Hace unos días, revisando números viejos de la revista Forja, encontré un escrito de Germán Pinto, firmado como El buen amigo. Se titulaba La Torre y en él expresaba sus vivencias acerca de ese edificio tan singular. Y se me ocurrió traerlo aquí, pues hace buenas migas con el post anterior de Francisco del Puerto titulado De mi tierra.
“La torre de mi pueblo
no la puedo olvidar.
No la puedo olvidar
porque la tengo amor…”
"Esta vieja canción
aún suena en mis oídos. Como sonaba cuando era estudiante, allá por las riberas
del Tajo, con la morriña atenazando la garganta y alargando los meses, sin
encontrar nunca el día que pusiera punto final a tantas horas de distancia.
Sonaba igual que ahora, con un cierto sabor a fado y esa melancolía que el
terruño lejano pone en las voces, desentonadas
por la emoción cuando la nostalgia empaña los horizontes de la vida.
El presente
no es nada si le quitamos las experiencias pasadas, que son la esencia de
nuestro ser actual. Cuando miro hacia este pueblo, desde las implacables
lejanías que la vida me impone, la silueta de su torre
se yergue por encima de todos los paisajes que pueblan mis recuerdos.
Su sombra se alarga de calle en calle, de patio en patio, y encuentra la mirada
de cada uno en su diario trajinar. Allí se fija para siempre, anclando en la
retina, aposentándose en algún rincón secreto de cada alma. La recia sillería
en que apoya sus cinco cuerpos de ladrillo, con sus balconcillos y el fino
chapitel que la corona, jamás abandonará los espacios interiores de quienes
hemos vivido bajo esta sombra esbelta y protectora. Su personalidad ha dejado en cada neurona la impronta de
su figura gentil.
A diario pasaba junto a ella. Me entretenía el planear de algún alcotán alrededor del pararrayos sobre la cruz que remata el chapitel. Y me divertía el revoloteo de las palomas con sus pasos de señoronas decimonónicas en los rehundidos y en las cornisas que la rodean por sus cuatro puntos cardinales. Más de una vez intenté abatir alguna con el tirachinas que me había preparado mi padre con una horquilla de encina en el río Pusa. Mis esfuerzos resultaban baldíos. Ellas se movían seguras en sus alturas sin que los proyectiles consiguieran siquiera desviar la atención de sus miradas. Sólo la cercanía de las rapaces, acechando desde las nubes, las hacía huir en desbandada.
Algunas veces me detenía,
junto a los sillares de la torre, el poderoso
tableteo del pico de la cigüeña, que venía escuchando desde mi
casa y que las gentes asociaban con el soniquete del mortero machacando los
ajos. En una esquina de la cubierta de pizarra, de la que arrancan los
balconcillos, colgaban del vacío los bordes leñosos de su nido. La hojarasca
apenas me dejaba ver el plumaje blanquinegro de la zancuda o los movimientos de
su cuello, ese garabato risueño donde empieza a caracterizarse su figura.
Siempre he
creído que alguna fuerza poderosa y antigua sujeta los nidos de estas aves.
Puede ser la misma fuerza que,
generación tras generación y año tras año, las hace volver al mismo lugar
desde calientes y desconocidos panoramas. Sin duda tiene algo que ver el
redoble del tambor de san Blas, el
brillo de la luminaria en la plaza de la iglesia o el jolgorio de los muchachos
alrededor del tío Soga añorando la primavera: Ran cataplán, el tambor de
san Blas… Luego, de repente,
cuando los primeros fríos del otoño aceleran el paso y nos levantan el cuello
de la zamarra, nos damos cuenta de que el pico largo y rojizo de las cigüeñas
ha dejado de crotorar sobre nosotros. Y alguien comenta
que las han visto volar hacia los campos del sur.
No solo sólo
cigüeñas, palomas y alcotanes habitan los espacios de la torre. Con el buen
tiempo bullen sus cercanías, acribilladas por los vuelos acerados de
golondrinas y vencejos. Las tardes de verano pueblan la plaza y las calles
próximas con chiquillos que juegan a las chapas en las escalinatas de la
iglesia, hacen equilibrios en el friso saliente de la capilla del Carmen,
saltan al burro o se divierten de cualquier otra manera que el uso y la
tradición trasmiten de una generación a otra y que permanece en el pueblo como
la presencia de las aves por encima del campanario.
Unos cuantos
muchachos dejan de repente los juegos y se apresuran hacia la sacristía. Alguno
sale de ella acompañando al sacristán hacía la torre, y el metal dulce y sonoro
de las campanas empieza a llamar de puerta en puerta. El panorama de la plaza
cambia. Se va llenando de pasos devotos que penetran en el templo. A la
entrada, algunos corrillos masculinos apuran su cigarro y su charla hasta que
el último toque de campana -del campanillo- los sienta cachazudamente en algún
banco de la iglesia.
