones como esclavismos ancestrales
que sufren los pueblos más que las ciudades y con ellos hay que contar, lo que
a algunos no les impide participar o, al menos, mirar en este mar de miradas
que se lleva la Gran Mirada.
Pero el pueblo,
sus gentes están aquí, llevan tres siglos estando aquí año tras año,
manifestándose con su verdadera personalidad entre contradicciones y
coherencias. Esto no es Andalucía, aquí no se desbordan los sentimientos en
piropos o arrebatos ante la imagen, ni ésta, ya lo hemos advertido, está
engalanada con abundancias y barroquismos, con la externa luz del sur, aunque
tampoco se adorna de la honda desnudez, de la seriedad metafísica, de la
interior luz de la Castilla profunda; algo, sin embargo, tiene de ambos polos
que le aprietan y le determinan y le recortan de sus excesos y le conceden la
mesura, la condición de mestizaje que le define y desvela el alma de esta
multitud congregada.
Hace unos años se
publicó un pequeño librito que lleva este título: El Santísimo Cristo de las Maravillas, patrón de Los Navalmorales,
con exiguo texto y unas fotografías muy bien escogidas que reflejan todo este
mundo de devoción popular e intensa que ha tejido este pueblo en torno a su
patrono: regalos, ornamentos, utensilios sagrados, itinerarios de la procesión
a lo largo del tiempo, gracias concedidas, historia de la imagen sagrada que
fue regalada al pueblo por los señores de la población, los marqueses de
Malpica a principios del siglo XVII, destruida en la guerra civil del 36,
reproducida en la actual sobre los restos de la cruz que quedaron de aquella
felonía y, en fin, actos que el tiempo ha ido cristalizando en costumbres
sagradas.
No es un libro de
autor, sino de devoción, seguramente de homenaje muy bien reflejados en la
anonimia que le firma, una anonimia plural como descubrimos en la dedicatoria:
“Unos devotos”. Parecen no haber pasado los siglos, parece, en estos asuntos,
no tener importancia el individualismo, la personalización conquistada para
bien o para mal por el hombre, parece no haber taquilla en esta tierra para
recoger los méritos de estos trabajados detalles, parecen declararnos estos
devotos que la única ventanilla donde les interesa cobrar estos desvelos no
está aquí, sino en la otra vida que es la que importa. Que así sea.
El viajero se ha
ido aproximando a la imagen que ha empezado a avanzar hacia la calle Carretas,
apretada de noche y de luces, de rincones de fervor, perfumada de velas y
plegarias, mientras el volteo de las campanas y campanillo agita palomas y
memorias y mueve a su alrededor a los que cuidan las andas con brazos y órdenes
y golpes significativos. Detrás de la imagen, de las autoridades, de la banda
de música, todavía viene mucha gente, desordenada, silenciosa, recogida.
Pronto aparecerá,
en la plaza, la cabeza de la procesión, el trayecto bien puede tener dos
kilómetros largos de recorrido, lo que da una dimensión de la asistencia.
El Cristo sigue
avanzando y penetra en uno de los barrios más populares de la población, desde
su altura verá los campos, al entrar en la calle Espartal, pues apenas una o
dos manzanas le cubren el flanco derecho a donde mira, con casas poco elevadas
en algunos momentos del trayecto.
Estamos
atravesando la calle más larga, más populosa y más popular del pueblo; el
viajero recuerda, al ver tanta casa nueva, las fachadas blancas de esta calle
con sus techos bajos, con sus patios pequeños, sombreados de parras en verano y
perfumados, en primavera, de lilos, de celindos, de azucenas, de olor a tierra
mojada, recuerda el empedrado irregular y descuidado, las tristes luces de las
esquinas, el viajero hace memoria, pero ahora es una calle más, ha perdido la
belleza de lo humilde, el aseo menestral de cales y escobas, el calor de la
cercanía y las necesidades.
El viajero tiene
en su casa una acuarela con la luz blanca de sus paredes horadadas con la
simpleza esencial de las puertas y las bajas ventanas diminutas y aquel
empedrado perdido que recorre un anciano cargado de espaldas y de pana que tira
de un burro de orejas altivas y bondadosas, en esa estampa ha cristalizado y
descansa la visión de esta calle que frecuentaba de niño y ahora sus ojos
buscan lo que no hay, lo que se ha perdido para siempre en aras del progreso;
no le molesta que las comodidades vayan arrumbando las menesterosidades
antiguas, entiéndase bien, sino que se acuerda de aquellas referencias entre
las que crecía, donde sus ojos aprendieron y fueron fijando el sentido de la
dignidad, de la cercanía, del calor, del contento que los humanos sabemos sacar
entre las dificultades y las penurias, eso le falta.
Ahora las andas
del Cristo ruedan sin obstáculos sobre un firme de cemento que mañana enseñará
un reguero de manchas de cera, con un levísimo y armónico balanceo que le da
solemnidad.
Bajamos por la
calle Norte, por un repecho abierto y ancho, todas las casas de la izquierda
han venido a poblar las antiguas herrenes, arrancando olivos y derrumbando
tapias de corrales para dejar un barrio de casas nuevas y calles bien trazadas.
En la Fuente del Pollo esperan numerosos grupos que, por la edad u otros
impedimentos, saben que se encuentran en un lugar de privilegio para ver
acercarse al Cristo. Al paso, hay
saludos y besos, informes y novedades médicas y sociales que se dan con la
ligereza que permite la parsimonia de la fila o el descanso obligado que
imponen los que gobiernan la procesión, que no cesan de ir y venir entre las
filas, evitando encontronazos con los que van pidiendo con un cetro en la mano
y un cestillo repleto de monedas y billetes en la otra.
