viernes, 6 de noviembre de 2015

Harvard premia a Madrid Río



Tomado de EL PAÍS, 6 de noviembre de 2015

"En medio del pelotazo urbanístico que sembró las ciudades españolas de pisos vacíos, aeropuertos sin aviones y museos sin futuro, algunas cosas se hicieron bien. La mayor obra acometida en Madrid en lo que va de siglo se hizo sobresalientemente bien. Mejor dicho, se hizo a trompicones, con una planificación dubitativa que llevó a cubrir primero la circunvalación de la M30 para luego tener que calcular qué podía soportar esa cubierta. Pero se logró un resultado extraordinario que no deja de acumular galardones internacionales.
La Universidad de Harvard le ha concedido el Premio Veronica Rudge para espacios urbanos sostenibles. Este premio bienal —que en anteriores ediciones fue para la integración del Metro en Oporto, capitaneada por Eduardo Souto de Moura, o para la instalación del Metro-cable en Medellín— ha recaído en dos de sus 12 ediciones en proyectos españoles ejemplares.
Los espacios públicos de Barcelona se hicieron con él en 1990 y el Metro de Bilbao —de Norman Foster— lo logró en 1998. Ahora han sido recompensados los siete kilómetros de parque público a ambas orillas del río Manzanares a su paso por Madrid. Pero por encima de cualquier reconocimiento Madrid Río tiene el de sus ciudadanos. El parque lineal es un gran premio para la ciudad. Representa una puesta al día conciliadora que conecta la urbe, la esponja con jardines y la hace más amable, más humana y más inclusiva. Lejos de atraer turistas o buscar impresionar con imágenes rotundas, el parque escapa a las fotografías. Parece existir para, fundamentalmente, mejorar la vida de los ciudadanos.
Así, a pesar de que el proyecto arrancó en 2006, en un momento en que eran pocos los ayuntamientos que no estuviesen mareados por la búsqueda de un icono, el parque fluvial se inauguró en 2011, en plena crisis, como una celebración social de la reconquista ciudadana. Transformado en un emblema anti-burbuja, se ha convertido en precursor de una nueva forma de entender la ciudad.
La autoría del proyecto también es reveladora. Más que un arquitecto estrella, lo que tiene detrás es un equipo de paisajistas y arquitectos capaces de dejar a un lado su ego y ponerse a trabajar juntos. Los estudios Burgos & Garrido, Porras & La Casta, Rubio-Álvarez-Sala y los paisajistas holandeses West8 tejieron un minucioso hilo conector para los ciudadanos. Unir en lugar de destacar fue lo que el maestro de urbanistas Peter Rowe quiso defender en un concurso en el que el resto de los arquitectos finalistas optaron por marcar el territorio con emblemas más que por reivindicar el lugar. Hoy, incluso el puente con forma de tirabuzón ideado por otro finalista, el francés Dominique Perrault, es uno más entre todos los que unen ambas márgenes del río. Por encima de iconos, emblemas o símbolos, Madrid Río debía ser un salón ciudadano. Y eso es, un jardín para todos a los pies de la ciudad.
Los autores del proyecto compartirán los 50.000 dólares del premio. Uno de ellos, Fernando Porras-Isla, contó a EL PAÍS que calculaba que construir ese parque les había costado cuatro o cinco años de vida. Hablaba de esfuerzo, pero también de presiónes. Fueron muchas, para poner determinados columpios, mobiliarios o papeleras que tuvieron que soportar. “¿Qué queréis?, ¿jamones, coches o apartamentos?”, les preguntaban. Querían hacer un proyecto para todos que mejorase con el tiempo y que renovase la ciudad. Eso es lo que han reconocido en Harvard."




martes, 3 de noviembre de 2015

Otros noviembres


Como sabéis, a veces traigo aquí algunas entradas de la página del escritor Antonio Muñoz Molina. Hoy he leído una que me parece muy especial, así que ahí va.