No es fácil
olvidar aquellas campanas velando con sus sones el acontecer de la vida de un
pueblo entero. Sobre todo si el que escribe o lee estos renglones es uno de los
monaguillos que todos los días las hacían sonar. Con alegría giraba el din-din
del campanillo para dar la señal de aviso antes de comenzar la misa o los
rezos con los que la religiosidad de las gentes alimentaba sus jornadas. El
bronco “don..., don…, don...” de la campana gorda
miraba la plaza de la iglesia, donde se hacen y deshacen las procesiones, las
escalinatas del templo con el incesante subir y bajar de los fieles acosando al
cristo con sus plegarias. El sonido
gordo de esta campana alternaba con otro más liviano: “dan…, dan…, dan…”, producido por la mediana, contrapunto
aguijoneando el sentimiento de los indiferentes. La combinación de ambos
sonidos, sus silencios, su ritmo y su cadencia daban el mensaje exacto, la
llamada inequívoca. Era la voz de la divinidad que buscaba el encuentro con los
hombres. A veces era también la voz de alerta contra la catástrofe repentina,
una voz capaz de arrancar el esfuerzo solidario ante la desgracia.
Otras veces,
las campanas sonaban con la voz larga de las horas negras. El lamento de la
esperanza dolida, presente en cada uno de los matices sonoros del bronce que el
aire dispersa de casa en casa con el toque de difuntos. Parsimonia de metal que
recorre uno por uno los rincones del espíritu y los llena de un vacío seco e
infinito, suplantando los espacios
que un día aposentaron a los seres que amamos y nos dejaron para siempre. Por
ello, en la noche de difuntos, las campanas tañían hasta el amanecer. Para que
el más allá tuviera tiempo de tomar posesión de nuestros rincones más íntimos y
llenara ese vacío sustituyendo las palabras, que no se habían pronunciado en
vida, por el lento, monótono y desasosegador: “don…,dan…,dan…,dan-don…,dan-on…,dan...,don…,don…,dan-don…,dan..,
don…,dan-dan…” Como si los lamentos de todos los que habitábamos estas calles se unieran esa noche para llorar a quienes las abandonaron para siempre.
Sin embargo, en días especiales, de fiesta mayor, con procesión solemne, el campanario crece al infinito. A él subían los monaguillos -y algunos campaneros voluntarios- para sentirse por un rato dueños y señores de los espacios sonoros. Liberaban cigüeñales y badajos de sus cuerdas para transformarlas en brazos. Sus propios brazos. Fuertes, sincronizados, ágiles. Volteando al unísono las tres piezas del campanario: “dan… dan… don, dan… dan… don, dan… dan… don, lindando… dad…, de…, d...” Volteando hasta llegar al éxtasis del giro, a la velocidad del silencio, cuando el badajo ya ni siquiera golpea la hoja de la campana, pero se funde en ella y se transforma en una resonancia callada en medio del repiqueteo frenético y glorioso que desborda todas las alegrías interiores y hace vibrar ventanas y tabiques de las casas cercanas: dan… dan… don, dan… dan… don, dan… dan… don, lindando…dad…, de…, d….
Por encima de estos volteos de gloria, cantos de dolor, llamada a la
oración y al rito, a la ceremonia vital, diariamente surgen otros ecos de esta
torre. Es el campaneo repetido, regular, exacto, que procede del reloj. A todas
y cada una de las horas, y a las medias horas de todos y cada uno de los días
en que nuestra existencia permanezca tutelada por ella, ese sonido marcará
familiarmente todos los pasos que el tiempo va dando en el devenir
imperceptible e inexorable que es la vida. El comienzo y el fin de todas
las actividades, del trabajo y del descanso, del día y de la noche
están controlados por el “dan…, una, dan…, dos, dan..., tres…" de la campana invisible alojada en los entresijos del
reloj de esta villa.
Ahora, cuando vuelvo a
esta plaza, a la que retornan muchas veces las querencias de los que crecimos
en ella y de ella nos marchamos, echo de menos los momentos pasados en este
entorno marcado por su campaneo, por su iglesia y por su torre. A pesar de que
los tiempos y la tecnología, ayudados por cierto espíritu crematístico, hayan
alterado los matices artesanales del bronce, los toques de las campanas siguen
marcando las vidas de las gentes. Y la silueta gentil de la torre, que levantó
Fray Lorenzo de San Nicolás, allá por el siglo XVII, con ladrillos de barro y
sillares de granito, permanece realzando esta
villa con la gracia de su arquitectura.
Aparentemente
indiferente, aparentemente lejana, la torre cuelga
de las nubes los altos vuelos de su veleta mientras la vida ocurre abajo. Sin
embargo, observo en los ladrillos de sus alturas las cicatrices de
acontecimientos no deseados que parecen remotos, pero que aún guardan rescoldos
dolorosos en los ojos de algunos habitantes. Quizás por ello me gusta imaginar su mirada cargada de curiosidad. La misma
de mi retina y de mi mente cuando la existencia empezaba a abrirse ante mí con sus infinitas posibilidades y
con sus dolorosas renuncias. Cuando observaba con ansiedad la carretera que
discurre cerca de ella y que se pierde hacia paisajes desconocidos,
escudriñados desde las alturas del campanario por una mirada joven que no
piensa tanto en lo que deja como en el valor de lo que puede encontrar al otro
lado de las lejanías.
.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario