miércoles, 12 de enero de 2011

Madrid hacia 1950 y Juan Benet


22 Ene 2009





Otoño en Madrid hacia 1950 es lo más cercano que escribió Benet a unas memorias. Quizá sea, junto a sus cuentos, uno de los mejores libros para empezar a leerlo. Eso si es que el lector tiene ganas de iniciarse en una aventura de verdad, de esas que, tras pasarla mil y una veces putas, vadeando profundos ríos o sorteando trampas y emboscadas en desfiladeros sombríos, con la nieve azotando la capa y el máuser a la espalda, acaba por darse cuenta de que no hay nada como ese viaje que acaba de terminar y que, en cuanto pueda, volverá a emprender. Benet es de los pocos autores contemporáneos, y pienso también en Anthony Powell o W.G. Sebald, que gana en la relectura. En sus libros, a diferencia de tanta necedad satinada que llena las mesas de novedades de las librerías, y como bien señala Javier Marías, no hay artificio más allá de un estilo que, por ser el que debe ser, no resulta cargante ni chirría, algo que ocurre con sospechosa frecuencia en quienes han tratado de imitarlo. El estilo, cuando es propio, no es sino la mirada de un autor, su forma de entender el mundo y crear uno nuevo, sin que en ningún momento se pueda separar aquella última del primero o viceversa. Por eso, y a raíz de la defensa que Benet hizo del estilo, del high style, a lo largo de su vida y más en concreto en su notable y divertido ensayo La inspiración y el estilo, algún listillo ha dicho que Otoño en Madrid hacia 1950 es un Benet menor. En cierto modo la afirmación tiene una parte de verdad, pero las medias verdades son también medias mentiras. El estilo de este libro, semejante al de alguno de sus mejores artículos, recuerdo por ejemplo aquellos que dedicó a Dionisio Ridruejo o Julián Gorkin, es el que tiene que ser, ya que, como dice Benet en el libro, no se puede obviar esa íntima e inseparable correlación entre propósito y medio que invalida la fútil distinción entre forma y contenido. Se trata de recordar unos años de manera distanciada, y por ello el estilo, más relajado, música de cámara, como diría su autor, se aleja del de sus novelas. Pero aquí, como en aquella, la realidad, más opaca si cabe por ser recordada por su autor, también se hace inaprensible, con sus partes ocultas que no serán reveladas, lo que obliga por ejemplo a un uso, sin duda magistral, de la digresión. No es ajeno a esa mirada retirada, levemente británica, el sentido del humor de Benet, que se hace más palpable en este libro que en cualquiera de los otros, con la excepción de esa broma privada que es En el estado. Pese a ser un libro sobre un tiempo muerto, sobre amigos que ya no están y sobre lugares que desaparecieron, en Otoño en Madrid hacia 1950 hay episodios, como el del doctor Félix de la Fuente o el de la demostración de que el carnet de identidad no era ignífugo, divertidísimos, que harán pasar un buen rato al lector atento. Hay que sumar al haber de logros de este espléndido libro los retratos que Benet hace de algunos de aquellos personajes perdidos en el Madrid de los años del frío. Aparecen por estas páginas de contenida melancolía un Pío Baroja que ya no espera nada de la vida y que discurre sobre la bomba atómica o un Luis Martín Santos frecuentador de burdeles y degustador de licores espesos. Entre otros muchos como el pintor Caneja o Alberto Machimbarrena. Y todo en apenas un centenar y medio de páginas. A ver si aprenden algunos.
Sergio Casquet
junio, 2001



No hay comentarios:

Publicar un comentario