  
 “Hay una intensidad particular en estos días, entre de los sentidos y el espíritu, que lo ancla a uno en el presente y al mismo tiempo le despierta resonancias de no sabe qué, como de pasos en una plaza con niebla, una amplitud del pasado en la que no interviene la memoria. El color burdeos de la ampelopsis en la tapia del jardín, el amarillo de las hojas anchas de la higuera, la llamarada roja de esa fila de arces jóvenes que hay en la mediana de una avenida próxima, el olor a tierra y hojas empapadas, las bolitas amarillas y rojas del madroño. Durante toda la noche se ha oido la lluvia. La lluvia se filtraba en los sueños, y al despertar se adentraba uno en ella, abrigado en su sonido como en la ropa de la cama, la lluvia próxima en el techo inclinado y en el cristal de la claraboya del dormitorio, mansa, asidua, una hora tras otra. Agua buena para el campo. Mi padre se asomaba cada noche al corral y miraba al cielo a ver si había esperanza de que lloviera. La gente de entonces no usaba la palabra lluvia. Mi padre se asomaba cada noche al corral, miraba el cielo despejado y movía la cabeza con desesperanza: “Está más raso que el culo de un choto”, decía.
Hay una intemporalidad de las sensaciones: el ahora mismo se parece a otros días idénticos del pasado; en el porvenir habrá toda una sucesión de noviembres. Habrá un noviembre en el que por primera vez uno no esté. No pasa nada. Otros permanecerán igual de alerta a esos sonidos, olores, colores. Por algún motivo noviembre empieza con la rememoración piadosa de los muertos.”
                                                                                                    Antonio Muñoz Molina




Si queréis leer comentarios de sus lectores  o sus notas de otros días, este es el enlace:

miércoles, 28 de octubre de 2015

Caminando por Madrid un lunes de octubre


Ha amanecido un día gris de otoño. La calle está animada después de la tranquilidad del domingo. Dispongo de toda la mañana para andar así que inicio mi travesía bajando por Serrano desde Diego de León hasta la Puerta de Alcalá. Veo gente caminando deprisa hacia sus trabajos, algunos corredores que madrugan en su ejercicio, jóvenes que van en bicicleta y obreros que maniobran en un edificio que será, otra más, una tienda de lujo. A estas horas solo están abiertas las cafeterías y los kioscos de periódicos, aunque muchas tiendas tienen las puertas abiertas pues están terminando de descargar la mercancía de la que se abastecen.
En la Puerta de Alcalá el ruido de los coches es ensordecedor pero en cuanto entro en El Retiro el fragor se va amortiguando y, poco a poco, la tranquilidad del oído corre pareja del gozo de la vista. Subo por el paseo central y llego al del estanque, que aparece a mi derecha espléndido y sosegado, tan distinto de los días de fiesta, cuando bulle de gente y de títeres, de voces y de músicas. Hoy, apenas las nueve, los caminantes y los ciclistas, los corredores y los paseantes gozamos de una agradecida tranquilidad que hace que todos aminoremos nuestra marcha y disfrutemos del momento.
Por un sendero rodeado de todos los marrones y amarillos accedo al entorno del Palacio de Cristal, en cuyas balaustradas una pareja se hace fotos mientras un pequeño grupo de turistas ojea el interior del palacio. Yo prefiero sentarme un ratillo en las escalinatas mirando el estanque, con su chorro vertical en el centro, que reúne en su torno una docena escasa de patos que, inmóviles, parecieran agradecer la ducha. Otros, los exploradores, inspeccionan las orillas mientras uno más levanta un torpe vuelo que, sin embargo, acaba en un elegante aterrizaje.
Prosigo mi camino por la pradera cercana, dejo a mi izquierda la estatua de Galdós y me dirijo hacia esa glorieta cuya fuente contiene una de las estatuas más célebres de Madrid, la del Ángel Caído, que nos lo presenta justo en el momento en el que el bello ángel, aunque ya caído en desgracia, aún no tiene conciencia de ser el demonio. Según dicen, Madrid es la única ciudad del mundo que tiene un monumento dedicado a Lucifer, y las malas lenguas afirman que allá por los últimos noventa, en cuanto lo supo el alcalde Álvarez del Manzano mando erigir como desagravio una imagen, no sé si la de la Virgen del Pilar junto a Juan Bravo o la del papa Juan Pablo II en la Castellana, ambas de un valor estético acorde con la memoria que el pueblo de Madrid guarda de ese primer edil.
Con una sonrisa burlona dejo atrás al bello ángel y camino hacia la glorieta de Atocha. Atrás van quedando una zona de estiramientos y ejercicios, una parcela de almendros jóvenes y un huerto urbano que dicen que es escuela de hortelanos. Y más adelante, a mi izquierda, el instituto de secundaria Isabel la Católica y el Observatorio astronómico, en esa pequeña colina desde la que se puede divisar el sur de Madrid, y en los días claros incluso los Montes de Toledo. Ya fuera de El Retiro, me paro junto a la estatua de Pío Baroja, asiduo paseante del parque, a donde llegaba, ya pesaroso en los años cuarenta, desde su cercana casa de Ruiz de Alarcón. Es una hermosa estatua de proporciones adecuadas, que nos presenta a don Pío como si ya volviera de su paseo y se adentrara por la cuesta de Moyano, para perderse entre los  libros de viejo de las casetas apoyadas junto a la verja del Jardín Botánico. A estas horas, apenas las nueve y media, la cuesta está casi vacía y las casetas, salvo dos, apenas si están desperezándose antes de ofrecer a los paseantes un mundo de libros descatalogados, e incluso nuevos, que llene colmadamente sus ratos de ocio.
De repente, el silencio de la botánica mañana  se rasga con una inmediata algarabía de voces infantiles a cuyos dueños no distingo en toda la cuesta. Pero es solo un  momento de incertidumbre, ya que al cabo de la última caseta una larga fila de niños, cogidos de la mano de dos en dos, elevan en el aire de la mañana una dimensión de agudas voces que contrasta
 con la pequeñez de sus estaturas. Irán con sus profes al Retiro, donde pasarán, a buen seguro, una mañana memorable lejos de sus aulas y de sus lapiceros.
Al llegar a la glorieta de Atocha vuelve el tronar de coches y el bullicio del tráfico. Cruzo entre cientos de personas hacia la plaza del museo Reina Sofía, donde otro grupo de escolares, este más calmado, oye las instrucciones de sus maestros antes de entrar en el sagrado recinto. Enfilo hacia las Delicias, hermoso paseo, merecedor de su nombre, que nos llevará hasta el río. Después de un descanso para tomar un tentempié y ojear el periódico, prosigo mi camino hacia Legazpi observando el fluir de los peatones arriba y abajo: amas de casa haciendo su compra, obreros de servicios diversos en plena faena, dependientas fumando un pitillo en las puertas de su tienda, mujeres de origen ecuatoriano que se reconocen y se saludan, un grupo de hombres jóvenes, de aspecto caribeño, que hablan muy alto y bromean entre ellos…
La glorieta de Legazpi aparece ante el caminante como si fuera el puerto de mar de Madrid, con un muelle abandonado y taciturno, el antiguo mercado de frutas y verduras, y otro en plena ebullición cultural después de muchos años de silencio, el Matadero de Madrid, quizá el lugar más innovador de la villa en las artes visuales y escénicas. Los elegantes ladrillos de sus edificios y los magníficos paseos y explanadas nos llevan al Invernadero y al río Manzanares, ese río al que los madrileños siempre dieron la espalda y que hoy nos ofrece un gran parque lineal que demuestra lo que puede hacerse cuando confluyen la voluntad política y el deseo de cambio. Ahí sí estuvo bien el alcalde Gallardón, al que llamaron El Faraón porque mandó enterrar la M-30, urbanizar y embellecer las riberas del río y adecentar y represar su cauce. Endeudó la ciudad pero dejó para el futuro este espacio de vida que une barrios antes separados y que da a Madrid empaque de ciudad europea.
Caminando por la margen sur del Manzanares imagino lo que puede ser un día festivo en este espacio tan atractivo; más lo es hoy, pienso, apenas las once de la mañana, mientras contemplo a mi paso el semblante de los corredores, la alegría de los puentes que cruzo, el cambio paulatino de las fachadas que al río dan, un nuevo aire estético que da empaque y alegría donde antes no había sino traseras poco cuidadas de las calles limítrofes: En verdad Madrid vivía de espaldas al río. Hoy es un placer ver a gentes de todas las edades caminar por las sendas y los paseos, trotar o deambular mientras se habla, patinar o montar en bicicleta. Personas que van solas, en parejas o en grupos; niños con sus profesores y adolescentes en riesgo de exclusión con sus monitores; chicas que se esfuerzan en su mantenimiento físico y señoras de edad madura con sus zapatillas de deporte avivando el paso; chicos fortaleciendo sus músculos mientras mantienen un trote considerable y jubilados que corren, caminan, toman el sol o miran el río. Todos gozamos de este lugar, contentos de vernos en este momento y sin disputarnos el espacio: Hay senda para todos, y hasta los ciclistas más parecen agradables compañeros de viaje que agresivos detentadores de una fuerza mal entendida.
Avivo el ritmo de marcha ya cerca del parque de la Arganzuela y paso bajo los puentes nuevos y viejos: El de Perrault un bello horizonte en espiral que trae aires futuristas al lugar; el de Toledo, magnífica y señorial muestra del barroco madrileño de Pedro de Ribera; el de Segovia, amplísimo y equilibrado ejemplo de la seriedad y la armonía de Juan de Herrera. Dejo atrás el trasiego del cruce de calles que canalizan el tráfico hacia el Paseo de Extremadura y contemplo a mi derecha la armonía que me ofrece esta cornisa de Madrid: el Viaducto y la hendidura de la calle de Segovia, la cúpula de san Francisco el Grande, la catedral de la Almudena, la elegancia versallesca del Palacio Real, el colosalismo del Edificio España y de la Torre de Madrid y la verde mancha del parque del Oeste. A mi izquierda quedan los amplios accesos a la Casa de Campo, una hermosa huerta colmada de higueras y un paseo entre hermosas filas de plátanos que podrían acompañarnos al Lago, pero hoy no vamos hacia allí. Sobre el pretil del Puente del Rey me paro un rato para contemplar el río y sus alrededores, y así poder descansar del ritmo que me había impuesto desde el puente de Toledo. Después, unos estiramientos y vuelta a la caminata.
Debo llevar recorridos ya cerca de quince kilómetros y aquí, en Príncipe Pío, tenía previsto el final de mi travesía por hoy. Pero me encuentro en buena forma, así que decido continuar, si bien andando algo más despacio y callejeando un poco a la deriva, con algunas paradas para curiosear. Subo por la cuesta de San Vicente y voy observando por mi derecha el Campo del Moro, ese jardín casi secreto de Madrid cuyo acceso está en el paseo de la Virgen del Puerto: Árboles, de gran envergadura y jardines bien cuidados quedan tras de la armoniosa y artística verja, y, más adelante, una cómoda escalinata me permite subir hasta los jardines de Sabatini, desde donde el Palacio Real se nos muestra en todo su esplendor y cuando la Casa de Campo evidencia lo que es, un extenso campo de encinas hoy dentro de la ciudad. 
Por uno de los bordes ajardinados del paso elevado más armonioso de Madrid, el que une Bailén con Ferraz, voy entrando en la Plaza de España, quedando a mi derecha el edificio nuevo del Senado y a mi izquierda el templo de Debod. Majestuoso y colosal, el Edificio España domina la estética de la plaza y su espacio visual; en medio de la misma y entre olivos, don Miguel de Cervantes gobierna el caminar de don Quijote y Sancho por esos mundos de Dios. Cuadrillas de turistas se hacen fotos junto a las estatuas, parejas  de jóvenes viven su fogosidad en los bancos,  ajenos a los viandantes, y, ¡milagro!, la explanada que remata la fuente aparece diáfana y bella, sin las casetas que cada dos por tres la llenan para ofrecer productos artesanales y ferias regionales de alimentos. La Torre de Madrid vigila la esquina de Princesa y hoy se nos presenta vendada en su tercio inferior, al parecer por trabajos de rehabilitación. No sucede lo mismo con el Edificio España pues, según se dice, está no solo clausurado sino vaciadas todas sus plantas. En un proceso largo, lo que fue ultramoderno en los cincuenta y los sesenta, empezó a languidecer en los ochenta y, al desaparecer cafeterías, agencias, bares y hoteles, el edificio fue muriendo lentamente. Su penúltimo dueño, el banco de Santander, lo vendió a un multimillonario chino, un tal Wang que, colosal él también, querría desmontar la fachada y volverla a montar, piedra a piedra, al construir de nuevo el edificio. Considerado el emblema de la recuperación económica después de la guerra, hoy este edificio languidece en sus silencios, si bien millares de madrileños pasan junto a él cada día, pues esta plaza es una encrucijada de los cuatro puntos cardinales, de Gran Vía a Princesa y del Manzanares a los barrios altos.
Al subir por Gran Vía, esa avenida cuajada de cines cuando yo tenía quince años y que hoy apenas conserva tres, pues casi todos han mutado en tiendas de franquicia o teatros de musicales, decido torcer a mi izquierda y adentrarme en la plaza de los Mostenses, de cuyo mercado quiero confirmar algunas singularidades de las que he oído hablar. Y las tiene, claro que sí. Entro y lo primero que veo es una tienda de largos y extensos mostradores cuyo nombre reza así: Verduras Aurelio. Y Aurelio debió ser sin duda dueño de aquel imperio de la huerta, pero yo veo al lado otro cartel, mucho más pequeño que dice: “Verduras frescas de China”. Y así es, verduras y frutas de lo más diverso, unas conocidas para mí, otras solo medio adivinadas y algunas, la mayoría, totalmente desconocidas. Y lo mejor -como siempre, en los mercados y en casi todos los sitios- la gente; los vendedores, cinco hombres chinos vestidos de negro, y los compradores, mujeres y hombres también orientales, entre los que destaca una viejecita y su acompañante, que en suave murmullo hablan de lo que deberían comprar. Digo yo que será de eso de lo que hablen, porque la conversación se desarrolla en chino, no sé si mandarín o cantonés, que a tanto no llego. Y al lado, un pequeño bar, en cuyo mostrador, y en un pequeño reservado, una decena de parroquianos, también chinos, comen platos de arroz, sopas de verdura y preparados de pescado. Un poco más allá, mezclados con puestos regentados por españoles, hay otros, también de verduras y frutas, pero latinoamericanas, y de entre ellos destaca el llamado Zumos Yamilé, jugos de los más diversos frutos tropicales que allí mismo preparan.
