miércoles, 12 de enero de 2011

El último vecino de La Zarza (Ävila)


Del Diario de Ávila

31/01/2010
David Castro y Mayte Rodríguez/La Zarza
 


A sus 81 años, José Muñoz Calle, el único vecino de La Zarza, posa en la puerta de su casa, a casi 1.400 metros de altitud
El reloj está a punto de dar las dos de la tarde, pero en La Zarza el termómetro no remonta los dos grados bajo cero. En pleno mes de enero y a casi 1.400 metros de altitud, su único vecino lleva toda la mañana sin salir del cobijo del hogar. Con nieve en la puerta de casa y 81 años a sus espaldas, José Muñoz Calle sabe que no está para correr riesgos. «Uno lleva toda la vida aquí y está acostumbrado a estos fríos, pero sólo salgo para coger leña», afirma, sentado junto a la lumbre.

En un puchero de porcelana, al calor del fuego que preside la cocina, van tomando cuerpo las patatas con carne que José ha preparado para comer. «Hago guisos de cuchara porque ayudan a entrar en calor, y a la lumbre sale más barato», añade. Por la noche, combate las gélidas temperaturas de esta época calentando la casa con radiadores eléctricos, «pero este año nos van a poner más cara la luz, así que hay que ahorrar de donde se pueda», comenta.
Su pueblo, igual que los demás anejos de Solana de Ávila, se encuentra en la llamada Sierra del Tremedal, pero La Zarza es de los que están más arriba. Y a mayor altitud, más frío. «El más alto es Tremedal -1.503 metros-, allí hay cuatro grados menos que en Solana; en La Zarza, dos grados menos», explica el alcalde, José Muñoz, que asegura que, por las noches, los habitantes de estas tierras llegan a soportar temperaturas de 12 grados bajo cero.

Pero cada vez son menos los que tienen que hacer frente a las temperaturas extremas del invierno serrano. La sangría de la despoblación llega aquí a tal punto que nueve pueblos que dependen de un único ayuntamiento no llegan a sumar 160 habitantes. «Y en realidad son muchos menos, porque no todos los empadronados viven de verdad aquí», sostiene el regidor.
 
La Zarza es un buen ejemplo de ello: son ocho los vecinos que figuran en el padrón, pero sólo José Muñoz Calle reside en el pueblo de forma permanente, así que a la dureza del invierno se añaden los sinsabores de la soledad. «Hay días que no veo a nadie», confiesa, resignado.

Gracias al servicio de ayuda a domicilio que presta la Diputación Provincial, del que es beneficiario, todas las semanas recibe la visita de una chica que, además de ayudarle con las faenas de la casa y hacerle compañía, le lleva el pan. Y es que donde no hay vecinos, no hay tiendas. «El panadero sólo sube los fines de semana», se queja José, quien cada sábado recibe también la visita del frutero procedente de El Barco de Ávila, la capital de la comarca, a la que procura desplazarse para hacer la compra los lunes, «que es día de mercado», aunque «ahora en invierno no bajo tanto como cuando hace bueno». Así que cuando la despensa está a punto de vaciarse, recurre «a un primo o a alguno de los cuatro o cinco que vienen los fines de semana, que me llevan en el coche a comprar siempre que lo necesito», afirma.

José está solo desde que su hermana, con la que vivía en la casa familiar de La Zarza, fue ingresada en una residencia de ancianos de la comarca. Él tampoco goza de buena salud. De hecho, la bombona de oxígeno que hace su vida más llevadera da la bienvenida a todo el que entra en su casa. «Hoy mismo ha venido a el que rellena la bombona», comenta José, a cuyos delicados pulmones no debe beneficiarles la altitud del pueblo en el ha transcurrido su vida entera, a excepción de las largas temporadas que pasó trabajando de pastor en Extremadura.
Donde no hay vecinos ni tiendas, tampoco hay consultorio . «A Solana viene el médico dos días a la semana, pero con José se comunica por teléfono y, cuando lo necesita, sube a verle», precisa el alcalde, mientras el paciente asiente y dice entenderse «muy bien con la doctora Carmen». De vez en cuando, también recibe la visita del cartero, que se desplaza hasta La Zarza «siempre que hay cartas», señala el regidor. «Ahora en invierno no tengo muchas visitas, así que agradezco que venga cualquiera», dice José.

En la llamada Sierra del Tremedal, la crudeza del invierno y la soledad representan la cruz de una moneda cuya cara es la impresionante belleza de unas tierras desconocidas y «prácticamente vírgenes», que es precisamente donde reside «parte de su encanto», destaca Jesús Ángel González, ganadero, propietario del único bar que hay en Solana de Ávila y enamorado de esta zona.
En pleno invierno y en día laborable, una ruta por estos pueblos de casas de piedra cerradas a cal y canto deja en la retina más perros que personas. Uno en Serranía, dos perros en Los Loros, otro en Tremedal, ... También en La Zarza encontramos un can, afable y bien cuidado. «Si no hubiera perros, por la noche entrarían los jabalíes en las calles», advierte el responsable municipal.
José Muñoz Calle no tiene perro, «pero sí muchos gatos», a los que se ocupa de alimentar cada día sea verano o invierno. Tampoco se olvida de sus gallinas, que «ahora no ponen porque están muertas de frío», pero que le regalan buenos huevos cuando llega la primavera.

Estos días, José no está solo en La Zarza. Por el día, un grupo de albañiles reforma una vivienda próxima a la plaza. Reconocen que cuesta trabajar al raso con temperaturas tan bajas, pero no les falta el sentido del humor. «Uno de ellos es de Serranía, así que está acostumbrado a este frío», aclara el regidor.
El único vecino del pueblo sale a la puerta de su casa a despedir a la visita y lo hace sin más abrigo que la chaqueta de lana que ya vestía en el interior. El alcalde le pregunta si tiene leña suficiente y él asiente. «Si no tienes, dímelo, que te la sube Manolo -un concejal-», le dice. «Va a subir de todas formas a echarte sal en esta calle, que está muy peligrosa», añade el regidor, que procura visitar todas las semanas a los vecinos que, como José, son mayores y apenas tienen compañía.
Y en soledad se queda. Con la televisión como única compañía y al calorcito de la lumbre, de la que enseguida retirará el puchero para dar cuenta de las patatas con carne. ¿Y de cena? «No sé, no lo he pensado, pero seguramente unas sopas de ajo o unas patatas rebullías, que llamamos por aquí y que por ahí dicen revolconas», contesta José, sonriente, cuyo cálido gesto contrasta con el gélido ambiente en el que vive.    


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