sábado, 19 de enero de 2019

El arte del mazapán







En el número 13 de Forja, publicado en el otoño de 2006, Germán Pinto, bajo el seudónimo de El buen amigo, nos deleitó con un artículo lleno de delicadeza y ternura titulado El mazapán. Han pasado ya doce años y nada se puede añadir a esa pieza perfecta y primorosa que escribió Germán. Si acaso, recomendaros de nuevo su lectura, ahora que estamos en días de Nochebuena (1), y contaros brevemente mi reciente visita a esos espacios artesanos, donde se hace el mazapán, con el fin de preparar la grabación de unos vídeos (2).

He esperado a que llegasen los primeros fríos de diciembre para acercarme a los dos obradores de mazapán del pueblo. Nada más entrar, primero en Mazapanes Valdepusa y luego en Luis Menor, siento algo más que calor y olor del bueno. Amables y sonrientes, me reciben todos los que en uno y otro obrador trabajan, mujeres y hombres que siguen con sus tareas mientras me dispongo a grabar lo imposible, la creación artesanal de un producto genuino y popular: el mazapán.

Es un festín de imágenes lo que va seleccionando abruptamente mi cámara pero, tras ella, yo refreno sus pasos tratan-do de darle al reportaje un aire de armonía y de sinceridad: reci-pientes llenos de almendra y azú-car, ágiles y expertas manos que modelan figuritas a una velocidad de vértigo, un horno de leña cuya boca de fuego espera paciente la experta mano que saca las bandejas de la cueva silenciosa y roja, la brocha diestra que pinta con esmero la superficie de cada pajarita, las torres de bandejas en las que se enfrían centenares de piezas de todos los estilos, las fotografías antiguas y las de ilustres clientes que ilustran los mostradores, las caras satisfechas por el trabajo bien hecho y la sonrisa dichosa de saber que se está elaborando algo que hará feliz a quien lo compre, a quien lo regale y a quien lo paladee.

En Luis Menor y en Mazapanes Valdepusa siempre huele a Nochebuena y siempre se oye el murmullo de rumorosas conversaciones que acompañan el trabajo artesanal. En estos obradores todo es limpio, todo es blanco, las batas, los gorros, las paredes, las luces, y todo se hace a mano. Sus dueños me explican muchas cosas y, en la despedida, me dan a probar una pajarita. Mientras mastico la dulce masa, cierro los ojos y siento que, de verdad, estoy en la gloria y, en ese preciso instante, quiero que se detenga el tiempo para que todo el mundo sepa que el arte del mazapán es el paraíso que ofrece el pueblo de Los Navalmorales a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
       
                                                                                            Jesús Bermejo



 





lunes, 24 de diciembre de 2018

Feliz Navidad


Os deseo a todos los que entráis en este blog una feliz Navidad en compañía de vuestros familiares y amigos y un año 2019 lleno de salud, paz y prosperidad. 

lunes, 17 de diciembre de 2018

Número 34 de Forja, la revista de Los Navalmorales


Como ya sabéis, en Los Navalmorales hay una asociación, la Mesa de Trabajo, que edita una revista llamada Forja. El número 34 ha salido el 14 de diciembre. Si queréis leerla, pinchad en este enlace:
http://www.losnavalmorales.com/mesa/pdf/Forja34_web.pdf

                                      Entrada al Parque Municipal La Huerta del Convento

En sus sesenta páginas hay muchos artículos, pero destaca uno dedicado a la Historia del Convento. Así comienza dicho artículo:
“En el anterior número de Forja hablamos de la fundación del Convento de san Joaquín en Navalmoral de Pusa; en este número comentaremos los hechos más sobresalientes de la presencia de la Orden de los Capuchinos Menores en la villa hasta su desamortización. 
Desde muy pronto descubrirían los navalmoraleños el poder que la citada Orden tenía sobre las instituciones civiles. Un hecho significativo de esa influencia fue la canalización de agua desde el sitio denominado Retamosa hasta el Convento”.     

 Restos de la fachada principal de la Iglesia del Convento       



Aznar, anticonstitucional


      


Acabo de enviar una carta a la directora de El País, para su posible publicación en los próximos días. La traigo aquí porque estoy harto de pontífices que ponen el país patas arriba cuando no gobiernan. Y que cuando están en el poder bien que muestran sus debilidades y sus arrogancias. No me gustan las personas que se creen imprescindibles para un país. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.


"Estimada directora:
Últimamente se le ve muy activo al señor Aznar pontificando como radical inspirador del tridente Ciudadanos-PP-Vox. Y hasta sentencia qué partidos son constitucionalistas y cuáles no.
Es el mismo señor Aznar que se manifestó en 1978 contra la aprobación de la Constitución. El que, al llegar a la Presidencia del Gobierno, habló catalán en la intimidad, negoció con el Movimiento de Liberación Nacional Vasco, nos embarcó en la guerra de Irak y declaró edificable todo el territorio nacional. El que presidió unos Gobiernos muchos de cuyos ministros han sido condenados por corrupción.
El señor Aznar pertenece a esa derecha que patrimonializa el Gobierno y que intenta poner el país patas arriba cuando son otros los que gobiernan, aunque así lo hayan decidido la mayoría de los diputados, tal y como se contempla la Constitución, esa que atacó en 1978.
Atentamente,
Jesús Bermejo"

           

domingo, 16 de diciembre de 2018

Los Navalmorales, tu otro pueblo




Si Aravalle es para ti el principio, el mundo en pequeño, Los Navalmorales es tu otro pueblo, una referencia de tu segunda edad. Es un pueblo castellano de unos tres mil habitantes, con diversos comercios e industrias y una riqueza que a ti te parece extraordinaria: sus olivares. Los Navalmorales, un pueblo al que te unen muchos afectos: la amistad dulce y duradera, el amor de la edad madura, unas gentes que te recibieron bien, una naturaleza rojiza y verde y unos árboles que van tejiendo tu amistad año tras año: olivas y almendros, membrillos y albaricoques, naranjos y limoneros, higueras, cerezos, encinas, madroños... 

Dos imágenes te vienen a la cabeza para representar este pueblo: una, sus olivas, así, en femenino, como la gente de la tierra llama a los olivos. Rugosas, de tronco mineral y retorcido, de verde y plata presencia centenaria, dan un aceite de calidad superior, obtenido después de generaciones y generaciones de esmerado cultivo. Olivas, verdes olivas, alineadas en las tierras, trepando por las laderas y dispuestas cada invierno al vareo y la almazara. La otra imagen es la de su torre, esbelto y espigado edificio que, con su gracia aérea, parece cobijar y apacentar el caserío de teja y los sombreados patios y plazuelas. La has visto desde todos los sitios: desde la sierra del Santo y desde el cerro Gorra; surgiendo de repente al doblar una esquina o paseando por las calles de Tierra Toledo; apareciendo por sorpresa al venir por el camino de Santa Ana o destacando majestuosa al llegar de Los Navalucillos. Te has acercado a ella y has admirado su verticalidad y su elegancia, la geometría y el dinamismo de su vuelo. Es la buena moza, el edificio más noble de la villa. 

Hay días del otoño en los que, de buena mañana, paseas sin prisas por el pueblo y te fijas en las viejas y en las nuevas construcciones. Vas así dándote cuenta del grado de conservación de la vivienda tradicional. Contemplas casas de uno o dos pisos, con muros de piedra y tapiales anchos, densos y maternales, y puertas y ventanas distribuidas con armonía y gran belleza rítmica, sólo afeada por cables de todo tipo que las asedian sin pudor. Casas que son señales de una forma de concebir la existencia, con portales, alcobas y cocinas en la planta baja, cerca del patio, alrededor del cual gira la vida doméstica. Miras con parsimonia las puertas de madera, ese don de la naturaleza que, de forma implacable, va siendo sustituido por el hierro o el aluminio. 


Las ves en casas humildes y nobles, en herrenes y corrales. Y te emocionas ante algunas que, de puro viejas, pareciera que fueran a venirse abajo pero resisten gracias a la nobleza de su factura y a las manos de sus dueños. Sin prisas, te paras ante esas ventanas, unas sencillas, otras primorosamente enrejadas, que agilizan las paredes y abren huecos sabiamente orientados. Te encaramas a los lugares más insospechados y contemplas esos tejados que perfilan perspectivas desconocidas y conservan las tejas viejas, esas tejas que preservan del calor y cobijan del frío mejor que muchos materiales nuevos. 


Subes a la Sierra del Santo y observas el verde de los patios y el rojo de los tejados. Y la torre, fina y majestuosa, destacando por su lozanía y por ser referencia obligada para señalar todo.




Al terminar tu paseo, entras en la taberna y bebes un vino a la salud de los que mantienen las casas tradicionales, las remozan y las renuevan. Saben que así están disfrutando de la sabiduría de sus antepasados.

Jesús Bermejo 


domingo, 9 de diciembre de 2018

El Dozabo




En 1946  Antonio Palomeque publica en Madrid el libro El Señorío de Valdepusa y la concesión de un privilegio de villazgo al lugar de Navalmoral de Pusa en 1653, un estudio minucioso de la historia de los pueblos del Pusa que tendría su continuación en otros trabajos de investigación dedicados a estas tierras del suroeste toledano. Una buena parte de los datos que expone el profesor Palomeque en El Señorío de Valdepusa procede del Archivo municipal de Los Navalmorales, un archivo que, en su opinión, contiene un respetable número de legajos de particular importancia. 

En las páginas 72 y 73 del citado libro, Antonio Palomeque explica con detalle  los pleitos habidos entre el señor y sus vasallos desde el mismo momento en el que el rey Felipe IV concedió a Navalmoral de Pusa el privilegio de villazgo. Tales pleitos tuvieron causas muy variadas pero, con el tiempo, la más importante sería la decisión de no pagar el Dozabo (la doceava parte) de las cosechas de aceite que exigía el señor a sus súbditos. 

Según las cartas pueblas del Señorío, los vasallos debían pagar al señor el Dozabo de todos los cereales y semillas que cosechaban. Con inteligencia y astucia, los navalmoraleños decidieron ir cambiando poco a poco de cultivo y plantaron olivos donde antes hubo cereal. De esa forma se ahorrarían el pago de dicho tributo, pues nada especificaban las cartas pueblas sobre la aceituna ni sobre el aceite. 

En documentos fechados en 1772 consta que el señor de Valdepusa exigió el pago del Dozabo de todos los frutos, por razón de señorío. El Concejo de Navalmoral recurrió al Real Consejo y este dictó un auto favorable a los vasallos. A pesar de ello seguirían los pleitos hasta 1827, cuando concluye el litigio y acaban los privilegios del señor al firmarse la Concordia entre el Señorío y los Ayuntamientos de Navalmoral de Pusa, San Martín y Santa Ana. Diez años después fueron abolidos los señoríos en toda España. Aunque las Cortes de Cádiz así lo habían aprobado en 1811, solo fue en 1837 cuando se hizo efectiva dicha abolición.

Desde que leí el libro de Antonio Palomeque, no he dejado de ponderarlo siempre que he tenido ocasión. Pero hoy quiero destacar mi admiración por los navalmoraleños, que desde la concesión del villazgo se dieron cuenta de cómo, sin salirse de la ley, podían ahorrarse el pago del Dozabo cambiando la siembra de cereales por la plantación y el cuidado de olivos, acertando, además, con el cultivo cabal para estas tierras. 

Desaparecieron el Dozabo y los señoríos, y el aceite pasó a ser el santo y seña de Los Navalmorales. Y al decir aceite me refiero al ADOVE (Aceite De Oliva Virgen Extra), no a otros aceites cuyos humos bien merecerían no solo un Dozabo ecológico sino una nueva demostración de la inteligencia y la astucia de los navalmoraleños.       
         
Jesús Bermejo  


viernes, 7 de diciembre de 2018

Fuente de los Seis Caños de Los Navalmorales: Una foto de 1902


En una fotografía de Hermenegildo Fernández, fechada en 1902 y publicada en un periódico de Madrid, del cual tenía un ejemplar Telesforo Navas, aparece la Fuente de los Seis caños. En 1995, su hija Mariví vio dicho periódico y se hizo con una buena fotocopia que conservara la imagen, ya muy deteriorada. En 2001 yo restauré a lápiz dicha copia e hice una segunda versión coloreada.

Se puede observar la Plaza de los Seis caños, con el herradero a la izquierda, y a continuación varias casas, una de las cuales tiene un reloj, el primer reloj público en España de 24 horas, tal y como se indica en otra fotocopia, que aquí tenéis para poder ampliar y leer, si o deseáis. Aunque con dificultad, se ve la Fuente de los Seis caños, con su pilón y un animal abrevando.

Desde aquí queremos señalar la importancia de la Fuente, por su antigüedad (siglo XVII) y por su sencillez. Sería muy necesario restaurar este monumento, mantenerlo siempre limpio y ordenar su entorno, impidiendo que se aparque a su vera y procurando que nada, ni los árboles, destaque más que la propia Fuente, .

Proponemos que se planifique en su perímetro un área peatonal, que se alumbre convenientemente y que sea, de toda la plaza, lo que más destaque. Sería una manera cabal de obrar: Cuidar más aquello que da nombre a esta plaza tan emblemática, la Fuente de los Seis caños.
                                                                                        Jesús Bermejo   
                                                                                                   

        





                                                                                  

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Caminando por Madrid: Desde El Retiro hasta el Paseo de Marcelino Camacho



Entro a media mañana en El Retiro, caminando a buen paso. Al llegar junto al estanque voy más despacio mientras contemplo el monumento a Alfonso XII y la línea de árboles del fondo, cuyas sombras contrastan con la tenue luz que se abre entre las nubes y se refleja en la superficie de las aguas del estanque. La gente ralentiza su caminata o su carrera, e incluso algunos se sientan en los bancos, a pesar del frío húmedo de la mañana. Una melodía de acordeón suena tranquila al fondo del paseo recordándonos a muchos aquella memorable película sobre mafiosos titulada El Padrino. La melodía se va apagando cuando paso junto al músico ambulante, un eslavo bajito y con sombrero que se toma un descanso antes de iniciar otra conocida canción, La tarara, que empieza a sonar cuando ya voy llegando al Palacio de Cristal.




Lo que veo desde esta orilla es una imagen de belleza templada y cabal: nada sobra y nada falta. No hay chorro de agua, no hay mucha luz, noviembre se está yendo y los cipreses de agua apenas pueden sujetar ya sus hojas antes de que el primer vientecillo y unos grados menos se lleven las que les quedan a la superficie del estanque, que rebosa de hojas en este otoño ya avanzado. No es una imagen fría, no, es la expresión  de una armonía lograda por la conjunción de artistas y artesanos, de arquitectos, paisajistas y jardineros trabajando en favor de una estética durable, refinada y elegante, que no es lujosa ni aplastante sino producto de la fusión del refinamiento culto y la sabiduría popular. 





Junto a la estatua de Galdós, mientras contemplo la fidelidad de la escultura y recorro la viveza de las rosas que acompañan tan feliz homenaje a don Benito, pienso que este se sentirá feliz al ver que los madrileños lo tratan bien. Justo es que así sea, gratitud pequeña comparada con su imponente tarea dando cuenta de lo que era entonces Madrid, sus gentes, sus fortunatas y sus miaus. 






Avanzo a buen ritmo y ya diviso, al fondo del paseo de Fernán Núñez, el monumento al Ángel caído, emplazado en medio de la glorieta del mismo nombre. Ante la imponente y bella escultura del ángel, que en su esplendor está siendo condenado por su atrevimiento, me viene a la memoria la singularidad de que sea Madrid la única ciudad del mundo que cobija un monumento al diablo. Y aunque la esencia de la estatua es su belleza, pero sobre todo de su derrota, pienso en como las malas lenguas contaban allá en los noventa la anécdota de aquel alcalde beatón de apellido frutero que, con el fin de desagraviar tamaño atrevimiento, accedió a la propuesta de una sociedad integrista de erigir una imagen de la virgen del Pilar en un barrio cercano, imagen de un valor estético acorde con la memoria que el pueblo de Madrid tiene de aquel devoto regidor. 



Voy dejando atrás la quietud de El Retiro, saludo a Baroja, centinela que es de la cuesta de Moyano, y me zambullo un rato en los recién abiertos escaparates de las casetas de la Feria permanente de libros de Madrid, bostezantes aún sus libreros y rebosantes sus anaqueles de libros, revistas y grabados de todo tipo. Al ver algunos libros de viejo cuya lectura me acompañó hace ya muchos años, pienso en cuánto de lo que soy estará reunido en estas casetas, y no me imagino mi vida sin esta cosa de la lectura, un vicio que me acompaña desde aquella tarde en que doña Mari, la maestra de parvulitos, me dijo que ya sabía leer bien.