Salgo del mercado, sorprendido por esa amalgama chino-latinoamericana que al parecer ha salvado al mercado de los Mostenses del cierre por inactividad, según las crónicas de hace ya unos años. Diversificarse y especializarse, esa era la consigna: en el mercado de san Miguel, puestos gourmet para turistas ricos; en el de san Antón, gourmet y restaurantes para gais y estilosos; en el de san Fernando para modernos y alternativos. Y en el de los Mostenses, fruta y verdura china y latinoamericana. Y debe funcionar, digo, pues bastantes tiendas cercanas siguen la estela china, si bien aún no esto no es el Chinatown de Madrid, pues el fetén se encuentra en el barrio de Usera.
Por la calle de los Reyes dejo a mi izquierda el instituto Cardenal Cisneros, donde siendo un chaval Antonio Machado estudió durante unos años. Por la calle del Pez subo y me voy riendo mientras imagino juntos a dos ilustres vecinos de este barrio: Alberto Ruiz-Gallardón, cuando era ministro de Justicia, y Esperanza Aguirre, cuya residencia es un palacete de la calle del Pez. Seguro que alguna vez quedaron a tomar un café en cualquiera de los muchos bares modernos de esta calle, Gallardón lo era; o quizá Aguirre, tan popular y retrechera, lo invitara a una caña en El Palentino. Los verdaderos enemigos, dicen los cínicos, son los de tu propio partido, los otros son solo adversarios; quizá ese sería el tema de conversación entre ambos.
Llego a la Corredera Baja de san Pablo, en plena transformación, como todo este barrio, cuyo motor es “La Bombonera”, que así es como llamaban al teatro Lara en sus buenos tiempos, y que ahora están recuperando, como las tiendas, para quitar a estas calles la mala fama de prostíbulo cutre. Interesante sería entrar a la iglesia de San Antonio de los Portugueses -o de los Alemanes, según otros- una joya en un barrio que ahora quiere serlo; cuando paso por aquí a veces entro pero hoy no toca. Subo a la plaza de san Ildefonso, un espacio tranquilo a estas horas, limitado al sur por la iglesia del mismo nombre y al norte por unas cuantas manzanas junto a la calle del Espíritu Santo que forman un mercado de barrio de sabor multiétnico, como las personas que en ella compran.
Dejo atrás el Tribunal de Cuentas, ese edificio cuyos dirigentes perpetúan apellidos y que, según dicen, controlan poco eficazmente las cuentas del Reino. Cruzo Fuencarral y me acerco a la plaza de Barceló, un conjunto desigual pero interesante en el que podemos encontrar el Museo Municipal, con su portada barroca; el antiguo cine Barceló, un edificio art-decò que luego fue la sala Pachá; los Jardines de Pedro de Ribera, aún en obras; el colegio Isabel la Católica y el nuevo mercado de Barceló. La plaza dio nombre al mercado o viceversa, qué más da. Hoy, el mercado está dentro de un cubo vertical al que se accede por una hendidura recta que lo humaniza algo. A mi derecha otro cubo vertical, gemelo, arropa el patio del colegio y sublima el griterío de los niños en su recreo, cuyas carreras pueden ser contempladas en la medida en que una inmensa fila de barrotes lo permiten. El arquitecto debió pensar: mejor barrotes que muro. Pobrecillo, que le perdonen esos niños bulliciosos. Me abstraigo en seguida de mis elucubraciones, pues al fondo de esta calle peatonal un edificio noble de dos plantas genera una armonía que me hace olvidarme del arquitecto Herodes; Es el Museo del Romanticismo, un palacete que te envuelve desde que entras en su aire decimonónico, y que te deja languidecer en su jardín al final de la visita; un jardín romántico, que, muy acertadamente, también es un café.
Subo por Santa Bárbara y hojeo alguno de los libros de viejo del puesto de la plaza; este ya sí está abierto, es ya casi la una. Las terrazas están a medio gas pero en los bares menudean abogados, procuradores, secretarios y empleados de las oficinas del conjunto judicial de la plaza de la Villa de París, cuyas obras por fortuna ya han terminado después de varios años. Allí están el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional y el Consejo del Poder Judicial. La Audiencia Nacional, un edificio recién inaugurado, tiene una guardia casi permanente de periodistas y reporteros con sus cámaras y sus grabadoras, no en vano por sus puertas entra y sale lo más granado de la delincuencia nacional: traficantes de droga a gran escala, terroristas y políticos corruptos.
Por sus peatonales y hoy despejados contornos voy camino de la plaza de Colón, donde don Cristóbal, de nuevo en el centro de la fuente, mira hacia el sur como una predestinación en piedra, mientras yo camino Castellana arriba hacia mi casa, midiendo ya mis fuerzas, pues el cansancio va apareciendo y el hambre aprieta. Hago cálculos y creo haber andado unos veinte kilómetros. Después me pregunto si estas travesías no serán en el fondo una disculpa para escribir una crónica y colgarla en mi blog. Aunque la verdad oficial sea que mi médica me aconseja hacer ejercicio y comer saludablemente, pienso que estas caminatas me gustan porque me ayudan a sentir el pulso de la ciudad y porque me estimulan en uno de los mejores goces de la vida, que consiste en hacer lo que te da la gana y en dejar de hacerlo cuando se convierte en una rutina.































martes, 20 de octubre de 2015

Un corredor ejemplar

Un maratón más de Javi, mi hermano. Bueno, en este caso medio. Y parece, por su crónica, que salió bien. Ánimo, Javi, me gusta el tono que empleas: el homenaje que haces a tu compañero también tú te lo mereces. Un abrazo.  



"Desde que me inicié como corredor aficionado, decidí que me gustaría contar mis maratones para poder recordarlos con detalle cuando fuera más viejo. Hoy, sin embargo, voy a romper el acuerdo y trataré de contar un medio maratón. En realidad, no es el mío, o quizá sí. No lo sé muy bien.

Fuenlabrada es una población con un nombre tan antiguo como delicioso, uno de esos acrónimos que le sitúan a uno en un campo bien cultivado en el camino de Madrid a Toledo, un pueblo por el que pudo pasar Cervantes en alguno de sus muchos viajes a Esquivias, tratando de asegurarse el matrimonio con una chica joven candidata a heredar un buen patrimonio, porque su fracaso como escritor era ya una evidencia a sus casi cuarenta años. Aquella muchacha sólo heredó deudas, y el cuarentón llegó a los cincuenta, y a los cincuenta y cinco, tan pobre y despreciado por sus colegas como lo fuera una década antes. Era un hombre vencido y un escritor absolutamente fracasado. Dos años después, para sorpresa de todos, alcanzó fama universal.

Cincuenta y cinco años en 1600 era sinónimo de viejo-viejo (la esperanza de vida no iba más allá de 35), y este pobre hombre, curtido en Lepanto, cautivo en Argel durante cinco años, resignado a malvivir recaudando impuestos, empeñado en seguir intentando un éxito literario (¡uno al menos!) cuando ya podía llevar quince años criando malvas, se me aparece en el k2 de la carrera de hoy en la figura de MD, 56 años, curtido en más de cien maratones, batallador incansable, defensor acérrimo de todos los que sufren la injusticia y las desigualdades de este tiempo atroz, corredor ejemplar y ciudadano modélico.

Lo veo en el k2 y me sobresalto. ¿Qué le pasa a MD? ¿Qué puede ocurrirle a un corredor que siempre me ha sacado veinte o treinta minutos en maratón y más de diez en media? ¿Por qué lo veo ahí, a veinte metros, cuando debería ir con los que de verdad corren?

Cuando uno se enfosca en este mundo de las carreras, tiende a buscar alguna figura de referencia, alguien a quien poder emular, un tipo cuyo aplauso demandamos en secreto aun a sabiendas de que eso no va a ocurrir nunca. En mi caso, una de esas figuras fue siempre MD, un enamorado (como yo) del maratón de Donosti. Después de intentarlo en varias ocasiones, allí conseguí bajar de 3h en 2007. Dos días después MD me dedicó el elogio que yo anhelaba, y a partir de ahí supe que mis éxitos en el mundo del atletismo habían llegado a su punto máximo, como así ha sido.

Vamos por el k3 cuando paso a su altura, nos saludamos e intercambiamos un par de comentarios. Su rodilla apenas le deja correr. No es una tendinitis, no es cuestión de ligamentos, no es una lesión. No es ni siquiera la rodilla, basta con observar su forma de correr, protegiéndose contra el impacto a base de no pisar apenas. Es la cadera, es el desgaste que ha ido devorando el hueso de un corredor admirable hasta convertir esa zancada en un suplicio insufrible.

