miércoles, 1 de febrero de 2017

Homenaje a todos los maestros y maestras de la EGB


Hace unos días me envió una amiga un texto que le había llegado, y que está dedicado a los maestros y maestras de EGB, aquellos que empezaron a dar clase allá por 1970 y que en estos años están entrando en su jubilación.

Cuarenta años de su historia, que es la historia de la educación en España y, por tanto, un reflejo de la historia de nuestro país. De aquel final del franquismo, que en este ámbito trató, a su manera, de abrirse al futuro, hasta estos tiempos convulsos de fin de un ciclo, no solo en España sino, creo yo, en todo el mundo.

Me gusta el tono del escrito, se ve que su autor ha sido uno de aquellos maestros. Y me parece bien esa íntima reivindicación de haber contribuido al desarrollo y a la dignificación del país. Fueron los primeros que dieron clases a niños y niñas juntos después de muchos años, pues la coeducación de la República fue suspendida al terminar la guerra. Fueron los primeros en escolarizar a los alumnos de inmensas barriadas del desarrollismo industrial de los sesenta, participando en la exigencia de edificios dignos y programas y condiciones aceptables. Participaron de un salto cualitativo en la enseñanza en la década mejor de todas, la que va de 1985 a 1995. Y tuvieron que sufrir las consecuencias de las diversas crisis posteriores, hasta llegar a la más grande, esta que aún no ha terminado y que coincide con su jubilación.

En su juventud, organizaron la escolarización de los llegados a las periferias de las ciudades desde las regiones más desfavorecidas. En su madurez, superaron el reto de la escolarización de millones de niños y niñas inmigrantes, de países hispanoamericanos y eslavos. En su jubilación, dejan sus centros en una nueva transformación, la de cómo afrontar el reto de un siglo en el que van perdiéndose algunas importantes conquistas que parecía que iban a ser ya definitivas.

En fin, aquí lo traigo, sin saber quién lo ha escrito pero viéndome reflejado en esa reflexión tranquila y apacible. Mi enhorabuena a su autor.




Homenaje a todos los maestros y maestras de la EGB

Se van. Recogen sus cosas de la clase en una cartera, apagan la luz y se van.
Llegaron en los setenta. Con sus gafas de pasta, su barba, sus pantalones de pana, sus faldas demasiado largas o demasiado cortas. Llegaron a centenares, llenando colegios hechos a toda prisa a los que pusieron nombre de poetas o de viejos pedagogos proscritos. Llegaron con una inmensa sed de aprender a enseñar. 

Pintaron los muros grises de las escuelas con dibujos infantiles. Querían cambiar el mundo con papel continuo, unos pinceles y unos botes de témpera. Aprendieron en las escuelas de verano a bailar, a tocar el pandero, a hacer pasta de papel o a conocer el nombre de los árboles y de los pájaros. Se contagiaban unos a otros su ignorancia y la urgencia de cambiar una España aún demasiado sucia, demasiado triste. Se quitaron el don para tutearse con la gente. Ahora los maestros eran solo Jesús, Joaquín, Paloma, Javier, Nieves, Isidoro o Fernando.

Llenaron las bibliotecas de libros y de algún lector. La literatura infantil y juvenil se puso de moda y empezó a ser algo más que Julio Verne o  Salgari. Aquellos profes volvieron a sacar a los chicos al campo, a ver las montañas, los ríos, más allá de los atlas. También a las calles de los barrios rescatando los carnavales, con ropas viejas y cabezudos de cartón. Con sus propios errores y con los ajenos fueron perdiendo  por el camino sus utopías. No todas. Quizá la mayoría.

Soportaron el capricho y la estupidez de políticos y legisladores. Protestaron, a veces no lo suficiente. No les escucharon nunca. De progres e ilustrados pasaron a ser analfabetos digitales. Pero todo se aprende si se quiere. Mal, pero se aprende. Y -como dice la canción- el tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos. Menos para los alumnos. Ellos los siguen viendo como siempre, aunque tengan la misma edad que sus abuelos.

Cada año en el colegio se jubila uno o dos y deja la escuela en esos días azules, con ese sol de la infancia. Sus primeros alumnos tienen ya cuarenta años o casi. Son los famosos millennials. Algunos son parados o médicos, enfermeros, abogadas, taxistas incluso algún profesor. Son el resultado de años de trabajo sin ver nunca el fin ni el principio. No todo fue inútil. Los hay generosos, con talento y un punto de rebeldía. Viven en España y algunos -demasiados- también en el extranjero. Puede que paseen más por internet que por la calle. Tal vez alguno dejó colgado los estudios y el futuro y se mire las manos vacías. Eso, amigo, no se aprende en la escuela, por desgracia. Pero sobrevivieron a la EGB, al viaje de fin de curso a Mallorca, a los amores y desamores, a la desilusión y ahora a la crisis económica. La mayoría rechazan la idea de que nada cambiará. Lo aprendieron coloreando con plastidecor y rotuladores Carioca, oyendo las viejas canciones que hablaban de que los piratas pueden ser honrados y los príncipes, malos. Que a los lobitos buenos les maltraban los corderos, y por eso, ellos no quieren ser ni corderos ni borregos.

Se van los profes de la EGB con el pelo gris o sin pelo. Pero se van contentos. Hicieron lo que pudieron. Más o menos. Así que se sienten pagados cuando les reconoce por la calle la sonrisa tímida de una exalumna o  reciben el abrazo de un muchachote con entradas que quizá se llame Sergio ¿o era Iván? Entonces, su corazón se alegra. Luego  recogen sus cosas y dicen adiós.

Un maestro de EGB.



viernes, 27 de enero de 2017

Donald Trump Presidente: Resistiremos






Desde que Donald Trump asumió la Presidencia de los Estados Unidos, todos los días aparece en las portadas de los medios de comunicación mostrándose ufano mientras firma, una tras otra, sus órdenes ejecutivas, en un carrusel vertiginoso que pretende aturdir a medio mundo. El Presidente, un millonario “antisistema” que dice que va a quitar el poder a las élites y se lo va a devolver al pueblo americano, es aplaudido por los grandes inversores. Al menos eso parecen denotar los índices de las bolsas de valores; ya veremos si eso sigue siendo así a medio plazo. El populismo es lo que tiene, que desencadena procesos que luego no se sabe a dónde pueden llevar. Echando mano de la ironía, he compuesto unos versos sobre este asunto. Ahí van.


D erriba leyes
O rigina el caos
N utre de ricachones su Gobierno
A frenta a medio mundo
L idera un populismo hortera y peligroso
D esquicia y desune a las naciones

T ruenan sus decretos
R ugen sus insultos
U ltrajan sus voces
M anchan sus palabras
P reocupan sus gestos

P resagia tiempos turbios
R ecuerda a tiranos poderosos
E xhibe modales chabacanos
S abotea los usos diplomáticos
I nyecta de ira sus mensajes
D ebilita las instituciones
E mpeora el mundo
N utre sus frases de odio
T ritura la buena educación
E xcava fosos y levanta muros

R esponderán los pueblos
E spolearán las naciones
S ancionarán los gobiernos
I nvocarán las manifestaciones
S alvaguardarán las leyes
T ambaleará el elefante
I ntervendrán las instituciones
R esponderá la gente
E stallará la paz
M anifestará el votante su repulsa
O ptará por cambiar al Presidente y
S aldrá adelante el mundo, como siempre.


martes, 10 de enero de 2017

Los Navalmorales: Sol de invierno




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Sol de invierno

Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero
naranjos en maceta, 
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.

Un viejecillo dice
para su capa vieja:
"¿El sol, esta hermosura
de sol!..."Los niños juegan.

El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
 la verdinosa piedra . 

