martes, 3 de mayo de 2022

Don Patricio: El pueblo en la casa

   

Mucho tiempo ha pasado desde el mes de diciembre de 2019, cuando subimos aquí un artículo de Mariví Navas dedicado a Don Patricio, el rapero de moda, aparecido en el número 36 de la revista Forja, de Los Navalmorales.

https://roblesamarillos.blogspot.com/2019/12/don-patricio-el-rapero-de-moda.html

Mucho tiempo ha pasado, sí, desde diciembre del 19. Aquellos días, no lo sabíamos aún, eran ya la vigilia del riguroso confinamiento por covid que vino poco después, tan temido y tan severo. Y unos meses más tarde, cuando volvimos a salir algo a la calle, vino aún un largo tiempo de pandemia, con fases rigurosas de vida nada ordinaria, tiempo de restricciones, y, por fortuna, de vacunaciones. Ahora, en abril de 2022, por fin ya estamos entrando en una vida normal, sin el miedo en la cara y en la mirada, casi como antes de que la plaga del covid recorriera todo el mundo  cabalgando como un fantasma de miedo y muerte.

En estos dos largos años de parón obligatorio, Don Patricio ha creado nuevas canciones, ha publicado diversos trabajos y ha grabado algunos vídeos. Y también ha vuelto a actuar a partir del verano de 2021. Y ahora, cuando las mascarillas ya no nos acompañan tan celosamente, Don Patricio nos regala una nueva canción, El pueblo en la casa, que acaba de ser publicada. Una canción cuyo título da la vuelta al sintagma La casa del pueblo, de tantos y tan diversos significados. Una canción cuyo título, tan logrado, me recuerda en su construcción el de aquel texto de Miguel Delibes tan potente y tan castellano: El pueblo en la cara.

https://narrativabreve.com/2013/05/cuento-miguel-delibes-el-pueblo-en-la-cara.html

Don Patricio ha acertado desde el principio, desde el título, El pueblo en la casa. Y nos regala una canción que mezcla calidad y calidez, buenas vibraciones y sensualidad, ruralismo y música urbana. Y, por si fuera poco, Don Patricio, que es un rapero con estilo, nos ofrece, como en él es costumbre, una canción cuyo contenido nunca rezuma machismo. Una canción en cuya letra trata a las mujeres en pie de igualdad con los hombres, cosa nada común en este tipo de música. Una canción en la que, como siempre, nos invita a gozar, que diría Celia Cruz, convocando a la danza y al baile, y estimulando la sensualidad, la vida cálida, el optimismo, la ensoñación y  la belleza. El amor, en suma. Así pues, todos reunidos, hombres y mujeres, todos de fiesta, todo El pueblo en la casa. La pandemia ha terminado. La Caleta, a treinta de abril de 2022. Don Patricio.


Letra de El pueblo en la casa

Esa bandida me dejó.

Sin importarle me botó.

Y entre bebidas confesó

que yo fui su mejor error.

(no le bajes)

 

Entonces,

quedamos los dos de entonces.

Yo no tengo más chance

que hablarte más que en morse.

 

Esa bandida me dejó.

Sin importarle me botó.

Y entre bebidas confesó

que yo fui su mejor error.

(ah)

 

A ella le gusta el Calderón,

wasa-wasa.

Tengo a toa mi gente del pueblo

en la casa.

Quién te iba a decir que no

si te pasas.

Bájate pal caletón,

what's up son.

 

A ella le gusta el Calderón,

wasa-wasa.

Le gusta fumar del blunt,

no lo pasa.

Tengo a mi gente del pueblo

en la casa.

Bájate pal caletón,

what's up son.

 

Ya he visto tus stories.

No se si estás en El Poli

o haciéndote las trencitas

donde Yoli Bombón.

 

Y se le ponen

los ojitos chiquititos;

cada vez que publica

está más cerca del millón.

 

Te cambio la pila

pa ver si te activas

y vienes pa la cocina

pa bajarnos un ron.

 

Mami, por qué yo sé

que te fuiste de mentira

¡mira!

 

Esa bandida me dejó.

Sin importarle me botó.

Y entre bebidas confesó

que yo fui su mejor error.

(ah)

 

A ella le gusta el Calderón,

wasa-wasa.

Tengo a toa mi gente del pueblo

en la casa.

Quién te iba a decir que no,

si te pasas.

Bájate pal caletón,

what's up son.

 

A ella le gusta el Calderón

wasa-wasa.

Le gusta fumar del blunt,

no lo pasa.

Tengo a mi gente del pueblo

en la casa.

Bájate pal caletón,

what's up son.

 

Dice que me suba,

que se está mejor arriba,

que lo parta como sé

de una vez (eh)

 

Deja que te diga

que le tiro pa la pista,

pero puede que te pise

los pies (yes).

 

No contesta los mensajes,

no contesta las llamadas,

pero siempre se aparece

después (yes).

 

Llega más temprano,

cuando más prisa me tiene.

Y al final nunca se quiere

volver (no le bajes).

 

Entonces,

quedamos los dos de entonces,

Yo no tengo más chance

que hablarte más que en morse.

 

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

 

A ella le gusta el Calderón,

wasa-wasa.

Tengo a toa mi gente del pueblo

en la casa.

quién te iba a decir que no,

si te pasas.

Bájate pal caletón

what's up son.

 

Esa bandida me dejó.

Sin importarle me botó.

Y entre bebidas confesó

que yo fui su mejor error.

(ah)

 

A ella le gusta el Calderón,

wasa-wasa,

Le gusta fumar del blunt,

no lo pasa.

Tengo a mi gente del pueblo

en la casa.

Bájate p'al caletón,

what's up son.

 

Vámonos

pa Maldivas,

pa Maldivas,

pa Maldivas,

pa Maldivas,

pa Maldivas,

pa Maldivas,

pa Maldivas,

pa Maldivas.

 

Argumento de la canción

El personaje que cuenta la historia nos habla de una chica que lo dejó, que lo abandonó. Una chica que, sin embargo, le confiesa, entre copa y copa, que él fue su mejor error. “...que yo fui su mejor error, todo un hallazgo de verso. Y los dos de entonces, el protagonista y aquella mujer, después de la ruptura, ya no hablan sino en lenguaje morse. El personaje nos cuenta su historia, y manifiesta que a ella le gusta otro rapero llamado Calderón, con el que está todo el día comunicándose por wasap. Wasa, wasa,  un poquito de guasa: los mensajes de wasap de Calderón y la chica más se parecen al morse que otra cosa, aunque parezca lo contrario, eso cree quien cuenta la historia.

Nuestro protagonista tiene a todo El pueblo en la casa, en su fiesta, todos bailan  y se lo pasan bien. Y ella, la que fue señalada en su momento como bandida, en un registro totalmente cariñoso, se autoinvita a la fiesta de su antiguo chico, quién va a decirle que no. Él le invita a que venga a la casa, a La Caleta, ay, siempre La Caleta, el territorio mítico, bájate p’al Caletón. ¿Qué pasa, mi niño? A la bandida le gusta el blunt, el hachís envuelto en un puro, pero no se traga el humo. ¿Qué tal, m'hijito? Y él, el bandido, a quien tanto le gusta aún su bandida (seré tu amante bandida...), le dice que ha visto sus nuevas historias gráficas, le pregunta que dónde está, si en el bar del Poli o en la peluquería de Yoli, y ella se enternece, se le ponen los ojos chiquititos cada vez que publica una nueva historia, casi un millón de visitas.

La bandida se incorpora de improviso a las fiestas de nuestro personaje, todo el pueblo en la casa, y en el patio, y en el jardín. Y quizá él, quizá ella, dicen: "espabila, vamos a la cocina a tomarnos un ron". Y él elucubra y piensa que su chica lo ha dejado, se fue, lo botó, pero todo es de mentira. Ella lo invita a subir a las habitaciones para intimar solos, o quizá mejor, en lugar de subir, podrían irse a la pista de baile con todo el mundo, el pueblo en la casa y en su jardín la fiesta, celebrando la vida.

Mas todo era una ensoñación, pues ella, una vez más, acabada la fiesta, se va, hace mutis por el foro y no contesta a los mensajes, nunca contesta a las llamadas, nunca. Aunque siempre aparece después, siempre aparece como con prisa, y, al final, nunca dice quiero volver contigo. "Así que, visto lo visto, no tengo otra forma de ponerme en contacto contigo- dice él- que hablarte en morse: 1, 2, 1, 2, 1, 2; sí, no, sí, no, sí, no". Y en ese sencillo lenguaje nuestro protagonista le manda un último mensaje a su bandidaun verso de siete sílabas, “Vámonos pa’Maldivas”, que es una invitación al paraíso terrenal; un mantra que va repitiéndose una y otra vez, girando sobre sí mismo, como las danzantes y los bailarines de La Bajada de El Hierro, como los derviches de Estambul, como los danzantes de Camuñas en el Corpus: "Vámonos pa Maldivas. Vámonos pa Maldivas. Vámonos pa Maldivas". Vámonos tú y yo al paraíso del Índico, vámonos, vámonos a las playas azules de las Maldivas.


Estructura de El pueblo en la casa

Tenemos ante nosotros un poema que consta de tres elementos que van repitiéndose rítmicamente:

  • El primer estribillo
  • El segundo estribillo
  • Las estrofas

Primer estribillo

Consta de cuatro versos eneasílabos (8+1) que terminan en palabra aguda y riman en asonante (se repite solo la vocal tónica, [ó]):

Esa bandida me dejó.

Sin importarle me botó.

Y entre bebidas confesó

que yo fui su mejor error. 

Este estribillo es el motor de la canción, su matriz rítmica, de él nacen todos los demás metros y rimas.

Segundo estribillo 

Consta de tres versos eneasílabos (8+1) o (9), entreverados con tres tetrasílabos (3+1) o (4) y culmina con un verso octosílabo (7+1) y otro tetrasílabo (3+1). La rima de los versos largos sigue siendo en asonante [ó] y la de los cortos en asonante [á a]. Los dos versos finales riman en asonante [ó], que es la que predomina en ambos estribillos, salvo en el verso “Tengo a mi gente del pueblo”, que solo rima en asonante [é o] consigo mismo en las repeticiones de este estribillo. A veces varía algo algún verso, o se cambia uno por otro, pero la estructura es la misma.

A ella le gusta el Calderón, 

wasa-wasa.

Tengo a toa mi gente del pueblo

 en la casa.

quién te iba a decir que no,

si te pasas.

Bájate pal caletón, 

what's up son. 

 

A ella le gusta el Calderón,

wasa-wasa.

Le gusta fumar del blunt, [blont]

no lo pasa.

Tengo a mi gente del pueblo 

en la casa,

Bájate pal caletón, 

what's up son. 

 

Estrofas

La composición tiene diez estrofas, más las dos finales, y todas tienen casi la misma estructura: Combinación de versos de siete u ocho sílabas con hexasílabos y trisílabos, que riman entre sí, o con los versos de los estribillos, casi siempre en asonante.

Entonces,

quedamos los dos de entonces.

Yo no tengo más chance

que hablarte más que en morse.

 

Ya he visto tus stories.

No se si estás en El Poli[Pole]

o haciéndote las trencita

donde Yoli Bombón. 

 

Y se le pone

los ojitos chiquititos

cada vez que publica 

está más cerca del millón.

 

Te cambio la pila 

pa ver si te activas

Y vienes pa la cocina 

pa bajarnos un ron. 

 

Mami por qué yo sé 

que te fuiste de mentira

¡mira!

 

Dice que me suba

que se está mejor arriba

que lo parta como sé 

de una vez (eh).

 

Deja que te diga

que le tiro pa la pista

pero puede que te pise 

los pies (yes).

 

No contesta los mensajes, 

no contesta las llamadas

pero siempre se aparece 

después (yes).

 

Llega más temprano 

cuando más prisa me tiene

y al final nunca se quiere 

volver (no le bajes).

 

Entonces

quedamos los dos de entonces.

Yo no tengo más chance

que hablarte más que en morse.

 

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes)

1-2 (no le bajes).

 

Vámonos pa Maldivas,

pa Maldivas,

pa Maldivas

pa Maldivas,

pa Maldivas

pa Maldivas,

pa Maldivas.


La música de El pueblo en la casa

Hemos leído la letra de El pueblo en la casa, hemos analizado su contenido y hemos visto su estructura poética, sí. Pero antes de todo eso hemos oído la canción, se nos ha pegado literalmente al cuerpo y hasta hemos movido un poco los pies y las manos. Estamos ante una canción, y una canción es una composición musical a la que luego se le incorpora un texto poético; una canción, antes que ninguna otra cosa, antes que nada, es música, es decir, una composición que tiene una vocación universal que trasciende las lenguas y las culturas. Y entra directamente por los oídos, mediante ese primor de caminos que son las sensaciones, para alojarse por tiempo y tiempo donde se almacenan nuestros sentimientos, velaí, en nuestro cerebro, aunque desde el romanticismo se prefiere que el contenedor de canciones sea, cómo no, nuestro corazoncito.

¿Y qué es lo que nos ofrece El pueblo en la casa desde el punto de vista musical? Pues tres ritmos y dos escalas melódicas, combinadas con sabiduría musical. Veamos:

 

·      Comienza con el primer estribillo, una sencilla melodía cantada en la escala de graves.

·      Sigue la primera estrofa, con variantes sincopadas y en la escala de graves.

·      Se repite el primer estribillo, pero ahora en la escala de agudos.

·      Aparece el segundo estribillo, dos veces seguidas, mucho más rítmico que todo lo anterior y cantado en la escala de los agudos.

·      Siguen tres estrofas, al ritmo sincopado ya señalado: la segunda, en escala alta, la tercera, en baja y la cuarta, en agudos de nuevo.

·      Después llegan el estribillo primero y el segundo, pero en la escala de los agudos ambos.

·      Les siguen cinco estrofas, todas en la escala alta salvo la décima que es igual que la primera estrofa y va, cómo no, igual que aquella, es decir, en escala de graves.

·      Para acabar:

o   Una estrofa en morse, que alterna las escalas alta y baja

o   El segundo estribillo, primera parte

o   El primer estribillo

o   El segundo estribillo, segunda parte

o   La segunda estrofa en morse, que alterna las escalas alta y baja hasta perderse en la lejanía.

 

Tenemos que decir que la melodía de las voces de Don Patricio, en escala alta y en escala baja, es algo muy común a todas sus composiciones, pero en esta nos ha parecido especialmente reseñable por su complejidad. Responde sin duda a dos razones, a mi entender: la primera, para dar cabida tanto a las voces femeninas como a las masculinas, si bien es más fácil la reproducción de la melodía en voces de mujeres (una sola escala) y bastante más compleja en voces de hombres (dos escalas). Don Patricio atiende a la diversidad de gargantas a la hora de tararear y cantar la canción, pero sabe, sin duda, quiénes van a aprenderse la canción antes: las mujeres. La otra razón de las dos escalas es la que resulta más común: los estribillos serán aprendidos y cantados por todo El pueblo en la casa, por toda la gente, por todo el coro, todo el pueblo de fiesta. Y las estrofas, por los solistas, el bandido y la bandida, Don Patricio y su chica. Eso sí, siempre bailando, porque esta canción ha sido compuesta para ser bailada en comunidad, para ser bailada celebrando la vida.

La instrumentación es sencilla, aparentemente, pero se va haciendo más compleja a medida que avanza la canción, hasta perderse en la lejanía bajando la intensidad. Me gustaría describir técnicamente cada uno de los sonidos que aparecen, pero me declaro incapaz, pues desconozco el proceso, sin duda complejo, de composición de estas creaciones de música urbana, cuyos sonidos e instrumentos son para mí de difícil descripción. Aunque nada de ello me impida que lo reciba con alegría, con los oídos despejados y con gran agradecimiento.


El vídeo de El pueblo en la casa

Una ventana de una casa. Una chica se asoma tras las cortinas mientras fuma un cigarro que arroja cuando enfila un largo pasillo de una casa tradicional. No estamos ante un vídeo cuyas imágenes son una historia gráfica, como sucedía en Contando lunares, ni tampoco ante un vídeo urbano, como en Pa toda la vida. Estamos en una casa de pueblo en la que hay bastante gente que asiste a una fiesta. Nuestro protagonista está al fondo del pasillo y la chica pasa junto a él camino de un cuarto donde todos bailan sensualmente. El baile y la fiesta se trasladan al exterior, al jardín de la casa, todo el mundo parece disfrutar con armonía, con alegría, con muchas ganas de pasarlo bien. 

En seguida aparecen tres personas, que serán recurrentes en el vídeo y que marcan presencia: una señora de cierta edad, con su tendedero o con su vaca, un hombre de rojo junto a su Kawasaki y un tercero, de amarillo, que parece estar muy a gusto en la fiesta. Entre la una y los otros, el grupo bailando: El pueblo en la casa

Y la pareja de jóvenes, el bandido y la bandida, aparecen en diversas ubicaciones: en el bosque y de noche, donde ella lo seduce; cerca de una casita de vehículos y aperos de labranza; o alumbrados por una lámpara palaciega, mientras cenan una inmensa ración de espaguetis. Y de forma reiterativa y convincente, nuestro protagonista canta, ya sea ataviado con un pañuelo a la cabeza, en medio de un campo con espantapájaros, o de noche y solo en el bosque. De vez en cuando se lo ve sentado y relajado fumando un blunt y, en ocasiones, ella, o él, bailan encima de una mesa transparente. Y siempre, siempre, la fiesta que sigue en el patio, entre coches de puertas verticales abiertas, como a punto de volar. La fiesta tranquila y hermosa de El pueblo en la casa.


Posdata

En determinadas ocasiones, Don Patricio compone canciones que tienen tanta calidad como El pueblo en la casa o Contando lunares, pero que no arrasan en popularidad pues parecen hechas, como decía Juan Ramón Jiménez de sus poemas, para la inmensa minoría. Tal es el caso, creo yo, de En otra historia, que traigo aquí como regalo en el final de este artículo.

Enhorabuena, Don Patricio, muchas felicidades y mucho éxito. Y hasta la próxima entrega. Salud.

     


Gracias por tu canción, Patricio.

Un abrazo

Jesús Bermejo  

Los Navalmorales, cinco de mayo de 2022


 

jueves, 14 de abril de 2022

Jueves Santo en Los Navalmorales


Procesión del Jueves Santo, 14 de abril de 2022, en Los Navalmorales. 
Realización y edición: Jesús Bermejo.

Cuando quieras ver el vídeo, toca en la parte inferior derecha y ocupará toda la pantalla de tu móvil 




¡Qué inolvidable día aquel catorce de abril!


Hoy traigo aquí un fragmento de mi relato Junto al molino, escrito en 1997 y publicado en este blog el 10 de enero de 2011. Y lo traigo para conmemorar una fecha de gran esperanza y alegría de la sociedad española, la proclamación de la II República, truncadas ambas seis años después mediante un golpe de infamia y de violencia que duró cuarenta años.

Tuvo aquella República muchísimos aciertos, algún desatino y, sobre todo, potentes enemigos que campaban por sus fueros en una situación internacional endiablada. Y cuando, tras el golpe de Estado fracasado parcialmente, comienza la guerra, todo se radicaliza y el desastre de tres años de Caín sume a todos los españoles en la miseria y la desolación.

Reconozcamos aquí el trabajo callado y tesonero de muchos hombres y mujeres que pusieron en marcha los valores de la República, empleados, maestros, maestras, obreros, trabajadores, médicos, médicas, mecánicos, oficinistas, enfermeras, peluqueros, campesinos, empleadas, jóvenes de ambos sexos, políticos, escritores... Es necesario y justo este reconocimiento, nada fue en vano, aunque una maquinaria belicosa cortó en seco aquella experiencia.

                           

                         

En 1977, hace ya cuarenta y cinco años, renació la semilla que entonces se sembró pues, a mi parecer, se puede afirmar que esta España democrática es hija de aquella República en su esencia; quizá esta es más abarcadora y transversal, pues incorpora a un sector importante de la sociedad: buena parte de la derecha política y social, que entonces se sintió enfrente. Y la forma de Estado, la Monarquía parlamentaria, que no es exactamente una República, pero en la que la Jefatura del Estado solo tiene un poder representativo y simbólico. (Yo, en esto, sigo la ironía de Santiago Carrillo: no soy monárquico, soy realista. Se imagina alguien a José María Aznar como presidente de la República?). Y la bandera, claro, no tiene el morado, pero incorpora el escudo de la República casi al completo. Lo que sobra, sea República o Monarquía, es la corrupción, sea el corrupto Agamenón o su porquero, tanto da. Lo dicho: ¡Salud y República! Es decir: ¡Salud y larga vida a la democracia!


                                                            

Junto al molino

Fragmento del capítulo 1

"Recuerdo que salimos del instituto hacia la calle de San Bernardo y que por ella bajaban riadas de personas a las que nos íbamos uniendo con alegría, abrazándonos unos con otros y cantando felices, camino de la Puerta del Sol. Al entrar en la plaza por la calle del Arenal, nos sobrecogió ver un gentío impresionante, una muchedumbre insólita que la abarrotaba y que gritaba unánime: “¡Viva la República!”  Encima de algunos tranvías varados entre la multitud y en lo alto de la marquesina del metro, decenas de personas intentaban seguir el espectáculo desde aquellas atalayas privilegiadas. Toda la plaza se fundió en un inmenso aplauso cuando don Niceto Alcalá Zamora salió al balcón de Gobernación y se dispuso a hablar en nombre del Gobierno provisional. Aquel edificio siniestro, lleno de calabozos y de despachos como covachuelas, se iba convirtiendo poco a poco en el rompeolas de la República, sobre todo cuando, terminado aquel vibrante y cálido discurso, la plaza rugió con entusiasmo, se dieron vivas al gobierno provisional y cantamos hasta tres veces el himno de Riego.

Aquel gentío se fue dispersando poco a poco por las calles que dan a la plaza y nosotros nos dirigimos hacia el Palacio Real, llevados casi en volandas por la gente que bajaba hacia Ópera. Al llegar a la plaza de Oriente, un cordón compacto de jóvenes con escarapelas rojas tenía como misión impedir el paso al recinto. ¡Así se evitarán desmanes en el Palacio Nacional! dijo quien parecía tener algún mando en aquel sector. Mientras volvíamos sobre nuestros pasos, nos íbamos riendo con los comentarios que hacía Honorio sobre el cambio de nombre del palacio: “¡Como todo vaya así de rápido, algunos deberían ir haciendo ya las maletas por si tienen que seguir los pasos del rey!”

Serían ya más de las nueve cuando Honorio, Baldomero, Valentín  y yo bajábamos por la Cuesta de San Vicente, camino de San Antonio de la Florida, nuestro barrio, y  todavía seguíamos excitados hablando de lo que  habíamos visto aquella tarde y de lo mucho que nos agradaba que la llegada de la República coincidiera con el inicio de nuestra juventud. Fue entonces cuando Baldomero, con voz queda y casi como pidiendo disculpas, nos aguó la fiesta al decirnos cuánto le extrañaba que todo hubiese ocurrido tan alegremente, como si en España no hubiera enemigos del nuevo régimen, como si hasta el día anterior en el país no hubiera habido poderosos ni gobiernos a su servicio. “¡A saber qué es lo que estarán preparando ésos, porque quietos no creo que vayan a quedarse!” añadió Baldomero y una brizna de inquietud aleteó sobre aquel catorce de abril."                                                                                                                              Jesús Bermejo

Todo el relato:

https://roblesamarillos.blogspot.com/2011/01/junto-al-molino.html

 

                     

                              
          Monumento a la Constitución de 1978. Madrid


                                               



jueves, 7 de abril de 2022

Carta mía publicada en El País: No olvidemos qué es la guerra

En El País de hoy, 7 de abril de 2022, han publicado una carta mía a propósito de la alocución del presidente ucranio Volodimir Zelenski ante el Congreso y el Senado de España. Aquí la traigo completa para quienes la queráis leer.


                  

No olvidemos qué es la guerra

“Estamos en abril de 2022, pero parece que estamos en abril de 1937, cuando todo el mundo se enteró del bombardeo de Gernika”, afirmó el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en el Congreso. Tiene toda la razón, pero seis meses antes, Madrid fue castigada sistemáticamente por la Legión Cóndor, que bombardeó objetivos civiles. Y así fue durante toda la guerra. La dictadura borró con precisión las huellas de los bombardeos en la ciudad y también en la memoria de las gentes. Se cumplió lo que escribió Juan Eduardo Zúñiga en Capital de la gloria: “Pasarán unos años y olvidaremos todo; se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán las casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos, parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos”. Aunque más adelante le dice una madre a su hijo: “Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides”. Las fotos de Gerda Taro, y las de tantos otros, darían después testimonio de aquel crimen.

Jesús Bermejo Bermejo

https://elpais.com/opinion/2022-04-07/no-olvidemos-que-es-la-guerra.html

           Gernika-Guernica, abril de 1937             

                                                
                                                       Madrid, noviembre de 1936



   Robert Capa. Madrid, Vallecas, noviembre de 1936

                                                      Gerda Taro. Madrid, noviembre de 1936

                               




jueves, 31 de marzo de 2022

La cartera


Estaba en la troje, metida en una bolsa y resguardada del tiempo, junto a otras carteras, más grandes y menos viejas, cerca de libros y cuadernos que te acompañaron en la escuela de tu pueblo y en el colegio de Madrid, en la escuela de magisterio y en la universidad, no muy lejos de los listados de notas de tus alumnos, cuarenta años de clases y de niños, todo cerca, lo que aprendiste y lo que enseñaste, todo junto en un armario grande del desván.

Es la cartera de cuero, pequeñita y arramblada, resistiendo con valor el paso del tiempo y dando cuenta de lo pesado de su tarea con sus descosidos y sus profundas cicatrices. Con casi sesenta y cinco años, estaba pidiéndote a gritos que la bajases de la troje y la colocaras cerca de tu mesa y, a ser posible, a la vista, para provocarte de vez en cuando con su memoria y con sus achaques.

Así que, en un día frío de estos de primero de febrero, la bajas a la cocina, la pones de costado encima de la mesa de mármol y piensas en cómo traerla a la vida después de tantos años sin trabajo ni tarea. A pesar de su lamentable estado, ves que su cuero va resistiendo con valor los envites que le vas dando al tratar de estirarla y de recomponerla, así que decides buscar una aguja gorda y un cabo de cuerda, y con ellos vas cosiendo con paciencia todas las costuras que lastimosamente dan cuenta de los muchos años pasados, de los tirones que en su tiempo joven se llevó sin duda, de los empellones contra la mesa del pupitre, de los arrastrones por los suelos de la casa de las vacas de tu padre, de las patadas de Golío y de la lluvia y el frío de Aravalle. Una puntada, otra y otra más, torpemente y como pidiéndole disculpas, poco a poco das forma a toda la parte inferior y luego a los laterales, que se resisten tenaces, sobre todo los ángulos inferiores, allí donde deberías haber escondido, y no en tu boca, aquellas tres pesetas que tu madre te dio para pagar la mutualidad a doña Mari, tres pesetas que te tragaste y que tuviste varios días en tu barriga hasta que las cagaste en el orinal, qué alegría.

Después viene el darle lustre, así que, armado de una camiseta vieja, vas deslizando sobre el cuero ungüento de grasa de caballo, y lo esparces parsimoniosamente por la parte de fuera y por el asa, donde, al acercar la nariz, percibes que aún huele a tus manos de niño, por las hebillas y los bordes del cierre, por el lomo y el vientre, una mano y dos y tres, hasta que, saciada de tanta grasa, te dice déjame, para ya, que me ahogas.

Al día siguiente, miras tu cartera y la acaricias mientras buscas en la troje lo que pudo albergar en su seno cuando te la regalaron tus padres al cumplir cinco años, pero no encuentras nada de entonces, dónde habrán ido a parar tu pizarra y tu pizarrín, el cuaderno de rayas, tu lapicero, cuya punta afilaba tu padre con su navaja pequeña y brillante, tus cromos de animales salvajes, que recortabas de las cajas de cerillas, algunos de los cuales llevabas a la escuela para cambiarlos por otros, el del león africano, que salía mucho, por el del antílope sable, que os faltaba a casi todos, la onza de chocolate y el cachillo de pan que tu madre te había puesto para el recreo, el olor a niño limpio y listo, con aquellos besos de tu madre al encamparte cuando ya ibas solo por el Camino del barrio hacia la escuela, y con el olor a heno y a calostros de tu padre, cuando en días de nieve o de lluvia te recogía de la escuela al venir de las vacas y te subía a costillas, te tapaba con el capote viejo y te acercaba a casa, tu alegría de ir a la escuela de doña Mari, aquella maestra cuyos ojos brillaban cuando os daba las lecciones de letras, de números y de canciones.

                                

 Buscas pero no encuentras y, sin mucho convencimiento, metes en la cartera la enciclopedia del tercer grado, esa que se daba en la escuela de don Faustino mientras te viene a la memoria que, cuando pasaste a la clase de los mayores, tuviste a la vez una alegría y una tristeza; la alegría, que el maestro, después de unos meses, te pasó directamente a la enciclopedia de tercer grado, para qué va a perder el tiempo el muchacho en la del segundo grado, les dijo a tus padres; la tristeza, que en la escuela de don Faustino solo hubiera niños pues las niñas se iban a la de doña Conchi, no entendiste nunca aquello pero en seguida te hiciste. Esa enciclopedia no es la que tú usaste en la escuela, la compraste con algo de melancolía en la cuesta de Moyano hace algunos años; la tuya pasaría con el tiempo a tu hermano, y quizá luego a tu hermana, a saber qué fue de ella. Por eso, la sacas de la cartera y la juntas con otros libros de aquellos tiempos también comprados de nuevas, Corazón: Diario de un niño, el Catón y El florido pensil.

Y alojas en su interior blandito y agradecido tres o cuatro cosas que te gustan mucho, objetos de un después, que nunca estuvieron en ella, porque cuando llegaron a tu vida la cartera estaba ya olvidada en el desván del pueblo. Colocas con mucho cuidado el libro de lengua de primero de bachiller elemental, aquel en el que leíste por primera vez una poesía de Antonio Machado y un capítulo de Platero y yo, ese libro libre y bello de Juan Ramón Jiménez. Y después, un cuaderno de prácticas de enseñanza, aquel que elaboraste con don Teodoro Agustín Rubio cuando estudiabas magisterio, y que tanto has usado en tus cuarenta años de profesor: cómo estudiar romances y leyendas, por qué aprovechar las canciones de moda en clase, cómo enseñar ortografía, caligrafía, vocabulario y la gramática, todo igual que un cuento, como la vida, que siempre iba en serio, aunque eso tus alumnos lo empezarían a comprender más tarde, mucho más tarde que tú.