Atravieso Atocha y subo por el barrio de las Letras, caminando al buen tuntún por sus animadas calles, entro en un café, desayuno otra vez y camino a buen paso después hacia la Plaza Mayor. En la plaza de la Provincia decido bajar por una calle estrecha, santo Tomás, que me lleva a toparme con la Imprenta Municipal, edificio que me trae a la memoria aquel día, allá por los ochenta, cuando fui con un grupo de alumnos a visitar aquel lugar para mí desconocido, y al que después he ido varias veces, siempre a ver exposiciones muy interesantes.
Y, de repente, zas, en la calle de Concepción Jerónima advierto una placa que recuerda que en aquella casa vivió Velázquez cuando llegó a Madrid en 1623. Desde aquí, el insigne pintor recorrió el camino madrileño que le llevó a Palacio, a sus tareas diversas en la Corte hasta llegar a la cumbre de Las Meninas. Enredado en esta sorpresa sigo mi camino pensando en aquello que dijeron una vez en Roma al ver su retrato de Juan Pareja, "a voto de todos los pintores de todas las naciones [a la vista del cuadro] todo lo demás parecía pintura, pero este solo verdad".
  

Como ya llevo casi tres horas andando y mi objetivo último es llegar a la casa de mi padre para hacerle una visita, tomo un autobús que me dejará cerca de su barrio, allá por Carabanchel. Me acomodo en el bus y, a la vez que en el presente, viajo al pasado pues este recorrido lo hice muchísimas veces en los setenta y en los ochenta, cuando aquel también era mi barrio. No es el momento ahora de traer aquí mis recuerdos, pues presente y pasado se juntan y se complementan, de tal forma que voy de aquí a allá y de allí a acá sin contemplarme ni más viejo ni más joven, pues uno va siendo de todos los sitios donde ha vivido y, en fin, no solo se yuxtaponen las vivencias sino que entre ellas se entabla a veces, como ahora, una sutil y, si se está atento, provechosa conversación. 







Me bajo del autobús en la parada del hospital Gómez-Ulla y empiezo a recorrer el paseo que me llevará hasta la calle del General Ricardos, en el tramo que va paralelo a la preciosa verja que permite la contemplación de la finca Vista Alegre.  Inicio mi recorrido por el paseo y levanto la vista hasta la placa de la calle: donde hace un año ponía Paseo de Muñoz Grandes ahora  dice Paseo de Marcelino Camacho. Justicia poética. Justicia política. Justicia social. En todas las intersecciones aparece la citada placa, novísima, sencilla, clara y directa. Para todos los que abominan de los cambios de los nombres de las calles les diré que parece justo y necesario que donde se homenajeaba al que creó la División Azul, un general de conocidas inclinaciones nazis y franquista de rancio pedigrí, hoy se recuerde la figura del sindicalista valiente, del preso político más conocido, del luchador por las libertades, cuyo lema rezaba: "Ni nos domaron, ni nos doblaron ni nos van a domesticar". Y que, además, vivió muy cerca de este paseo y permaneció muchos años en la cárcel de Carabanchel, el penal de la memoria antifranquista en cuyo solar algún día se recordará a todos los que sufrieron por la defensa de la libertad y la justicia y a sus familiares.
Según me acerco, pienso en sus valientes arengas en las fábricas de los cincuenta, de los sesenta, de los setenta, y en la risotada que soltaría Marcelino, con su vozarrón de abad, si alguien  le hubiera anticipado que darían su nombre a este paseo. Y también me imagino su íntima emoción si hubiera llegado a verlo en vida, paseando con Josefina por esta calle como un jubilado viejecito más. Pero han tenido que pasar cuarenta años de democracia para que, al fin, haya podido ser así.
Avanzo junto a la verja de Vista Alegre y me consuelo pensando en que a veces la verdad resplandece. Y fantaseo con la posibilidad de que cuando un niño, una niña, pregunte a sus padres quién era ese Marcelino Camacho, al final de la respuesta, sea cual sea el camino para averiguarlo,  esa niña, ese niño, se interese por el personaje y deduzca que, a veces, para ser famoso, lo que cuenta es la valentía y la generosidad.





domingo, 28 de octubre de 2018

Los Navalmorales: El arte del mazapán



Obrador  de Luis Menor



Obrador Mazapanes Valdepusa



Artículo mío aparecido en la revista Forja de Los Navalmorales, nº 34, p. 48