Antonio Machado


sábado, 31 de diciembre de 2016

Instantes de otoño: Seis poemas y un paseo por El Retiro


Hace poco más de un mes subí a este blog una colección de fotos que hice en El Retiro de Madrid una mañana amena de paseo. Pasados unos días, fui escribiendo unos apuntes que he rematado en estas fechas. No se me ocurre mejor final de año en este blog que terminarlo así, con poesía, sobre todo si va unida a los mejores deseos para 2017.


Caminos


Entras en El Retiro una mañana
de frío y de lluvia complacida.
Miles de hojas van cayendo al suelo
como cortadas por un filo,
y buscan su acomodo en los caminos
formando una capa mullida,
sobre la que tus pies andantes
notan complacidos la experiencia
de un pasear pausado,
como flotando en la tierra y en las hojas.

Sientes, una vez más, que es el otoño,
el placer de transportarte, al caminar,
como si fueses levitando un poco,
la inmensidad de los colores, y las hojas
esperando su momento, la ocasión
de convertirse en tierra de sendero.


Colores


Vas subiendo una colina suave
coronada por un palacio de cristal.
Miras de frente y te hipnotiza
el chorro, impetuoso como un géiser,
en medio del estanque tranquilo y apacible.

Las hojas, arrastradas por el viento,
flotan leves y mansas en la cara del agua,
surcada toda ella por patos juguetones.

Un concierto pausado de colores
organiza tu mirada y la deslumbra,
y, entre todos, te llama el luminoso
rojo ladrillo de los cipreses de agua
que anidan en el fondo del estanque.

Un rojo fuerte que porfía
con verdes recién segados,
con amarillos de plátanos,
con el azul de un cielo despejado,
con el blanco y el gris del palacio breve.


Fieras


Atraviesas el inmenso paseo de coches
escoltado por plátanos frondosos
y entras firme y pausado en el jardín secreto.

Los pinos, aguerridos en su tronco enhiesto,
te van abriendo el paso hasta la fuente amena
que sortea el ladrillo y los granates
de una hiedra fecunda y ya menguante.

Un instante de sol entre nublados
resalta el rojo vino de la tapia,
y un vértigo de viento colorea
de hojas amarillas el sendero.

La potestad de un árbol, con su tronco
como una inmensa pata de elefante,
te llama, sideral, y te hipnotiza.

No lejos, dos leones de piedra, domeñados,
recuerdan sutilmente que estás en ese sitio
que fue en su día la casa de fieras de El Retiro.

  
Fuente


Caminas por paseos que están recién planchados,
abiertos para ti esta misma mañana.
y llegas a una fuente tranquila y silenciosa
de líneas paralelas y de esculturas clásicas.

La fuente de Cajal, el sabio aventurado,
la fuente de la vida de todos los que nacen
la fuente de la muerte de todos los que viven.

En el lugar ameno del profesor ilustre
la fuente te recuerda, con ese porte griego,
el equilibrio líquido de la vida vivida,
y la sabia cadencia del agua allí brotada.

El otoño apacible, que ha llegado tranquilo,
adorna con sus hojas los plácidos contornos,
y los colores malvas, marrones y amarillos
abren paso y escuchan al sabio sosegado
silente en El Retiro y casi siempre solo.


Estanque

 
Entras casi de incógnito en ese ámbito
que domina el estanque y lo ennoblece.
Pasas entre su escolta de columnas
y, lento, te acomodas en la amplia escalinata.

Miras de frente, atento,
el cielo azul y plácido,
el verde de las aguas,
la piedra, los leones
y, lentas, fugitivas,
las diminutas barcas.

Nubes que arrastra un viento fuerte
crean las grises sombras de los lejanos árboles,
y reflejos de sol, cruzando el agua,
imantan la mirada del breve paseante.

Sales de la explanada, y las columnas
te saludan, sombra y sol, nadie, nada.
La piedra gris esconde tus pisadas
y los cipreses del paseo se aletargan.


Fábula


El quiosco de la música varado entre colores,
los troncos gruesos de los viejos plátanos,
el verde de la hierba y de los setos
y el marrón de las hojas de los alados álamos
te guían a la glorieta gongorina
en donde Polifemo y Galatea
viven sus aventuras en el severo mármol.

Mientras lees los versos, centurión del sendero,
un alto y grueso tronco te custodia.

Atrás queda el estanque, y las columnas,
la farola, el ciprés de los pantanos,
las fuentes juguetonas con sus aguas,
el chopo tieso y el mullido plátano,
 la hoja breve del sendero manso
y las filas misteriosas de los álamos.


























https://roblesamarillos.blogspot.com.es/2016/11/otono-en-el-retiro-de-madrid-una_22.html

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Los Navalmorales: Garzas en primavera



Aquella poesía del Cancionero popular nos dejaba, por un momento, como detenidos en un aire de melancolía doliente. Era la punzada del amor recién perdido.

Malferida iba la garza
enamorada:
sola va y gritos daba.

Donde la garza hace su nido,
ribericas de aquel río,
sola va y gritos daba
.


A finales de abril, caminando junto a un arroyo del río Pusa, en los Montes de Toledo, vimos dos garzas jugando mientras volaban. Por un momento, aquella poesía tradicional quedaba felizmente oculta tras unos versos que se me ocurrieron  y que anoté en un papelillo.

Junto al arroyo
iban volando dos garzas:
enamoradas.

Iban volando dos garzas,
y entre los juncos,
posándose se besaban.

Hoy, en los últimos días del otoño, he encontrado en mi cuaderno aquel apunte y he querido darle al poema un nuevo aire. Aquí está.


Junto al arroyo y los juncos
iban volando dos garzas
enamoradas.

Iban volando dos garzas
y entre los juncos
posándose se besaban.

Posándose entre los juncos
las dos garzas se besaban
enamoradas.

Las dos garzas se besaban
y alzando el vuelo en los juncos
por el cielo se marchaban.

Antonio Aravalle
 13 dic 2016

 



miércoles, 7 de diciembre de 2016

Bajo una farola: otro maratón de mi hermano Javi





Y otro maratón más de Javi, mi hermano, esta vez en Donosti. Enhorabuena, y adelante.
Aquí traigo su relato, escrito, como siempre, en la misma fecha de la carrera.


"Conviene aclarar a los profanos que, durante los minutos de espera que preceden a la salida de una prueba, los corredores de fondo acostumbran a protegerse del frío con alguna camiseta vieja que luego tiran por las aceras al cabo de unos kilómetros, cuando ya el cuerpo está entonado.

Hice mal en tirar mi camiseta roja en el k7. Una prenda como aquella, que me había  aguantado durante más de treinta años sin decir ni mu, sin exigir nada a cambio de su confortable tacto, no merecía acabar como un trapo cualquiera a los pies de una farola en la ciudad de Donosita, ayer día 27, fecha en que se corría el trigésimo noveno maratón de la ciudad. Por muy vieja y deshilachada que estuviera, esa pobre camiseta no merecía un final así.

Todo este discurso culposo me fue rondando ayer domingo durante los ciento y pico minutos transcurridos entre los dos pasos previstos por el puente de santa Catalina, nombre bajo cuya advocación se han consagrado virtuosas jóvenes en ciudades tales como Alejandría, Bolonia, Génova o Siena, eso sin contar con santa Catalina de Ricci (noble familia florentina) o santa Catalina Labouré, cuyo nombre parece más propio de paso de ballet que de una santa. A saber a cuál de ellas está dedicado el puente donostiarra.

Pero vayamos a lo que nos ocupa. La carrera pasaba por dicho puente en el k7. La pobre camiseta (un guiñapo, después de tres décadas, no te vayas a creer) se quedó allí, hecha un gurruño, abandonada a su suerte por quien había gozado de su acogedora protección durante más de media vida. Y ese crimen, ese magnicidio, se me fue clavando en el corazón desde el momento mismo en que se produjo la fechoría. Y el corazón, que no es de piedra, se vio sometido a un desgaste tal que allá por el k14, el pobre, se despendoló. Tanto que hubo que parar más de un minuto para intentar calmarlo, con la firme promesa de rescatar la camiseta del bendito suelo, en el caso de que siguiera allí en el k28, al segundo paso por santa Catalina. Mientras, la zozobra, el come-come, la incertidumbre toda, el corazón en vilo, como cuando éramos niños (anda que si ahora se mueren tus padres, te decías, y ya no les ves nunca más, cosas así), y todo por la tontería de tirar lo que no se debe.

Qué mal lo pasé ayer entre el k7 y el 28. Sufrí como nunca antes en ninguna otra carrera. No te digo más que estuve a punto de jurarme que sería mi último maratón, tal era el castigo ejercido no solo sobre los músculos sino, sobre todo, sobre/contra las entretelas del espíritu. Así que, tras culminar el paseo que bordea el río frente a la Tabacalera, cuando volvimos al dichoso puente y la vi de nuevo, ¡sí!, allí mismo, tan solita, ignorada por el público que aplaudía y vitoreaba a los corredores (¡Oso ondo!), una lágrima bastante furtiva brotó de mis ojos. Pero mi corazón, ya terciopelo ajado, ignorando el pesar o pesadumbre que lo había puesto en el k14 a tropecientas pulsaciones, hizo como quien no ve ni siente, y pasé de largo.

Cruzamos luego el barrio de Gros (¡esta vez sin txalaparta!, ¡toda la música envasada!), subimos por el Boulevard, me acompañó Daniel por el tramo más duro, esa zona desangelada que coincide con los kilómetros donde sucumben tantos corredores, agradecimos los ánimos que nos daba desde la acera una viejecita con una campanilla de dulces armonías, volví a la soledad a la altura del k39, giramos desde san Martín a Easo (el verdadero pórtico de la gloria de este maratón del que tanto renegué ayer durante tantos minutos) y percibí a lo lejos a una corredora africana alta como una torre con la que me había cruzado en los túneles y que luego se quedó clavada en el k40…

Fargo es una película maravillosa por varias razones, como lo es santa Catalina por otras no tan distintas. No vamos a desmenuzar ahora estas figuras de la imaginación, tiempo habrá otro día. Pero todo el mundo recordará al descerebrado de marras, rubio platino de bote, dispuesto a terminar por las bravas aquel asunto del autosecuestro.

Un maratón da mucho de sí. La culpa por lo que uno hizo mal o no supo hacer (camiseta), la duda, la incertidumbre permanente (qué ritmo, cuándo bebo, de dónde era santa Catalina), los vaivenes emocionales provocados por el sufrimiento y la euforia (corazón desatado, corazón en calma), todo ello son circunstancias que acaban sometiendo al corredor a una presión tal que lo predisponen al caos mental, en cuyas fauces fenece quiéralo o no antes de cruzar la meta. 

Pues resulta que la africana (luego vi que se llamaba Pamela-Lulú, ¡santa Catalina nos asista!) se rehízo y me volvió a pasar, una herida que terminó abriendo heridas previas por lo mal que había planteado mi carrera, de más a menos, un error imperdonable a estas alturas.

En un instante ocurrió todo. Pasado el k41, apareció el monstruo en la acera. No era rubio de pega, pero enarbolaba una feroz motosierra a la vez que pasaba de la acera a la calzada y se venía decidido contra nosotros. No era el tío del mazo, que anida en el k34, ni ningún otro enemigo habitual. Era la bestia de la motosierra en persona. De repente vi volar brazos mutilados (“más allá de Orión”), piernas desgarradas con sus zapatillas de marca, cabezas descuajadas de los hombros con la mirada perdida (¡y tanto!), almas en pena pululando ya más cerca del otro mundo que de este…

No recuerdo más. Luego supe que habían dicho mi nombre por la megafonía oficial cuando entraba en meta, junto con un mensaje de ánimo de parte de Gloria, que estaba tras la valla esperando mi llegada. Pero yo ya no era yo, era una triste sombra huyendo de un rubio asesino en camiseta."