La banda de música
que acompaña al cortejo apaga estos rumores discretos de la multitud y parece
gobernar con la seriedad tristona y acompasada de sus aires el movimiento de
este río que avanza. Son chicos y chicas muy jóvenes, oscuramente uniformados,
que se aplican al papel de una partitura mil veces ensayada sin perder de vista
al director que, unas veces les dirige de espaldas y otras de frente, atento
también a todo el engranaje en el que participan. Su música tiene algo de
sacralidad y paganía a la vez, de versatilidad y elementalismo popular y
festivo, suena a costumbre y exotismo, repercute verbenal y devocionante,
entraña el ámbito espiritual del momento con cuidada y tópica armonía.
La calle Colón es
corta y angosta, y la altura de la imagen elevada por las andas, parece atender
sólo a los que desde el piso superior miran la imagen con la intensidad de la
cercanía, al niño que quiere arrancar una flor, a la anciana que se santigua y
se limpia los ojos.
-No se pueden
parar, señores.
Y el viajero apresura
el paso, porque, sin darse cuenta, ha cortado la fila y ha roto la estética del
orden fluyente por querer atender estos pequeños detalles.
La plaza del
Carmen nos recibe como antesala de la otra gran plaza, la de Las Flores, donde
esperan balcones engalanados, balcones abiertos, ventanas apenumbradas
habitadas de ojos curiosos o fervientes, bocacalles obstruidas de expectantes y
respetuosos paisanos que han elegido la cercanía y comodidad de este espacio
para elevar su mirada llena de devoción a este Cristo sereno, superador del
dolor, que mira con cierto hieratismo a su derecha, sosegado y sosegante,
encendido hoy de noche y de fiesta, de luces y flores, oscuro y elevado,
enjoyado, revestido no cree el viajero
que con acierto, pero sí con la costumbre del amor, con ese prurito de
atenciones que conlleva el querer o adorar a alguien o algo. La devoción del
amor ha gobernado estos terrenos sin que la iglesia haya levantado obstáculos y
nuestro Cristo ya no sería nuestro Cristo sin esas adherencias que no son él,
sino nosotros, nuestra propia historia, nuestros lujos, nuestros pecados,
quizá.
Se ha salido el
viajero de la fila y se ha colocado frente al ayuntamiento, porque le gusta ver
avanzar la imagen entre la elevada angostura que forman los volúmenes del
Ayuntamiento y la casa Gullón, las dos construcciones civiles de factura noble
más hermosas del pueblo, y por allí avanza, majestuoso, con la solemne
parsimonia que marcan las flores y las luces que le adornan, parece venir en su
altura desde la noche a la luz, desde el camino al encuentro, le brillan los
oros de la carroza y las plateadas geometrías de la cruz, con el aire poblado
de música respeto, murmullos, oraciones.
Pero, poco a poco,
toda la contemplación se carga y concentra en la imagen, en el rostro de la
imagen, y el viajero olvida toda la teatralidad, el rumor humano que pasa a sus
pies y se reconoce tierra de su tierra, se levanta, en su interior, el misterio
estremecido de sus raíces, el punto de la emoción, la emoción que es memoria
latiendo, quizá la voluntad de permanencia que nos habita cuando notamos el
temblor de los orígenes y pasa la imagen delante de él como quien representa y
recibe la oración personal que todos los que en estos momentos se reúnen en
torno al Cristo venimos a decir:
-Que el año que
viene volvamos a verte.
Es una imploración
tremenda que nos sobrepasa y por eso la elevamos a las alturas, es un deseo de
permanencia, de eternidad que viene a formularse con humildad y tiempo, es un
sí a la vida y, tal vez, a la muerte que, quizá, todo es lo mismo.
Todos se van
detrás de la imagen, se va la música, los fervores encendidos, la carroza va a
tomar la última calle para llegar a la plaza de la iglesia, donde ya espera
todo el pueblo para despedirle y despedirse hasta el año que viene.
El viajero ve cómo todo se va alejando, cómo todo se va recogiendo, cómo él quiere también recogerse, perderse, la procesión, el Cristo también ha pasado y paseado por él, y en vez de seguir en el cortejo enfila la calle que acaba de ser recorrida, ya sin gente, con las campanas volteando, con las banderitas movidas por el viento solitario y fresco de este otoño que llama a nuestra puerta, con el suelo manchado de cera y papeles, alguien cruza por la calle Serrano a la que se dirige como un pájaro perdido, confundido, contrario. Las campanas han dejado de repicar, se oye lejano el himno al Cristo:
Hoy que el pueblo
te aclama en tu día
Resplandece su faz con tu luz.
En esta noche oscura, en la soledad con que el viajero se va acercando a la plaza de la iglesia, al hervor de la plaza abierta, sagrada de ocasión donde el pueblo está congregado y parroquial cantando, preparándose para vivir otro año más hasta que vuelva a llegar este momento único para su historia cotidiana de aldea perdida y anónima. Cuando al fin llega a la gente, acaba el canto y un mar de aplausos aprieta la muchedumbre con la emoción de un gran corazón palpitando, alcanza a ver al Cristo, al rostro sosegado y sosegante del Cristo que mira impertérrito, tranquilo, como si todo aquello ajeno le fuera por su altura, al lado desde el que el viajero le contempla”.
Francisco del Puerto
