sábado, 9 de febrero de 2019
miércoles, 6 de febrero de 2019
Casado acusa al Presidente del Gobierno de España de Alta Traición
El señor Casado ha agotado el diccionario para insultar al Presidente del Gobierno de España. Nada se le ha oído acerca de los ladrones de guante alto del PP que están en Soto y otras prisiones. Tampoco ha hablado de los muchos mediadores de Rajoy y Aznar cuando fueron presidentes. Aznar llegó a llamar a ETA Movimiento Vasco de Liberación Nacional.
Ahora acusa a Sánchez de alta traición. Alta traición es dejar lo de Cataluña solo en manos del Supremo mientras el Gobierno se fuma un puro y alquila el barco Piolín.
lunes, 4 de febrero de 2019
Carolina canta "Dedo gordo"
Un día de primeros de enero, Angelita, una de las dueñas de un
obrador de mazapán del pueblo, invitó a mi nieta Carolina, dos años y
medio, para que viera cómo se preparaba el rico dulce y para que jugase a
hacerlo.
Mientras moldeaba unas pajaritas, Carolina iba tarareando,
espontáneamente, la melodía de "Frère Jacques", que, con letra en portugués, había aprendido en su escuela infantil de Lisboa. Como Angelita había
trabajado muchos años en la guardería del pueblo, le enseñó una letra en español de dicha canción, dirigida, claro está, a niños y niñas de la edad de Carolina.
Dedo gordo,
Vengo a saludarte.
Angelita acompañaba su canción jugando coordinadamente con gestos
de sus dedos.
Carolina se rio, canturreó, hizo pajaritas y luego nos fuimos a
casa. En el sillón de la cocina quería ver mi móvil y toquetearlo pero yo no le
dejaba. Y mientras le repetía la letra de Angelita, ella porfiaba conmigo y
jugaba a quitarme el dichoso móvil, que estaba grabando lo que íbamos cantando.
Traigo aquí dos audios, el primero y el último. Carolina, ante la
dificultad del texto -ella es bilingüe y acababa de llegar de Lisboa el día
anterior-, optó espontáneamente por una curiosa adaptación y ajustó
instintivamente el texto de forma creativa. Me sentí feliz: como abuelo, se
me caía la baba; como amante de la música, confirmé que a Carolina se le da
bien la melodía y el ritmo.
Besitos, Carolina, besitos.
domingo, 3 de febrero de 2019
sábado, 2 de febrero de 2019
Un Rato en el Bankillo
UN RATO EN EL BANKILLO
Miércoles, 9 de enero, Audiencia Nacional, 10h43
Habla Rato:
-Esto es como todo en la vida, uno cree que lo que tiene vale equis, pero resulta que un minuto después no vale nada...
La fiscal le pide que explique un dato confuso. Contesta RR:
-Pero vamos a ver, qué es lo que me está preguntando.... Mire usted...
RR tiende a juntar los dedos de una mano con los de la otra para cerrar un circuito de seguridad, sobre todo cuando la fiscal aprieta.
A menudo, más que un interrogatorio es una discusión en la que Rato pierde la compostura o muestra su suficiencia.
-Vamos a ver, para que nos vayamos aclarando. A mí me echó el presidente del Gobierno...
-Eso ya lo veremos más adelante, dice la fiscal.
-Bueno, bueno, insiste Rato, vale, ya lo veremos...
Más adelante
Rato:
-Le vuelvo a decir que...
O
-¿Estrategia... de qué?
Cuando la cosa se pone turbia, Rato se empeña en darle lecciones a la fiscal en un tono desafiante.
Otras veces adopta un tono de contable neutro, revisa sus portafolios, busca datos y...
-Vamos a ver...
Cuando da esas explicaciones, que todo el mundo entendería, excepto la fiscal, Rato se ayuda del brazo derecho, que se dobla o se estira, con la mano girando en círculos o rascándose levemente el cráneo, otras veces dibujando un proceso o una operación con un movimiento del índice, que avanza o gira en función de la mecánica de la operación que se expone o se explica.
