miércoles, 28 de marzo de 2012

martes, 13 de marzo de 2012

De paseo con Platero y Juan Ramón Jiménez


"Por los hondos caminos del estío, colgados de tiernas madreselvas, ¡cuán dulcemente vamos! Yo leo, canto, o digo versos al cielo. Platero mordisquea la hierba escasa de los vallados en sombra, la flor empolvada de las malvas, las vinagreras amarillas. Está parado más tiempo que andando. Yo lo dejo...
El cielo azul, azul, azul, asaeteado de mis ojos en arrobamiento, se levanta, sobre los almendros cargados, a sus últimas glorias. Todo el campo, silencioso y ardiente, brilla. En el río, una velita blanca se eterniza, sin viento. Hacia los montes, la compacta humareda de un incendio hincha sus redondas nubes negras.
Pero nuestro caminar es bien corto. Es como un día suave e indefenso, en medio de la vida múltiple. ¡Ni la apoteosis del cielo, ni el ultramar a que va el río, ni siquiera la tragedia de las llamas!
Cuando, entre un olor a naranjas, se oye el hierro alegre y fresco de la noria, Platero rebuzna y retoza alegremente. ¡Qué sencillo placer diario! Ya en la alberca, yo lleno mi vaso y bebo aquella nieve líquida. Platero sume en el agua umbría su boca, y bebotea, aquí y allá, en lo más limpio, avaramente..."

viernes, 9 de marzo de 2012

Casablanca, el tiempo no pasa





Ayer me senté en el sofá después de cenar, con intención de ver la tele un rato antes de irme a acostar. En la pantalla apareció Casablanca, recién comenzada. La ponían en La 1, es decir, que se podría ver toda seguida, sin cortes para anuncios. Aunque la he visto varias veces, y a pesar de que la tengo en DVD, me apetecía verla junto con mucha gente:  una buena peli en blanco y negro, en La 1, sin anuncios.

Con buen ritmo, con una historia de amor compleja, con cierto cinismo, con inteligencia, con humor, el café americano de Tánger vibra de emoción cuando todos en pie, salvo los nazis, cantan La Marsellesa, un momento de la película en un año, 1941 creo, en el que aún faltaba mucho para que el nazismo fuera vencido. Las escenas de Bogart y Sam, la extraña y cínica pareja que cierra la película, la historia de amor dentro de una atmósfera densa y compleja hacen de Casablanca una película que hoy se ve muy bien. Respira ritmo, vibra en su tensión y nos permite desear, una vez más, que Sam toque El tiempo pasará, porque por la película el tiempo no pasa, ni por nosotros cuando la vemos, una vez más.

lunes, 5 de marzo de 2012

El río Aravalle



Antes de que existiera mi pueblo, ya existía el río, un río pequeño, transparente y como de cuento. Recogía las aguas de los arroyos y de las gargantas que bajaban de la sierra y fluía suavemente por la vega hacia un río mayor, el Tormes, con el que juntaba sus aguas en el puente de las Aceñas, cerca de El Barco de Ávila.

Nuestros antepasados se aposentaron cerca de él porque sabían que eran fuente de vida sus aguas diamantinas. Y al río lo bautizaron con un nombre cabal: Aravalle, un nombre mitad ibero y mitad castellano. Ara, del ibero, significa valle; valle, en castellano, repite el significado. Deduzco que sería valle ancho, que así es toda la vega del Aravalle, un valle ancho. Pero, si he de decir la verdad, de niños nunca decíamos Aravalle, para nosotros era el río, sin más, pues solo había uno. Y También dieron nombre a las gargantas y los arroyos (Cardiel, Zaburdón, Galín Gómez, Hermosillos, San Martín, Tejoneras, Candaleda, Pedrosa), a los puentes que hicieron( Castaños, Alunado, Molino, Varacolcha, Andrinal, Pedrosa, Recueros, San Julián, Las Casas); a los picos y las sierras (Calvitero, la Portilla de Jaranda, la Campana, la Covacha, la Cuerda, las Majaíllas, la Peña del Cuervo, la Urralea, Robles Amarillos); a las huertas y los prados ( Marialba,  Cerraílla, de la Raya, de la Fuente, de la Calzada, de la Cañada, del Molino, de la Alquería, de los Pozos, del Chorrillo, del Lomo, del Corral de Concejo, de la Calle Abajo, de Gesón, de Maripedro, de la Cañaílla, de la Fragua, de las Escuelas, del Río, de la Vega, del Alamillo, de la Carrera).

 

El río

Mirad el río junto al molino.

Sus aguas limpias

acarician la ventisca en la ribera,

y hacen pozas

junto a los sauces y los alisos.

 

Treinta pasaderas lo cruzan,

invitando a contemplar

la fuerza de su temple.

Un mundo de agua y de piedra

lamiéndose y besándose por siempre.

 

Río Aravalle, río niño,

río limpio y puro como el aire

candor mineral junto a la hierba blanca,

y sendero de alisos junto al agua.

                                 Jesús Bermejo



jueves, 1 de marzo de 2012

Para todos los que visitáis este blog

Lobos, romances y leyendas

He recibido un comentario de Carmen Miranda, y lo traigo a este post como recuerdo de su prosa tan interesante y tan bien elaborada. Gracias por tu amistad, Carmen.


"Hola Jesús: Felicidades por tu 60 aniversario. Habría que celebrarlo en el Puerto!!
Respecto de los lobos en el Puerto, Julio me ha explicado como, al amor de la lumbre, abuelo Ríos explicaba, entre otras muchas cosas, el impacto que producía el lobo en las personas cuando lo veían: se les erizaba el vello. Quizás fuera una consecuencia del miedo que producía la presencia del lobo. Por aquel tiempo, la vida en los prados era muy intensa y en casa cuentan las aventuras de un perro valiente que tenían, y que seguro que conociste, que se enfrentaba a los lobos cuando iban a atacar a las vacas en los prados. ¡Qué hermosos tiempos de historias junto a lumbre!!
Un abrazo."
Carmen Miranda

viernes, 24 de febrero de 2012

Alobarse



En estos días de invierno estoy releyendo el libro Judíos, moros y cristianos, de Camilo José Cela. Me ha impresionado, de nuevo, el episodio en el que se nos cuenta el caso de un mozo que, caminando por la noche, se alobó.
Un día después de leer ese texto fui a ver a mi padre. Le pregunté, mientras tomábamos un café junto a su mesa camilla, si conocía la palabra alobarse. No la conocía pero me contó una historia. Traigo aquí el texto de Cela y la historia de mi padre.
Y los traigo hoy, en vísperas de mi cumpleaños, ya sesenta.
(Parece mentira.)

                              
                 
                                                    El texto de Cela
                                                   
“El caminante, ni ve ni escucha al lobo. El caminante va silbando, va tranquilo, por el senderillo. A lo mejor, el caminante piensa en el fuego de su cocina, que arde entre dos piedras y no se apaga en toda la noche. Se está a gusto sentado en el escabel, al lado del fuego de la cocina, ya mortecino pero aún calentador, descabezando el último sueñecico de la madrugada, con el gato al lado y un cuenco de leche tibia esperando. La noche está algo dura, pero el caminante, la boina calada, las manos en los bolsillos, la bufanda de tres vueltas guardándole el aliento, se defiende pisando, bien pisado, el suelo. El caminante, ¿qué le ha sucedido?, de repente tiene miedo. El caminante ni ve ni escucha al lobo. El caminante nota que un tiritón le corre por el espaldar. El caminante alerta la vista y aguza el oído. No; el caminante ni ve ni escucha al lobo. Al caminante la frente le suda frío, las carnes le tiemblan, el cabello se le eriza, el corazón parece como desbocársele. Al caminante le golpea la sangre en las sienes. El caminante se vuelve y allí está el lobo, con los ojos como carbunclos, la boca abierta enseñando el colmillo poderoso, la lengua fuera, el pecho fuerte, el espinazo hirsuto. El caminante se alobó.
 -Un servidor piensa que es como para desorientarse, ¿verdad usted?, y el que se desorienta…, ¡malo!
Para el vagabundo, y para las gentes de Ávila de quienes lo aprendió, esto de alobarse es como una inmediata adivinación del lobo, algo así como saber al lobo con el alma antes de que con los sentidos. Al alobado, le suele avisar el canguelo; en este entendimiento lo decía el pastor muchacho del camino de Bohoyo.
 -Pero con un buen mastín! Por aquí no hay buenos mastines, criar un mastín vale un riñón… Eso es para ricos…
El lobo ataca sin avisar a las mujeres y a los niños, se conoce que prefiere ir más sobre seguro. A los hombres los aloba, antes. Alobarse también puede ser encogérsele a uno el ombligo ante el lobo, como al pajarito ante la serpiente. El caminante ve al lobo, que está sentado sobre los cuartos de atrás, tan flamenco. El caminante que tiene ya muchas noches de lobos en la memoria, sabe que su papel es no dar la espalda.
-¡To, lobo! ¡To, lobito, lobo! ¡To lobo!
El lobo lo deja pasar sin tocarle. El caminante confía en que la palabra lo escude. A nadie se le ocurre pegarle un palo al lobo, de buenas a primeras.
-¡To, lobo! ¡To, lobito, lobo!
El lobo comienza a seguir al caminante por veredas y prados, por desgalgaderos y relejes y trochas. No caen cerca ni el poblado ni el pinar, y el lobo, que es un buen táctico del monte y de la nava, jamás ataca a destiempo. El caminante no vuelve la cabeza. El caminante habla procurando templar la voz.
-¡To, lobo! ¡To, lobito!
El lobo da una corta carrera - ¡ay, el trote lobero estremecedor! – y pasa pegado al caminante; tan pegado que, al pasar, le pega con el rabo, suave, suave, en las piernas. El caminante fuerza por mantener la voluntad.
-¡To, lobo, to…!
El lobo lo espera, veinte pasos más adelante, para repetir la maniobra, dos, tres, cinco veces, las que haga falta; todo es cuestión de paciencia. El caminante sabe que si aguanta hasta las primeras luces del alba, está salvado; el lobo huye con el día.
-¡To, lobo…!
El caminante, a la segunda, a la tercera, a la quinta vez, ¿qué más da, si todo es cuestión de paciencia?, siente flaquear las piernas, ve turbia la estrella que veía clara, nota un tembleque en la voz. El caminante quema su último fervor, ya desesperado.
-¡To…!
El lobo vuelve a la carga, gruñendo raramente, extrañamente, regocijadamente.
-¡Ah!
El caminante, con su postrer aliento, se derrumba. El caminante se alobó. El lobo se echa sobre el caminante y lo mata de un bocado en el cuello. Es muy rápido el lobo, muy limpio para matar. El caminante, que sufrió con el alma mientras aún de pie y caminando, agonizaba, casi ni nota dolor en el cuerpo, en el instante de morir.
-¿Y si se sube a un árbol?
- No le da tiempo; si prueba a subirse a un árbol, como si intenta guarecerse en las casas o en el pinar, el lobo le presenta batalla.
El chucho Morito, con las orejas enhiestas, no perdía detalle.
Si viene de hambre o en compañía, el lobo también va a la guerra con derechura y sin mayor cuidado ni preparación. A Morito, como de San Roque, se le fue el hilo por distraerse persiguiendo a la pintada mariposa.
Los animales no se aloban, sólo se aloba el hombre. La oveja se entrega; se le vidrian los ojos, se le engrasa el hocico y se entrega. La cabra huye monte arriba, a las peñas a las que no llega el lobo. Las vacas forman un redondel, culo con culo y reciben al lobo a cornadas. Las yeguas también pintan la rueda, cara con cara, y saludan la lobo a coces. Las vacas y las yeguas guardan, con sus cuerpos y en medio del aro, al ternero y al potrillo. El lobo brinca para morder a las vacas en la ubre y a las yeguas detrás de la oreja, donde nace la crin. El perro, pelea.”


                                          
                                          La historia de mi padre

Como decía antes, le pregunté a mi padre, recién releído el texto de Cela, si se usaba en el pueblo la palabra alobarse y me dijo que él no la había oído. Y luego me contó una historia.

"En mis tiempos sí había bastantes lobos cerca del pueblo. Había muchas vacas y ovejas y cabras, entonces abundaban, no como ahora.
Un día de junio las vacas nuestras, con los chotos y los terneros, se presentaron en el pueblo. Se habían escapado del Llano Mayor, junto a la sierra. Al ojear el camino, vimos que a uno de los chotos lo habían matado los lobos en la cerca Marigonzal, cuando venían al pueblo por la mañana. Se conoce que los lobos estuvieron rondándolas y por eso se escaparon.

Esa noche las vacas durmieron en el pueblo, pero a la mañana siguiente las llevamos de nuevo al Llano Mayor. Cuando fuimos a asomarnos al otro día, las vacas no estaban en el prado. Se habían escapado pero ya no volvieron al pueblo; se fueron por el cordel a Extremadura, a la dehesa donde habían estado el invierno anterior. Las pudimos pillar con los caballos ya cerca de Plasencia..."

sábado, 11 de febrero de 2012

A propósito de la sentencia que condena al juez Garzón

 
 

Hace medio mes traíamos aquí un artículo cuyo final decía así:

"Parecería desde la lógica jurídica, y desde la presunción de rectitud que cabe atribuir al juez en el ejercicio de su función, que Garzón actuó para prevenir un posible delito, como era su deber. Lo hizo a petición de la Policía Judicial y de la Fiscalía Anticorrupción, de manera motivada y amparándose en la ley. Puede admitirse que el defensor de uno de los imputados y los cabecillas de la trama atribuyan a Garzón la intención de desbaratar "sus estrategias de defensa". Pero el Tribunal Supremo no puede optar, entre las hipótesis posibles para explicar la conducta del juez, por la menos fundada y más arbitraria, ilógica o absurda, dándoles además alas en su pretensión de plantear, llegado el momento, la nulidad del proceso y dejar impunes sus actos.
Si Garzón aplicó incorrectamente la ley -no más que el juez Pedreira, su sucesor en la instrucción del caso Gürtel, que prorrogó las escuchas, o el juez del Tribunal Superior de Madrid que las consideró ajustadas a derecho-, ese error ha sido subsanado. El derecho de los afectados a un proceso justo está garantizado. ¿Tendría el Supremo que ampararles también en su empeño de inhabilitar a Garzón como juez?"

http://roblesamarillos.blogspot.com/2012/01/justicia-al-reves_18.html#more
Bueno, pues sí, el juez Garzón ha sido condenado.
La sentencia mediante la que el Tribunal Supremo ha condenado al juez Garzón hace referencia al artículo 51.2 de la ley General Penitenciaria, aprobada el 26 de septiembre de 1979. Dicho artículo y apartado reza así:
Artículo 51.
2. Las comunicaciones de los internos con el abogado defensor o con el abogado expresamente llamado en relación con asuntos penales y con los procuradores que lo representen, se celebrarán en departamentos apropiados y no podrán ser suspendidas o intervenidas salvo por orden de la autoridad judicial y en los supuestos de terrorismo.

El apartado 5 dice:
5. Las comunicaciones orales y escritas previstas en este artículo podrán ser suspendidas o intervenidas motivadamente por el director del establecimiento, dando cuenta a la autoridad judicial competente.

Varias reflexiones y un posicionamiento de Aranzadi.es



Lo que debe dilucidarse es si, a tenor de lo preceptuado en el art. 51.2 LOGP, las comunicaciones de los internos con sus abogados pueden intervenirse, en todo caso, por orden de la autoridad judicial o si, por el contrario, esta autoridad sólo puede acordar la intervención en casos de terrorismo. Sobre la cuestión debemos tener en cuenta las siguientes consideraciones:

a) Es evidente que el secreto profesional debe amparar las relaciones del abogado con su cliente y debe ser entendido en sentido amplio, puesto que subyacen en él y le sirven de fundamento el derecho de defensa y el derecho a la intimidad, consagrados, respectivamente en los arts. 24.2 y 18 CE (RCL 1978, 2836). Ahora bien, también hay otros bienes jurídicos e intereses dignos de protección con los que el secreto profesional y, por ende, el derecho a la defensa y a la intimidad personal pueden entrar en conflicto, como, por ejemplo, el interés colectivo de la justicia o, si se quiere, la Administración de Justicia.

b) Ante determinados conflictos de derechos o bienes jurídicos, el ordenamiento jurídico, en ocasiones, se decanta por unos u otros. Así, el art. 51.2 LOGP, por así decirlo, sacrifica el secreto profesional a favor del interés social que existe en la investigación de hechos delictivos. Pero, una vez salvadas las primeras interpretaciones del precepto, para las que la autoridad administrativa penitenciaria, en casos de terrorismo, podía proceder a la suspensión o intervención de las comunicaciones interno-abogado defensor( 51.5), se quiere que la ponderación de los intereses en conflicto y la decisión sobre el que debe ser preponderante en el caso concreto, la haga quien puede hacerlo en un Estado de Derecho, es decir, la autoridad judicial.

d) De mantener la interpretación consistente en entender que el art. 51.2 LOGP sólo admite la intervención de comunicaciones de los internos con sus abogados en supuestos de terrorismo y por orden de la autoridad judicial, ésta se vería impedida de adoptar esa medida en supuestos muy graves de criminalidad violenta y organizada que no tengan que ver con el fenómeno terrorista.

e) El análisis del tránsito parlamentario del art. 51.2 LOGP demuestra que el legislador de 1979 lo que quería es que la suspensión e intervención de las comunicaciones de los internos con sus abogados defensores fuese ordenada por la autoridad judicial, y también que en los supuestos de terrorismo pudiese hacerlo la autoridad administrativa penitenciaria.

Si tenemos en cuenta el año de aprobación de la LOGP –fue la primera ley orgánica aprobada en desarrollo de la Constitución–, cuando aún no había transcurrido un año de la entrada en vigor de ésta, no debe extrañarnos que después, años más tarde, por vía exegética y cuando ya se había matizado suficiente y convenientemente, en especial a través de la doctrina emanada del TC, el alcance que debía darse a los derechos fundamentales por aquélla consagrados, se concluyese que sólo mediante orden de la autoridad judicial las comunicaciones de los internos con sus abogados podrían ser suspendidas o intervenidas.

Esa evidente discordancia entre la prístina voluntad del legislador y lo que después se entendió como más respetuoso con los derechos fundamentales trajo como consecuencia que, forzando la interpretación de la norma, lo que originariamente se construyó como dos supuestos alternativos se tomase después como dos requisitos acumulativos. Estamos convencidos de que si la LOGP se hubiese aprobado años más tarde, cuando ya se hubiese producido cierta maduración en la interpretación y alcance de los derechos fundamentales proclamados en la Constitución, sólo se habría hecho referencia a que las comunicaciones de los internos con sus abogados podrían ser suspendidas o intervenidas por orden de la autoridad judicial, sin mención alguna a los casos de terrorismo.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto, nuestra opinión es favorable a entender que la autoridad judicial pueda acordar, no sólo en los supuestos de terrorismo, la suspensión e intervención de las comunicaciones entre el interno y su abogado. Sin perjuicio de lo indicado, dada la evidente gravedad de la medida, el órgano jurisdiccional competente debe ponderar adecuadamente los bienes jurídicos e intereses en conflicto, debiendo limitarse a aquellos supuestos en los que existan evidencias, suficientemente contrastadas, de que el contenido de las conversaciones va a tener una relevancia tal en interés de la justicia que justifica la limitación del secreto profesional y, por ende, de los derechos que le sirven de soporte.





viernes, 3 de febrero de 2012

"Tres años", en el teatro Guindalera




Ayer estuve en el teatro Guindalera, viendo Tres años, una versión libre sobre el texto de Chejov. Fue un placer, como siempre que voy a estos pequeños teatros, donde treinta personas tenemos el privilegio de ver un teatro de cámara, con los actores ahí al lado, notando su respiración. Salí contento, y al regresar a casa, con un frío del demonio, iba andando y la obra la llevaba prendida en la cabeza. Me gustó mucho y me pareció extraordinaria la entrega de quienes llevan el teatro Guindalera adelante. Se lo merecen todo.






domingo, 22 de enero de 2012

Toda la vida nacional en sordina, por Javier Marías



Me ha gustado el artículo de Javier Marías de hoy, domingo en El País. Sobre todo me ha parecido acertado su comienzo. Creo que describe muy bien la situación en la que nos encontramos. traigo aquí ese principio, y el enlace, para los que quieran seguir leyendo.


"Cuando escribo esto, hace casi dos meses que se celebraron las elecciones generales con el aplastante triunfo del PP, y desde entonces tengo la extraña sensación de que toda la vida nacional estuviera en sordina, como si sobre ella se hubiera extendido uno de esos mantos de nieve que llevan a la gente a mirar caer embobada los sigilosos copos, resguardada tras las ventanas y miradores, con un respetuoso o pasmado silencio. El griterío permanente de los últimos años ha cesado como por ensalmo, lo cual es prueba irrefutable de que la vociferación viene casi siempre de la derecha, cuando no está en el poder. Así fue en la época de la crispación, entre 1993 y 1996: en la primera de esas fechas el PP creyó que se alzaría con la victoria, y, como no fue así, sus portavoces y conspiradores se pasaron tres años maldiciendo y calumniando a diario. Así fue también tras la victoria del PSOE en 2004: toda la legislatura fue un incesante escándalo, se puso en cuestión la legitimidad del Gobierno un día tras otro y se lo acusó de las más rocambolescas maniobras imaginables en relación con los atentados del 11-M. Supongo que será prioridad del nuevo director de la Policía, Cosidó, reabrir aquella investigación, ya que se contó entre los que no creían que la matanza hubiera sido obra exclusiva de terroristas islamistas. Espero con impaciencia el resultado de sus pesquisas, desde el cargo de máxima responsabilidad que ahora ocupa.
Sí, todo se amortigua cuando gana el PP. Los que pierden frente a ellos tienen mejor perder, es innegable. Pero también ha contribuido al silencio -al manto de nieve- la magnitud de la derrota socialista y el consiguiente aturdimiento de ese partido. Que se encuentra como un púgil noqueado, lo demuestra que muchos de sus responsables estén considerando ponerlo en manos de alguien tan engreído y vacuo como Chacón -cuya mayor capacidad de expresión son sus pucheros-, para así convertirlo en una fuerza residual, sin la menor posibilidad de volver a gobernar. Y la mayoría absolutísima del PP -también en las autonomías y ayuntamientos- ha dado lugar a una especie de fatalismo entre la población, y de parálisis en consecuencia: harán lo que quieran, nadie les podrá coartar ni discutir ni poner condiciones a cambio de apoyo, porque esta vez no precisan de ningún apoyo, se bastan y se sobran con sus escaños, no han de tener en cuenta a nadie. Quizá por eso no se rechista ni se les reprocha apenas que hayan subido los impuestos a toda velocidad -más a las clases medias que a las grandes fortunas- tras jurar que eso nunca lo harían, sino si acaso bajarlos; ni que hayan congelado el salario mínimo, y el de los funcionarios, y hayan reducido las pensiones (incrementarlas un 1% es reducirlas, dado el aumento superior del coste de la vida o IPC); ni que ya no prometan la creación masiva de empleo, ni que no digan palabra sobre la situación de una de sus Comunidades emblemáticas, la Valenciana, que amenaza precipitada ruina tras lustros de control del PP y fastos ridículos y corrupción endémica y destrucción del litoral..."

sábado, 21 de enero de 2012

Brillan monedas oxidadas, de J. Eduaro Zúñiga



Brillan monedas oxidadas…. Así avanza la lectura de  esta antología de relatos se revela lo acertado del título. En las entrevistas de presentación, Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929) advertía que esas monedas oxidadas son los recuerdos arrumbados a los que una determinada luz devuelve su brillo, pero también son el tono lírico, la particular cadencia de las frases del autor y el estilo de pensamiento que se nutre en el romanticismo y en la gran literatura rusa. Ingredientes al margen de las últimas modas literarias pero de ninguna manera trasnochados. Monedas fuera de la circulación, como el Romanticismo, predilección de Zúñiga, que documenta en Desde los bosques nevados, una colección de ensayos literarios, líricos y perspicaces, centrados en los grandes autores rusos. También parecen démodées estas tramas ambientadas en la guerra civil española, o en la España perseguidora de moriscos, en Interminable noche de los miedos, en el París de los años veinte –París, última decisión–, en el Madrid de los años 30, –No llegará el sobrino de Praga–, donde se evoca la figura de Kafka,  o en un tiempo de capas, canónigos, puñales y rondas de noche –Conjuro de marzo–, etc. Pero el romanticismo y el análisis de las psicologías de los personajes, nobles o del pueblo llano, ilustres o analfabetos, en sus obsesiones, en lo irracional de sus actitudes, le sirven a Zúñiga para mostrar la densidad de los sentimientos y transmitirnos el apetito de grandeza y de rebeldía que encierra el corazón del hombre. Su universo literario es simbólico, no realista, siquiera cuando el episodio transcurre en el Madrid moderno, como en las estupendas Jazz sesión y Has de cruzar la ciudad.
Lo fantástico, lo irracional, la sensualidad exaltada, como manifestaciones de una percepción más honda y rica que la que revelaría la expresión racional, son constantes en el dibujo de sus personajes y en la creación de atmósferas, y por eso al lector le llegan los ecos de los cuentos de Guy de Maupassant o de Flaubert en El campanero de San Sebastián, previsibles por su relación con la obra del ruso Turgueniev. Pero también de los Siete cuentos góticos de Isak Dinesen en El ramo de lilas, con sus forasteros misteriosos que liberan el alma cautiva de un hombre ahogado en su matrimonio, en Agonía bajo el manto de oro y, más revelador, en el primer relato, El festín y la lluvia. Aquí, un grupo de elegantes desconocidos esperan a cubierto que amaine el aguacero que amenaza con inundar la ciudad, distraen su inquietud interesándose por el relato de una boda de alto copete hasta que una joven manifiesta el deseo de ser abrazada por un hombre joven “y reírme y no sentir miedo”, frases que todos censuran menos una mujer que “sonríe como una ciega que intuyese el mundo de la luz”. Un desafiante afán de plenitud sensual como correlato de libertad, de trascendencia individual, vertebra la obra de Zúñiga que sabe detectar en nuestro presente de bares musicales y veladas al abrigo de la televisión “un vacío de ilusiones”. Urbanitas como nosotros “presienten la seducción de la aventura”, pero confunden su apetencia de audacia e “impunidad nocturna” con hambre y entonces “piden por teléfono una pizza” (…) con “voces apremiantes, porque no pueden soportar el apetito incontenible de darse a la noche”. Para contentar estas ansias, jóvenes mensajeros recorren la ciudad en moto portando pizzas, como Carmela, la protagonista de Has de cruzar la ciudad, una emblemática figura de nuestro autor. La muchacha inexperta, deseable, se adentra en el Madrid nocturno cuyas calles se ofrecen como un laberinto listo quizá para devorarla. Como en su novela de 1999, la extraordinaria Flores de plomo, donde narra las repercusiones del suicidio de Larra en la vida de varios personajes, como en Ruinas, el trayecto. Guerda Taro, uno de los mejores relatos de Capital de la gloria (2003), ambientados en la guerra civil española,  Carmela circula ateniéndose al itinerario prefijado y las calles son un teatro barroco donde pululan chaperos, putas, gente de fiesta, drogadictos, viejos colegas o alegres estudiantes, todos incitaciones descarnadas del deseo. En Flores de plomo, la caprichosa amante de Larra recorre las calles de Madrid en noche de carnaval, para recuperar sus cartas de amor y su recorrido simboliza desandar el camino de la pasión. Un Madrid de disfraces y desmesura aquí y un Madrid en ruinas con sus calles levantadas por las bombas en Capital de la gloria, es siempre el escenario delirante de una fuga. Por una vez, Zúñiga deja a un personaje suyo descubrir un bocado de auténtica libertad cuando convierte a Carmela a la vez en una lady Godiva y en una Victoria de Samotracia que a lomos de su moto se adueña de la ciudad “rebosante de todo lo que alienta alegría, placer y juventud”.
©María José Furió
Publicado en Culturas-La Vanguardia, marzo 2011
Brillan monedas oxidadas, Galaxia Gutenberg 2010

lunes, 9 de enero de 2012

Mirando al sur, de Antonio Muñoz Molina

Hace un año animaba a entrar en la página de Antonio Muñoz Molina, por el interés de los textos y las participaciones que en ella se pueden encontrar. Hoy confirmo la calidad de los escritos que aloja. Y para muestra, la entrada de hoy mismo. Un lujo y una suerte tener la posibilidad de leer a Antonio a diario.

Mirando al sur

Fin de semana en el Puerto de Santa María, visitando a la familia. Siempre, desde el primer viaje que hice a Sanlúcar cuando tenía poco más de veinte años, me tiró mucho esta Andalucía Baja, tan horizontal y luminosa, tan distinta de la mía nativa, la interior y adusta, la de Jaén y Granada. Días breves sin conexión a internet, comidas caseras, tapas en barras memorables, caminatas al sol y con un viento marítimo, noches de sueño de una profundidad espeleológica, favorecida por ese sosiego de encontrarse al nivel del mar y sin nada que hacer. A mediodía, en la barra del bar Vicente-Los Pepes, junto al mercado de abastos, una caña y una tapa de albóndigas de choco son la felicidad del paladar. A este bar le tenemos todavía más cariño porque era el favorito de mi padre, y porque el dueño, Vicente, se acuerda con emoción de él cada vez que nos ve.
En el Puerto hay una arquitectura magnífica, entre señorial y popular, de palacios de comerciantes del siglo XVIII, con las fachadas desconchadas por la humedad, con dinteles neoclásicos, con patios de columnas, con esos torreones sobre los tejados que se llaman vigías de naviero, que permitían ver de lejos los barcos que se acercaban por la Bahía. Donde hay comercio hay bulla y hay pluralismo. Quizás la bahía de Cádiz es uno de los pocos lugares de España donde se puede ver la gran perspectiva ultramarina que tuvo el país. Yo no he estado nunca en la Habana, pero hay soportales umbríos del Puerto o de Cádiz que me dan una intuición caribeña, tan fuerte como la sensación de reconocimiento que tuve al encontrarme en Cartagena de Indias. Tuvo que ser por aquí por donde entraban las ideas liberales y donde se fraguaban los cantes de ida y vuelta en los que fue maestro Pepe de la Matrona: Cádiz, Cartagena de Indias, la Habana, Nueva Orleans. De Cádiz es la insigne cantaora Mariana Cornejo, a la que le he escuchado una de las estrofas más sintéticas que conozco:
La Mejorana,
en el barrio la Viña
cómo cantaba.
Las palmeras enfermas y desmochadas que antes daban un horizonte de trópico a los paseos por la orilla del Guadalete ahora parecen esas rudas columnas que siguen manteniéndose en pie entre la ruinas milenarias de un templo.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Cesaria Évora para siempre

Acabo  de enterarme de que Cesaria Évora ha muerto. Y he sentido como una punzada de sorpresa y de tristeza. Enseguida me he acordado de cuando en noviembre de 1994 supe de ella por primera vez al oírla cantar en el coche de Mariví, yendo de Covarrubias a Silos. Me gustó tanto que he seguido todos sus discos y he ido a algunos de sus conciertos en Madrid. Me gusta su forma de cantar, su voz, su presencia en el escenario y su manera de estar en la vida. 

Hace dos años fui a verla en el programa de los veranos de la Villa de Madrid, en la Casa de Campo, y escribí una pequeña crónica, que traigo aquí como recuerdo de esta gran cantante. 

"Ayer, en la Casa de Campo, estuvimos viendo y oyendo a Cesaria Évora y su grupo, en un recital limpio, profesional, muy conjuntado y en el que todos los músicos mimaban siempre la voz de la cantante caboverdiana.

Desde 1994 vengo siguiéndola, y tengo que decir que cada día me parece mejor cantante. Y además quiere a su público, sabe darle sus canciones y sigue cantando descalza, como cuando cantaba en el puerto de San Vicente en su Cabo Verde. Hace una paradita para fumar, mientras sus músicos rozan la perfección.

En los bises nos levantó y nos hizo bailar a todos. Me gustó verla, saber que sigue cantando, lo de antes, mornas, y lo nuevo, donde va dando cabida al saxo, al violín y al clarinete.

¡Qué versión de "Angola, Angola"! Era la perfección: voces, cavaquiño, guitarra, piano, batería, percusión, clarinete, violín, bajo...Todo era un ensamblaje que rozaba lo sublime.

¡Viva África!

¡Viva Cabo Verde!

¡Viva Cesaria Évora!








sábado, 3 de diciembre de 2011

Maratón en Donosti





Como siempre por estas fechas Javier, mi hermano, me acaba de enviar su crónica sobre el maratón donostiarra. Enhorabuena una vez más, Javi.

El paso de la oca

No fue mala la idea de Pipilutxi de hacernos la foto de familia fuera de la pizzería, justo ante el escaparate de Euronovias, porque, visto el panorama general, el riesgo de este maratón estribaba en quedarse compuesto y sin euro, quiero decir, sin medalla ni camiseta, a tal punto hemos llegado. De este modo, la cita histórica quedó registrada ante la maniquí de blanco y ante la de negro (cada quien con su prima, sin demasiado riesgo), para celebrar (im)previsibles triunfos y fracasos seguros en carrera.
 Lo cierto es que esta vez la preparación se me había quedado algo corta de kilómetros; entre los problemas laborales y el frustrado paso por quirófano a finales de agosto, me presentaba sin haber hecho los deberes como a uno le gusta hacerlos, de manera que decidí salir reservón y esperar a ver lo que la mañana iba dando de sí. Al primer paso por Anoeta, me encuentro con Luis y David, que van con la euforia de la primera vez y por lo tanto con ganas de verlo todo y compartir impresiones. Como a uno no le molesta hacer de guía y cicerone durante esta fase relajada de la carrera, acompaso mi ritmo al de ellos y viajamos juntos hasta el 27, clavando kilómetros a 4.50, que es lo previsto.
 El doble paso por Gros, una novedad en el recorrido, me descubre una nueva cara de la ciudad, otro aliciente en esta mañana fresquita y con viento en calma, ideal para correr, así que casi sin advertirlo pasamos la Concha y enfilamos la bajada por Tolosa hasta la universidad. De vuelta, Gloria y Daniel esperan con algo de alimento para ir cerrando la primera vuelta, ese punto de carrera que siempre se me ha atascado en Donosti. Pasamos la media según lo previsto, y ya de paso decido romper el maleficio: avivo un poco el ritmo en cuanto cruzamos el estadio.
 Al contrario que otras veces, apenas tengo molestias bajando por Urbieta, lo que interpreto como un síntoma de que las cosas no van a salir del todo mal. En el cruce con Libertad, espera de nuevo la familia. Hay mucha gente en esa esquina, así que levanto la vista y les busco sin reparar en que uno debe ir mirando el suelo por donde pisa. Total, le pego una patada a un cono, que sale disparado hacia la acera. Lo primero que pienso es que se me ha chafado el pie y que voy a darme de bruces con el asfalto, pero esta vez la prima de riesgo está de mi parte, y todo queda en susto. En ese momento, ya sé que la carrera es mía, aunque falte casi un tercio del recorrido para llegar a meta.
 El nuevo paso por la playa me trae a la memoria el maratón del año pasado, apenas con un grado de temperatura, las manos heladas y el cielo plomizo. Hoy, sin embargo, el sol templa la isla de Santa Cristina, última morada de suicidas y otros pecadores de antaño. A ellos me encomiendo para sobrellevar los males que siempre acechan una vez traspasada la maléfica frontera del km30, una lotería que hasta ahora nunca me ha tocado, aunque todo el mundo sabe que antes o después te premiará con el gordo. ¿Y si fuera hoy?



 



Entramos en la zona definitiva de carrera: son siete kilómetros de soledad en los que el corredor se enfrenta a todos sus fantasmas en forma de calambres, náuseas, contracturas, mareos varios, inseguridades y zozobra general. Como además no hay apenas público, no queda más remedio que ir lamiéndose cada quien sus propias heridas en silencio, apenas con la ayuda de la euforia musical de AC-DC, un clásico de esta carrera en los dos kilómetros  más desoladores.

 Como ya me sé el cuento, echo mano de una de las imágenes que he ido guardando a lo largo de estas semanas de preparación. Ocurrió en el parque de Polvoranca el viernes cuatro de noviembre en mitad de una de esas sesiones largas de entrenamiento que tango gustan al maratoniano porque ofrecen la oportunidad de ir desconectando de todas las preocupaciones cotidianas y le dejan a uno con la cabeza despejada. Pues iba yo ese viernes así como a las tres y cuarto de la tarde pensando en las musarañas mientras bordeaba el lago, y mire usted por dónde se me cruza en el camino una procesión de ochenta o cien ocas transitando desde el cristalino lago hasta la fresca pradera verde. Sin inmutarse, ya digo, las ochentaitantas señoriales ocas no me dejan más alternativa que atropellarlas o pararme para verlas  pasar, impávidas ellas y atónito yo  mismo ante el insólito espectáculo a una hora del viernes en la que la gente normal sufre un atasco de tráfico, pega una cabezadita o recoge los trastos para cerrar la semana laboral. Y allí me tienes, clavado delante de todas aquellas elegantes damas de blanco, solicitando educadamente su permiso para continuar la marcha, si bien ninguna de ellas se daba por aludida, y todas proseguían su imperial desfile entre el lago y el césped, sin inmutarse por la estúpida presencia de un tipejo que a esas horas tendría que haber estado en un atasco, en su sillón o en la oficina.




sábado, 26 de noviembre de 2011

Georges Harrison: Volviendo la vista atrás...


Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino
sino estelas en la mar.
Antonio Machado





Hace unos días fuimos a ver la película que Martin Scorsese ha hecho sobre Georges Harrison. Me gustó mucho verla, y más aún constatar lo buen músico que era Harrison. Traigo dos éxitos suyos: uno, Something, de su época de los Beatles, y otro de su carrera en solitario, My sweet Lord.