lunes, 21 de enero de 2019
sábado, 19 de enero de 2019
El arte del mazapán

En el número 13 de Forja, publicado en el otoño de 2006, Germán Pinto, bajo el seudónimo de El buen amigo, nos deleitó con un artículo lleno de delicadeza y ternura titulado El mazapán. Han pasado ya doce años y nada se puede añadir a esa pieza perfecta y primorosa que escribió Germán. Si acaso, recomendaros de nuevo su lectura, ahora que estamos en días de Nochebuena (1), y contaros brevemente mi reciente visita a esos espacios artesanos, donde se hace el mazapán, con el fin de preparar la grabación de unos vídeos (2).
He esperado a que llegasen los primeros fríos de diciembre para acercarme a los dos obradores de mazapán del pueblo. Nada más entrar, primero en Mazapanes Valdepusa y luego en Luis Menor, siento algo más que calor y olor del bueno. Amables y sonrientes, me reciben todos los que en uno y otro obrador trabajan, mujeres y hombres que siguen con sus tareas mientras me dispongo a grabar lo imposible, la creación artesanal de un producto genuino y popular: el mazapán.
Es un festín de imágenes lo que va seleccionando abruptamente mi cámara
pero, tras ella, yo refreno sus pasos tratan-do de darle al reportaje un aire
de armonía y de sinceridad: reci-pientes llenos de almendra y azú-car, ágiles y
expertas manos que modelan figuritas a una velocidad de vértigo, un horno de
leña cuya boca de fuego espera paciente la experta mano que saca las bandejas
de la cueva silenciosa y roja, la brocha diestra que pinta con esmero la
superficie de cada pajarita, las torres de bandejas en las que se enfrían
centenares de piezas de todos los estilos, las fotografías antiguas y las de
ilustres clientes que ilustran los mostradores, las caras satisfechas por el
trabajo bien hecho y la sonrisa dichosa de saber que se está elaborando algo
que hará feliz a quien lo compre, a quien lo regale y a quien lo paladee.
En Luis Menor y en Mazapanes Valdepusa siempre
huele a Nochebuena y siempre se oye el murmullo de rumorosas conversaciones que
acompañan el trabajo artesanal. En estos obradores todo es limpio, todo es
blanco, las batas, los gorros, las paredes, las luces, y todo se hace a mano.
Sus dueños me explican muchas cosas y, en la despedida, me dan a probar una
pajarita. Mientras mastico la dulce masa, cierro los ojos y siento que, de
verdad, estoy en la gloria y, en ese preciso instante, quiero que se detenga el
tiempo para que todo el mundo sepa que el arte del mazapán es el paraíso que
ofrece el pueblo de Los Navalmorales a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad.
Jesús Bermejo
sábado, 12 de enero de 2019
lunes, 24 de diciembre de 2018
Feliz Navidad
Os deseo a todos los que entráis en este blog una feliz Navidad en compañía de vuestros familiares y amigos y un año 2019 lleno de salud, paz y prosperidad.
lunes, 17 de diciembre de 2018
Número 34 de Forja, la revista de Los Navalmorales
Como ya sabéis, en Los Navalmorales hay
una asociación, la Mesa de Trabajo, que edita una revista
llamada Forja. El número 34 ha salido el 14 de diciembre. Si
queréis leerla, pinchad en este enlace:
http://www.losnavalmorales.com/mesa/pdf/Forja34_web.pdf
Entrada al Parque Municipal La Huerta del Convento
Entrada al Parque Municipal La Huerta del Convento
En sus sesenta páginas hay muchos
artículos, pero destaca uno dedicado a la Historia del Convento. Así
comienza dicho artículo:
“En el
anterior número de Forja hablamos de la fundación del Convento de san Joaquín
en Navalmoral de Pusa; en este número comentaremos los hechos más
sobresalientes de la presencia de la Orden de los Capuchinos Menores en la
villa hasta su desamortización.
Desde muy
pronto descubrirían los navalmoraleños el poder que la citada Orden tenía sobre
las instituciones civiles. Un hecho significativo de esa influencia fue la
canalización de agua desde el sitio denominado Retamosa hasta el Convento”.
Aznar, anticonstitucional
Acabo de enviar una carta a la directora de El País, para su posible publicación en los próximos días. La traigo aquí porque estoy harto de pontífices que ponen el país patas arriba cuando no gobiernan. Y que cuando están en el poder bien que muestran sus debilidades y sus arrogancias. No me gustan las personas que se creen imprescindibles para un país. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.