Cuando se enzarzan a fondo, los 32 acusados se remueven en sus asientos, sonríen o se miran entre sí emitiendo leves murmullos, gestos que comparten con la fila de 21 defensores.
De los 32 acusados, solo dos mujeres.
De los 21 defensores, tres mujeres.
EN CAMBIO
De los cinco fiscales, tres mujeres.
De los tres magistrados, dos mujeres.
El acusado medio es un varón de 55 años, de traje impecable, pelo largo entrecano perfectamente peinado o perfectamente despeinado, acostumbrado a ejercer su autoridad como la cosa más natural del mundo, y por eso mismo incómodo por el hecho de tener que estar callado durante tanto
tiempo, por más que se sienta bien representado por la voz segura y un tanto arrogante de RR, sometido durante hora y media ya a una persistente estrategia de la fiscal, que sigue percutiendo incansable con decenas de detalles que obligan a RR a aparcar su actitud sobrada y a rebuscar en sus cuadernos el dato que pueda ser valorado por la fiscal.
Y de pronto RR vuelve por sus fueros:
- Usted, le dice a la fiscal, puede decir lo que quiera, pero lo cierto es que...
Cuando fiscal y acusado se enzarzan, las pantallas ofrecen la imagen de los dos personajes, entregados de lleno a un toma y daca apasionante, RR girando de la arrogancia a la ofuscación, la fiscal impertérrita en su tono neutro pero seguro, aceptando la pelea, pero en su terreno, sin dejarse amilanar por el discurso ilustre de quien ha sido presidente del FM, y que, no obstante, ante determinadas preguntas se desorienta y duda, aunque solo un segundo, porque se rehace y vuelve a su discurso ex-cátedra o al cuerpo a cuerpo descarado:
-Yo le digo lo que yo vi, a mí no me ponga adivinanzas...
En el descanso, corrillos de ambiente distendido, aunque si afinamos podemos ver también a acusados sueltos intercambiando confidencias con su particular defensor. Y ahí ya las sonrisas se cambian por caras largas.
Sin querer me traslado al juicio contra Otegi y otros treinta encausados, hace ya unos años. Contrasto el vestuario de unos y otros, el peinado, la forma de andar y de ocupar el espacio mientras se habla en los corrillos. Todo es distinto en un caso y otro. Todo salvo el esfuerzo por aparentar serenidad, confianza, distensión, con esa sonrisa permanente, las palmadas en la espalda... Pero por más que lo intenten, ni entonces ni ahora logran disimular: la mirada vigilante, el hormigueo en las piernas (en movimiento continuo), la obediencia debida: súbitamente, todos de pie, firmes, en silencio riguroso, cuando el tribunal entra de nuevo en la sala.
El interrogatorio sigue como si no hubiéramos tenido veinte minutos de receso. Pero a RR se le ve más calmado. Ahora responde como respondería a sus compañeros del Consejo de Administración, matizando, exponiendo con calma, intentando que su interlocutor vea que se esfuerza en ser claro, que intenta justificar su punto de vista con argumentos razonables y sin mostrar signo alguno de nerviosismo o de impertinencia. Habla distendido, los brazos cruzados sobre la mesa, sin hacer uso de todos sus cartapacios, alargando las respuestas, cada una de ellas una lección de economía.
La fiscal también se alarga. Mientras, RR la escucha tapándose la boca con la mano, lo que acarrea un enrojecimiento súbito del rostro, morado casi cuando la fiscal lee un correo cuyo autor dice: 'A ver quién es el guapo que le dice al FROP que hay un agujero de cinco mil millones'.
-Vamos a ver, replica RR, yo no sé si ese ‘guapo’ dice o no dice, y no sé cómo sigue ese correo, pero mire, por qué no vemos el informe del Banco de España, un informe, eh, no un correo, un informe en el que se reconoce que...
- Bien, replica la fiscal, no se desvíe, ya hablaremos de ese informe en su momento. Ahora estamos en otra cosa. Y le insiste en los cinco mil millones.
-Vuelvo a reiterarle que..., contesta RR.
Y multiplica la gestualidad de las manos, cuyos movimientos, abriendo y cerrando círculos, mostrando horizontes abiertos, en perfecta coordinación, consolidan su línea de defensa.
Pero vuelve a lo suyo:
- Yo no sé quién le está aconsejando a usted...
-¿Cómo ha dicho?
- Perdón, lo retiro.
Y sigue mostrando su enorme caudal de información, sus extensos conocimientos, su habilidad para desparramar datos, pertinentes o no, pero siempre apabullantes, aunque no para la fiscal, que no ceja en su intento, ni suelta el hueso que ha mordido.
- Le vuelvo a repetir, contesta Rato, que...
La mano de nuevo enrocada en la barbilla, el rostro encendido, la sangre amontonada en las mejillas, cuyo bulto se tensa por la presión de esa mano-mazo.
Y Rato recula, ahora se exculpa diciendo que la situación era extrema, las dificultades enormes, el trabajo incansable...
Cuando la fiscal afina y se zambulle de lleno en los documentos más comprometidos, hasta media docena de defensores salen del letargo habitual, se llevan la mano a la boca, se mordisquean una uña, se ponen rígidos y miran con ira o con espanto a la fiscal. Cuando pasa el nublado, vuelven a la calma.
Por primera vez en tres horas, RR cruza sobre la mesa los dedos de las manos, los pulgares libres pero presionando con fuerza uno contra otro... o bien apoya las palmas abiertas sobre la mesa, o pone una mano sobre la otra, resignado, mientras contesta, a su pesar, a una serie de preguntas que no admiten salidas por la tangente.
A todo esto, va por la tercera botella de agua. Bebe de nuevo y aclara, acerca del folleto tramposo de la salida a Bolsa de Bankia que no tenían margen, no se podía hacer otra cosa, era eso o el desastre...
En diez minutos pronuncia ocho veces la frase 'le vuelvo a repetir'.
De nuevo, las palmas sobre la mesa, los dedos repiqueteando en la madera, el nerviosismo creciente. Para sujetar los síntomas de la tensión, toma un bolígrafo entre los dedos y juguetea con él. El ritmo de preguntas y respuestas se ha acelerado, ahora es muy vivo, no hay margen para explicaciones largas, es un verdadero calvario para el compareciente, que empieza a responder a menudo con un 'no lo recuerdo'.
- Y los gestos tienden cada vez más a la protección: brazos cruzados sobre la mesa, un brazo en la mesa y el otro sujetando el mentón, el boli girando entre las dos manos..., todo en auxilio de un Rato que ha bajado mucho el tono en los últimos minutos. Está cansado. La fiscal sigue y sigue y sigue, impertérrita, con su tono neutro pero sin desmayo.
Son ya casi cuatro horas de enorme intensidad, Rato obligado a dar respuestas que no quiere dar, sometido a la autoridad, él, que siempre ha sido la suprema autoridad.
Tras él, cuatro policías custodian a los acusados. Uno de los gendarmes, a un metro de mí, se ha dormido, pero del todo, como un tronco, la barbilla desplomada sobre el pecho, todo un síntoma de la deriva que ha tomado el interrogatorio, la fiscal erre que erre y Rato absolutamente sometido, domado, respondiendo con un hilo de voz a cada una de las preguntas, deseando que esto acabe de una vez, suplicando en silencio a la juez el pitido final.
Pero la fiscal es incansable. Rato se ajusta los gemelos de la camisa, se cruza de brazos y eleva la mirada al techo mientras va desgranando de mala gana recuerdos y sucesos que considera triviales, insignificantes, pero que no puede omitir si lo que pretende es salir airoso. Ya hace mucho que dejó de consultar sus papeles. Está acorralado, y lo asume. Es el mismo Rato de hace meses, obligado a inclinar la cabeza para entrar en el furgón policial.
Ahora es la fiscal la que, aferrada a un repertorio de documentos incontestables, menudea frases como:
- Vamos a ver... Contésteme a lo que le pregunto.
Y otras similares.
Y el acusado responde dócilmente, sabedor de que no hay escapatoria posible.
UN DETALLE FINAL
Durante toda la jornada he buscado al exministro Acebes con la mirada, sin éxito. Pero a las 14:06 uno de los acusados, un hombre corpulento, se levanta del asiento, supongo que para ir al baño. Y ahí está, tan atildado como de costumbre, la barbita perfecta, un George Clooney mesetario venido a menos que no acaba de creerse lo que le está sucediendo.
Y sí, es el mismo Acebes que a lo largo de toda una noche de marzo de dos mil cuatro inventaba mentiras a destajo mientras en una nave de Ifema se acumulaban cientos de cadáveres, muchos de los cuales seguramente tendrían su nómina domiciliada en Bankia, entonces Cajamadrid.
COLOFÓN
La Presidenta da por finalizada la sesión. Los acusados se levantan de sus asientos, intercambian impresiones con sus abogados, se alisan las arrugas del pantalón o se acicalan el pelo con dedos de pureza extrema. Rato se levanta de su asiento, cercado por cuatro policías. El todopoderoso ministro vuelve la mirada a sus compañeros de fatigas y espera ansioso a que pasen a saludarlo. De los 32, se le acercan exactamente… uno. Rato lo saluda con energía y desaparece de inmediato por un lateral de la sala.
Aquí, Las Candelas (En EEUU, La Marmota)
Son
varios los refranes que, como un registro meteorológico oral, recuerdan que el
día de Las Candelas, 2 de febrero, predice cómo será lo que queda de invierno.
El más conocido:
Si la Candela chora [ llueve ]
invierno fora.
Y si no chora
ni dentro ni fora.
Pero si da en reír [si hace sol]
invierno por venir.
Y si no ha nevado
y quiere nevar,
invierno por comenzar.
Jesús Bermejo
viernes, 1 de febrero de 2019
Madrid, Madrid, Madrid. Rompeolas de todas las Españas
En las elecciones municipales de 2015 para el Ayuntamiento de Madrid, Ahora Madrid (Podemos) obtuvo 180.000 votos más que el PSOE. Curiosamente, el mismo día y los mismos electores otorgaron al PSOE 180.000 votos más que a Podemos para las autonómicas. Es decir, los candidatos a alcalde y presidente, fueron la razón de este comportamiento electoral.
Aunque han cambiado mucho las cosas, lo arriba escrito explica todo lo que está pasando estos días. El PSOE mantiene a Gabilondo y busca candidato a alcalde. Podemos se arruina desmarcándose de Carmena y se suicida con todo lo relacionado con el trato a Errejón. Sería bueno que los madrileños tomasen nota, sobre todo mirando a Andalucía. Desde los noventa en la Comunidad gobierna el PP. Por higiene, por ética y por eficacia hay que cambiar.
En la Puerta del Sol de Madrid falta una placa
En las paredes centrales de la Casa de Correos hay otras dos, dedicadas a los héroes del 2 de mayo y a las víctimas del 11 de marzo. Las tres placas me parecen justas y necesarias.
Pero creo que falta una placa más, en la pared de la Casa de Correos, una placa que diga:
"En los sótanos de esta casa, la antigua DGS, estuvieron detenidos miles y miles de hombres y mujeres, y sufrieron torturas y humillaciones por luchar por la libertad. Incluso algunos fueron asesinados impunenente. Fue entre 1939 y 1977, durante la dictadura franquista.
sábado, 26 de enero de 2019
Los pasos en la acera
Artículo de Antonio Muñoz Molina en El País, 26 de enero de 2019
“Una frase leída en un artículo desata de golpe el
caudal del recuerdo: un fogonazo o una punzada de dolor antiguo y revivido
precede a la memoria consciente. Estoy leyendo el periódico en la placidez de
la mañana del domingo y me encuentro de regreso en un pasado lejano que sin
embargo no pierde nunca su filo. Dentro del hombre de pelo gris entrado en años
que soy ahora despierta un muchacho que acaba de cumplir 18 años y empieza a
asomarse al mundo, que llegó a Madrid hace apenas dos meses, con su apocamiento
y su ilusión de provinciano, con sus ensoñaciones de rebeldía personal y de
activismo político, todo mezclado con una vocación del todo adolescente por la
literatura.
El regreso lo ha
despertado una frase en un artículo de Edurne Portela. La lectura
empieza siendo un ejercicio de reflexión política y en un instante se ha
convertido en algo más, un recuerdo latente que el tiempo no amortigua porque
es el de un ingreso súbito y cruel en la vida adulta. Portela escribe sobre la
vergüenza española de la desmemoria, de la falta de interés y de reconocimiento
público hacia los perseguidos por la dictadura, los que se
alzaron contra ella y recibieron el azote de su crueldad. Justo en el centro de
lo más visible y lo más degradado turísticamente de Madrid está el escándalo de
lo invisible y lo borrado. La sede enfática de la Comunidad de Madrid fue la
Dirección General de Seguridad durante la dictadura, el agujero negro al que
fueron arrojados millares de detenidos, muchos de ellos
golpeados, torturados, asesinados. De la fachada de lo que
llamábamos hace muchos años la degeese colgaba
a finales del año pasado una gran bandera española sin el escudo
constitucional, rodeada de una variedad de decoraciones navideñas. En esa
fachada hay una placa que recuerda el levantamiento popular del 2 de mayo de
1808, pero ninguna conmemorando otros heroísmos y sufrimientos más cercanos,
los de los presos —y las muchas presas, puntualiza Portela— que padecieron en
las celdas de los sótanos y fueron interrogados y torturados en oficinas de un
aire del todo administrativo, con muebles metálicos grises, máquinas de escribir,
ceniceros llenos de colillas.
Quien pase por la acera, siempre invadida de
turistas, puede que no repare en las ventanas enrejadas que hay al nivel de la
calle. Los dinteles son de granito, y las rejas, muy sólidas. Detrás de ellas se
distingue el arranque de bóvedas que descienden hacia una negrura de pozo.
Escribe Edurne Portela: “Me asomo a esas ventanas del sótano desde las que los
presos decían que oían pasar a la gente”. Desde el suelo de las celdas, y desde
el bloque corrido de cemento sobre el que se alineaban las colchonetas, las
ventanas quedaban muy altas. Ni aun alzándose sobre los hombros de otro habría
podido un preso alcanzar los barrotes y asomarse a la calle, a la altura de la
acera, donde sonaban los pasos de la gente. Ese es el recuerdo más preciso, más
exacto, al cabo de tanta vida, 45 años. Se oían muy claros los pasos de la
gente, y por su sonido se distinguían los hombres de las mujeres, el taconeo
rápido y atareado de la juventud y los pasos arrastrados de los viejos o de los
mendigos o los enfermos. Gracias a esa percusión el oído compensaba la ausencia
de la vista.
Pero no solo se oían los pasos desde el fondo del
pozo, desde el interior de la celda. Se oían también los bastones de los ciegos
que en aquella época todavía pregonaban su lotería por las esquinas, y el
fuelle de los frenos hidráulicos de los autobuses que tenían la parada muy
cerca. A veces se notaba el rumor sísmico de los trenes del metro. Se oían
ráfagas y fragmentos de conversaciones, risas, gritos, la voz perentoria de un
hombre llamando un taxi, los silbatos de los guardias de tráfico. Cuando el sol
daba con un cierto ángulo, en el aire gris de la celda se entreveía la sombra
de alguien que pasaba. La luz filtrada por la tela metálica sucia tenía un
color de rata. La libertad, la simple vida cotidiana, estaba a unos pasos por
encima de nosotros, y también tan lejos como si no existiera, como el recuerdo
doloroso de lo que se ha perdido para siempre.
Los sonidos que llegaban desde las profundidades de
aquel sótano eran más siniestros. Las puertas de las celdas se abrían y se
cerraban con una violencia amenazante. Éramos 20 en una celda para 10. El
número está inscrito en mi memoria igual que en la puerta, encima de la
mirilla: 47. El murmullo de nuestras conversaciones en una penumbra sin matices
en la que siempre ardía una bombilla pelada se detenía cuando escuchábamos
pasos, tacones de botas sobre el suelo helado de piedra. Era marzo de 1974.
Acababan de ejecutar a Salvador Puig Antich. Sin conocer a casi nadie todavía
en la Facultad, yo me había unido a una manifestación de protesta contra el
crimen, cortando el tráfico en la avenida Complutense. Los grises con botas
altas y cascos de acero, con pértigas negras y espuelas relucientes, cargaban contra
nosotros a caballo, bajo el tableteo de un helicóptero de la policía que volaba
muy bajo.
Dentro de todo, yo tuve suerte. Me golpearon entre
varios tirado en el suelo, y en el interrogatorio me llevé algunas bofetadas,
delante de una mesa con ceniceros y expedientes. Amenazar a un adolescente
asustado y esposado debía de ser un pasatiempo entretenido. Me tuvieron
encerrado tres días en aquella celda y me pusieron una multa administrativa que
equivalía casi a la cuarta parte de mi beca y me forzaba a la extrema penuria.
Me condenaron perdurablemente a tener miedo: a ser detenido otra vez, a perder
la beca y, por tanto, a renunciar a la universidad. La primera o la segunda
noche se abrió la puerta de la celda y un preso al que traían entre dos grises
se derrumbó como un guiñapo en el suelo. Nos contó que lo habían torturado
golpeándole durante horas las plantas de los pies. A lo largo de los pasillos,
junto a las puertas de las celdas, estaban las botas y los zapatos sin cordones
de los detenidos. La llegada y el progreso de la noche podían medirse por el
silencio que se hacía poco a poco en la acera. Después de media noche no había
autobuses y se escuchaban pasos aislados, risas de juerguistas. En ese silencio
era cuando llegada de verdad el miedo."
El reloj de arena enterró a Julen
Artículo de Rubén Amón en El País, 26 de enero de 2019
"Julen no ha sido rescatado. Ha sido
exhumado. Es la diferencia entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la
sentencia. Carecía de todo sentido, es verdad, aferrarse a una ofrenda
milagrosa de la madre tierra, pero el desenlace trágico no contradice la
ejemplaridad de la iniciativa, el esmero de los voluntarios, la abnegación y el
riesgo de los mineros, la delicadeza con que las grandes máquinas horadaban el
misterio de la montaña, colosos de acero que arañaban la sepultura del infante
exánime.
A Julen se lo había tragado la
tierra. Cuántas veces hemos escuchado la expresión coloquial. Y qué pocas veces
ha estado revestida de tanta elocuencia. Una trampa. Una fatalidad, un
accidente conmovedor al que su gente, las gentes, han opuesto el calor de la
humanidad. No había esperanza de recuperar vivo a Julen transcurridas 48 horas,
pero hubiera sido despiadado desahuciar su alma. No ya como remedio a la
congoja de sus padres, sino por la dignidad de la sociedad. Ha dado lo
mejor de sí misma en el altruismo y en la expectación. El interés hacia la
noticia no removía los bajos instintos de los sucesos morbosos. Obedecía al
suspense y estupor de una proeza nunca vista. La humanidad se expone en las
causas imposibles, en las emergencias de sensibilidad.
Julen respondía a ambas. Su desaparición
en el vientre de la montaña apelaba a la incredulidad y a la piedad. Se han
puesto todos los medios económicos, logísticos, humanos. Se ha reaccionado con
ingenio y sudor a un desafío que retrata el activismo de las conciencias. Podía
haber sido nuestro hijo, nuestro nieto, nuestro hermano. No podíamos
consentirnos abandonarlo. Había que rescatarlo para volverlo a enterrar, pero
esta vez con una lápida, un epitafio, un lugar de memoria menos abstracto que
el monte desventrado de Totalán.
Se han producido algunos excesos de
morbosidad mediática. Han sido inevitables los episodios de sensacionalismo y
amarillismo, pero la cobertura informativa se ha atenido casi siempre al
requisito del pudor o de la prudencia. Y no eran pequeñas las tentaciones de lo
contrario.
Las narra mejor que nadie Billy Wilder
en la película de El gran carnaval. No la protagoniza
un niño, pero sí el dueño de un motel cuyo cuerpo queda atrapado en una gruta
mientras buscaba unos vestigios indígenas en Alburquerque. El rescate engendra
la histeria social y el circo mediático. Y se convierte el pueblo de Los
Barrios en una feria ambulante. Por eso los protagonistas de la operación —un
periodista despiadado, un sheriff feroz—
demoran el salvamento. Y sentencian a muerte al hombre extraviado de tanto
prolongar la incertidumbre.
No ha habido gran carnaval en Totalán.
Las cosas se han hecho despacio no por suspense, sino por cordura. Días de
frío, noches de insomnio. Un reloj de arena que sepultaba a la criatura con el
fetiche de las chucherías. Y una distancia de seguridad, una zona de excepción,
entre las caravanas televisivas y el yacimiento que preservaba el pudor. Nadie
mejor que unos mineros asturianos, nibelungos sin porvenir, para excavarlo.
Julen era uno de los suyos. Han expuesto sus vidas. Por un niño de dos años. Y
por la humanidad entera.
Un martillo de minero es la única
inscripción en la tumba de Ibsen. Se aloja en el camposanto de Oslo. Y no es la
herramienta un símbolo masónico, sino la alegoría del regreso de los hombres al
vientre de la tierra. “Hay paz en lo más profundo”, escribe Ibsen. “La paz y el
sueño inmemorial”.
viernes, 25 de enero de 2019
Juan Eduardo Zúñiga cumple cien años
“Veloces pasan los años y a nuestra espalda
dejan infinidad de hechos, de personas valiosas o despreciables...” Así
comienza el libro Fábulas irónicas de
Juan Eduardo Zúñiga, quien ayer cumplió cien años. Estimado señor Zúñiga: no
encuentro mejor forma de felicitarlo, a usted, un escritor tan valioso, que haciéndole
saber que, una y otra vez, leo y releo sus libros, y los recomiendo por todos
los sitios, para que deje de ser usted un escritor de culto y oculto, como dice
Luis Mateo Díez, pues leer sus libros es tomar conciencia de estar leyendo a un
gran escritor, a un magnífico cuentista, a un poeta que ama a su ciudad y a los
que en ella viven. Gracias, maestro. Gracias por escribir.
Y, ya de paso, déjeme que aproveche para
convidar a directores de cine y de series a que lean sus libros, porque en
ellos hay sobrada materia que acaso les podría interesar. Tal, por ejemplo, el relato Ruinas. El trayecto. Guerda Taro, ese cuento suyo en el que, en un Madrid
abatido, frío y medroso, nos presenta usted un soldado que va haciendo memoria
e intentando recordar quién era Guerda Taro, aquella fotógrafa que un día le
dijo, en la azotea del Círculo de Bellas Artes, que “pasarían años y todo
quedaría olvidado pero un día esas fotografías habrían de servir para juzgar la
barbarie y la crueldad de unos años sangrientos.”
Jesús Bermejo
PD)
Jesús Bermejo
PD)
martes, 22 de enero de 2019
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






























