También vas colocando con esmero un cuaderno que hicisteis en un campamento del Frente de Juventudes, la rama joven del único partido político del régimen de Franco, que se llamaba FET y de las JONS, Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, vaya nombre tan largo y tan feo, pensabas. Durante catorce días del verano del 68 permaneciste en aquel campamento específicamente dedicado a estudiantes de magisterio, quienes obligatoriamente debíais acreditar, al terminar la carrera, que habíais cumplido con dicho requisito. Dos semanas de verano en la sierra de Guadarrama hubieran sido unas magníficas vacaciones, pero lo fueron solo a medias, pues buena parte del tiempo lo dedicasteis a un sinfín de tareas destinadas a hacer de vosotros unos maestros sumisos, católicos y tradicionales. O al menos así lo pretendían aquellos monitores, sus jefes y sus programas, si bien la cuadrilla de vuestra tienda, buenos amigos todos de la escuela de magisterio, supisteis nadar y guardar la ropa, o sea, como hacía casi todo el mundo en aquel larguísimo tiempo de siega y de silencio. Pasadas las dos semanas, os dieron el diploma y os fuisteis del campamento, pero has de decir, con orgullo y alegría, que nada de lo que contiene ese cuaderno lo pusiste en práctica en tus años de maestro. Aunque, eso sí, siempre lo tuviste muy en cuenta, pues nada en este mundo te enseña más que aquello que te espanta. 

                                                            Campamento del Frente de Juventudes en Guadarrama. Hacia 1965

Quién te iba a decir que aquel campamento que te descubrió la sierra de Guadarrama lo evocarías con ternura cuando, bastantes años después, supiste que dicha sierra ya había sido, mucho antes de aquel verano, escuela activa de futuros maestros, alumnos como tú que iban acompañados de sus profesores de la Institución Libre de Enseñanza, un proyecto fundado en 1876, cuyo objetivo era la transformación de España a través de la educación y que, con la victoria de Franco, fue abolido, sus maestros perseguidos con saña y su semilla extirpada de raíz. La Institución, aquella insigne obra creada por Francisco Giner de los Ríos, a quien Antonio Machado dedicó unos hermosos y agradecidos versos cuando al maestro le llegó su hora:

 Murió?... Solo sabemos

que se nos fue por una senda clara,

diciéndonos: Hacedme

un duelo de labores y esperanzas. 

Sed buenos y no más, sed lo que he sido

entre vosotros: alma.

Vivid, la vida sigue,

los muertos mueren y las sombras pasan;

lleva quien deja y vive el que ha vivido.

¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas! 

                                                        

                                                                Excursión de la Institución Libre de Enseñanza por Guadarrama. Hacia 1925

Y, por último, metes en la cartera un libro pequeño, El niño zurdo, un niño como tú, zurdo desde que naciste, obligado por todos a usar la mano derecha, cuando tu diestra era la zurda sin dudarlo; si con esta tirabas piedras, levantabas la malla, cogías peras o asías la guía de tu rodancha, nadie te corregía; pero todos te reñían si al comer, al escribir o al santiguarte no echabas la mano derecha. Mucho ha llovido desde entonces, cuando te obligaron a escribir con la mano menos dotada, y aún ahora, con setenta cumplidos, sigues escribiendo con la misma mano, pues tu diestra, la izquierda, te dice que cada cosa a su tiempo, y se niega a ser segundona, ella que siempre es la que afina, la que refina y la que remata.

Cuatro cosas has metido en tu cartera, cuatro: dos libros, el de lengua y El niño zurdo, y dos cuadernos, el de prácticas y el del campamento. Cuatro cosas que llenan el espacio que un día ocuparon tu pizarra y tu pizarrín, el cuaderno de rayas y el lapicero, la onza de chocolate y los cromos de animales. Cuatro cosas en tu cartera, que ahora reluce erguida y recobrada.

                                                                                                                        Jesús Bermejo   

                                                                                                                                                            Marzo de 2022

Quiero agradecer a Mariví Navas sus varias lecturas y propuestas de corrección y de reescritura de este relato, que tanto lo han mejorado sin duda.  Gracias, Mariví.