"Estimada
directora:
Últimamente se
le ve muy activo al señor Aznar pontificando como radical inspirador del
tridente Ciudadanos-PP-Vox. Y hasta sentencia qué partidos son
constitucionalistas y cuáles no.
Es el mismo señor
Aznar que se manifestó en 1978 contra la aprobación de la Constitución. El que,
al llegar a la Presidencia del Gobierno, habló catalán en la intimidad, negoció
con el Movimiento de Liberación Nacional Vasco, nos embarcó en la guerra de
Irak y declaró edificable todo el territorio nacional. El que presidió unos Gobiernos
muchos de cuyos ministros han sido condenados por corrupción.
El señor Aznar
pertenece a esa derecha que patrimonializa el Gobierno y que intenta poner el país
patas arriba cuando son otros los que gobiernan, aunque así lo hayan decidido
la mayoría de los diputados, tal y como se contempla la Constitución, esa que
atacó en 1978.
Atentamente,
Jesús Bermejo"
domingo, 16 de diciembre de 2018
Los Navalmorales, tu otro pueblo
Si Aravalle es para ti el principio, el mundo en pequeño, Los Navalmorales es tu
otro pueblo, una referencia de tu segunda edad. Es un pueblo castellano de unos
tres mil habitantes, con diversos comercios e industrias y una riqueza que a ti
te parece extraordinaria: sus olivares. Los Navalmorales, un pueblo al que te
unen muchos afectos: la amistad dulce y duradera, el amor de la edad madura,
unas gentes que te recibieron bien, una naturaleza rojiza y verde y unos
árboles que van tejiendo tu amistad año tras año: olivas y almendros,
membrillos y albaricoques, naranjos y limoneros, higueras, cerezos, encinas,
madroños...
Dos imágenes te vienen a la cabeza para representar este pueblo:
una, sus olivas, así, en femenino, como la gente de la tierra llama a los
olivos. Rugosas, de tronco mineral y retorcido, de verde y plata presencia
centenaria, dan un aceite de calidad superior, obtenido después de generaciones
y generaciones de esmerado cultivo. Olivas, verdes olivas, alineadas en las
tierras, trepando por las laderas y dispuestas cada invierno al vareo y la
almazara. La otra imagen es la de su torre, esbelto y espigado edificio que,
con su gracia aérea, parece cobijar y apacentar el caserío de teja y los
sombreados patios y plazuelas. La has visto desde todos los sitios: desde la
sierra del Santo y desde el cerro Gorra; surgiendo de repente al doblar una
esquina o paseando por las calles de Tierra Toledo; apareciendo por sorpresa al
venir por el camino de Santa Ana o destacando majestuosa al llegar de Los
Navalucillos. Te has acercado a ella y has admirado su verticalidad y su
elegancia, la geometría y el dinamismo de su vuelo. Es la buena moza, el
edificio más noble de la villa.
Hay días del otoño en los que, de buena mañana, paseas sin prisas
por el pueblo y te fijas en las viejas y en las nuevas construcciones. Vas así
dándote cuenta del grado de conservación de la vivienda tradicional. Contemplas casas de uno o dos pisos, con muros de piedra y
tapiales anchos, densos y maternales, y puertas y ventanas distribuidas con
armonía y gran belleza rítmica, sólo afeada por cables de todo tipo que las
asedian sin pudor. Casas que son señales de una forma de concebir la
existencia, con portales, alcobas y cocinas en la planta baja, cerca del patio,
alrededor del cual gira la vida doméstica. Miras con parsimonia las puertas de
madera, ese don de la naturaleza que, de forma implacable, va siendo sustituido
por el hierro o el aluminio.
Las ves en casas humildes y nobles, en herrenes y
corrales. Y te emocionas ante algunas que, de puro viejas, pareciera que fueran
a venirse abajo pero resisten gracias a la nobleza de su factura y a las manos
de sus dueños. Sin prisas, te paras ante esas ventanas, unas sencillas, otras
primorosamente enrejadas, que agilizan las paredes y abren huecos sabiamente
orientados. Te encaramas a los lugares más insospechados y contemplas esos
tejados que perfilan perspectivas desconocidas y conservan las tejas viejas,
esas tejas que preservan del calor y cobijan del frío mejor que muchos
materiales nuevos.