En ese punto, me da como pudor adelantarlo, me dan ganas de volverme a casa. No me parece digno correr delante de él, ni siquiera a su altura. Pero no lo hago, continúo a mi ritmo y trato de centrarme en mi carrera.

Al cabo de unos tres km, me saluda de nuevo, pasa delante y se lleva a la boca su botellita de líquido (su particular bálsamo de Fierabrás). En la maniobra para colocarla de nuevo en el cinturón, se le cae al suelo. Como voy cinco metros detrás, la recojo. Me lo agradece y seguimos.

En ese momento ya sé cómo va a ser esta carrera. Voy a tener el honor de ser su escudero. Voy a ser ese pueblerino aparentemente sensato, pero a las veras tan loco como su amo (en el fondo, un  poco más que él), ese compañero de fatigas, de vuelta también ya de muchas derrotas, de tantos agravios, de mil heridas visibles y de las otras, esa sombra protectora que más que proteger busca y encuentra amparo en la figura de alguien a quien todos admiran pero cuyos sinsabores nadie quisiera compartir.


Y de esta manera, vamos haciendo el resto de la carrera, unos metros delante o detrás, según venga el aire, hasta llegar al k19, momento en que me declara su decisión de olvidarse de los dolores y ponerse a correr de verdad. Y súbitamente lo veo alejarse hasta perderlo de vista, mientras yo voy atascado en este tramo final, atascado y radiante, orgulloso de que uno de mis ídolos conserve, contra viento y marea, la casta (¡ésta sí!) de un corredor monumental."


                                                                              Javier Bermejo





viernes, 9 de octubre de 2015

Los Navalmorales: Las Becerras, un paraje singular en los Montes de Toledo


Salís de Madrid hacia el pueblo y vais viendo avanzar el otoño en los campos de viñedos de Méntrida y en las rañas de cereales de Malpica de Tajo. Llegáis a Los Navalmorales, oléis la casa, os ponéis ropa cómoda y después dais una vuelta por el pueblo y hacéis algunos recados. Como llueve levemente, volvéis en seguida y dejáis que la casa os temple y os acoja en esta tarde fría y desapacible. Cena, periódicos, libros, tele. Y luego a la cama. Fuera aúlla el viento.
A la mañana siguiente el sol se ha apoderado de todo, rebrillan los árboles y los tejados, Pipo está echado en el patio y vosotros miráis al cielo, azul y limpio hasta el infinito.

Os vais a Las Becerras, un sitio singular de los Montes de Toledo, en pleno parque de Cabañeros. Pasado el pueblo de Los Navalucillos, el camino discurre por una carretera bordeada de encinas y chaparros, que abandonáis hacia la izquierda para entrar en una inmensa hoya, salpicada de jaras, castaños y robles.

Abajo, en el soto, el amarillo de los álamos y los chopos serpentea suavemente y muestra el curso de algunos arroyos y riachuelos que van a dar en el Pusa, perdiéndose en el horizonte camino de El Chorro, el salto de agua donde la tradición dice que nace el río, al lado del Rocigalgo, el pico más alto de los Montes.

Entrar en el soto de Las Becerras es como volver a un tiempo antiguo, como regresar con vuestros antepasados a un lugar tranquilo y feliz. Un merendero junto a las aguas sosegadas de un riachuelo, la presilla para el baño, el puente mínimo, los álamos y los chopos centenarios, centinelas del tiempo todo el año, de sombras gozosas y agradecidas en verano, junto a las mesas y bancos de madera, y hojas amarillas y marrones en noviembre, para mirar desde la templanza del comedor con chimenea.


Saludáis al dueño del merendero y pasáis a comer un cocido sabroso y abundante. Después os vais por un carril pedregoso junto al río, camino de una presa acotada para truchas. Mariví sigue paseando con Pipo hasta la presa, y tú te quedas en un llano sentado junto a una encina, y la esperas, mientras miras el paisaje y  notas que te vas durmiendo sosegado, arropado por el sol de media tarde.

Sea invierno, sea verano, en cualquier estación os gusta este sitio: un lugar pacífico, tranquilo, natural e íntimo. Se llama Las Becerras y está en los Montes de Toledo.


Dedicado a Juan Pablo e Isabel, que estarán ahora bañándose en las aguas del Atlántico, junto a las costas de la isla de El Hierro.
  


lunes, 21 de septiembre de 2015

Dos poetas y el otoño

Otoño

Una larga carretera 
entre grises peñascales, 
y alguna humilde pradera 
donde pacen negros toros.
Zarzas, malezas,jarales.
Está la tierra mojada 
por las gotas del rocío, 
y la alameda dorada, 
hacia la curva del río.
Tras los montes de violeta 
quebrado el primer albor: 
a la espalda la escopeta, 
entre sus galgos agudos,
caminando un cazador.