Subes a la Sierra del Santo y observas el verde de los
patios y el rojo de los tejados. Y la torre, fina y majestuosa, destacando por
su lozanía y por ser referencia obligada para señalar todo.
Al terminar tu paseo, entras en la taberna y bebes un
vino a la salud de los que mantienen las casas tradicionales, las remozan y las
renuevan. Saben que así están disfrutando de la sabiduría de sus antepasados.
Jesús Bermejo
domingo, 9 de diciembre de 2018
El Dozabo
En
1946 Antonio Palomeque publica en Madrid
el libro El Señorío de Valdepusa y la concesión de un privilegio de villazgo al
lugar de Navalmoral de Pusa en 1653, un estudio minucioso de la historia de los
pueblos del Pusa que tendría su continuación en otros trabajos de investigación
dedicados a estas tierras del suroeste toledano. Una buena parte de los datos
que expone el profesor Palomeque en El Señorío de Valdepusa procede del Archivo
municipal de Los Navalmorales, un archivo que, en su opinión, contiene un
respetable número de legajos de particular importancia.
En las
páginas 72 y 73 del citado libro, Antonio Palomeque explica con detalle los pleitos habidos entre el señor y sus
vasallos desde el mismo momento en el que el rey Felipe IV concedió a
Navalmoral de Pusa el privilegio de villazgo. Tales pleitos tuvieron causas muy
variadas pero, con el tiempo, la más importante sería la decisión de no pagar
el Dozabo (la doceava parte) de las cosechas de aceite que exigía el señor a sus
súbditos.
Según las
cartas pueblas del Señorío, los vasallos debían pagar al señor el Dozabo de
todos los cereales y semillas que cosechaban. Con inteligencia y astucia, los
navalmoraleños decidieron ir cambiando poco a poco de cultivo y plantaron olivos
donde antes hubo cereal. De esa forma se ahorrarían el pago de dicho tributo,
pues nada especificaban las cartas pueblas sobre la aceituna ni sobre el
aceite.
En
documentos fechados en 1772 consta que el señor de Valdepusa exigió el pago del
Dozabo de todos los frutos, por razón de señorío. El Concejo de Navalmoral
recurrió al Real Consejo y este dictó un auto favorable a los vasallos. A pesar
de ello seguirían los pleitos hasta 1827, cuando concluye el litigio y acaban
los privilegios del señor al firmarse la Concordia entre el Señorío y los
Ayuntamientos de Navalmoral de Pusa, San Martín y Santa Ana. Diez años después
fueron abolidos los señoríos en toda España. Aunque las Cortes de Cádiz así lo
habían aprobado en 1811, solo fue en 1837 cuando se hizo efectiva dicha
abolición.
Desde que
leí el libro de Antonio Palomeque, no he dejado de ponderarlo siempre que he
tenido ocasión. Pero hoy quiero destacar mi admiración por los navalmoraleños,
que desde la concesión del villazgo se dieron cuenta de cómo, sin salirse de la
ley, podían ahorrarse el pago del Dozabo cambiando la siembra de cereales por
la plantación y el cuidado de olivos, acertando, además, con el cultivo cabal
para estas tierras.
Desaparecieron
el Dozabo y los señoríos, y el aceite pasó a ser el santo y seña de Los
Navalmorales. Y al decir aceite me refiero al ADOVE (Aceite De Oliva Virgen
Extra), no a otros aceites cuyos humos bien merecerían no solo un Dozabo
ecológico sino una nueva demostración de la inteligencia y la astucia de los navalmoraleños.
Jesús Bermejo
viernes, 7 de diciembre de 2018
Fuente de los Seis Caños de Los Navalmorales: Una foto de 1902
En una fotografía de Hermenegildo Fernández, fechada en 1902 y publicada en un periódico de Madrid, del cual tenía un ejemplar Telesforo Navas, aparece la Fuente de los Seis caños. En 1995, su hija Mariví vio dicho periódico y se hizo con una buena fotocopia que conservara la imagen, ya muy deteriorada. En 2001 yo restauré a lápiz dicha copia e hice una segunda versión coloreada.
Se puede observar la Plaza de los Seis caños, con el herradero a
la izquierda, y a continuación varias casas, una de las cuales tiene un reloj,
el primer reloj público en España de 24 horas, tal y como se indica en otra
fotocopia, que aquí tenéis para poder ampliar y leer, si o deseáis. Aunque
con dificultad, se ve la Fuente de los Seis caños, con su pilón y un animal
abrevando.
Desde aquí queremos señalar la importancia de la Fuente, por su antigüedad (siglo XVII) y por su sencillez. Sería muy necesario restaurar este monumento, mantenerlo siempre limpio y ordenar su entorno, impidiendo que se aparque a su vera y procurando que nada, ni los árboles, destaque más que la propia Fuente, .
Proponemos que se planifique en su perímetro un área peatonal, que
se alumbre convenientemente y que sea, de toda la plaza, lo que más destaque.
Sería una manera cabal de obrar: Cuidar más aquello que da nombre a esta plaza
tan emblemática, la Fuente de los Seis caños.
miércoles, 28 de noviembre de 2018
Caminando por Madrid: Desde El Retiro hasta el Paseo de Marcelino Camacho
Entro a
media mañana en El Retiro, caminando a buen paso. Al llegar junto al estanque voy más
despacio mientras contemplo el monumento a Alfonso XII y la línea de árboles
del fondo, cuyas sombras contrastan con la tenue luz que se abre entre las
nubes y se refleja en la superficie de las aguas del estanque. La gente
ralentiza su caminata o su carrera, e incluso algunos se sientan en los bancos,
a pesar del frío húmedo de la mañana. Una melodía de acordeón suena tranquila al
fondo del paseo recordándonos a muchos aquella memorable película sobre
mafiosos titulada El Padrino. La melodía se va apagando cuando paso junto al
músico ambulante, un eslavo bajito y con sombrero que se toma un descanso antes
de iniciar otra conocida canción, La tarara, que empieza a sonar cuando ya voy
llegando al Palacio de Cristal.
Lo que
veo desde esta orilla es una imagen de belleza templada y cabal: nada sobra y nada
falta. No hay chorro de agua, no hay mucha luz, noviembre se está yendo y los
cipreses de agua apenas pueden sujetar ya sus hojas antes de que el primer
vientecillo y unos grados menos se lleven las que les quedan a la superficie
del estanque, que rebosa de hojas en este otoño ya avanzado. No es una imagen
fría, no, es la expresión de una armonía
lograda por la conjunción de artistas y artesanos, de arquitectos, paisajistas
y jardineros trabajando en favor de una estética durable, refinada y elegante,
que no es lujosa ni aplastante sino producto de la fusión del refinamiento culto
y la sabiduría popular.

Junto a
la estatua de Galdós, mientras contemplo la fidelidad de la escultura y recorro
la viveza de las rosas que acompañan tan feliz homenaje a don Benito, pienso
que este se sentirá feliz al ver que los madrileños lo tratan bien. Justo es que
así sea, gratitud pequeña comparada con su imponente tarea dando cuenta
de lo que era entonces Madrid, sus gentes, sus fortunatas y sus miaus.

Avanzo
a buen ritmo y ya diviso, al fondo del paseo de Fernán Núñez, el monumento al
Ángel caído, emplazado en medio de la glorieta del mismo nombre. Ante la
imponente y bella escultura del ángel, que en su esplendor está siendo
condenado por su atrevimiento, me viene a la memoria la singularidad de que sea
Madrid la única ciudad del mundo que cobija un monumento al diablo. Y aunque la
esencia de la estatua es su belleza, pero sobre todo de su
derrota, pienso en como las malas lenguas contaban allá en los noventa la
anécdota de aquel alcalde beatón de apellido frutero que, con el fin de
desagraviar tamaño atrevimiento, accedió a la propuesta de una sociedad
integrista de erigir una imagen de la virgen del Pilar en un barrio cercano, imagen
de un valor estético acorde con la memoria que el pueblo de Madrid tiene de
aquel devoto regidor.
Voy dejando atrás la quietud de El Retiro, saludo a Baroja, centinela que es de la cuesta de Moyano, y me zambullo un rato en los recién abiertos escaparates de las casetas de la Feria permanente de libros de Madrid, bostezantes aún sus libreros y rebosantes sus anaqueles de libros, revistas y grabados de todo tipo. Al ver algunos libros de viejo cuya lectura me acompañó hace ya muchos años, pienso en cuánto de lo que soy estará reunido en estas casetas, y no me imagino mi vida sin esta cosa de la lectura, un vicio que me acompaña desde aquella tarde en que doña Mari, la maestra de parvulitos, me dijo que ya sabía leer bien.

Atravieso
Atocha y subo por el barrio de las Letras, caminando al buen tuntún por sus
animadas calles, entro en un café, desayuno otra vez y camino a buen paso
después hacia la Plaza Mayor. En la plaza de la Provincia decido bajar por una
calle estrecha, santo Tomás, que me lleva a toparme con la Imprenta Municipal,
edificio que me trae a la memoria aquel día, allá por los ochenta, cuando fui
con un grupo de alumnos a visitar aquel lugar para mí desconocido, y al que
después he ido varias veces, siempre a ver exposiciones muy interesantes.
Y,
de repente, zas, en la calle de Concepción Jerónima advierto una placa que
recuerda que en aquella casa vivió Velázquez cuando llegó a Madrid en 1623.
Desde aquí, el insigne pintor recorrió el camino madrileño que le llevó a
Palacio, a sus tareas diversas en la Corte hasta llegar a la cumbre de Las
Meninas. Enredado en esta sorpresa sigo mi camino pensando en aquello que dijeron una vez en
Roma al ver su retrato de Juan Pareja, "a voto de todos los pintores de
todas las naciones [a la vista del cuadro] todo lo demás parecía pintura, pero
este solo verdad".
Como
ya llevo casi tres horas andando y mi objetivo último es llegar a la casa de
mi padre para hacerle una visita, tomo un autobús que me dejará cerca de su
barrio, allá por Carabanchel. Me acomodo en el bus y, a la vez que en el presente, viajo al pasado pues este
recorrido lo hice muchísimas veces en los setenta y en los ochenta, cuando
aquel también era mi barrio. No es el momento ahora de traer aquí mis recuerdos,
pues presente y pasado se juntan y se complementan, de tal forma que voy de
aquí a allá y de allí a acá sin contemplarme ni más viejo ni más joven, pues
uno va siendo de todos los sitios donde ha vivido y, en fin, no solo se
yuxtaponen las vivencias sino que entre ellas se entabla a veces, como ahora, una sutil y, si se está
atento, provechosa conversación.

Me bajo del autobús en la parada del hospital Gómez-Ulla y empiezo a recorrer el paseo que me llevará hasta la calle del General Ricardos, en el tramo que va paralelo a la preciosa verja que permite la contemplación de la finca Vista Alegre. Inicio mi recorrido por el paseo y levanto la vista hasta la placa de la calle: donde hace un año ponía Paseo de Muñoz Grandes ahora dice Paseo de Marcelino Camacho. Justicia poética. Justicia política. Justicia social. En todas las intersecciones aparece la citada placa, novísima, sencilla, clara y directa. Para todos los que abominan de los cambios de los nombres de las calles les diré que parece justo y necesario que donde se homenajeaba al que creó la División Azul, un general de conocidas inclinaciones nazis y franquista de rancio pedigrí, hoy se recuerde la figura del sindicalista valiente, del preso político más conocido, del luchador por las libertades, cuyo lema rezaba: "Ni nos domaron, ni nos doblaron ni nos van a domesticar". Y que, además, vivió muy cerca de este paseo y permaneció muchos años en la cárcel de Carabanchel, el penal de la memoria antifranquista en cuyo solar algún día se recordará a todos los que sufrieron por la defensa de la libertad y la justicia y a sus familiares.
Según me acerco, pienso en sus valientes arengas en las fábricas de los cincuenta, de los sesenta, de los setenta, y en la risotada que soltaría Marcelino, con su vozarrón de abad, si alguien le hubiera anticipado que darían su nombre a este paseo. Y también me imagino su íntima emoción si hubiera llegado a verlo en vida, paseando con Josefina por esta calle como un jubilado viejecito más. Pero han tenido que pasar cuarenta años de democracia para que, al fin, haya podido ser así.
Avanzo junto a la verja de Vista Alegre y me consuelo pensando en que a veces la verdad resplandece. Y fantaseo con la posibilidad de que cuando un niño, una niña, pregunte a sus padres quién era ese Marcelino Camacho, al final de la respuesta, sea cual sea el camino para averiguarlo, esa niña, ese niño, se interese por el personaje y deduzca que, a veces, para ser famoso, lo que cuenta es la valentía y la generosidad.

jueves, 15 de noviembre de 2018
domingo, 28 de octubre de 2018
Los Navalmorales: El arte del mazapán
Obrador de Luis Menor
Obrador Mazapanes Valdepusa
Artículo mío aparecido en la revista Forja de Los
Navalmorales, nº 34, p. 48
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