Antonio Machado


El otoño se acerca


El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.


Ángel González







miércoles, 9 de septiembre de 2015

Miles de menores huyen solos hacia Europa








Un policía húngaro bloquea a unos niños refugiados en Röszke (Hungría), el 8 de septiembre de 2015. / MARKO DJURICA




 Dentro de la marea de refugiados que llegan a Europa hay miles de menores que viajan sin padres y que se dirigen a Austria y Alemania. “En lo que va de año, Berlín ha recibido a más de 1.000 menores refugiados no acompañados”, anota Robin Schulz-Algie, de la ONG Save The Children, quien admite que su organización no tiene un programa para atender a estos jóvenes. En Suecia, los centros de acogidas calculan que cada semana llegan 700 niños no acompañados, en condiciones siempre desesperadas. Todas las entidades que trabajan para ayudarles coinciden en que se trata del grupo más vulnerable entre los refugiados, víctimas de abusos y de las redes de traficantes de personas, por las que tal vez acaban incluso trabajando.

Al final del año pasado, solo en Alemania había 17.000 niños y adolescentes refugiados sin familiares, añaden otras fuentes de la ONG, que en 2013 calculó que habían llegado 5.858 chicos y 726 chicas a Europa sin protección familiar. Algunos tuvieron incluso que pagarse la travesía a Europa trabajando para los traficantes de personas. Un adolescente eritreo de 16 años contó a la ONG que le obligaron a trabajar en un campo en Libia, que le pegaban y que una noche, debido a los golpes, le rompieron un brazo. Otro joven cayó en una red de traficantes en Turquía. El chico acabó al timón de una barcaza hacia Grecia. Así se pagó el billete para Europa y los traficantes no corrieron el riesgo de ser arrestados.Los menores no acompañados son en su gran mayoría varones de entre 15 y 18 años, y viajan con amigos o hermanos, explica el representante de Unicef en Skopje (Macedonia), Bertrand Desmoulins. Son la parte menos visible de la tragedia de los refugiados, puesto que se mezclan con otras familias y se confunden en la muchedumbre. En Macedonia, según cifras oficiales, los chicos refugiados sin padres son 942, pero es probable que sean muchos más. “La mayoría de ellos no desea que las autoridades les registren como tal. Quieren moverse rápidamente y temen que vayan a retrasarles el viaje”, declara Kate O'Sullivan, que trabaja para Save The Children en Grecia.
La travesía de estos chicos perdura también en suelo europeo. “Al llegar a Grecia, duermen en campamentos desbordados, o en calles y parques públicos, sin tener acceso suficiente a agua, alimentos y servicios básicos. La situación en las islas griegas se ha deteriorado. Hay miles de personas y la violencia aumenta, y los chicos están atrapados en todo esto, tanto los que viajan solos como los que tienen familia”, explica O'Sullivan. Según los testimonios, muchos menores en los centros de acogida prefieren no comer durante días, o evitar ir al baño por miedo a sufrir violaciones.


Maite Pacheco, directora de Sensibilización y Políticas de Infancia enUnicef España, admite que en muchos casos estos menores emigran con el permiso de los padres. Andrés Conde, director general de Save The Children, expone las razones de esta difícil elección: “Son adolescentes que para los padres ya son casi adultos, y que, frente a la situación de violencia que viven en sus países, les apoyan en su decisión de emigrar. Se trata de una decisión sumamente dolorosa para ellos”. Conde dibuja el escenario al que se enfrentarán estos jóvenes en países como Austria o Alemania: “El fenómeno está desbordando las capacidades de alojamiento de los países ricos”, y, si Europa no reacciona rápidamente, estos menores acabarán acampando en polideportivos o en estaciones de trenes y autobuses de las ricas ciudades del norte de Europa.
La agencia de la ONU para los menores insta a Europa a actuar de forma rápida para alojar a estos jóvenes y garantizarle asistencia sanitaria y educativa. Las autoridades tendrán que discernir, como con los adultos, entre los que tienen derecho a asilo y los que emprenden el viaje por razones económicas. Pacheco puntualiza este aspecto: “Ninguno de estos menores que viaja solo o con amigos desea emprender el viaje, son el producto de la guerra y de la crisis que se vive en su país de origen”. Para la dirigente de Unicef la imagen de la tragedia es una foto: unos chicos que sujetan un cartel que dice “Por favor, parad la guerra, y no nos tendréis en Europa”.















Como bien se puede observar en este mapa España no existe...

Pero muchos, aún sin existir entonces, no olvidamos febrero de 1939: