lunes, 10 de enero de 2011

Robles Amarillos



        1

 Cuando miro la sierra desde el balcón de casa, no detengo mis ojos en la Peña del Cuervo sino que los llevo hasta Robles Amarillos, la cresta que surge de la hondonada y se yergue, imponente y mágica, con una eterna mancha de nieve en el lomo.
         De pequeño siempre sentía el vértigo de lo desconocido al oír el nombre de aquella sierra, hasta que un día descubrí su olor al arrimar mi nariz a la vaca Jardinera, que había pasado allí arriba todo el verano. Mientras acariciaba su piel limpia y reluciente, una fragancia salvaje iba inundándome y me hacía repetir una y otra vez: “¡Padre, yo también quiero ir a Robles Amarillos!
         Poco tiempo después, apenas cumplidos los diez años, adonde me llevó mi padre fue a Madrid, a estudiar el bachillerato. Atrás quedó la sierra de Robles Amarillos, perdida en el tiempo de mi infancia. Atrás dejé Aravalle, mi pueblo, envuelto en una neblina otoñal.
         En Madrid, andando el tiempo, aprendí a oler las estaciones, a gozar de su cielo azul en días de viento fino y a disfrutar de plácidos atardeceres mirando hacia la sierra de Guadarrama. No fue fácil este aprendizaje; supuso  saber dónde estaban los puntos cardinales, cómo se llamaban otros árboles, qué hábitos tenía la gente  y desde  qué altos se veía mejor la ciudad.
         Hace ya muchos años que llevo conmigo las dos sierras, mis contertulios fieles y discretos; Robles Amarillos, la sierra de mi infancia, el temblor de lo escondido, y Guadarrama, la conquista de lo nuevo, el secreto de mi juventud.
                                                       

         2

Aravalle era un pueblo pequeño pero tenía tres barrios. El de abajo decían que tenía más categoría, quizá porque en él estaban la iglesia, el ayuntamiento y la taberna, o tal vez debido a que allí residían los ricos y quienes aspiraban a serlo. El correo paraba solamente en este barrio, pues era el único cruzado por la carretera nacional, y aquello, bien mirado, más que regalo parecía un peligro, aunque, a decir verdad, no pasaban tantos coches como para alarmar al vecindario. En el barrio de abajo tenían los camioneros sus casas y sus cocheras  y en él vivían los maestros, el médico, el cura y el secretario. También allí habitaban personas menos señaladas pero ya se sabe que, a la hora de valorar, la gente se fija más en los que tienen mando o una buena cartera, qué se le va a hacer.
         El barrio de arriba estaba más cerca de la sierra, así que en verano tenían más cuidado a la hora de la siesta, pues la zorra, acechante en el calor de agobio y silencio, se llevaba de los corrales las gallinas que pillaba. En él vivían familias sencillas pero también otras que, gozando de buena posición económica, se sentían a gusto en el barrio de sus padres y nunca pensaron en mudarse al de abajo. Como no era lugar de paso sino fin de trayecto, resultaba curioso ver subir la cuesta a personas que no lo frecuentaban, y que iban a arreglar sus zapatos al taller de tío Senén o a comprar alguna pieza en casa de tío Venancio, un hombre que gozaba de cierta aureola, a pesar de ser forastero, pues era el único que tenía licencia de caza y pesca. Decían sus vecinos que en el barrio de arriba olía mejor, que hacía menos frío en invierno y que su gente era más acogedora.
         En los dos barrios había hornos, para que cada vecino cociese su pan, sus mantecados o sus perrunillas, y los dos tenían fuente pública y varias regaderas, por las que discurrían aguas transparentes y rumorosas camino de las huertas. También en los dos existían ciertas zonas en las que sólo había casas de vacas,  medida higiénica quizá promovida por algún ilustrado vuelto de América con ganas de cambiar Aravalle.
         Entre un barrio y otro había ido creciendo un variopinto caserío formado por una docena de viviendas, algunas casas de ganado, la fragua de tío Martín, las escuelas y el salón de concejo; era el barrio del medio, con su fuentecilla y su regadera, su pequeñez y su personalidad siempre ligada a las escuelas del pueblo.
         La pertenencia a uno de los tres barrios marcaba profundamente las relaciones que cada vecino trababa con los demás y constituía una de sus señas de identidad más acusadas. Tal vez la razón de aquel vivo espíritu de barrio residía en cómo se había ido formando el pueblo, pues Aravalle era el resultado de  la fusión de dos aldeas rivales atemperadas por el caserío del medio, que habría propiciado el encuentro.
         Una de las cosas que más llamaba la atención de los forasteros era que mi pueblo no tuviera un continuo entramado de casas, sino tres minúsculos núcleos urbanos rodeados de huertas y unidos solamente por un camino de tierra, el Camino del Barrio. Pero a la gente de Aravalle esto le parecía la cosa más normal del mundo e incluso se extrañaban de que los demás pueblos no fuesen así.


         Mis abuelos maternos, Fernando y Ana, vivían en el barrio de arriba, junto a una plaza de tierra, “El Corral del Payo”. Y los paternos, Antonio y Amparo, tenían su casa en la calle Real del barrio de abajo, muy cerca de la plaza principal, “El Corralillo”.
         Cuando mis padres decidieron casarse, se fueron a vivir al barrio del medio, no se sabe si por no querer contrariar a ninguna de las dos familias o si tal vez fue porque había pocas viviendas libres en Aravalle. Allí empezaron su nueva vida, en aquella casa pequeña y luminosa, “la casa azul”, que así la llamaban por el color de los frisos, de las ventanas, de la puerta y de la barandilla del balcón. Cerca de ella estaban las escuelas y la fuente y un poco más lejos, un huerto donde crecían  patatas, alubias y maíces. Allí nací yo.
         Pasadas unas semanas y ya recuperada de aquel parto primerizo y difícil, mi madre me cogió en brazos y salió al balcón. Mi mirada vagaba vacía pero el olor intenso y primoroso de las chiribitas, el borboteo del agua de la fuente, el sabor dulce del chupete y los besos y arrullos de mi madre componían un  tranquilo paraíso de calma y de placer.

“El misterio de la vida, mi voz, mi lengua, mi savia, la luz que mis ojos filtran, la forma de oír las risas, los miedos, las miradas, mis manos haciendo palmas, el dedo índice zurdo señalando hacia la nada, el olor de la mañana, los orines, la almohada, la caca, la leche agria, el sonido de la lluvia, las manos que me abrazan, el llanto en la noche larga, la voz suave de mi madre, mi padre que se enfada, mi ronroneo, mi ansia, los ruidos de aquella cama...”
 Todo comenzó en aquella casa azul.

                                                                                                            


     
 3

A mi abuelo Fernando siempre lo recuerdo con el sombrero puesto. Nunca llevó gorra, que yo sepa, a pesar de que en Aravalle la gorra con rabillo era usada por casi todos los hombres del pueblo. Al volver de la mili, cada mozo tenía ya preparada su gorra, y ésta formaría parte de su atuendo hasta la muerte. No se sabe la razón por la cual algunos hombres llevaban sombrero ni tampoco desde cuándo tenían esa costumbre, si fue una moda que impuso alguna quinta de mozos o si sólo se debía a una elección íntima y personal. Sea como fuere, mi abuelo Fernando llevaba siempre su sombrero puesto, un sombrero negro, de ala discreta, colocado ligeramente hacia atrás y con una hendidura en la parte central, que él perfilaba sin quitárselo nunca.
         No  por su sombrero sino por sus ocurrencias, todas ellas producto de su demencia senil, mi abuelo era constante  motivo de cuchicheo entre  los vecinos pero aquéllas suponían, para quienes vivíamos con él, una situación de alarma continua. Mi abuelo Fernando tenía entonces setenta y cinco años, y seguía viviendo en la casa del Corral del Payo, a pesar de que hacía ya tres que se había quedado viudo. Se había casado dos veces y sus dos mujeres llevaron el mismo nombre: Ana.
         Según me contaba mi tío-abuelo Saturnino, la familia de abuelo era algo especial debido a las relaciones que en ella se daban. En las largas siestas de verano, tío Satur me explicaba una y mil veces aquel árbol familiar como si fuese una lección de la enciclopedia: “Tu abuelo Fernando era el segundo de cinco hermanos, que se quedaron sin madre siendo muy niños. Tu bisabuelo Emilio, buscó enseguida otra mujer y se casó de segundas con una viuda joven que se llamaba Genoveva y que tenía seis hijos”.
          Crecieron juntos los once hermanos, a los que se unió pronto Luis, el único hijo nacido de la pareja. El pobre Luis vivió poco tiempo, pues un día de verano, bajando de la Peña del Cuervo, se dio una tupa de agua bebiendo a pecho y se murió de repente, sin haber cumplido los veintidós años.
          Para entonces, los bisabuelos habían ido casando a sus respectivos hijos entre sí, con el fin de que no hubiera que repartir la hacienda con extraños. Aquellas parejas, formadas por designio paterno, fueron uniendo a quienes habían sido hermanos de casa sin pedirles siquiera el consentimiento. A abuelo Fernando se lo dijo su padre  de sopetón, cuando regresaba de Extremadura con un rebaño de vacas trashumantes. “Fernando, para septiembre te casas con tu hermana Ana”. Mi abuelo aceptó sumisamente, como habían hecho sus hermanos mayores, como irían haciendo los más pequeños, pues ninguno se rebeló ante la imposición paterna. A la hija que quedaba desemparejada, decidieron casarla con un tío suyo, ya mayor, y los bisabuelos estuvieron lamentando hasta el fin de sus días las consecuencias desgraciadas de tan siniestra boda, pues de aquella pareja nacieron niños con serias deficiencias físicas y mentales, causadas por los evidentes lazos de sangre que en ella concurrían.
         Los bisabuelos Emilio y Genoveva habían conseguido reunir un considerable rebaño de vacas que pastaba siempre al aire libre. En verano, subían a la frescura de los prados de Robles Amarillos y, en invierno, pacían en la templanza de las dehesas extremeñas.
         Una semana antes de San Antonio, los hombres de la casa salían hacia Extremadura con sus caballerías atestadas de tasajos, morcillas, chorizos y tocino y seguían la red de cordeles y cañadas por las que, a lo largo de los siglos, habían transitado rebaños y vaqueros. Al cabo de una semana de camino, justo el día en que se cumplía el trato, llegaban a la dehesa, que estaba entre el río Guadiana y la sierra de Yelves. Después de pasar revista a las vacas y acariciar a los becerrillos nacidos en aquellas tierras, oían misa y daban gracias al patrono de los animales, que en Aravalle era San Antonio de Padua.
         El retorno duraba el doble que el viaje de ida, así que mi abuelo y sus hermanos llenaban las alforjas hasta los topes, con cecina y queso de Don Benito y buen tocino veteado de Medellín. Las vacas y los becerros salían de la dehesa formando un grupo compacto de andares enérgicos, que unas horas después, al llegar al cordel, iba alargándose en una fila interminable de animales cansinos, que avanzaban envueltos en el toletole de los campanillos, el olor de las boñigas y un cortejo zumbón de moscas y mosquitos, que se adherían con saña alrededor de sus hocicos y de sus ojos.
         Poco a poco iban recorriendo la  provincia de Cáceres de sur a norte, hasta que llegaban al valle del Jerte y se preparaban para subir a Castilla por el puerto de  Tornavacas. Cuando entraban en Aravalle, muchos vecinos del pueblo se ponían a la vera del Camino del Barrio para ver a los animales, que, cansados del largo trayecto, se dejaban conducir dócilmente hasta el corral de concejo, donde les esperaba una noche fresca antes de emprender la última jornada del viaje. Después de tres semanas de privaciones, por fin los hombres veían a sus familias, se afeitaban, se lavaban, se cambiaban de ropa, comían de cuchara y descansaban en una cama de verdad. A la mañana siguiente  subían el rebaño a Robles Amarillos, en cuyos pastos pacerían los animales todo el verano vigilados de cerca por un vaquero ajustado para aquellos menesteres.
         La víspera de San Miguel, tres meses después, mi abuelo y sus hermanos subían de nuevo a la sierra y bajaban el rebaño al pueblo. En el corral de concejo apartaban los chotos y los becerros para llevarlos a la feria de Aravalle y, terminada ésta, emprendían con los demás animales el camino de retorno a la dehesa del Guadiana. Allí estarían hasta San Antonio y después volverían otra vez a Robles Amarillos, siguiendo el ritmo de las estaciones y rotando en su caminar como rueda la tierra alrededor del sol.

Mi abuelo Fernando y su primera mujer tuvieron tres hijos, que quedaron huérfanos de madre cuando aún eran niños. Abuelo decidió entonces buscar nueva compañera pero no hizo como su padre, no se sabe si escamado por la experiencia o llevado por el arrebato del amor. Y se casó con abuela Ana, una mujer algo más joven que él, también viuda pero sin hijos. Ambos hicieron mudanza y se trasladaron  a la casa del Corral del Payo, donde criaron a los hijos del anterior matrimonio de mi abuelo y a tres más que les fueron naciendo: Emilia, mi madre, Genoveva y Ginés.
         Era mi abuela la mujer más buena de toda la comarca. Dotada de una personalidad  frágil- con la fragilidad que da la bondad- pero decidida, tenía siempre abierta la puerta de la casa y cualquiera, con llamar desde el portal, podía subir a la cocina y ser bien recibido. Algunos enseguida la tacharon de derrochona y confiada pero ella no hacía caso de aquellas habladurías de mezquinos, que intentaban tapar su hiriente racanería criticando la virtud ajena.
         Había nacido en el seno de una familia menos numerosa que la de abuelo Fernando y mucho más discreta. Era hija de Nicasio y de Joaquina, una pareja de cabreros, y tuvo un hermano que, siendo muy joven, se marchó a Plasencia y allí se casó y tuvo hijos. Desde entonces, mi abuela sintió una viva atracción por la ciudad que propició la emancipación de su hermano y  transmitió esa fascinación a sus hijos, en especial a mi madre, a quien recuerdo aún, en las tardes de invierno de mi infancia, mostrándome con cariño las fotos de sus primos y hablándome con encanto de la ciudad añorada.
              De abuela guardo el primer recuerdo de mi vida, un recuerdo intenso y claro.

“La veo vestida de negro, con delantal y toquilla, la cabeza cana, el pelo recogido en un moño, los ojos grandes y verdes, tres profundas arrugas en la frente, los labios sonrientes y carnosos y su regazo esperándome en la sala. Me acerco al balcón, miro y veo a tío Bartolomé, que va hacia la casilla donde guarda las cabras. De tanto apretar la nariz contra el frío cristal, éste se quiebra por el centro y milagrosamente no se cae al suelo rompiéndose en mil pedazos ni me causa el más mínimo rasguño sino que se queda en su sitio, esperando la laña de algún hojalatero que lo haga aún resistente a los fríos del invierno y a los apretones de nariz de los niños como yo. Abuela Ana no me riñe ni hace ningún aspaviento. Sólo percibo una ligera energía que tira de mí y me aparta de la ventana para evitar un peligro evidente.”

         Aquel cristal conservó durante muchos años su laña resistente hasta que, muertos los abuelos y repartida su herencia, unos sobrinos de mi madre remozaron la casa y  se llevaron por delante aquella laña de mi primer recuerdo.
         Abuela Ana se murió pocos meses después de que mi nariz rompiera el cristal de su balcón. Y con su muerte  se acabó aquella casa de intensa bondad y comenzó otra de trajín y locura, ya que mi abuelo empezó a disparatar y  a hacer cosas raras. Don Alfonso, el médico, diagnosticó que había entrado en una fase aguda de  demencia senil pero que podría vivir bastantes años siempre que recibiera las atenciones que necesitaba. Como abuelo se negó a abandonar aquel hogar del Corral del Payo, donde llevaba viviendo más de treinta años, sus hijos hicieron turnos para cuidar de él en su propia casa y a mis padres les tocó atenderlo durante los meses de junio y diciembre.

Cuando iba acabando el mes de mayo, en plena floración de manzanos y perales, mi madre iba apartando cacharros y ropas para llevar a casa de mi abuelo, y mi padre preparaba el carro y lo limpiaba para hacer el traslado. El día treinta y uno uncía la yunta, acercaba el carro hasta casa y cargábamos todo, sin esmerarnos mucho en colocarlo, ya que el viaje iba a durar poco tiempo. El trayecto era corto pero divertido, pues todos los vecinos que se cruzaban en nuestro camino nos decían: “¡Qué! ¿Ya os toca con el abuelo? ”, y mis padres, con su mejor semblante, respondían: “¡ A ver, hay que arrimar el hombro!”. Subido en el carro, yo captaba un juego de miradas mucho más preciso que las palabras: las caras de resignación y suave reproche de mis padres contrastaban con las de los vecinos, llenas de sorna y compasión. Unas y otras anticipaban, al fin y al cabo, las trastadas que mi abuelo nos haría  a lo largo del mes.
         Aquellos viajes por el Camino del Barrio- mi padre guiando la yunta, mi madre con mi hermano Emilio en brazos y yo, agarrado a los tablones del carro, que sonaba igual que la tartana de un cacharrero- eran como un viaje a otro mundo, como transportarse a un tiempo paralelo que no se sabía muy bien qué nos iba a deparar. El pueblo se veía de otra forma desde aquella casa y la vida llevaba un ritmo distinto, marcado, claro está,  por  la demencia de mi abuelo.
         Por entonces ya asistía a la escuela de parvulitos de doña Sofía y me sabía muy bien el camino de  mi casa a la escuela. Pero al cambiar de barrio me tuvieron que enseñar el nuevo trayecto. Y así fue como un buen día, cerca del Puente de las Casas, mi tío Ginés se encontró con mi abuelo y conmigo.
- ¿Adónde van, padre?- dijo mi tío, con cierto tono compasivo.
- A llevar al muchachillo a la escuela, ¡no va a ir solo por esos caminos!
- Pero, padre, que Antonio va en pijama y usted está en calzoncillos- añadió tío Ginés, entre condescendiente y desaprobador.
- Anda, anda, me vas a venir tú con cuentos, quia, quita, que acerco  en un momento al muchachejo- zanjó abuelo.                                                                
Mi tío Ginés hizo como si siguiese su camino y abuelo me cogió de la mano, y continuamos el nuestro hacia la escuela, él con los calzoncillos de felpa, las botas negras, la camiseta de manga larga y el sombrero, y yo en pijama y zapatillas, sin peinar ni desayunar. Al llegar al patio de la escuela con esas trazas, el pitorreo fue mayúsculo y aún mayor el mosqueo que se pilló mi abuelo, quien, discretamente fue conducido a casa por mi tío Ginés, que nos había ido siguiendo con sigilo y que sabía que su padre se dejaría hacer una vez cumplida su obligación de llevarme a la escuela.
         Abuelo era así, directo, decidido y sincero. Dicen que de joven fue un hombre con cabeza e imaginación, pero en su vejez, que es cuando yo lo conocí, creaba en mí una mezcolanza de sentimientos: pena por lo irrisorio de sus ocurrencias, miedo por lo inesperado de sus reacciones y risa por lo inverosímil de sus atrevimientos. La vejez y la muerte de abuela Ana lo trastocaron completamente; la inventiva de su juventud se convirtió en puro disparate y la constancia de su madurez, en cabezonería y malas pulgas. Tan tozudo era que, una tras otra, todas las noches de junio y diciembre, después de la cena, mi padre tenía que fingir que se iba de casa, pues abuelo pensaba que era el novio primerizo de mi madre y no el hombre que llevaba casado con ella más de cinco años.
- Emilia- le decía a mi madre, en un aparte junto al fregadero- ¿Quién es ése que está junto a la lumbre?
- Es David, un sobrino de tío Saturnino- le decía mi madre con  paciencia, siguiéndole la corriente en aquella pregunta de todas las noches, que a él siempre le parecía nueva.
-¡Ah, sobrino de Saturnino, buena gente!- Y añadía- ¡Qué! ¿ No va siendo ya hora  de recogerse?
-Sí, que ya se va- le contestaba mi madre, mientras acompañaba a mi padre  hasta la embocadura de la escalera y allí simulaba despedirlo.
-¡Hasta mañana, tío Fernando!
-Si Dios quiere, hombre, a ver cuándo se te vuelve a ver por aquí- le respondía mi abuelo, más que nada por quedar bien.
Mi padre bajaba y hacía sonar la puerta de la calle como si se marchara, pero se sentaba sigilosamente en una silla del portal, a la espera de que mi madre acostara a abuelo. Mientras se iba desvistiendo, regruñía por lo reiterado de las visitas de mi padre y hacía alarde de velar por la pureza y la decencia de mi madre. Ya en la cama, reliaba entre sus manos un rosario que tenía colgado en el cabecero y rezongaba padrenuestros y avemarías hasta que se quedaba dormido, momento que aprovechaba mi madre para avisar discretamente a mi padre y decirle que ya podía subir. En el  mes de junio aquello era más llevadero pero en diciembre, friolero como es mi padre, en aquel portal debió tiritar de lo lindo. Me lo imagino  subiendo  por las escaleras, frotándose las manos y resoplando con suavidad para no despertar  a abuelo. Ya cerca de la lumbre, calentándose las manos y la espalda, protestaría ante mi madre y refunfuñaría por aquella situación que parecía no tener fin. Por fortuna, mi abuelo nunca se levantó después de que subiera mi padre pero si alguna noche hubiera vuelto a entrar en la cocina, quién sabe qué hubiera hecho, qué ocurrencia habría desatado su imaginación.
         Aunque para ocurrencia, la de un día frío de diciembre, de esos que tanto abundaban en los inviernos de Aravalle. Se levantó, con sus eternos calzoncillos de felpa, se puso el sombrero y las botas y se acercó a  la alcoba de mis padres, donde estaba mi hermano Emilio en su cuna. Miró al niño, que apenas tenía un año, tocó sus piececitos y dijo entre dientes: “Muchachejo,  tienes helados los pies y te vas a arrecir, pero no seré yo quien consienta eso”. Se fue hacia la cocina, tomó un cogedor y lo llenó de brasas. Iba con cuidado por el pasillo, camino de la cuna, cuando mi madre, que subía por la escalera, tuvo que ahogar el grito que en otra ocasión hubiera puesto en el cielo y le dijo con suavidad:
- Padre, ¿ a dónde va usted con esas brasas?
-A dónde va, a dónde va- protestaba mi abuelo. A ponerle esto al niño, para que no se arrizca.
Mi madre, que no ganaba para sustos, se acercó a él suavemente, aunque con un gesto de severidad, le convenció para que le entregara el cogedor y le prometió que ella misma pondría las brasas a mi hermano. Abuelo volvió a la cocina y, en un santiamén, mi madre dejó el cogedor en el balcón y subió disparada al desván buscando un caldero donde poder depositar aquel peligro. Pasado ya el susto y repuesta del sofoco, mi madre se reía al contárselo a su hermana Genoveva y, a su vez, mi tía le refería ocurrencias similares que tenían lugar cuando era ella la que lo cuidaba. Ambas se desahogaban así del miedo acumulado en los instantes de locura que habían logrado conjurar. Fuera del ámbito familiar estas cosas apenas se contaban, más por pudor que por vergüenza. Es verdad que la gente solía enterarse pero eso no suponía problema alguno, pues en estos casos a los viejos  se los trataba como a inocentes.
         Así un día tras otro, junio y diciembre, diciembre y junio, temerosos casi siempre, divertidos en algunos casos, hasta que una noche de febrero vino tío Ginés a casa y le dijo a mi madre que subiese enseguida porque abuelo se había puesto muy malo. Mi madre nos miró mientras se ponía un pañuelo negro por la cabeza y dijo: “Abuelo se muere esta noche”. Y se murió abuelo Fernando, abuelo loco y querido, que nunca se dejó quitar el sombrero de la cabeza. Fue tan respetado como querido por todos y, a pesar de los sustos, nos hizo reír mucho. Claro que, reírnos de sus cosas, era una forma de sacar de dentro aquel miedo ancestral que a veces le teníamos, cuando la irracionalidad se apoderaba de él  y podía ser capaz de crear situaciones irreversibles.

         Con la muerte de abuelo Fernando se acabó para siempre la casa del Corral del Payo, que él quiso tener abierta hasta que se nos fue. Pasadas unas semanas, se reunieron sus hijos para hacer las particiones. El reparto de las cosas de la casa era asunto de   mujeres y  lo relativo a hacienda y dinero lo decidían los hombres, fuesen hijos o yernos. Todos conocían de sobra la ley y sabían que heredaban por igual las hijas que los hijos, pero distribuían así las tareas porque ésa era la costumbre. Una costumbre que incluía dejar reposar las decisiones una noche al menos, con el fin de que cada uno pudiera consultar con su pareja y con la almohada. Aunque hubo algún contratiempo, el reparto se hizo como es debido, y las aguas volvieron a su cauce después de ciertos momentos de tensión y amargura.


4


 “Mi tío-abuelo Saturnino se incorpora en su cama y me hace la pregunta que ya hizo en su día a mis primos mayores, cuando durmieron alguna vez con él en aquella alcoba de la casa de mi  abuela Amparo.
- Muchacho, ¿ te han contado alguna vez los perrillos? 
- ¿Eh?- le contesto.
- Que si ya te han contado alguna vez  los  perrillos.
- No sé que es eso.
-Ay, este Antoñito. Mira que no saberlo.
- Y ¿ qué es, tío?- pregunto contrariado.
- Pues que algunos muchachos cogen a otro, más pequeño, le bajan las calzonas y le pegan un tirón del pito por cada perro que hay en el pueblo.
- No, a mí nunca me han hecho eso- le contesto algo aturdido.
- Pues, muchacho, ten cuidado y nunca te dejes tocar los perendengues.”

           Tío Saturnino era una institución en casa de abuela Amparo. Ambos eran los pequeños de la familia que habían formado los bisabuelos David y Diana, una familia de desahogada posición económica que estaba acostumbrada a una vida resuelta y sin privaciones. 
                      
         En 1910, con más de sesenta años, mis bisabuelos viajaron a Madrid con el fin de visitar a un médico y aprovecharon la ocasión para conocer la capital. Al pasar por la Puerta del Sol, entraron en un estudio y se hicieron una fotografía como recuerdo, en la que ambos aparecen contentos y satisfechos. La mandaron  enmarcar y la colocaron en la sala de su casa, así que cuando iban las visitas y la veían, los bisabuelos presumían de haber estado en la capital y de lo bien que habían quedado en la foto.
         Cuentan de la bisabuela Diana que nunca vio salir el sol y que una vez, yendo a Béjar con su marido, a lomos de una caballería, oyó cómo el bisabuelo, con el mayor contento del mundo, le dijo: “Rodéate, Diana, rodéate, que por fin, vas a ver salir el sol”. La bisabuela, algo comodona y llena de guasa, le contestó: “David, voy a sentadillas y me cae a trasmano mirar para atrás. Si hasta aquí no he visto salir el sol y nada malo me ha pasado,  ¿qué daño me ha de llegar si ahora no miro?” Terminó con una risa zumbona  que contagió a su marido; y juntos seguían riéndose cada vez que  contaban la anécdota.
         De los seis hijos que tuvieron, tío Satur fue el único que llevó una vida distinta de los demás pues trabajó poco, viajó mucho, gozó de buena salud y una saneada economía, nunca se casó, vivió muchos años y murió de viejo. De joven se embarcó en un negocio de telas y abrió un comercio en Aravalle, que marchó medianamente, hasta que decidió cerrarlo al terminar la guerra. Cuando abuela Amparo se quedó viuda, tío Satur clausuró su casa y  juntó con su hermana huertas, prados y vacas,  para que así se pudiera atender todo mejor. Pero aquella unión fue sólo provisional y operativa, pues cada uno gobernaba lo suyo y de su parte hacía cuentas propias.

         En el escaño de la cocina, tumbado después de comer, tío Satur me contó muchas veces que al morir el marido de tía Pilar, hermana mayor de mi padre, él quedó encargado de llevar a mis primos a Murcia, cuando comenzaban sus cursos de bachillerato en un colegio para huérfanos de militares. Se demoraba describiendo los pormenores de aquellos viajes y de otros muchos, y yo me quedaba embelesado al oírle hablar de Murcia, de Madrid, de La Coruña, de Vigo. Me hacía ver los sitios, la anchura de las calles, lo grandioso de los edificios y la inmensidad del mar, sentir el olor que despedían los trenes y apreciar las costumbres de  las gentes. Otras veces me explicaba, como si de una retahíla se tratase, los entresijos de la enmarañada familia de mi abuelo Fernando, o me llevaba con la imaginación de una parte a otra de Aravalle, identificando casas con personas y huertas y prados con sus dueños.
         En 1908 estuvo en una fiesta de hermandad entre Jerte y Aravalle, en la que se celebraba el centenario de la quema del pueblo jerteño por las tropas de Napoleón y su posterior reconstrucción por los propios vecinos, cuando bajaron del monte en el que se habían refugiado. Aravalle y Navaconcejo les ayudaron mucho en aquella tarea, no así los pueblos más cercanos, Tornavacas y Cabezuela, que no movieron un dedo en ayuda de los jerteños. Recordando aquel hecho, todos los vecinos de los pueblos que ayudaron en la reconstrucción fueron invitados a los festejos del centenario, y allí estuvo tío Satur, apenas un mozalbete de quince años. “Cuando llegue el 2008, bajad a Jerte a que os conviden, y si se olvidan de invitaros, les recordáis su propia historia.”
         Con más de setenta años, aún se le podía ver camino de la huerta de la Raya, con un rastrillo colgado del hombro para quitar las malas hierbas y despejar de zarzas las paredes. Era un buen entretenimiento para él pues lo hacía a su aire, no como aquella tarea de riciar en el tiempo del heno, que había que realizarla con energía y a buen ritmo. El carro avanzaba entre dos grandes maraños de hierba seca;  mi primo Fernando, subido en el carro, colocaba el heno y lo aplastaba a fondo, mientras mi padre y mis tíos Ginés y Emilio echaban, con sus horcas de mango largo, más y más, hasta que se llegaba a casi tres metros de altura, la justa para poder meter el carro en la casa de las vacas y descargar en la pella del payo. Los restos de hierba que iban quedando atrás, eran recogidos por los viejos y los niños, que así ayudábamos en aquella tarea agotadora y asfixiante. Para juntar aquellas ricias, tío Saturnino, Emilio, Crescencio y yo utilizábamos unas rastras con dientes de madera, que limpiaban la cara del prado y lo dejaban dispuesto para que la otoñada creciera recia.
         Tío Satur solía levantarse tarde, desayunar bien, dar un paseo con don Alfonso, el médico, y tomar con él algunos chatos de blanco en la taberna de tío Jacinto. Comía a las dos, se echaba la siesta en el escaño de la cocina, pero nunca se dormía, y, por la tarde, salía al Corralillo y se sentaba en el sifón, donde charlaba hasta que se ponía el sol con los hombres de su edad. Era algo arisco, buen conversador, fumador empedernido y bebedor prudente, y fue alcalde de Aravalle durante más de quince años, en aquel tiempo difícil de posguerra.
         Mi tía Berta, que fue quien lo cuidó desde que murió abuela Amparo, le dedicó su vida con abnegación. Él le hablaba con ese tono autoritario que adoptan los hombres débiles cuando se dirigen a sus mujeres en público, y el único detalle que tuvo con ella fue dejarle en vida los bienes que poseía. Eso sí, cuando ya estaba casi en las últimas.
         Al morir tío Satur, con casi noventa años, tía Berta decidió dejar las cosas de la casa tal y como él las tenía. Los muebles, las viejas fotos, las estanterías del antiguo comercio, la vitrina, la radio y los baúles seguían conservando el sitio de siempre. La pobre tía Berta cayó en una situación extraña,  una mezcla de viudez y orfandad que no era sino el resultado de una vida simple dedicada a cuidar de su madre y de su tío. Sólo le sobrevivió algunos años.

         Mi abuela Amparo era una señora seria y enérgica, siempre  vestida de negro y con un pañuelo anudado al cuello cubriendo su cabeza calva. En su juventud fue pretendida por mi abuelo Antonio, un mozo de posición social más baja; como ella le dijo que no, aquel mozo despechado cogió el portante y se marchó a Buenos Aires y allí estuvo trabajando algunos años, hasta que un buen día recibió carta de mi abuela, en la que le pedía perdón y le rogaba que, si seguía pretendiéndola, regresase a Aravalle en cuanto pudiera. Mi abuelo le contestó a vuelta de correo aceptando las excusas pero le pedía tiempo para arreglar los papeles del retorno. Junto con la carta, le envió una foto que se había hecho en un estudio de la calle Rivadavia, para que viese qué buena pinta tenía y cómo había progresado.

         Buenos Aires era por entonces el destino de muchos españoles que huían de la miseria de los campos castellanos. Algunos hombres de Aravalle se marcharon siguiendo la senda de tío Sebastián, que decía con su vozarrón a quien le quería oír que aquellas tierras argentinas daban diez veces más y con la cuarta parte de esfuerzo. “Si todos fuerais de mi misma opinión, esto se iba a tomar por culo”, decía refiriéndose al trabajo ímprobo que se hacía en Aravalle para sacarle a la tierra una mediana cosecha de patatas, pero también aludía a la injusticia social y al desigual reparto de la tierra que había en mi pueblo. En Buenos Aires estuvo tío Sebas más de quince años, y aunque se tuvo que volver por asuntos familiares, siempre consideró provisional su regreso. Pero éste  fue alargándose año tras año hasta hacerse definitivo.
         Cuando el ejército reclutaba  los mozos para la guerra de Africa, algunos ricos pagaban para que sus hijos no fueran llamados a filas. Así hizo tío Damián con el mayor de los suyos, pavoneándose y diciendo con desprecio:  “Ahí se quedan Sebastián y su hijo con el culo  a las goteras”. Pero tío Sebas, fuerte de carácter y resuelto de voluntad, decidió salvar a su hijo Andrés de una muerte casi segura y lo mandó para Buenos Aires. Unos días antes de la leva salieron con sigilo de Aravalle, tomaron el camino de la Angostura y bajaron hasta la Vera. Desde allí, ya sin peligro de que les aplicaran la ley de fugas, fueron andando hasta Vigo, donde embarcó el mozo rumbo a Buenos Aires. Algún tiempo después, tío Sebastián, que ya había perdido la esperanza de volver a la Argentina, fue a ver a Andrés y regresó muy contento. Unos años más tarde, recibió una carta del socio de su hijo, en la que le comunicaba que éste había fallecido en una reyerta y, para confirmarlo, le enviaba un recorte de periódico donde venía la noticia de su extraña muerte. Aprovechaba su misiva  para pedirle un cantado, una autorización que le permitiera llevar provisionalmente la parte del negocio del fallecido, hasta que  decidiese qué se hacía. Tío Sebas no sólo no envió aquel permiso sino que nunca gestionó la recuperación de lo que era suyo así que, con el tiempo, todo pasaría a las arcas del estado argentino. Tío Sebas quedó profundamente herido por la muerte de su hijo, y solía decir con dramatismo una y otra vez, suspirando con amargura: “Si a él lo mataron, a mí también”. Y aunque todavía vivió muchos años ya nunca levantó cabeza.
 
         A aquel Buenos Aires de abundancia y futuro se había ido mi abuelo Antonio de joven, y de él regresó con algunos dineros y la experiencia de una vida distinta de la que había llevado en Aravalle. A su vuelta al pueblo, se le veía pasear con mi abuela haciendo planes, y al cabo de medio año de preparativos se casaron. Fueron naciendo, una tras otra, hasta cinco hijas y, por fin, les llegó el niño que estaban buscando, mi padre, el benjamín de la casa, a quien pusieron el nombre de su  abuelo materno, David.
          Abuelo Antonio era para mí, el ausente, el extraño, el abuelo que no llegué a conocer. Sus padres se llamaban Cosme y Victoria y eran una  pareja discreta y trabajadora. Inculcaron en sus seis hijos el cariño y la unión entre sí y con sus parientes. Y lo debieron hacer bien porque mi padre conserva aún el trato familiar con todos los primos de esa rama, mientras que los de la de abuela quedan sombríos en la lejanía.
         Abuelo era un hombre muy emprendedor. Cuando comenzó las obras de la casa familiar, propuso a sus vecinos un acuerdo para deshacer los recovecos de las medianerías. Lo consiguió sólo a medias, así que aún perduran ciertos costurones, absurdos y caprichosos, donde hubieran podido levantarse paredes remozadas y lineales, que habrían permitido el acomodo de las cosas, sin el agobio de rincones estúpidos y de angosturas en algunos pasillos.
         Como no le gustaba vivir sólo del campo y de las vacas, aprovechó los conocimientos adquiridos en tierras argentinas y puso un salón de baile y un café en la parte trasera de la casa. Era un salón grande y en él se bailaba al ritmo de la música que salía del manubrio, una especie de organillo cuya manivela hacían girar tío Satur o  tía Berta. Y a aquel negocio se unió otro, el estanco, que obligaba a ir todos los lunes al Barco, por las labores de tabaco, y a tener una persona despachando cigarros y sellos en la salilla que daba a la calle Real.
          En la planta baja, debajo del salón de baile, abuelo preparó una habitación con ventana al corral, para que le sirviera como sala de despiece en  el tiempo de la matanza, y otra contigua, más pequeña, para la salazón del tocino y del adobo y para la cura de los jamones. Allí abría los cerdos en canal, después del ritual de matarlos y socarrarlos en el corral contiguo, desprendía con primor sus vísceras, sacaba con esmero los lomos y los jamones y troceaba al animal con la precisión adquirida en sus años de trabajo en el matadero de Buenos Aires. Y allí siguen aún, varados en el techo, los ganchos de los que colgaban los cochinos sacrificados, y también las morcillas y los chorizos recién embutidos, para que escurrieran y se airearan antes de pasarlos al calor de la cocina.
         Abuelo Antonio y abuela Amparo vivían apegados al negocio y a las propiedades. Aunque cumplían con los preceptos de la iglesia, carecían del fervor religioso de los otros abuelos. Por eso no era extraño ver entre ellos a agnósticos como tío Saturnino, que sólo hacía confesión y comunión anual, obligado por la intolerancia de aquellos tiempos de los primeros viernes de mes dedicados al Sagrado Corazón, que llenaban la iglesia de fieles comulgantes, más por fuerza que de grado. El lema de la familia era “no dar que hablar”.
         Cuando murió abuelo Antonio, apenas cumplidos los setenta, mi abuela tomó enseguida las riendas que aún no controlaba. Su carácter enérgico, seco y frío, hacía de aquella casa un lugar seguro pero sin la calidez de un hogar en el  que se expresaran externamente los lazos sentimentales; todos se querían pero más por la pulsión que da llevar la misma sangre que por la alegría de la convivencia  y el amor familiar. No obstante cuando se quedó viuda la hermana mayor de mi padre, tía Pilar, mi abuela dedicó energía y recursos bastantes para sacar a su hija y  a sus nietos adelante. Tía Berta seguía soltera y sus hermanas, Victoria y Diana, se fueron casando y dando más nietos a abuela. En aquella casa, desde que murió abuelo, el que sacaba adelante la familia era David, mi padre, un mozo joven que llevaba las haciendas de abuela y de tío Saturnino, quien, obvio es decirlo, seguía viviendo como un pachá.


         “En la cocina de abuela Amparo hay dos escaños junto a la chimenea; en uno se sienta tío Satur y el de enfrente es el de ella. Hay una   buena lumbre sobre la lancha, y un caldero con agua cuelga de las llares. Algunos pucheros borbotean al calor de las brasas y, a  la vera de tío Saturnino, las tenacillas y el fuelle esperan su turno. Las llamas trazan en las paredes y en el techo luces y sombras caprichosas. Es de noche y mi padre aún no ha vuelto de aviar las vacas; sube frío por la escalera pero en la cocina se está bien. Mi madre ha ido a don Melchor, el médico de Plasencia, y me ha dejado con mi abuela, porque su casa está al lado de la nuestra. Tía Berta prepara la cena y yo, echado en el escaño, cerca de tío Satur, me tapo con la manta y me voy adormilando. Entra mi padre con alguien más, se sientan al amor de la lumbre y hablan sin parar. Me pongo de pie en el escaño y les digo muy serio: “A callarse, que ya estoy dormido; y tú, abuela, si hablas, habla bajino”. Todos se quedan callados un momento y luego estallan en una risa hilarante y contagiosa”.


         Me gustaba mucho subir a la sala de abuela y pasar las yemas de los dedos por la tapa del manubrio, mientras imaginaba cómo sonaría su música.


Cuando abuela cerró el salón de baile, mandó trasladar aquel aparato a la sala y prohibió colocar la manivela mientras durase el luto por abuelo. El espacio del salón quedó vacío pero en su quietud aún flotaban confidencias y canciones  de otros tiempos. Y la sala, con aquel organillo mudo, era un imán que me atraía poderosamente.
         Pero un día, después de muchos años de luto y silencio, llegó el momento largamente esperado. Cuando ya había terminado la cena de Nochebuena y todos estábamos en la sala tan contentos, abuela mandó a tía Berta que trajese la manivela del manubrio y se la diese a tío Satur. En cuanto éste la tuvo en su mano, nos miró a todos y se hizo un silencio complaciente que él alargó buscando el rollo de música. Lo colocó en el aparato, se echó el sombrero para atrás, giró la manivela y sonó aquella canción: “Niña Isabel, ten cuidado, donde hay amor, hay pecado...” A medida que avanzaba, se iban uniendo  voces a la música hasta que todos terminaron a coro: “...niña Isabel, azucena”. 
         La alegría que vi entonces en aquella casa sólo una vez se repitió. Fue el día de  mi primera comunión, cuando mi madre me llevó a ver a abuela, que  ya no podía ir a la iglesia porque estaba bastante delicada. Me pidió que le echase el verso y después me miró con cierta ternura, me besó y me dio cinco pesetas. Yo aproveché para pedirle algo que nunca hubiera osado en otro momento. “ Abuela, ¿ me deja que le toque la calva?”. Mi madre protestó por mi atrevimiento pero ella, que siempre llevaba el pañuelo negro en la cabeza, se lo bajó sin desanudarlo y me indicó con un gesto que podía hacer lo que le había pedido. Y así fue como le toqué la calva a aquella mujer distante, que aguantó bien mi capricho y se enterneció sin mostrar apenas su emoción. Mi madre me quiso retirar enseguida pero abuela, matriarcal y poderosa, me dejó hacer allí, en medio de su sala, lo que a nadie, ni antes ni después, consintió. Éste es el último recuerdo que tengo de ella, pues su muerte se me desvanece en la memoria de aquel año, entre los recuerdos de mi primera comunión y la muerte de mi  abuelo Fernando.

         Al morir abuela Amparo, mi padre, uno más en el reparto de la herencia, pudo ver cómo las huertas que él mejoró con su esfuerzo pasaban a otras manos después de las particiones. Lo que más le dolió fue que la Cerraílla, la huerta en la que tanto trabajó haciendo zanjas y saneando trampales, no le correspondió a él sino a su hermana Victoria. Lo que sí le tocó, menos mal, fue la parte de atrás de la vivienda, el corral contiguo, la teña y la huerta Marialba. Todo se repartió salvo el manubrio, que quedó en casa de tía Pilar, con los demás muebles de la sala de abuela. Algunos años después, cuando mi padre, enfermo y necesitado de dinero, quiso disponer de su parte del organillo, nadie le dijo “yo compro tu parte”, así que decidieron venderlo. Aquella caja de música cargada de recuerdos se la llevaría algún buhonero espabilado.Y con ella se fue también el símbolo de la alegría de aquella Nochebuena, cuando todos cantaron al unísono “Niña Isabel, ten cuidado”.



5

Mis abuelos- Antonio y Fernando- eran zurdos, como mi hermano Emilio, como yo. Me gusta que los dos hayan sido galochos y me imagino su  rebeldía ante las continuas pullas de las gentes con las que convivieron.
          ¿Herencia? ¿Caprichos del destino? ¿Privilegio o desgracia? ¡Qué fastidio aguantar a los diestros cuando, con aires de superioridad, te dicen que así no se parte el pan, que lo estás haciendo al revés, que te vas a cortar! Saben de su inutilidad para con la mano izquierda y piensan que a nosotros nos ocurre lo mismo. Lo que en realidad les sucede es que se sienten confusos ante nuestra eficacia, y eso les provoca dudas acerca de su propia identidad. En la familiaridad de los actos cotidianos, los zurdos ponemos en evidencia el determinismo de un mundo concebido para hacer las cosas sólo a la  manera de los diestros.  
                                                                              

Me he citado con mis dos abuelos en el Venero, junto a la arqueta del agua, para dar un paseo con ellos y charlar un rato. Abuelo Fernando viene por la calle de la Raya y al llegar junto a mí, me mira como pidiéndome confirmación  y le digo que sí, que soy Antonio, su nieto, aquél al que, hace muchos años, llevó a la escuela en pijama. Me dice que viene del más allá y que, casi sin darse cuenta, al salir del camposanto,  ha ido a dar una vuelta por su barrio. Alto, callado y a buen paso, sube abuelo Antonio por la calle de la Fuente y pasa junto a la poza en la que lavaban la ropa las mujeres. Al salir del cementerio también se ha ido a pasear, para ver qué había por por el barrio de abajo, después de tantos años de ausencia. Al llegar, saluda a su  consuegro y se queda mirándome; como no me conoce, mira de nuevo al otro abuelo y éste nos presenta. Me da un gran abrazo y, con los ojos brillantes y las aletas de la nariz húmedas, me dice que le recuerdo mucho al Antonio que él fue, cuando estuvo en Buenos Aires.
         Emocionado y feliz entre mis dos abuelos, les pido que  miren hacia la lejanía de la sierra y, señalando los tres con el índice zurdo, decimos al unísono: “¡Robles Amarillos!”. Un nevero grande, a lomos de una ladera gris, sostiene la mirada de los tres mientras dice abuelo Fernando: “Allí hay claveles amarillos, que en otros sitios llaman narcisos. Cuando yo subía por San Juan, le traía a tu abuela Ana  un buen manojo y los ponía en el jarrón del portal. Le gustaban mucho”. Pensativo y algo ensimismado, nos dice abuelo Antonio: “ Allí, cerca del nevero, se desnucó una vaca de mi padre cuando iba cucando porque le había picado la mosca. Nos quedamos algún tiempo sin yunta, y yo lloré mucho al ver a la Garbosa en el carro del tío Sempronio cuando pasaron junto a la escuela. Todo el recreo se quedó mudo pues era la primera vez que veíamos la muerte de cerca”.
         Paseando hacia los pinos de tío Isaac, charlamos los tres  de las manías de los diestros para con los zurdos y de cómo las palabras que se refieren a nosotros tienen todas un tinte de desprecio y de rencor. Les  propongo  a mis abuelos que nos riamos un poco de algunas definiciones que nos destina el diccionario. Saco un papel del bolsillo de la chaqueta y  leo con guasa: “Zurdo quiere decir apartarse de la razón y el juicio, no ser hábil, inteligente ni experimentado”. “¡Vaya por Dios!”, dice abuelo Fernando. “Galocho significa dejado, desmalazado, de mala vida”. “¡Aviados estamos!”, añade abuelo Antonio. “Afortunadamente las cosas van cambiando- les digo- y el mundo se va haciendo más tolerante con los que son diferentes de la mayoría, también con los zurdos. Hoy los niños pueden escribir con la mano izquierda si así les orienta su instinto, muchas máquinas son aptas para las dos manos y en muchas ciudades hay tiendas con cosas específicas para nosotros.”
          Abuelo Fernando se quita el sombrero, se pasa la mano por la frente y dice: “Hijo, no puedes imaginarte cuánto me alegra lo que nos estás diciendo. Antes lo pasábamos muy mal. Recuerdo que una vez me hice yo una hoz con el corte aparente para mi mano, pues estaba ya hasta arriba de segar la cebada  con una herramienta de diestros. Tendríais que haber visto la cara que pusieron mis compañeros de faena, aquel día en que me presenté al corte con mi nueva hoz.”
-¡ Qué! ¿ Qué tenemos que segar hoy?- les dije.
-Desde esa pared hasta la canchalera- contestó Macario.
-Bueno, yo me encargo de la parte de la pared  y vosotros dos comenzáis por la canchalera- les dije, mientras se quedaban boquiabiertos  cuando les enseñé mi nueva herramienta.
-¡ Ten cuidado, Fernando, a ver si te vas  a cortar!- me provocaban.
“Con menos esfuerzo que cualquier otro día, segué yo solito la mitad del terreno señalado mientras mis dos compañeros se hacían con la otra mitad. Yo me pavoneaba y ellos se defendían diciendo que su parte era más pedregosa que la mía, a lo que contesté: ¡ Hombre, Macario, que yo soy zurdo pero no tonto!”
         Al terminar de contar su historia, nos reímos un buen rato y luego nos quedamos en silencio. Abuelo Antonio carraspea, suspira brevemente y dice: “Yo observé en Buenos Aires que los zurdos, chicos y grandes, escribían con su mano y nadie se lo afeaba. Pero al volver a Aravalle, qué mareo de nuevo, con aquellas retahílas contra el uso de nuestra mano. Pero era la zurda la  mano que yo usaba para manejar la azada, deshacer el cerdo, colocar la leña, clavar puntas, abrir puertas, pegar sellos, partir el pan, llevar la esteva del arado, uncir las vacas, apilar el tabaco, servir los chatos de vino...”

         Se me desvanece la figura de los dos cuando pasamos junto al camposanto de abuelo Fernando- él venía del más allá de su religión- o el cementerio de abuelo Antonio- él venía de la nada, que, según su forma de pensar, es donde están los que ya se fueron. Yo sigo andando y no vuelvo la vista atrás, pues hay que dejar que los espectros vuelvan solos a su morada, sin que les perturben miradas interrogantes.”
        


6


Cuando mi madre cumplió catorce años, abuela Ana la llevó a Plasencia para que estudiara corte y confección, pues parecía ser ése un oficio que la atraía. Se alojó en casa de  tía Asunción, una prima segunda de abuela con la que ésta mantenía una estrecha amistad. Tía Asunción era una señora muy singular, con una voz especial y distinguida, una voz que mostraba dulcemente las yes del habla extremeña y las leves caídas de la entonación al final de las frases. Se quedó viuda siendo bastante joven, así que tuvo que admitir huéspedes para completar la menguada pensión que le había quedado.
              En casa de tía Asunción se comía a plato y el último en servirse era siempre Facundo, su hijo menor. Unas veces era poco lo que quedaba en la fuente y otras bastante, pero Facundo habitualmente apuraba hasta lo último. Tal fama de tragón se ganó, que aún hoy se hacen bromas en la familia a propósito de aquellos platos a rebosar que se metía entre pecho y espalda en un santiamén, o de aquéllos otros menguados, con apenas un cucharón de lentejas, que descomponían su cara y le hacían maquinar cómo completar su exigua ración.
         Al llegar a aquella casa, lo primero que hizo  mi madre fue aprenderse de memoria el nombre de la calle y el número: Rúa Zapatería, 10, cerca de la Plaza Mayor, al lado de la catedral. Al principio echaba de menos, en aquel cuarto estrecho que compartía con su prima Flora, las confidencias que le hacía su madre cuando iban a fregar los cacharros a la regadera del Regajillo, o lo bien que le daba al palique cuando cosían a la sombra, en las largas tardes de verano.
         Muy pronto se dio cuenta, con la vivacidad de sus ojos verdes, de que aquélla era la ciudad de su vida, su destino privilegiado. Midiendo telas y dibujando patrones, mi madre soñaba con un futuro próspero en un taller de costura propio, con una clientela fija que le permitiera quedarse para siempre en Plasencia, disfrutando de un trabajo bien hecho y sin las penurias de la vida del campo.   
         Pero aquello no duró más que dos años, y no se sabe  a ciencia cierta si fue por la escasez de comida –eran los duros años de la posguerra-  o por la falta de espacio en la casa. Aunque, pensándolo mejor, tal vez la causa residiera en que mis abuelos se cansaron del precio que tenían que pagar por la estancia de mi madre en Plasencia, ya que todos los veranos, en cuanto acababa el curso, tía Asunción llevaba a sus tres hijos a Aravalle  y los dejaba en casa de mis abuelos hasta mediados de septiembre. Allí disfrutaban de lo lindo, sobre todo Facundo, que con su estómago insaciable nunca se cansaba de comer y engordaba lo suyo, ya que en casa de mi abuela todos comían de la misma fuente y ésa era una costumbre que a aquel tragón le parecía extraordinaria. También mi abuelo debía apreciar mucho tal costumbre así que, para preservarla debidamente,  convencería a mi abuela de la necesidad de que aquel intercambio terminase. Fuera por una u otra causa, mi madre ya no volvió más a sus clases de corte y confección en el colegio de las Josefinas.
         Aquellos dos años dejaron una profunda huella en su forma de encarar la vida. Su predilección por Plasencia siempre le hizo añorar la ocasión perdida, y cada vez que volvía a su ciudad, paseaba con nostalgia por plazas y calles, visitaba palacios e iglesias, recorría la catedral y el mercado, entraba en tiendas de ropa y se quedaba deslumbrada al ver los puestos de frutas y verduras de la Plaza Mayor. Aunque, para su desgracia, las más de las veces deambularía por aquellas calles buscando farmacias de guardia o caminando hacia la consulta de don Melchor, el médico de la tuberculosis.
         Cuando volvió a Aravalle, mi madre ayudaba en las tareas de la casa y se esforzaba atendiendo a sus primeros sobrinos, la numerosa prole de su hermana Gertrudis, que allí se criaba al abrigo de la bondad de mi abuela Ana. También se empleaba a fondo en algunas tareas del campo, las reservadas a las mujeres:  sembrar, coger fruta, ayudar en la recolección de las patatas, traer leña, llevar la comida a los hombres allí donde estuvieran trabajando... En sus ratos libres seguía con su afición a los patrones y las telas, hasta que vio que era vano empecinarse en ir contracorriente  y decidió guardar en el baúl sus útiles de pantalonera en ciernes. Las reglas, los cartabones, las tizas, el metro de madera, los libros y cuadernos de labores, los dibujos de prendas  y los recortes de revistas se quedaron para siempre en el tiempo de lo que no pudo ser.
         Fue ganando fama de buena persona, como su madre, y de ferviente católica, como su padre. En aquellos años de devoción mariana obligatoria, perteneció a la asociación religiosa “Hijas de María”, entre cuyas tareas estaban las de cuidar el altar de la Virgen, visitar a los enfermos y dar catequesis los domingos. Tenía gran amistad con Rebeca y con Rosa pero su amiga preferida era Gloria, su prima, a quien le contaba todo tipo de confidencias. Los domingos por la tarde solían ir al salón de baile, primero al de abuelo Antonio y luego al de tío Leonardo. Allí podían mirar sin  reserva a los mozos del pueblo y bailar con ellos si las sacaban. Pronto empezó a fijarse en David, un mozo simpático y guapetón, a quien miraba embelesada mientras hablaba con sus amigos. Él también se fijó en los ojos verdes de Emilia y en su figura, así que un día la invitó a bailar. Ella hizo un mohín pero aceptó, y con la mano izquierda le abrazó suavemente el hombro mientras le ofrecía la derecha para que se la cogiera. Él le ciñó la cintura con decisión y empezaron a bailar el bolero que salía del manubrio, primero con extrañeza y después con soltura. David la llevaba muy bien, era muy bailarín.
         En la conjunción de  dos lugares contradictorios- el salón de baile y la iglesia- mi madre encontró la seducción de la vida pero también la agonía del remordimiento y el pecado, pues entonces casi todo era pecado. Después de titubeos y exploraciones, de avances y confusiones, decidieron confirmar su noviazgo y andar el camino que les llevaría a casarse unos años más tarde.
      

         Cuando mi padre cumplió dieciséis años le llevó abuelo Antonio a Avila para que estudiase ebanistería en la Escuela de Artes y Oficios. Se hospedó en casa de su tía Beatriz, que vivía en la calle Tras de Gracia. Allí dormía y comía pero su vida transcurría en la Escuela, donde iba aprendiendo a manejar cepillos, escoplos, escorfinas, garlopas y sierras. Todos los días, al subir aquellas cuestas camino de las clases, iba pensando en su futuro y se entusiasmaba con la idea de tener un taller  cuando fuese mayor. Le encantaba aquel oficio y estaba dispuesto a hacer lo que fuera por llegar a ser un buen ebanista.
         Viviendo con su tía, mi padre conoció de cerca la triste historia de aquella familia, que para él había sido un enigma hasta entonces. Tía Beatriz, aún con lágrimas en los ojos, le contaba a mi padre que su marido la había abandonado a los nueve años de casarse, que se había llevado al único hijo varón y que las había dejado en la miseria a ella y a su hija Adela. Tía Bea le decía que sacó fuerzas de flaqueza, después de mucho llorar, y no paró hasta lograr un trabajo fijo, una portería que le permitiera salir adelante. Tuvo que aprender, con tristeza y dolor, a vivir sin su hijo, a renunciar a él, a conformarse con su secuestro.

         Aquellos estudios de mi padre fueron interrumpidos bruscamente a los dos años de su comienzo, cuando abuelo Antonio se murió. Mi padre tuvo que regresar a Aravalle y encargarse de la hacienda de mi abuela. “Tienes que dejar los estudios y venirte al pueblo para encargarte de todo, David, tú eres el único hombre de la familia”.

         Siendo ya mozo, mi padre apenas hablaba de su estancia en Ávila y cuando lo hacía, se protegía y evitaba hablar de su frustrada vocación de ebanista. Pero en la soledad del desván guardaba con primor, envueltas en un trapo, sus herramientas preferidas: el formón, el escoplo y la escorfina. Sin embargo las que de verdad usaba eran la azada, el calabozo, la segureja, el hacha, la horca, el rastrillo, la guadaña, la hoz y la pala. Con ellas trabajaba duramente, sacando adelante la casa de su madre y la de tío Saturnino.
         En los días de descanso y en la función del pueblo solía divertirse con sus amigos, sobre todo con Armando y Ramiro, a quienes quería como a hermanos. Fueron sonados los festejos que prepararon cuando llegaron a quintos, con el carnero encintado como mascota, el gorro que no se quitaron en los tres días, las corridas de gallos y el excitante espectáculo del miércoles de ceniza, pintando a las mozas en la cara,.
         Algunos meses después de las fiestas de quintos, los amigos de mi padre se fueron a la mili, pero él no tuvo que marcharse pues se libró por ser hijo de viuda. Al venir de permiso Armando y Ramiro, mi padre les dijo que estaba saliendo con mi madre. Unos meses después ya eran novios formales.
         Pasados algunos años, decidieron casarse y celebrar la boda en el salón de abuela Amparo, que ya no era salón de baile sino archivo silencioso de  recuerdos y alicaída estancia de melancolía. Ellos lo alegraron con su boda. Como todos los recién casados, fueron al fotógrafo de El Barco para hacerse el retrato tradicional, que los muestra demasiado irreales, tan lejanos e imposibles como los novios de todas las fotos. Pero hubo entre los invitados un aprendiz de retratista que hizo una fotografía deliciosa, en la que se  muestra con acierto cómo pudo ser aquella boda. En el centro de la imagen destaca abuelo Fernando, con su eterno sombrero, y a los lados, sentados también, tío Emilio, el vecino Zacarías y tío Desiderio. Por delante, algunas de mis primas hacen una pausa en sus juegos para salir también en el retrato. Detrás de abuelo, sonriente y feliz, está mi padre y junto a él, alegre y con la gorra ladeada, bromea tío Bernabé. Subida en el poyo de piedra, y posando con gracia aérea por encima del grupo, mi madre esboza una sonrisa mientras sus ojos miran al objetivo de la cámara.
       
        
           7

Aquella era la segunda casa en la que vivíamos y, como todas las casas, tenía un olor especial. Estaba en el barrio de abajo, frente a la de abuela Amparo, y su dueño, tío Saturnino, la había mantenido cerrada desde que se fue a vivir con abuela, cuando ésta se quedó viuda.
         El portal era un largo pasillo limitado  a la derecha por un mostrador, en el que su dueño había despachado telas en otros tiempos, una vitrina, en la que estaban expuestas todavía algunas piezas del antiguo comercio, y unas estanterías hasta el techo, que yo siempre conocí vacías.
         En cuanto entrabas en aquel portal- mitad pasillo hacia la escalera, mitad comercio cerrado y fantasmagórico- y contemplabas el mostrador despejado y silencioso, echabas de menos el rumor de las conversaciones, el olor de los tejidos, el roce de las telas, y sentías una melancolía desconcertante ante aquel vacío de estanterías, tristes como Aravalle después de la función, como la mirada demandante de los niños huérfanos, como aquel tiempo de silencio.
         Al final del mostrador había una habitación oscura con una cama grande que olía a tabaco y  a sudor pegado en las paredes: era la alcoba que había usado tío Satur cuando regentaba su comercio. Una salilla al fondo, siempre con enredos, recibía la luz del piso de arriba a través de baldosines transparentes. Desde el pasillo se accedía a una escalera, que llevaba a la planta alta, la casa propiamente dicha, donde un pequeño vestíbulo daba paso a la cocina, a las habitaciones y al desván. La cocina tenía una chimenea con escaños a ambos lados y una claraboya que filtraba la luz del día. En la parte posterior estaba el fregadero, el vasar, la fresquera y la tinaja, que todos los días llenaba mi madre con agua de la fuente del Corralillo. El suelo era de baldosines con dibujos y arabescos, salvo seis de ellos que eran transparentes, y que usaba mi hermano Emilio, cuando tenía un año, para hacer sus cacas y contarlas. Era una cocina muy fría en invierno porque la puerta tenía que estar abierta  para que no hubiera humo; la culpa la tenía la chimenea, que no tiraba bien, así que los costados y la espalda se te quedaban tan fríos que parecía que te iban clavando lentamente alfileres de hielo. Al lado de la cocina estaba mi alcoba y, un poco más allá, la sala de mis padres y el balcón, al que nos asomábamos en verano y junto al que  pegábamos la mesa camilla en invierno.            

         Me recogía mi padre en la escuela de doña Sofía, si hacía mucho frío o si nevaba, me montaba a costillas y me tapaba con el capote verde que le había dado tío Fabio, el guardia civil. Aún recuerdo el sudor seco del capote, el olor a heno de padre, mi cabeza bajo el gorro reposada en su hombro, la nieve cayendo fuera, el viento soplando furioso y sus botas chapoteando al andar. Enseguida, mucho antes de que yo lo desease, llegábamos a casa, mi padre se arrimaba de espaldas al umbral y me decía: “baja”. Se sacudía la nieve del capote y yo salía corriendo escaleras arriba en busca de mi madre, que solía estar en la cocina si era mediodía, y en la sala si era por la tarde.
         Y era allí, en la mesa camilla, junto a las ventanas del balcón, donde mi madre me hablaba de Plasencia y de mis abuelos, me enseñaba las fotos familiares y me preguntaba por las tareas en la escuela de doña Sofía. También me hablaba de cuando ella era niña, y de cuando abuela Ana le contaba historias de su infancia al lado de la ventana del balcón en la casa del Corral del Payo. Y a veces yo, mientras la oía, pegaba mi nariz a las ventanas del balcón y veía caer, alborotados por el fuerte viento,  densos copos de nieve que se fundían al caer en la calle, sin poder cuajar aún, debido al paso de los coches y de las personas, mientras otros muchos caían en los tejados y formaban una gruesa capa blanca. Los prados, las huertas, los montes y los caminos se cubrían con aquel largo manto de frío y hielo. Sólo la carretera y el río se libraban de la blancura, por ser hondos surcos de comunicación y de drenaje.

         “Ayer, cuando mi madre se iba a Plasencia al médico de la tuberculosis, me dijo que esa noche mi padre me traería a dormir a casa de abuela Amparo. Me acostaron temprano, en la cama de tío Satur, siempre duermo con él cuando me traen a esta casa. Ayer cumplí cuatro años y mi madre me regaló unos lapiceros de colores; los estrené por la tarde haciendo un dibujo de Canelo, el gato de abuela, que siempre está durmiendo debajo del escaño grande de la cocina.
         Tío Saturnino acaba de despertarse y corre las cortinas;  la luz me da en los ojos y  me despierto. Me estiro y miro su barba blanca de tres días. Con un gesto me pide un beso y cuando me acerco a su cara, me aprieta contra la barba, me rasponea hacia un lado y hacia otro y luego me pregunta: “¿ Pica? ”.
       
Éste año es el último en la escuela de tía Ofelia. Bueno, no es una escuela, es una casa donde vamos los niños chicos, pero pronto me van a cambiar a parvulitos. No tengo miedo, lo estoy deseando, porque en esta escuela  huele a meados que apesta. Pero ya me queda poco para ir donde doña Sofía.”        
     
      
          Un día del mes de septiembre  fui a la escuela por primera vez ¡Qué recuerdo tan imborrable!

 “Con una cartera recién comprada, el pizarrín, la pizarra y la cartilla, voy de la mano de mi madre por el Camino del Barrio. Al entrar, doña Sofía me pregunta si estoy contento por venir ya a la escuela y le digo que sí. Mientras la señorita habla con mi madre, me voy fijando en la inmensidad de la clase, en la luminosidad de los ventanales y en los niños y niñas que ya están sentados en sus pupitres. Mi madre me despide y doña Sofía me coge de la mano y me dice dónde tengo que sentarme. Van llegando más niños- Ernesto, Dimas, Álvaro, Adolfo, Engracia, Linda, Ariadna- y casi todos lloran cuando se marchan sus madres. Yo me quedo extrañado, porque a mí no me da por llorar cuando se va la mía; ¿será que no les gusta la escuela? ”.
      
         En aquella sala no olía a orines ni a caca como en casa de tía Ofelia,  pues ya nos habían enseñado a controlar nuestras necesidades. Era un espacio grande e inundado de luz, en el que estaban sabiamente dispuestos todos los elementos de la clase. La mesa de la maestra estaba situada enfrente del amplio ventanal, y a derecha e izquierda de la misma había varios bancos corridos para todos nosotros. Detrás de la silla de doña Sofía había una encerado de color verde y encima, un crucifijo y los retratos de unos señores muy serios de los que la maestra nunca nos  habló. Cerca de la mesa, sujeto en un trípode, estaba el mapa de España, en el que muy pronto aprendimos a situar Aravalle. Al fondo, había un armario con libros, muchos libros, y algunos cuadernos.
         Allí fue donde doña Sofía nos descubrió la magia de las letras, que se juntaban unas con otras para formar palabras, y éstas ponían por escrito lo que nuestros padres nos habían enseñado a decir con la lengua. Allí nos enseñó a contar, a escribir los números, a sumar y restar y multiplicar. Allí aprendimos a copiar poesías en el cuaderno, pintando de colores las letras y los dibujos. Allí, en fin, fuimos acostumbrándonos a hacer otras muchas cosas: cantar, jugar, callarnos cuando lo indicaba la señorita, pedir permiso para ir a hacer pis, rezar a la Virgen, pintar un caballo, contar un cuento, oír una historia, estar juntos sin pegarnos, colocar el gorro y el abrigo en la percha, recoger las cosas con orden, salir en fila, jugar en el recreo, aburrirnos, dormitar... ¡Ah, doña Sofía, nos quería tanto!
      
         Aún recuerdo la mañana en que nos dijo: “Tenéis que decir en vuestra casa que os laven muy  bien la cabeza, porque hay pipis en clase.” Al salir al recreo les propuse a mis amigos que fuéramos a la regadera y nos  laváramos la cabeza. Dicho y hecho. Salimos, nos mojamos y, con el pelo        revuelto, fuimos a la clase y  le dijimos: “¡Ya no tenemos piojos,     señorita!”. Todavía recuerdo la cara que puso al vernos. O aquélla otra, cuando iba yo, camino de la escuela, con tres pesetas que me había dado mi madre para la mutualidad infantil. Me las metí en la boca con el fin de que no se me perdieran y me las tragué. Al llegar a la clase, se lo dije a la maestra, y me cogió de la mano y me llevó a casa. Me prohibieron salir y llamaron al médico, y éste dijo que sólo era cuestión de esperar. Fue angustioso, y a la vez divertido, que toda la familia estuviera pendiente de mis deposiciones, hasta que, al tercer día, un sonido metálico estremeció el silencio, al chocar contra el orinal una peseta rubia, y luego otra, y otra,  que llegaban a su destino después de un largo viaje por mi vientre. Al oír aquellos ruidos, mi madre, que estaba expectante, pasó de la preocupación a la alegría y poco le faltó para aplaudir. Y lo mismo le sucedió a mi padre cuando se enteró, y a doña Sofía y mis amigos, que, en alegre algarabía, me felicitaban por haber conducido las tres monedas a un lugar seguro, lejos de los recovecos de mis tripas. “Bien, por Antonio, bien, ya cagó las tres”, decían entre aplausos, mientras yo regresaba triunfante a la escuela. 
     
     
         “Mi madre está sentada en la cama y mi padre está a su  lado, un poquito incorporado sobre la almohada. Me han llamado para que vea lo que me han dejado los Reyes en los zapatos, que había colocado la noche anterior junto al balcón de la sala. Algo nervioso los recojo y pongo los paquetes encima de la cama. Voy abriéndolos con ilusión: caramelos, calcetines, dos naranjas, un parchís y  ¡un libro con dibujos de colores! Enseguida lo abro, leo su título en alto- “El flautista de Hamelín”- y miro las primeras páginas, embelesado con los dibujos del músico que engatusaba a los ratones.
-¿Te gusta lo que te han traído los Reyes?- me pregunta mi madre.
-Sí, mucho- le contesto mientras me abraza.”

         Me fui a mi alcoba y allí leí de cabo a rabo aquel cuento, que me hablaba de un músico seductor y de unos ingenuos ratones que amaban la música. Cuando lo terminé, no sabía qué me había gustado más, si la historia que había leído o la música que creí oír al leerlo.
         Igual que los ratones seguían al flautista por las calles del pueblo, camino del río, así iba yo detrás de los músicos cuando venían a la función de Aravalle e iban tocando por las calles para animar a la gente. Me gustaba ver la precisión con la que Ligero tocaba el tamboril, los platillos y el bombo para marcar el ritmo de las canciones. Y la de Telesforo, el trompeta del pelo rizado, que obtenía de su instrumento melodías armoniosas con sólo apretar las teclas. Pero quien sin duda captaba mi atención más que ninguno era Amadeo, el del saxofón, que arrancaba de aquel sinuoso aparato desde el sonido más vivo hasta la pasión más desgarradora. Lo peor era cuando acababa la función y los músicos se iban de Aravalle. Durante varios días yo seguía oyendo sus canciones en mi cabeza hasta que poco a poco, todos los sonidos volvían a su cauce y ya sólo sonaría la música en la radio de tío Saturnino.
        

         Un día de verano subió por la carretera un coche de color negro y paró en el Corralillo. Llevaba en las dos puertas un dibujo de una máquina y un rótulo que decía “Cine Sonoro Moreno”. Lo guiaba un hombre con bigote, y le acompañaba un mozo que se bajó enseguida y preguntó por el alcalde. Al cabo de un rato, ya tenían colocada una sábana blanca muy grande en el hastial de tío Anacleto. Después sacaron la máquina pintada en la puerta del coche, la montaron en una mesa, colocaron “un rollo de película” y la enchufaron en la taberna de tío Jacinto. La probaron y, al ver que todo iba bien, la taparon con una lona negra. Por la tarde, tío Ángel, el alguacil, recorrió todo el pueblo echando un pregón que decía: “Se hace saber a todos los vecinos que esta noche, en el Corralillo, a las diez en punto, se va poner la película “Héroes de tachuela”, por el módico precio de una perra gorda los muchachos y dos los mayores”.
         Y allí estábamos todos, un rato antes de las diez, cada uno con nuestra silla. El señor del bigote ya tenía enchufada la máquina, así que la impaciencia por empezar iba aumentando según se acercaba la hora señalada. Tío Armando, el alcalde, mandó a tío Ángel aflojar la bombilla del Corralillo, el hombre del bigote apretó un botón y al momento empezamos a ver al Gordo y al Flaco subiendo por el hastial de tío Anacleto como si fueran de verdad. Nos reímos mucho, sobre todo cuando al bajar por una chimenea, se pusieron de hollín hasta los topes y sólo se les veía el blanco de los ojos. Y se nos saltaban las lágrimas cuando el Flaco recibía un mamporrazo de su amigo y lloraba con un llanto que te encogía. Y al final, aplaudimos mucho y le preguntamos al señor Moreno que cuándo iba a echar otra película.
         Me lo pasé tan bien que aquella noche soñé que el Flaco se reía sin parar del Gordo, después de haberle atizado unos buenos puñetazos. Pero tuve que esperar algunos años hasta ver otra película, pues nunca más vimos aparecer por la “cimerá” de la calle Real el coche negro de “Cine Sonoro Moreno”.


 
   8

           Desde que tengo memoria, he oído hablar del otro Emilio, mi primer hermano, del que no guardo ningún recuerdo porque nació un año y medio después que yo y sólo vivió tres meses. Eran los tiempos sombríos de la tuberculosis de mi madre, enfermedad que la atacó profundamente cuando ya estaba encinta de mi hermano. Empezó a adelgazar y a vomitar sangre y el embarazo se le complicó sobremanera. No obstante el niño nació, pero mermado de salud, tanto que a los pocos meses una meningitis se lo llevó.
         Aunque quedó desconsolada por la muerte de mi hermano, mi madre se propuso sacar fuerzas de flaqueza para vencer aquel mal y logró salir adelante, gracias a la profesionalidad y el buen hacer de don Melchor y mediante la intercesión de la Virgen del Puerto, quien, según ella, atendió sus ruegos en las novenas que le ofreció para poder sanar. Fue así como Plasencia, la ciudad de su vida, se convirtió en lugar de peregrinación y amargura, pues durante varios años tuvo que ir una vez por semana, para pasar sus revisiones en la consulta de aquel buen médico.
         Se levantaba a las seis de la mañana, preparaba las cosas de casa y se arreglaba deprisa, pues a las siete y media cogía el coche de línea que llamábamos  “La empresa”,  para distinguirlo del correo, que hacía el mismo recorrido pero a horas menos intempestivas.  Algunas veces me llevaba con ella, casi siempre para que el médico me revisara los oídos o la garganta. Era en esos viajes cuando me daba cuenta de su sufrimiento y de su tesón para salir adelante.
         Conducía aquel autobús un individuo bronco aunque bueno, un hombre delgado y con bigote al que llamaban “El legionario”.
 -Hola, Emilia- saludaba- hoy toca ir a don Melchor.
 -Así es, qué le vamos a hacer- le respondía mi madre mientras pagaba su billete.
Se sentaba con rapidez, pues era propensa a los mareos, pero antes de llegar al Puerto de Tornavacas ya había echado su café en la toalla que siempre llevaba preparada, por si acaso. Cuando la acompañaba, yo también arrojaba mi desayuno, contagiado del olor acedo que impregnaba el ambiente y los asientos.  Aquellas vueltas y revueltas bajando el puerto eran insufribles, sobre todo en invierno, cuando el autobús se deslizaba, imponente, por curvas tan peligrosas e inacabables, sin que siquiera tuviéramos el alivio de ver el campo a través de los cristales.
         Al llegar a Tornavacas, el coche se llenaba de viajeros que iban a Plasencia a comprar, a vender, a los médicos o a ver a algún pariente. A la alegría del amanecer y del final de tanta curva peligrosa, se unía el placer de oír hablar a aquella gente, entonando las frases de otra manera y haciendo las lles como yes. Se creaba en mi interior una emoción singular, pues era la primera vez que oía hablar de forma distinta, sin que por ello dejase de entender lo que decían.
         Después de vadear el río una y otra vez, aquella carretera experta en curvas se enderezaba y atravesaba el Jerte por un puente noble que llevaba hasta las puertas del recinto amurallado de Plasencia. A sólo sesenta kilómetros de Aravalle, por fin la ciudad estaba ante nuestros ojos después de tres horas de pesadilla, cuando el autobús ya estallaba de personas y de olores. Algo mareados aún, entrábamos por la Puerta del Sol, camino de la Plaza Mayor. Mi madre caminaba tranquila, con la seguridad que da la familiaridad, pero yo, sin soltarme de su mano, miraba aquí y allá, asombrado y confundido, descubriendo aquel espacio nuevo que me llenaba de gozo y de frescura: calles pavimentadas con losas de granito y adoquines, olores a profundidades de tiendas de ultramarinos y de comercios de ropa recién barridos, esencia de azahar que llegaba de los naranjos y los limoneros de los patios y huertos cercanos, toques de campanas de iglesias recoletas y conventos antiguos, bares llenos de gente que conversaba entre olores de café y tabaco, quioscos de periódicos con los expositores llenos de tebeos y revistas, puestos de chucherías y calvotes atendidos por viejecitas de manos sarmentosas, ciegos que pregonaban la rifa diaria, bullicio del mercado de abastos repleto de olores y sabores, palacios de ventanas ovaladas y balcones esbeltos, catedrales de torres afiladas y puertas magníficas, murallas defensivas horadadas de puertas... Y en medio de la ciudad, la Plaza Mayor, una anchura de luz y soportales umbríos, con  puestos de fruta y de verdura ocupando el espacio central y  gente en corros llenando el corazón de Plasencia de acentos y de voces de todos los valles. Y en lo alto de la torre del Ayuntamiento, el Mayorga, un muñeco grande que parecía sacado de un libro de cuentos,  daba la hora golpeando con su maza de hierro una campana.
         De la plaza salía una calle, la Rúa Zapatería, por la que íbamos    caminando hasta llegar al número diez, donde había un zaguán de suelo enrollado al que llegaba un intenso olor de geranios. Aquel remanso de paz nos daba sosiego y fuerzas para subir las escaleras. En el segundo piso había un letrero que rezaba así: “Viuda de Portalatín. Se admiten huéspedes”.
          Mi madre llamó al timbre y abrió, guapa y risueña, la prima Flora. Dio dos besos a mi madre y a mí me cogió en brazos y me dijo:  “Antoñito,       ¿Te gusta Plasencia? ”. Yo le contesté que sí y después de darle un beso me refugié en mi madre y le dije que me orinaba. Me llevó al cuarto de baño y yo me quedé mirándola, hasta que me indicó dónde tenía que hacerlo. Al terminar, tiré de la cadena y salió agua de un depósito que estaba en lo alto, y limpió los orines, llevándoselos a las profundidades de una tubería. Después miré el lavabo, el espejo, la bañera y la ducha. Y me dije “¡ qué bien, agua en casa!”
         Satisfecha aquella  urgencia incontrolable, mi madre me llevó a la sala para que saludase a tía Asunción, quien, con sus risueños ojos, sus pliegues elegantes, sus pendientes largos y sus alargadas manos, me decía: “Así que tú eres Antoñito, el niño de quien tanto habla Ginés, ven, dame un beso”. Cuando oí cómo hablaba, me quedé prendido en su voz y se convirtió para mí en el símbolo de Plasencia. Al momento mandó preparar desayuno para mi madre y para mí, y allí, en la cocina, entre fuentes y pucheros, empecé a conocer los olores de la casa, los de la cocina, los de las alcobas, los del salón... Cada vez que me llevaba mi madre a Plasencia, tía Asunción me preguntaba si quería quedarme con ella, y le contestaba, temeroso: “ Yo me quiero ir con mi padre”, y me ponía a llorar, hasta que me decían que era de broma, que no me retendrían. Otras veces me preguntaban que qué quería ser de mayor, y si me tendría que ir de Aravalle, a lo que yo contestaba con decisión: “Nosotros no nos movemos del pueblo”, lo que les hacía reír a carcajadas.

         Cuando acompañaba a mi madre a la consulta de don Melchor, solía quedarme en una salita mientras ella pasaba su revisión. Terminada ésta, el médico me llamaba y me inspeccionaba las anginas y los oídos. Era la consulta una sala ordenada y limpia, y el doctor, un señor tranquilo y riguroso. Allí vi por primera vez un aparato de rayos X, a través del cual se podían ver los huesos y las interioridades del cuerpo, igualitas que las que venían pintadas en “El Parvulito”, el libro que dábamos con doña Sofía.

         Si en Plasencia el lugar de referencia para mi familia era la casa de tía Asunción, en Ávila cumplía esa función la de tía Beatriz, donde mi padre estuvo de joven. Y allí me llevaron cuando fui a esa ciudad por primera vez. Recuerdo una noche en vela, por un tremendo dolor de oídos, en aquella casa fría y algo avejentada. Lloraba desconsolado y le decía a mi madre: “ Primero los ojos, luego los oídos, vaya por Dios, cuánto nos toca” y le pedía que me los apretase con fuerza para menguar el sufrimiento.
         Aprovechando la espera para operarme de anginas, una mañana me llevaron a un médico, para que averiguase por qué me dolía tanto el pito al hacer pis. Tendido en la camilla, el médico examinaba atentamente mis partes cuando, sin aviso previo, un hilo de orín salió disparado hacia las gafas del doctor. Hízose el silencio, el médico se lavó y se secó, y luego recetó el remedio para mi dolencia, mientras mis padres no sabían dónde mirar, avergonzados por aquel descontrol de esfínteres.
                 Y unos días después, la operación de amígdalas. Me llevaron al hospital y llené una sábana de sangre, una sábana que se iba haciendo grande, grande, cuando contaba a mis amigos del pueblo aquella operación   aparatosa. Operación que luego muchos sufrirían, pues no sé a qué ton parecía obligatorio operarse de anginas por entonces.
         Antes de volver al pueblo, mis padres me llevaron a montar en los caballitos de la feria de la Santa, y a ver salir el tren hacia Madrid. Aquel extraño ruido de la locomotora, el entrechocar de los vagones, las despedidas de la gente  y el lento avanzar, me llamaron la atención mucho más que el soso girar del tiovivo, un pequeño juguete en comparación con el caballo de verdad de mi tío Ginés.

         La tristeza que dejó en mis padres la muerte de mi hermano Emilio sólo quedó aliviada cuando dos años después nació mi segundo hermano, al que mi madre se empeñó en llamar también Emilio, quizá por enmendar la plana a la muerte. En ese tiempo, ella ya había mejorado bastante de la tuberculosis, pero aún no podía hacer tareas como ir a la poza, razón por la que venía tía Edeldrida y se llevaba la ropa sucia para lavarla a cambio de algún dinero semanal.
         Cuando mi hermano Emilio cumplió los dos años, lo pasaron a mi alcoba y en una cama de plaza y media dormimos juntos durante varios años. ¡Cuántas risas en aquella cama, cuántas meadas- primero sientes calentita la orina, luego se va enfriando de madrugada- cuántas confidencias y, también, cuántos sufrimientos!
         Alguna vez, por culpa de las dichosas meadas, mi madre no tenía hecha la cama al irnos a acostar. Nos tumbábamos Emilio y yo, ya con el pijama puesto, y madre nos echaba la sábana de arriba, luego la manta y la colcha, después recogía el embozo, lo alisaba, nos daba un beso y empezaba el “Jesusito de mi vida”. Al terminar de rezar, nos recordaba dónde estaba el orinal y apagaba la luz  en la perilla, por si la necesitábamos en la noche.
         Los despertares solían ser tranquilos y apacibles en los primeros años, pero algún tiempo después, ¡qué distintos! Madre se levantaba y se iba a la cocina y padre, después de desayunar, entraba en nuestra alcoba y, con un empujón, leve pero brusco, me despertaba y me decía: “Venga, levanta”. Después, metía la mano entre las sábanas y palpaba donde dormía Emilio; si había humedades, echaba para atrás la ropa, bajaba un poco el pijama a mi hermano y le daba tres o cuatro azotes en el culo, que servirían, decía él, para que  cogiera miedo y no se meara. Cuando se percataba de la situación, Emilio levantaba un poco la cabeza, la giraba y miraba a mi padre con la inmensidad de sus ojos castaños, sin soltar una sola lágrima. Nunca le oí protestar ni quejarse en su presencia; pero en cuanto él salía de la alcoba, se daba media vuelta en la cama y echaba unas lágrimas muy grandes. Yo le abrazaba un ratito, y después me levantaba, para que mi padre no volviera a subir.




9

En la escuela de doña Sofía estuve desde los cuatro hasta los siete años y mis amigos eran Álvaro, Adolfo, Toribio, Ernesto y Dimas. A diario me veía más con Ernesto, pues vivíamos cerca el uno del otro, pero en los días de fiesta, si hacía mal tiempo, nos juntábamos todos en la casa de alguno, y se pasaban en un santiamén las tardes, pues la diversión estaba asegurada, y la risa nunca tardaba en llegar.
         El ritmo de las estaciones marcaba cuándo debíamos cambiar de juegos, de canciones, de ropas y de zapatos. Y el paso de los años señalaba que nuestra permanencia en la escuela de parvulitos iba llegando a su final, aunque nosotros apenas nos dábamos cuenta, pues lo que nos gustaba era disfrutar de aquel paraíso infantil de  escritura y de cuentos.
         Y llegó un día en que doña Sofía nos dijo que  debíamos ser más serios, que teníamos que preparar la primera comunión y que para el curso siguiente ya estaríamos en la escuela de los mayores, separados los niños de las niñas. Y la señorita decía la verdad, porque, recién cumplidos los siete años, nos dijo todo el mundo que ya teníamos “uso de razón”. Nos  llevaron un día a la iglesia para confesarnos -“tenéis que decirlo todo, todo, no podéis olvidar nada, que vais al infierno para siempre”- y mientras pasábamos por aquel trance, nuestras madres adornaban la iglesia con flores, sobre todo el altar mayor, el comulgatorio y los primeros bancos.
         El día siguiente era la Ascensión y me levanté muy temprano, sería la inquietud de la novedad. Me fueron arreglando y, cuando ya tenía puesto el traje azul marino, del que mi madre había desprendido galones y bordados, subí a la sala, me miré en las lunas del armario, abrí una de las portezuelas, cogí las tijeras y me corté el flequillo. Mi madrina me pilló pero ya no alcanzó a detenerme, así que me lo arregló como pudo y fui a la iglesia sin más, pues con todo el trajín apenas si se notaba. ¿ Por qué me corté el flequillo? ¿Para no comulgar y así no condenarme, pues había tomado  un sorbo de agua y había roto el ayuno? Aquella paranoia de miedos que nos metió don Beltrán, el cura, a propósito de la primera comunión y el pecado mortal, me debió afectar mucho, pero no así a otros, pues Engracia, la de tío Armando, al tomar la forma, no sólo no se la tragó sin masticar sino que la cogió con los dedos y la rompió en cachitos para poder tragarla. Casi todos mis compañeros se partían de risa, pero algunos  nos preocupábamos por Engracia, que quizá iba a ser condenada al infierno por haber tocado la hostia.
         Después de la ceremonia, comimos todos juntos en el salón de tío Leonardo, acompañados por nuestros padres. Tuvimos que repetir el verso que habíamos recitado en la iglesia, algunos ya casi lo habían olvidado, y después hubo baile, aunque nosotros enseguida nos pusimos a jugar al “tiqueté”. Aquella comida generó una corriente de simpatía muy especial y puso los cimientos de una buenísima relación de amistad.

        Cuando estaba acabando el otoño de aquel año, una mañana fría entró mi padre en la alcoba y nos despertó muy contento: “Levantáos- dijo- que habéis tenido una hermana. Luego nos cogió de los hombros  y nos llevó a la sala, donde estaba mi madre, sonriente y feliz, con una niña recién nacida en sus brazos, que tenía los ojos cerrados y parecía muy dormida. “Venid, dadle un beso, es vuestra hermana”, dijo y así hicimos, le dimos un beso a Estrella, que ése iba a ser su nombre, y otro a ella, que parecía muy cansada. Después las tías nos llevaron a la cocina y nos dieron de desayunar. Padre nos dijo que se había encontrado a la niña por la mañana, junto a la casa de las vacas. “¿Tenía frío?” “¿Estaba desnuda o vestida?”; padre  iba contestando y yo no quedaba muy convencido, pero no dije nada.
         Esa mañana, cuando iba a la escuela- ya era la de los mayores- me paré, como casi todos los días, en el hastial de tía Dolores, donde estaban  algunos muchachos. Uno de ellos, mayor que yo, mirándome a los ojos me dijo resabiado: “Tu madre  ha parido esta noche”. Herido, le contesté:” Tú eres tonto, Mamerto, a mi hermana se la ha encontrado mi padre esta mañana en la casa de las vacas”, le dije de carrerilla. Todos se rieron pícaramente, y yo me sonrojé mientras un sofoco grande me invadía. Yendo por el Camino del Barrio, me contaron que era mentira eso de que los padres se encontraban a los niños, que eran las madres las que los parían. “Y ¿ cómo los hacen?”, les pregunté. “Pues que los padres meten el pito en la chucha de las madres y les echan  la leche, y después eso crece y paren, so bobo”- dijo Mamerto, procurando escandalizarme.
         Al llegar a la escuela, me felicitó don Diego, el maestro, por lo de mi hermana pero yo seguía dándole vueltas a lo que me habían dicho poco antes. En aquella sociedad pacata y reprimida de los cincuenta, con tanta confesión, comunión, adoración nocturna, misiones, novenas y flores a María, yo me enteré de cómo venimos al mundo el día en que nació mi hermana. La ocultación de todo lo relacionado con el sexo- procreación, placer, deseo- fue la causa de que lo tuviera que descubrir con vergüenza y con desaire, como si fuera una desgracia y no una realidad cotidiana. En Aravalle, y en toda España por entonces, se vivía con vergüenza el sexo, se manifestaba con malicia y se interiorizaba con remordimiento.
         Pocos meses antes había descubierto que los Reyes Magos no existían. Mi prima Rosalía me lo dijo: “Son los padres, Antonio”. “¡Son los Reyes!”, le decía yo, pero mi venda iba cayendo ante la evidencia de las demostraciones de mi prima. Lloraba de rabia y no me lo  quería creer, pues me  parecía un engaño sin sentido. “Madre, ¿verdad que es mentira que los Reyes son los padres?” Mi madre se limitó a decir que quién decía eso. No me hizo falta más, le di la razón a Rosalía.
          El descubrimiento de la verdad en ambos asuntos –el nacimiento, los reyes magos- me dolió en lo más profundo, pues no llegaba a entender la razón de tanta reserva, pero me hizo madurar de golpe. Aquel año en que vi de cerca el nacer y el morir, marcó para siempre el final de mi inocencia, y aunque la ingenuidad nunca me ha faltado a lo largo de la vida, ésta ya nunca más  volvería a tener el sabor a paraíso que hasta entonces casi siempre tuvo.



10

        Después del reparto de la herencia familiar, mi padre decidió convertir la parte trasera de la vivienda de abuela Amparo en nuestra nueva casa. Así fue como, en menos de un año, aquel espacio alicaído y mortecino cobró vida y dinamismo. En donde un día estuvo la sala de despiece y matanza, mi padre mandó hacer una cocina y una despensa, y lo que un día fue salón de baile y lugar de confidencias, dejó paso a una sala y dos alcobas. Para unir ambas plantas, abrieron un hueco por el que subiría la escalera, y para que tuviera luz este espacio nuevo, hicieron una claraboya en el tejado.
         En el corral de la casa vi cómo mi padre y los albañiles amasaban el agua, la arena, el cemento y, cuando procedía, la cal. El maestro oficial era tío Fortunato y los peones, su hijo Melecio y el señor Silvestre; los tres eran de Solana y con ellos había apalabrado mi padre hacer la obra a jornal. En una libreta llevaba apuntados los días que venían a trabajar y los materiales que iba comprando. Aún recuerdo los primeros renglones, escritos con esmero y pulcritud: “Octubre, 20: Fortunato, Melecio y Silvestre. Octubre, 21: Melecio y Silvestre. Octubre, 21: Mil rasillas, diez sacos de cemento y cinco de yeso.”
         En la libreta estaba apuntado: el tres de noviembre vino a trabajar solamente Melecio. En mi memoria también: fue el día en el que mataron al gato pardo, un gato de ojos verdes, altivo y esbelto, que tenía la fea costumbre de hacer sus necesidades encima de las camas. Había nacido de la gata blanca y negra y fue el único que quedó de una camada numerosa y variopinta. Aquel día, cuando al volver de la escuela le pregunté a mi madre  por el gato, me dijo que no sabía dónde estaba. Pero yo me olí algo malo al ver los arañazos que Melecio y mi padre tenían en los brazos. Andando el tiempo, me enteré  de que unos días antes lo  habían cogido y habían rebozado su hocico en la propia caca. Como no cejaba en su empeño de ensuciar las camas, decidieron acabar con aquella gallardía. Nunca olvidaré el misterio de sus ojos verdes.
         Según iba avanzando la reforma, yo iba conociendo mejor a mi padre; se manifestaba nervioso, vigilante en exceso, muy trabajador, envenenado por la parsimonia de los albañiles e inquieto por el dinero que aquella obra se iba llevando. Frecuentemente tenía cefaleas, que le llevaban a la cama sin comer; entraba en casa y, sin apenas saludar, se iba a su alcoba, cerraba puertas y ventanas, tomaba dos optalidones y, sosegado en aquella oscuridad completa, dormía y se le pasaba la jaqueca. Después se levantaba y comía algo. Mi padre hablaba poco, refunfuñaba mucho y recriminaba a mi madre que fuese dadivosa. Ella- que para entonces ya se había curado de la tuberculosis- no le contestaba, se callaba. Sabía que aquel reproche era fruto de los dolores de cabeza que sufría; pero también sabía que su carácter había cambiado desde hacía  algún tiempo.
   
         Entre los muchachos del barrio de abajo, había uno que destacaba por su diablura y su crueldad: era Marcial. Te veía junto a la fuente, se ponía a hablar contigo y, de repente, le daba la vena y te tiraba al pilón o te arreaba una paliza. Cuando yo llegaba a casa sangrando por la nariz, debido a algún puñetazo de Marcial, mi padre me reñía por no saber defenderme. En ciertas ocasiones Marcial parecía hasta amigo, te invitaba a una pera, de las que robaba en las huertas de la Raya, o a cerezas, que cogía de los camiones que venían del Valle. En otras, sin embargo, te daba un tortazo sin posibilidad de respuesta o creaba una situación violentísima, como aquel día  en que, rabioso porque iba perdiendo al juego del clavo,  cuando le correspondía tirar el suyo, que era el gajo de una horca de hierro, se lo clavó a su contrincante en la pantorrilla derecha. También había momentos de humor en sus travesuras, como cuando doña Magdalena, la mujer del maestro, iba a la escuela a sustituir  a su marido los días en que éste visitaba al habilitado. Marcial se acercaba encogido y fingiendo tiritera, y le pedía permiso a doña Magdalena para calentarse las manos junto al brasero.
-Doña Magda, ¿ Puedo calentarme?
-Sí, Marcial, majo.
-Gracias, doña Magda. ¿Puedo desborrajar un poco?
-Sí pero ten cuidado, hijo.
Marcial, acurrucado junto al brasero, miraba las cabrillas de doña Magdalena, que iban subiendo por sus piernas y avanzaban poco a poco casi hasta las profundidades de las bragas, en las que se deleitaba la mirada pícara de Marcial, hasta que  un movimiento de incomodidad  de doña Magda le ponía en guardia y se levantaba.
-Ya me he calentado, gracias.
-No hay de qué, majo. Ahora pórtate bien, ¿eh?

         Marcos era otro muchacho de armas tomar. Un día reñí con él cerca de su casa y nos empezamos a pegar. Tía Simona, su madre, vino pero no nos separó sino que se alió con su hijo, y entre los dos me dieron una buena tunda. Me fui a mi casa con algunos arañazos y mi padre me dijo:
-Pareces medio bobo, dejarte pegar así, ¿es que no sabes defenderte?
          Me propuse en ese mismo instante que nunca más me volvería a repetir esa cantinela, así que pensé en cómo actuaría cuando alguien me fuera a pegar. Y la ocasión no tardó en llegar. Fue el día en que  él mismo me regaló un aro, que sonaba excelentemente al rodar, y un guía para llevarlo, que había hecho  para mi mano en la fragua de tío Evaristo. Radiante con tan espléndido regalo, salí a estrenarlo por el Camino del Barrio. Iba tan contento, disfrutando del sonido y de la precisión del guía recién modelado al fuego por mi padre, cuando me encontré con Angelillo. Y ¡zas! sin más ni más empezó a tirar piedras a mi rodancha, para fastidiarme. Varias veces le dije que se estuviera quieto, pero no sólo no hizo caso sino que  tiró otra y me alcanzó en el brazo. Yo le devolví la pedrada y acerté a darle justo entre la nariz y la boca. De su herida manaba sangre sin parar, y Angelillo lloraba y lloraba pero yo no me amedrenté. Acudió su madre y se lo llevó al médico; yo me fui a casa y no comenté el incidente con nadie. Al poco rato, llegó mi padre y me dijo que se había enterado de todo al venir de la casa de las vacas. Yo le dije la verdad y él me contestó:
-Le han tenido que dar tres puntos por tu culpa.
-Pues que se fastidie, que no hubiera empezado-  dije yo.
Mi padre cogió la marra, colocó el aro entre dos piedras de la teña y, de un golpe, lo aplastó. Yo miraba aquel juguete recién estrenado, y ya destrozado, mientras él me decía:
-¡Que nunca se te vuelva a ocurrir hacer una cosa así!
No le contesté, me volví de espaldas y me puse a llorar en cuanto se fue.  

      
          Todos los lunes había mercado en El Barco y mi padre iba muy a menudo; tenía esa costumbre desde que mis abuelos abrieron el estanco y  le encomendaron a él la compra de las labores de tabaco y de los sellos de correos. Un buen día apareció con una maquinilla y nos dijo a mi hermano y a mí: “ A partir de ahora os voy a cortar el pelo yo, así nos ahorraremos algún dinero”. Mi madre, que estaba presente, no dijo nada pero Emilio y yo nos miramos sorprendidos y algo inquietos.
         Hasta entonces, siempre nos había cortado el pelo  tío Filiberto, en su zaguán cuadrado y amplio, fresco en verano y gélido en invierno. En el centro de aquel espacio había un sillón grande y en él se sentaban, por riguroso turno, quienes iban a ser atendidos. Tío Filiberto manejaba con soltura sus herramientas- las tijeras, el peine, la navaja y la maquinilla- pero también la lengua, pues sabía dar conversación a la parroquia y crear un clima de confianza a su alrededor. No obstante, aquel sillón era temido aún por los mayores, pero no por los trasquilones o por miedo a la navaja de afeitar, sino porque allí mismo, a tirón limpio y sin ningún calmante, tío Filiberto les había arrancado dientes y muelas con unas temibles tenazas. Aunque de ello hacía ya mucho tiempo, el dolor y los ayes seguían prendidos en las paredes y en los espejos, en las manos y en los ojos de tío Filiberto y hasta en su forma de hablar y consolar a la clientela.
         Ahora el pelo nos lo iba a cortar mi padre. Confieso que desde un principio no me gustó la idea pero, qué hacer,  ya estaba decidido. Me sentaba en una silla, vuelta del revés, y mi padre comenzaba a mover la maquinilla por mi cabeza. Al poco tiempo, por efecto del sudor del cuero cabelludo, aquel artefacto patinaba y patinaba, y mi padre se iba poniendo nervioso, se enfadaba y me ordenaba que me estuviera quieto. Cuando quería apurar los remolinos del cuello o los de la coronilla, yo empezaba ya a incomodarme y él me soltaba una galleta para que no me moviera. Pero no lo lograba y entonces se enfadaba más, aceleraba sus movimientos y terminaba precipitadamente. Después hacía una señal a mi hermano para que ocupara mi puesto, mientras yo iba hacia mi madre, que me esperaba en el poyo con un frasco de alcohol ya abierto. Echaba un poco en sus manos y me frotaba en la cabeza, con el fin de que no me acatarrase; yo no sé si de verdad el alcohol cumplía esa misión, pero era reconfortante estar en manos de mi madre después de haber pasado por las de mi padre. Emilio se revolvía en la silla mucho más que yo, se quejaba, protestaba, le arreaba mi padre un sopapo en el cuello y siempre le dejaba con el pelo al uno, pues se sentía incapaz de arreglarle todas las escaleras ocasionadas por lo mucho que se había movido. 
         Este viacrucis  no lo tuvo que sufrir mi hermana Estrella, aunque sí la tortura de las trenzas y la manía de las coletas, hasta que un día mi madre se rebeló contra la imposición de aquella moda, cogió unas tijeras y le dejó el pelo a lo garçon. Es así como recuerdo a mi hermana de niña, siempre con el pelo corto o, como mucho, con media melena.     
         Estrella era una niña tranquila y pacífica a la que cuidábamos todos con primor. En sus primeros meses de vida, “la niña”- así era como la llamábamos en casa- se alimentaba de la leche de mi madre, pero sobre todo de la que ordeñaba mi padre de una vaca suiza que teníamos ¡Cuántos biberones de leche calentita vi tomar a mi hermana! Chupaba y respiraba con ansia y no paraba hasta acabar; luego eructaba con regularidad y se dormía al instante. Un rato antes, mi madre la había limpiado hábilmente entre arrumacos, y después le ponía los pañales, dándole besitos y diciéndole retahílas que procuraban su risa y le daban bienestar.
         Estrella comía y dormía, dormía y comía; nunca lloraba ni daba problemas. Cuando me fui a Madrid a estudiar, ya no pude observar a diario su crianza. Sí, es verdad que al volver al pueblo, en vacaciones, seguía disfrutando al ver cómo iba cambiando, pero aquello ya no era el día a día de satisfacción y sosiego de los primeros años sino un tiempo distinto hecho de renglones intermitentes. “La niña” se estaba haciendo mayor y atrás iban quedando, para siempre, aquellos años de crianza y de contemplación que  nunca olvidaré.



11

         La luna llena alumbraba nuestros juegos, y producía en nuestro interior una excitación que nos inquietaba y nos atraía al mismo tiempo. Se veía casi igual que si fuera de día, pero la grisura de  las sombras amparaba nuestros movimientos en aquel juego  al que llamábamos rondaúna, que era una versión local del escondite. Otras veces jugábamos a la banda, que te permitía coger de la mano a las muchachas, y eso nos gustaba a todos, pues ni ellas ni nosotros lo rehuíamos. También nos satisfacía guardarnos entre los maíces, en la búsqueda intrépida de un lugar protegido al jugar a la maya, con la respiración entrecortada y la excitación contenida hasta que el más atrevido de nosotros se acercaba al poyo del Corralillo y, burlando al que “se quedaba”, decía a pleno pulmón: “¡Levanto la maya por mis compañeros, y por mí el primero!”.
         Al caer la tarde, en los días de verano, jugábamos al verdugo. Tirábamos una taba, primorosamente limpia, cuyas cuatro caras representaban el dolor, la buena suerte, el orden y el poder; nosotros las llamábamos palo, vino, verdugo y rey. Consistía el juego en ponerse en corro e ir tirando la taba por riguroso orden. El primero que lograba la posición de rey, podía ordenar el número de palos que había que dar a quien había sacado palo; el verdugo se encargaba de ello y los que tenían suerte y sacaban vino, se libraban. Ningún puesto era vitalicio y todos podíamos pasar por cualquier situación si así lo decidía el azar, pero eso no impedía que algunos muchachos fueran especialmente crueles en sus papeles de verdugo o de rey.
         Otras veces nos acercábamos a tío Ismael, un viejecito que se sentaba en la ventana del maestro a tomar el sol, y le decíamos: “Tío Ismael, nos cuente un cuento”. Y el viejecito nos llevaba con sus palabras muy lejos de Aravalle, tanto que, cuando el sol ya iba embocando por la sierra y nos teníamos que ir a nuestras casas, para dar de comer a las gallinas y a los cerdos, lo dejábamos en su rincón pero seguíamos imaginando sus viajes a África o sus aventuras en la guerra de Cuba.
         Pasado aquel verano de descubrimientos y de juegos, de confesiones y comuniones, empezó la escuela de nuevo; pero ya no era la escuela de párvulos de doña Sofía sino la clase de don Diego, para nosotros, y la de doña Aurora, para nuestras amigas. La nuestra era un aula con techos altos, pupitres de madera inclinados y amplios ventanales que daban a poniente y que dejaban entrever  la sierra de Béjar.
         Estábamos clasificados en tres grados, de acuerdo con nuestra edad y nuestros conocimientos, y teníamos nuestra propia enciclopedia en cada uno de ellos. Don Diego organizaba las tareas concediendo cierta autonomía a cada grupo. Nunca nos daba calificaciones ni hacíamos exámenes, pero el maestro llevaba un registro de nuestra actividad y nos reunía todos los sábados por la mañana en un corro para preguntarnos la lección. Si uno no sabía responder o contestaba mal, la pregunta pasaba al siguiente, y si éste acertaba, adelantaba al que había fallado.
         Encima del encerado estaban colgados dos retratos y un crucifijo, como en la clase de parvulitos. Un día don Diego nos explicó que los de los retratos eran Franco, el generalísimo, y  José Antonio, el mártir de la patria. No entendíamos nada pero nos acostumbramos a verlos allí, serios y huraños, tan aburridos en su mirada como pretenciosos en su  vanidad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                    “Hoy hemos entrado en fila, como siempre, hemos rezado con don Diego, nos hemos sentado en nuestro pupitre y hemos abierto la enciclopedia por la página ciento veintitrés: los pronombres personales. Después hemos copiado la biografía del escritor José María Pemán y luego hemos hecho unos ejercicios de ortografía. Hace frío. Don Diego, ¿puedo calentarme al brasero? ¡No me muevas, que voy a echar un borrón! ¡No ves que estoy con la pluma haciendo el rótulo!  En el cuaderno de rotación, Pablo hace sus tareas durante esta semana. Inocencio y Urbano van  por el agua para preparar la leche en polvo. En pie, dice el maestro, salid al recreo. Fila de a uno, cada cual con su vaso en la mano. Llueve. Castañas, voces, pelo mojado, excitación. Entrada. Encerado: problemas y ejercicios. Don Diego, vengo a enseñarle el problema. Salid. Son las tres, por la señal de la santa cruz. Lectura: Edmundo de Amicis, “Corazón. Diario de un niño”, hoy nos toca el cuento de “El pequeño escribiente florentino”. Recoged. Santa María, madre de Dios. Por la parte de atrás vamos haciendo una fila, siguiendo el orden del último sábado, mientras cantamos: “En pie, camaradas, siempre adelante” y salimos en estampida hacia el patio. Carrera hacia la fragüilla, para combatir el frío, la lluvia o el viento que sopla.”                                         
      
        “Mi cabeza da vueltas y gira alrededor de la enciclopedia, entra en su interior, se posa en las celdas de sus hojas y va volando por las páginas de papel amarillento que aún conservan el olor de la infancia: El Cid Campeador, Las palabras según el número de  sílabas, Evangelio de Septuagésima, Jesús dijo a sus apóstoles, Recaredo, Don Rodrigo, La guerra de liberación nacional, Indíbil y Mandonio, Las plantas según sus hojas, Los estados de los cuerpos, Día del estudiante caído, Comisiones, corretajes, transportes y seguros, Serafín y Joaquín Alvarez Quintero, Refieren de un sectario de Lutero, Cuentan de un sabio que un día, Con flores a María que madre nuestra es, Los seres del reino animal, Las islas Filipinas, El héroe de Cascorro...
         Me veo en la escuela de don Diego, con ocho años, con nueve, copiando, leyendo, escribiendo, calculando. El maestro unas veces nos oye y otras se abstrae y dormita plácidamente. Alguno tira el tintero encima de la ropa de otro, mientras Marcial deja sin castañas el bolsillo del chaquetón de Perico. El brasero, la leche en polvo, el queso amarillo, la carbonera, los mapas viejos, el olor a tinta y a tiza, el frío pegado a las paredes, todo pasa por delante de mis ojos con un velo de lejanía que difumina los contornos de la realidad y la hace amena en el recuerdo.”
        
         Un día, en plena primavera, don Diego nos anunció a los del primer grado que pasaríamos al segundo en el mes de septiembre. Todos menos yo, porque había decidido que me promocionaría directamente al tercero, con los mayores. Y para darnos el pase nada mejor que encargarnos la preparación del altar de la Virgen que pondríamos en la escuela aquel mes. Debíamos buscar flores, así que fuimos por los prados cercanos y cogimos chiribitas, margaritas y botoncitos. A Adolfo se le ocurrió coger algunas rosas rojas del huerto de tía Quica y nadie le riñó, aunque si así hubiera sido, él, altanero y seguro, hubiera contestado: “ pues son  para el altar de la escuela”, y de esa forma,  todos callados, y nosotros tan contentos de tener un amigo decidido y saleroso.




12
                 Todos los años, cuando el verano iba acabándose y los primeros vientos húmedos anunciaban el cambio de estación, la comarca del Aravalle se preparaba para la cita en el ventorro Zamarro: era la feria de san Miguel.
        En una  llanada extensa, a ambos lados de la carretera, iban situándose los hombres con sus ganados, siguiendo una antigua costumbre. En la parte más fresca, entre la carretera y el río, se aposentaban los que llevaban vacas, chotos y terneros, y en la más alta, una zona árida y pedregosa, se establecían los que criaban caballos, burros, ovejas y cabras. En un repecho escarpado estacionaban los camiones, en los que a lo largo de la tarde se irían cargando todas las reses compradas en la feria.  
         Era aquél un día de protocolo estricto, aprendido año tras año. Ganados y personas madrugaban para reservarse los mejores sitios; gritos y silbidos, ahijadas y porras, vestimenta y sombreros singularizaban a cada cuadrilla de ganaderos, que levantaban una muralla invisible  para separar a sus animales de los demás. Ninguna res osaba traspasar dicha muralla, salvo que algún choto se pusiera verriondo  o alguna novilla nerviosa se desbocara.                                                                                                                                       
         Cuando toda la explanada estaba ya dispuesta para la feria, empezaban a deambular por ella los compradores, que se daban a conocer por sus ademanes decididos, sus blusones negros y sus voces recias, acostumbradas a mandar a golpe de billetes de banco. Unos, con la petulancia del sabihondo y la soberbia del poderoso, y otros, con la sabiduría de la experiencia y la discreción de la inteligencia, se acercaban al choto cebado con esmero, lo miraban, lo remiraban, le daban un golpecillo en el lomo, le tiraban del lacrimal para ver la reacción del ojo y decían con sequedad y desgana:
-¿Quién vende éste?
El dueño, remolón, dejaba de hablar con los de su cuadrilla, se acercaba con estudiada lentitud, se apoyaba en la porra y, mirando al comprador con cierto desafío, decía:
-Aquí hay quien da cuenta de ese choto.
-¿Cuánto vale?
-Cuarenta y cinco mil reales.
-Quia, por él no te dan ni treinta y cinco.
Era el primer tanteo. Luego iba el del blusón a otra cuadrilla y repetía la misma representación, e igual que él hacían más de una docena de compradores.
         A media mañana se sacaba el almuerzo de las alforjas, pues el día iba a ser largo y cansado y había que reponer fuerzas. También a los animales se les daba de comer y de beber, más para entretenerlos que por necesidad, pues de buena mañana habían tomado su ración para todo el día. Si en las horas tempranas olía a hierba virgen, a agua fresca y a hojas de aliso caídas en la ribera del Aravalle, a media mañana flotaba sobre el gentío un aroma peculiar, en el que se fundían el olor intenso del tomillo y el romero recién pisados y las vaharadas que despedían las deyecciones de tanto animal junto. Era el mejor momento para observar el colorido de la feria, tan igual a sí misma, tan fiel a la distribución por zonas, reconocibles sus gentes por la forma de vestir y el deje de su terruño, el tipo de sombrero y los colores de las alforjas, agrupadas por pueblos para no sentirse perdidas en aquella llanada que  a mí me parecía inmensa.
            Los hombres del blusón volvían a hacer otra ronda; una vez echada la cuenta de lo que había en la feria, y de lo que les podía interesar, se esforzaban en no dejarse arrebatar lo que deseaban, pero sin mostrar excesivo interés ante los dueños de las reses seleccionadas por su astucia. Era el momento de entrar en el trato.
-Te doy treinta y siete mil reales.
-Por treinta y siete el choto vuelve al pueblo con su amo y se queda para arar si hace falta.
Entonces hacían su aparición los mediadores, gente conocida por unos y por otros y que parecían ser neutrales de verdad, pues les animaba más su vena teatral que cualquier favor oculto. Agarraban del brazo al comprador y al vendedor, y éstos, de lado y sin mirarse, hacían mohínes de rechazo pero el mediador les hacía cogerse la mano derecha para sellar el trato, aceptando el ritual antiguo del valor de la palabra dada.
-Ni treinta y siete, ni cuarenta y cinco, echadlo al medio, dale cuarenta y un mil reales y no se hable más.
-Está bien, pero no vale ni treinta y ocho- decía el comprador.
-A tiempo se está de dejarlo- defendía su orgullo el ganadero.
-Bueno, comprado está. A las cinco en el camión.
            La hora de la comida marcaba un descanso en la feria. Llegaban mujeres y niños desde los pueblos cercanos, cargados con cestas de mimbre, en las que perolas y merenderas acercaban a los hombres los sabores de un día de fiesta en la cocina de cada casa. Una riada de muchachos iban al ventorro para que les llenasen las botas de vino; cuando volvían, se comía pausadamente y por turnos, pues había que cuidar del ganado. Un rato de tranquilidad llegaba después para los más madrugadores, que echaban una cabezadita aprovechando que había más ojos para vigilar a los animales, acostumbrados, por lo demás, al trajín de la feria e indolentemente tumbados mientras rumiaban.
         A media tarde toda la feria bullía de nuevo. Se hacían los últimos tratos y era el momento de acercar los animales vendidos a los camiones de los hombres del blusón. Era un rato  en que la tristeza y el nerviosismo aparecían de la mano, tiñendo la feria de bramidos y de voces, de carreras y de silbidos. Los terneros se resistían a ser introducidos en las cajas de los camiones y tropezaban torpemente, mientras sus madres bramaban, primero con rabia y luego con melancolía. A aquel fragor vacuno de despedidas y de protestas, se unía el relincho de los potrillos, el balido de los corderos y el rebuzno de algunos burritos, y por un momento todo aquel paraje era un lamento colectivo, un himno triste de vencidos que no querían someterse, una protesta de ayes sin remedio a la que se unían las lágrimas de algunos niños y mayores que- ¡cómo no!- eran tachados de sentimentales.
         Cuando los camiones estaban repletos de animales, desconocidos entre sí y ayunos de su propia suerte, los hombres  de los blusones negros sacaban de unas carteras repletas de billetes, los que iban necesitando para pagar  a cada ganadero según lo acordado en el trato. Eran instantes de atención y silencio; nadie decía nada salvo el del blusón, que auxiliado por dos ayudantes, contaba en alto los billetes y se los daba al dueño de cada animal, mientras los demás callaban y miraban. Era el silencio reverencial al dinero y a quienes lo tenían en abundancia, pero también al acto de pagar y cumplir con lo acordado.
         Terminado el trato, había que retornar a los pueblos con los animales que no habían sido vendidos. Era un momento de dispersión: los hombres se ponían de acuerdo para irse unos con el ganado y quedarse otros en el ventorro; las mujeres llevaban en sus brazos las cestas de la comida y se acercaban a los puestecillos del dulcero y del heladero; los niños corrían por entre los grupos y pedían  a las madres dinero para golosinas; los viejos y los jóvenes se iban desplazando lentamente hacia la explanada ancha junto al ventorro, donde largos mostradores de madera ofrecían vinos, ponches y largueros con chorizos y morcillas recién asados.
         Cuando ya todo el gentío estaba de fiesta, y las botas de vino corrían de mano en mano, se iba creando tal expectación que sólo se colmaba cuando salía al balcón tío Corona  y empezaba a tocar la jota con la dulzaina y el tamboril. Todos rompían en un cerrado aplauso, y después cada hombre cogía de la mano a su mujer y bailaban en la improvisada pista, mientras los mozos buscaban pareja, los muchachos jugaban al tiqueté y los viejos miraban con melancolía, diciéndose unos a otros que para ferias las de su tiempo.
            Al llegar al descanso, comenzaban a despedirse las familias, deseándose buena suerte y apalabrando visitas para más adelante. Los mozos y las mozas prolongaban la fiesta hasta bien entrada la noche y, cuando a la luz de la luna caminaban hacia sus pueblos, se cortejaban y se hacían arrumacos, y luego entonaban canciones de fiesta y de ronda aprendidas de sus mayores.
         A la mañana siguiente aún olería a tomillo y a romero en la llanada, pero la melancolía no podría recrear aquel sueño junto al ventorro Zamarro. Habría que esperar de nuevo a que otro verano fuera acabándose, y otros vientos húmedos anunciaran el cambio de estación. Y volverían, por san Miguel, los bramidos y el trato, la dulzaina y la fiesta, y la feria seguiría siendo siempre igual pero  cambiando siempre.


13


         Era aquel de mi infancia un tiempo lento, parsimonioso y cíclico. Las estaciones marcaban el ritmo de aquella noria, que casi nunca se salía de su rutinario girar: inviernos largos y fríos, de sabañones, braseros, cabrillas y matanzas; primaveras discretas y tardías, de aguas abundantes y olores intensos; veranos cortos, de siestas silenciosas y noches frescas; y otoños apacibles y lentos, con la fragancia de la naturaleza en declive y las lluvias y la niebla invadiendo el tiempo. Todo parecía  fruto de un engranaje celeste y natural, y hasta parecía predestinado que tus amigos fueran los de tu quinta, con los que entraste en la escuela, con los que hiciste la primera comunión.
         Tan inamovibles como las sierras de Aravalle eran las costumbres que había por aquellos años. Como a todo niño, a mí me parecía que en todos los pueblos las cosas serían igual que en el mío. Nada podía cambiarse, todo estaba establecido, y  vivir consistía en perdurar dentro de la rueda del tiempo. En esa concepción del mundo y de las cosas, todos los gobernantes serían como Franco, gordito, militar y eterno; todos los maestros, como don Diego, que a veces pegaba con una vara y otras nos enseñaba con esmero; todos los curas, como don Beltrán, intimidador, inquisidor y metemiedos; todos los alcaldes, como tío Armando, ricos y bien relacionados; todos los pobres, como tía Raquel, humildes y serviles; todos los taberneros, como tío Jacinto, despachados y parlanchines; todos los médicos, como don Alfonso, sordos, asmáticos y de pulso tembloroso; todos los sacristanes, como tío Matías, viejos, sordos y cascarrabias; todos los alguaciles, en fin, como tío Angel, picarones, borrachines y juguetones.
         Invariablemente, al llegar a los siete años, don Beltrán elegiría a los muchachos que deberían prepararse para ser monaguillos, aprender rezos en latín y dominar el lenguaje de las vinajeras, de las campanas y de las velas. Sin duda don Diego pronto tomaría nota de quienes destacasen en el estudio, y recomendaría a sus padres que, cuando cumplieran los diez años, los mandasen fuera a estudiar. El pobre seguiría siendo pobre y el rico lo sería de por vida; algunos saldrían del pueblo para mejorar, pero  no azuzados  por un futuro prometedor,  sino por su presente de penuria  y de miseria.
       
         Sin embargo, uno iba descubriendo, poco a poco, que el mundo no era exactamente como aparentaba aquella rueda de rutinas, aquel girar de las estaciones y aquella inamovilidad de las costumbres. Ése parecía ser el escenario de la obra, pero detrás del telón de cada casa, se movía una vida rica y compleja, llena de dolores cotidianos, de pequeños placeres, de susurros insistentes. A algunos le abrían los ojos sus padres, a otros, sus hermanos mayores o sus primos. Pero la mayoría teníamos que abrirnos camino por aquellas veredas desconocidas, envueltos en medias palabras, que nada explicaban y mucho aturdían.
   
        
         De todas las evidencias de la vida, ninguna se nos ocultaba más que el sexo, tan sombrío y reprimido en aquel tiempo de mi infancia. La permanente obsesión de don Beltrán, el cura, era hablar del sexto mandamiento, de los tocamientos y los actos impuros, de la vida de María Magdalena, de los deseos insanos y de la condenación eterna. Todo lo que pensabas o hacías, tenías que confesárselo: mirar a una muchacha,   imaginar a un hombre y a una mujer juntos, hablar de estas cosas con los amigos... El ojo de Dios, que pintaba don Beltrán en la pizarra de la catequesis de cada domingo, nos veía, y no podíamos mentirle ni ocultarle nada.
         Una vez alguien quiso gastarme una broma que afectaba a mi inocencia. Decían que yo había tocado la chucha a una prima mía. Junto a la chimenea, mis padres me preguntaban, con una mezcla de escándalo y asombro. A mí me daba vergüenza, mucha vergüenza, que mis padres me hablasen de aquel asunto y me molestaba un ligero retintín acerca del alcance de lo que yo conocía y de la extensión de mi inocencia.
-Y ¿qué dicen que le has tocado a tu prima?
-La chucha.
-Ah. ¿Y qué más dicen por ahí?
-Que se la he metido.
-¿Qué le has metido qué?
-El pito en la chucha.
Yo quería morirme antes que seguir con aquel interrogatorio, pero me negaba a confesar como cierto lo que no lo era. Me defendí y les dije que no, que era mentira, que aquello lo había dicho alguien para fastidiarme. Mis padres parecieron quedar convencidos pero yo me quedé como anonadado y vacío, ignorante y absurdo. Nadie me había hablado abiertamente de sexo hasta la mañana en que nació mi hermana, y lo que me dijo entonces Mamerto me sumió brutalmente en un mar de dudas, en un pudor exagerado de ansias contenidas, en una necesidad vital de conocer cómo era todo aquello, cómo se nacía, cómo se hacía...Únicamente me era familiar mi propio cuerpo de niño de ocho años y el de otros muchachos, cuando nos bañábamos desnudos en el pozo del Venero, todos con el pito parecido, salvo algunos, a los que ya les apuntaba el vello y bien que presumían de ello.
        
Un día vi algo inmenso y espectacular. Habían llegado al pueblo unos hombres con un semental  para cubrir las vacas, tal y como hacían todos los años. Lo más común era que los dueños de los animales llevasen éstos a la Parada de tío Armando, pero otras veces era el toro el que visitaba a las hembras que debían quedar preñadas, yendo a las cuadras donde se alojaban. Los padres solían ocultarnos estos encuentros pero nosotros imaginábamos que el toro metía su pito en la chucha de la vaca, estaba allí un poco y después se acababa todo.
         De sopetón, lo que yo vi aquél día fue tremendo y descomunal, tan fuerte que, a la vez, me atraía con fuerza y me resultaba repulsivo y abrasador. Al acercarme a la casa de ganado, observé movimiento pero me di cuenta de que estaba cerrada la puerta. Fui por detrás y, mirando por entre los tablones, vi que el semental, con un miembro gigantesco, retorcido como un berbiquí, tanteaba torpemente hasta que, oportunamente ayudado por el veterinario, lo hundió en la vaca Jardinera. Ésta protestaba pero el toro bramaba, echaba espuma por la boca y se movía con estrépito, hasta que hizo tres o cuatro movimientos espasmódicos, se bajó y luego resopló sin cesar y fue cayendo en el abandono. Después de su recuperación, lo sacaron de la cuadra y se fueron hacia otra casa, pero yo seguía allí clavado, detrás de las tablas del payo, junto a la pella del heno, conmocionado por lo que acababa de ver.
         Pensé entonces que eso no sería igual entre los hombres y las mujeres, que lo que yo había presenciado sería sólo cosa de animales.  La educación sentimental en la sociedad en la que yo fui creciendo, no consistía en conocer, dominar y encauzar los instintos desde la infancia sino en negarlos sin más; era la impostura de la sinrazón contra la naturaleza de las cosas,  que sólo podía traer como consecuencia la hipocresía o la angustia.
          Aquella educación hacía agua por todas partes: se imponía el silencio oficial junto al chiste morboso, la inquietud y los interrogantes frente a la doctrina de todos los Beltranes. Se castró la naturalidad de la gente, se invadió su conciencia, se reprimió su vida y se fulminó cualquier atisbo de naturalidad. No obstante los adultos burlaban aquella moral inquisidora, unos con astucia y otros desde el atrevimiento de la heterodoxia. Pero nosotros, los niños, ¡ay de nosotros! ¡Qué dolor empezar a descubrir el sexo sintiendo en la nuca la mirada intimidadora del cura y el temor a caer en pecado! ¡Qué pena que, viniendo de un acto de placer, se nos negase el gozo de conocer con naturalidad de dónde venimos!
         A todos los de mi edad nos hubiera gustado una educación sexual que fuera respondiendo poco a poco a nuestras preguntas, que nos permitiera avanzar en nuestros titubeos y que nos diera posibilidades de conocer los entresijos de la vida, tan lejos la lascivia de los curas  zafios como de la rijosidad de los babosos. Pero ¡ ay! ni en esto ni en otras cosas nuestra educación fue así. Además, si así hubiera sido, entonces nosotros no seríamos los mismos.



14



        En aquellos veranos eternos, cuando mi padre se echaba la siesta un rato, mi madre nos obligaba a recogernos en nuestro cuarto para no molestarlo. Tumbados sobre una manta vieja, encima de la cama, Emilio y yo colocábamos una pila de tebeos en la mesilla y nos poníamos a leer. Eran series del Capitán Trueno, El Jabato y Pulgarcito, que devorábamos en el silencio fresco de nuestra alcoba. A veces nos quedábamos dormidos leyendo, y el Capitán Trueno entraba en nuestros sueños y vivíamos con él las aventuras en las sierras y los prados de Aravalle, donde Goliath sabía moverse con la alegría y el humor de siempre.
          Todos los tebeos nos los daba Leví, un amigo que a su vez los recibía, ya leídos, claro, de un primo suyo de Madrid. Algunos días nos íbamos con sigilo hasta el umbral de la puerta, y allí  seguíamos leyendo hasta que llegaba el correo, que era la señal para acabar la siesta, aunque no era raro prolongar la lectura durante toda la tarde, si no nos llamaban para hacer algo. Me gustaba mucho leer tebeos, pero a veces sucedía lo peor, cuando en el cuento que estaba leyendo ponía “Continuará en el próximo número” y ese número no estaba en el rimero de tebeos apilados, pues me quedaba sin saber cómo terminaría la aventura. Eso nunca pasaba cuando tío Ismael nos contaba sus historias; bueno, casi nunca, porque algunas veces le fallaba la memoria y nos quedábamos al verlas venir. De estas experiencias viene mi aversión a los fascículos, a las novelas por entregas y a los libros mal encuadernados. Y también mi interés por los relatos bien hechos, con tipos buenos, malos inconfesables, el peligro flotando en el ambiente y un fondo de armonía, que en aquellos cuentos siempre aparecían en los finales melancólicos de ríos al atardecer y lagos en calma.
         Si fueron muchos los tebeos de aquellos veranos, apenas leí libros. Uno se titulaba “Poesías completas”, de Gabriel y Galán, y era el único libro que había en nuestra casa. Pero en la escuela había un armario de madera cuyo interior estaba lleno de libros y enciclopedias. Don Diego nos mandaba coger, casi siempre, los diez ejemplares de “Corazón”, de Edmundo de Amicis. Nos poníamos a su alrededor, y empezaba a leer el primero de la escuela por donde había quedado la señal el día anterior. Los demás seguíamos la lectura en silencio, hasta que nos tocaba el turno, que don Diego señalaba con un lacónico “el siguiente”. Recuerdo con especial cariño dos cuentos de aquel libro: “El pequeño escribiente florentino” y “De los Apeninos a los Andes”. La energía, el tesón y la discreción del niño florentino, y la determinación, el amor y el ansia de aventura del chico que va en busca de su madre, despertaban mi afición por las historias bien contadas, sobre todo en aquellos inviernos de Aravalle en los que apenas pasaba nada destacable.
      
         (Niebla, nieve, lluvia, viento, breve sol, nieve, frío, mucho frío. ¡Qué inviernos crudos, de lumbres de leña de roble y braseros de cisco! ¡Qué sábanas heladas como témpanos adheridos a la piel!)
        
    
         Del armario de la escuela, pocos libros más leímos, a pesar de que había varios estantes atestados. Nadie te animaba a cogerlos ni uno veía interés en leerlos, tan llenos de polvo y de vejez por fuera como áridos de contenido y presencia por dentro. No obstante hubo uno que cayó en mis manos, lo leí y me impresionó. Era su protagonista un hombre que llegaba a una escuela como la nuestra y empezaba a hablar a los niños de la ventriloquia. A medida que avanzaba en su charla, iba disminuyendo el movimiento de sus labios, hasta que llegaba un momento en que tenía la boca quieta y hablaba con el vientre, produciendo en los niños que le oían una profunda fascinación no exenta de cautela. Lo leí tantas veces que, a estas alturas, no sé si aquel señor era el protagonista de un cuento que yo leí en mi escuela, o si  a mi escuela fue un ventrílocuo a contarnos su historia.

         En primavera íbamos a nidos y cogíamos todos los huevos que en ellos encontrábamos, todos menos uno, que solíamos dejar  para que enhuerase. Con ellos nos hacía la madre de Ernesto una tortilla, en la que se mezclaban aquellos sabores dispares con el los huevos de gallina, que inevitablemente había que añadir para que la tortilla diera de sí.
         Cuando llovía, jugábamos en las casas, siguiendo un turno, que nos permitía ver cómo era la familia de cada uno, su permisividad y sus costumbres. Nos entreteníamos con la oca, el parchís y las cartas pero si nos juntábamos en alguna casa de ganado, solíamos jugar a rondaúna y, si había muchachas, también a las prendas.
         Ayudábamos algo en las tareas de casa, llevando agua a la tinaja, dando de comer a las gallinas y a los cochinos, partiendo leña y cachando escobas. También echábamos una mano en las tareas del campo, escardando, regando, cogiendo patatas y manzanas o riciando los prados cuando íbamos a heno. En las casas de las vacas ayudábamos a ordeñar, echábamos pienso en los gamellones y los poníamos en los pesebres, pelábamos con el garabato el heno de las pellas, arreglábamos la cama de los animales poniendo helechos secos u hojas de roble, llevábamos las vacas al prado o dirigíamos la yunta con la ahijada. Todas estas tareas las íbamos haciendo de la mano de nuestros padres, en un aprendizaje imitativo basado en la observación y la tutela.
         La recogida de la fruta me gustaba especialmente, pero la recolección de las patatas me resultaba ingrata y dura. En la segunda semana de septiembre, días de sol y cielos despejados, subíamos a los árboles y empezábamos a recoger las manzanas verdedoncella y reineta, mientras contemplábamos el pueblo desde perspectivas singulares y desconocidas. El olor de las cajas, las cestas y los ganchos para sujetarlas en las ramas, las cuerdas para bajarlas desde la altura de las copas, y el gesto casi iniciático de desprender cada pieza de su rama eran experiencias  gratificantes. Pero la recogida de las patatas, en días de grisura otoñal y viento fuerte, me trae recuerdos desagradables. La humillada postura para recoger los frutos que iban dejando los mayores sobre la tierra abierta y fría de los surcos, la aspereza de la piel de cada pieza recogida y el dolor de uñas, de tanto contacto con el hielo de la tierra, aún permanecen almacenados en el desván de las cosas quietas.

        
          Algunos parajes de Aravalle me atraían como un imán, unos por desconocidos y otros por apacibles y emotivos. El más misterioso de todos era el paraje en el que asomaban las bocas de las minas de wolframio, cerca del Venero. Explotadas durante la segunda guerra mundial, fueron abandonadas al terminar ésta, y quedaron como si el tiempo se hubiese parado allí el día en que salió de ellas el último minero. Algunos domingos, al acabar el rosario, quedábamos en El Corralillo después de coger la merienda, y subíamos al Venero. Adolfo solía encabezar la excursión, que comenzaba en alguna de las bocas de la mina y siempre terminaba junto a los pinos de tío Isaac, los más altos del pueblo.

         Apacibles, como la mansedumbre de los bueyes y el mamar de los terneros, eran las cuatro fuentes del pueblo, de cuyos caños manaba  un agua fría y limpia, transparente como la verdad. En la víspera de San Juan, eran adornadas por las mozas del pueblo, repitiendo un año tras otro el rito de la fecundidad de la primavera, que acababa en aquella noche corta de ronda y misterio. Aquellos  pilones, que saciaban la sed de las vacas en invierno, servían en tiempo de calor para ver nuestra figura reflejada en el agua, una figura desdibujada a veces, cuando un empujón o un traspiés desequilibraba a alguno y caía  dentro, con el consiguiente enfado del alguacil, tío Angel. Pero había otras fuentes en los campos de Aravalle, unas con propiedades medicinales, otras que curaban el mal de amores y la melancolía; fuentes de la Cañaílla,  de la Hoyuela, del Pezuelo, todas lejos de las casas, pero con pilas de granito que recogían sus aguas benéficas y limpias.

         Ciertos espacios desconocidos me atraían con fuerza, como las lagunas del Barco y de la Nava, de Solana y del Trampal, de las que hablaban los excursionistas en verano, cuando bajaban de la Urralea o de Robles Amarillos, tan cansados por la caminata como  tostados por el sol.
         Lugares sobrecogedores que me inquietaban, como la Tejonera, me parecían propios del fin del mundo, casi un valle de Josafat anticipado que acogiera a todos los fugitivos de la tierra. Tanta era la soledad cuando allí pasábamos una tarde escardando, que salir de aquella huerta era para mí una liberación tan grande como retirarme del confesonario, una vez absuelto por el terrible don Beltrán.
         Sitios emotivos eran la calle de la Fuente y el camino de los prados del Monte. Y también, los puentes- de la Varacolcha, de los Castaños, de la Pedrosa, de los Recueros, del Andrinal, de las Casas, del Molino, del Alunado, de San Julián- lugares de encuentro o de soledad, que ofrecían sus pretiles para descanso y ensoñación de caminantes.
         Rincones recoletos, de confidencias y de chismes, eran los sifones del Corralillo, el poyo de tía Isidora, el casillo de tía Dolores, la calle del Hornillo y la vecindad del Pozo, todos en el barrio de abajo; el poyo de tía Primitiva, la vecindad de tío León y la calle del Sol, en el barrio de arriba; y en el del medio, los muros del patio de la escuela y la vecindad donde nací, protegida de los vientos por un estupendo hastial de piedra seca.

         En verano escaseaba el agua y se organizaban las regaderas según  costumbre antigua. Había un pozo por cada arroyo y una persona encargada de ir avisando a los dueños de las huertas cuando, por riguroso orden, les tocaba regar. Esos encargados cobraban un tanto por cada fanega regada, asegurando así la buena organización, el aprovechamiento del agua represada en el pozo correspondiente y el cuidado de posibles desvíos de los veneros hacia otros pozos. Un verano mi padre fue el encargado de la regadera del Regajo, y recuerdo cómo anotaba cada noche en un cuaderno de rayas el nombre y apellidos de los dueños de las huertas, el nombre de éstas y la fecha de cada riego. Recuerdo también mi asombro al ver el nombre oficial de muchos hombres, a quienes yo sólo conocía por su mote. Había algunos muy curiosos, unos fruto de la casualidad o de la ironía  y otros, de la maldad o de la afrenta. Eran el nombre familiar, el patronímico por excelencia, mucho más que el apellido de los abuelos. Todavía hoy seguimos siendo Calvotes, Capotes, Golíos, Gutos, Calostros, Naíllas, Rojillas, Cojetes, Perrines, Veratos, Regalados, Cachorros, Morcillas, Porras, Trigueros, Montas, Rabúos, Pelones...

         Los nombres de las huertas, precisos y sonoros, hoy duermen olvidados en las oficinas del catastro, y sólo siguen vivos en la memoria de nuestros mayores, quienes desde la mesa camilla de sus cuartos de estar, lejos de aquel Aravalle del que emigraron en los sesenta, cuando la tierra no daba para más, miran la misma foto aérea del pueblo y repasan en silencio los nombres de las huertas de su juventud: Marialba,  Cerraílla, de la Raya, de la Fuente, de la Calzada, de la Cañada, del Molino, de la Alquería, de los Pozos, del Chorrillo, del Lomo, del Corral de Concejo, de la Calle Abajo, de Gesón, de Maripedro, de la Cañaílla, de la Fragua, de las Escuelas, del Río, de la Vega, del Alamillo, de la Carrera... Hoy tienen las paredes divisorias en el suelo, no producen nada y apenas nada valen, salvo las que lindan con el perímetro urbano. Todas duermen el sueño de los justos y recuerdan, en su barbecho permanente, aquella posguerra, cuando las gentes de Aravalle trabajaban  duramente su tierra, e incluso arañaban unos centímetros a las paredes medianeras para sembrarlos también de patatas ¡Tanta era el hambre y tanta la necesidad!


15


   
         Un día de primavera aparecieron por la escuela dos frailes de Miranda de Ebro y preguntaron a don Diego por los muchachos que sobresalían en los estudios, con el fin de entrevistarse con sus padres e informarles acerca del centro que regentaban en aquella ciudad. El maestro les acompañó a mi casa y después les llevó a las de Ernesto y de Dimas. Aunque mi padre oyó con atención cuanto decían aquellos frailes, lo hizo más por cortesía que por necesidad de información, pues, en su opinión, si yo alguna vez salía del pueblo para estudiar, no sería para ir a un colegio así. Sin embargo a mi madre le gustaba la idea, pero le echaba para atrás lo lejos que quedaba Miranda de mi pueblo y el rigor de que hubiese un solo periodo de vacaciones en todo el curso. Por todo ello, a pesar de agotar el plazo que les dieron, tomaron la decisión de rechazar la oferta de aquellos frailes y respiraron con tranquilidad, si bien por motivos distintos.
         Aprovechó don Diego la oportunidad y propuso a mis padres que en el mes de junio fuera a examinarme a Ávila para obtener una beca, que cubriría los gastos de mi estancia en un colegio interno, donde estudiaría el bachillerato. Mis padres vieron buena la propuesta y empezaron a hacerse a la idea de que pronto tendría que irme de Aravalle para seguir los estudios, con lo que aquello significaba de sacrificio y de pena.
         Llegó el mes de junio y la fecha del examen. Se formó una pequeña comitiva, integrada por don Diego, doña Aurora, Matilde- que también iba a examinarse- su padre, el mío y yo. Salimos temprano de Aravalle, en el taxi de Tiburcio, y llegamos a las nueve, con tiempo suficiente para las pruebas, que tendrían lugar en  el  Instituto de Ávila. Legiones de muchachos y muchachas de toda la provincia, con los ojos bien abiertos, íbamos siendo repartidos por las aulas del inmenso centro. Nos dieron las hojas de exámenes y empezamos a rellenarlas. Eran unos tests de inteligencia, que para mí resultaban novedosos pero facilísimos. Había preguntas como “ Si vivieran todas, ¿cuántas bisabuelas tendrías?” o “Duero, Guadalquivir, Júcar, Guadiana, ¿ Cuál de estos ríos no desemboca en el Atlántico? ” Terminado este examen hubo uno de Lengua y otro de Cálculo y  para las doce y media ya estábamos fuera del Instituto.
         Como era la hora de comer, los mayores decidieron que lo mejor era ir a comer a Piquío, cerca del Mercado Grande. Fue así como entré por primera vez en un restaurante. Mi padre, don Diego y yo estábamos contentos; no así doña Aurora, Matilde y tío Narciso, pues al ir paseando por las callejuelas, camino del Grande, les habíamos contado cómo eran nuestros exámenes, y por los gestos y comentarios de los maestros, todo parecía indicar que sólo yo obtendría la beca. Así podría irme a  estudiar sin recurrir a un colegio de curas o de frailes, que al ser casi gratuitos, constituían la salida habitual de bastantes muchachos pobres pero dotados para el estudio. Aquella comida en el restaurante tuvo un sabor agridulce, como los platos chinos, pues uno no podía exteriorizar la alegría que bullía por dentro sin señalar, por contraste, la tristeza y el abatimiento de los otros comensales.

         El retorno al pueblo marcó el inicio de un cambio en mi vida, pues durante el verano mi padre tuvo que hacer gestiones para formalizar la matrícula en un colegio de Madrid, el Divino Pastor, cuando nos comunicaron que tenía concedida la beca. A mediados de agosto llegó, por fin, la carta en la que me consideraban admitido para cursar, interno, primero de bachillerato, con el número doscientos treinta y seis. Mi madre, ayudada por hermanas y cuñadas, marcó toda la ropa y objetos personales con aquel número y, siguiendo las instrucciones que enviaron, compró lo necesario para mi incorporación al centro: maleta, colchón, sábanas, mantas, colcha, almohada, fundas, toallas, bolsas para la ropa sucia, objetos de aseo, zapatos mudas, calcetines, pantalones, jerseis, camisas, prendas de abrigo...
          Aún recuerdo el ensayo general que hice en la cocina con el cepillo y la pasta de dientes. Como mis amigos o  mis familiares, yo no sabía qué era eso de lavarse la boca, pues en Aravalle nadie tenía tan higiénica costumbre. Por un lado, sentí cierto desgarro, cuya muestra evidente era un hilillo de sangre escandaloso, y por otro, un sabor agradable y un descanso intenso.
       
 La fecha de mi partida iba acercándose y, por si acaso lo olvidaba, se encargaban de recordármelo mis tíos y primos, como sucede con los avisos anticipados del almanaque, que impiden que demos cobijo al olvido. Toda la casa estaba en danza; por aquí y por allá ropa doblada o dispuesta para la plancha, zapatos, toallas, sábanas, la bolsa de aseo, la maleta nueva, chucherías, un  chorizo, varias latas de conservas, por si no nos daban bien de comer en el colegio. Todo aquello les estaba costando un ojo de la cara a mis padres, un dinero del que no disponían y  que habían buscado para la ocasión. Pero lo que les dolía de verdad era enviarme con tan sólo diez años a un colegio interno, del que no regresaría ya más que para las vacaciones.
         La víspera, me dijo mi madre que fuese a despedirme de todos mis tíos, y así lo hice, empezando por el barrio de arriba. Entraba en casa de cada uno -tío Gonzalo, tío Emilio, tío Ginés, tía Genoveva, tía Gertrudis, tía Diana, tía Berta, tía Pilar- y todos me decían lo mismo, me daban ánimos, ponderaban el esfuerzo de mis padres -“Este sacrificio sólo se hace por los hijos”- me daban alguna propina y varios besos, unos más sonoros, otros más opacos. También me fui a despedir del maestro; su mujer me dio más besos y algunas pesetas, y don Diego me abrazó y me dijo: “Ánimo, Antonio, ya verás cómo lo consigues”. En cada casa se me saltaban las lágrimas pero sólo llegaban a humedecer mis ojos, no dejaba que fluyeran libremente. Sin embargo al pasar por delante de la casa de mi  abuelo Fernando se me escaparon unos breves gemidos, que ahogué acordándome de su  sombrero y de sus rezos. Y al ver el manubrio en casa de tía Pilar, me acordé de aquella Nochebuena en la que lo oí sonar por primera y última vez, y rememoré la voz de mi abuela Amparo, su seriedad y su profunda calva. Antes de acostarme, me despedí de mi hermana Estrella, tan pequeñita aún, y, ya en la cama, comenté con mi hermano las cosas que me habían dicho en la despedida.
         Mi madre apenas durmió aquella noche, pues estuvo preparando  el equipaje. Y yo tampoco dormí,  ya que el desasosiego me quitó el sueño y me hizo recordar el pasado, mientras daba vueltas en la cama, con los ojos llenos de lágrimas y algún suspiro ahogado para no despertar a mi hermano.
         La siete de la mañana llegaron muy pronto y mi padre me llamó. Enseguida me arreglé, me lavé y desayuné. Emilio también se levantó, para despedirme, y con sus profundos ojos miraba la maleta, abierta aún y preparada con primor. Mi madre me explicaba con ternura: aquí llevas los pañuelos, ahí las mudas, allí los jerseis, debajo los pantalones... Yo la oía pero apenas podía ver lo que iba señalando, pues mis ojos, llenos de lágrimas, iban vaciándose en el suelo de la cocina, hasta que me abracé a ella y terminé de llorar en su regazo. En cuanto pude, me recuperé y le dije: “¡Qué bonitos los números de este pañuelo!” “Los ha marcado tu prima Ángela”, me contestó. Después cerró la maleta, mi padre la cogió y salimos a la calle, camino del Corralillo, donde Tiburcio, el del taxi, había quedado en llegar hacia las ocho. Tiburcio hacia diariamente un viaje a Madrid, ida y vuelta, y llevaba en su coche a seis personas, que le pagaban un precio fijo, algo superior a la suma del importe del correo y del tren, pero que tenía la comodidad de ir de puerta a puerta.
         Allí, junto a los sifones, estábamos los cuatro, aguantando el frío de octubre, mientras esperábamos la llegada del coche; mi padre cogía con sus brazos los hombros de mi hermano y mi madre me echaba un chaquetón por encima y me abrazaba. Mientras colocaban el equipaje en la baca, mi madre me estrechaba sobre su pecho y me daba besos largos y sonoros en las dos mejillas, sin mostrarse cohibida por la mirada de los que estaban dentro del coche. El sonido del chorro del caño de la fuente cayendo en el eterno pilón, el olor a la gasolina del taxi, los besos de mi  madre y de mi hermano, y el susurro de las voces tenues de los otros viajeros, eran el escenario de aquella despedida singular.
Montamos en el coche mi padre y yo, y el vehículo arrancó; por la ventanilla lateral, mi madre y mi hermano me mandaban besos y yo me sentía cohibido y ahogaba mi llanto. Atrás se quedaban diciendo adiós como una sirena varada y el taxi enfilaba la carretera hacia las Umbrías, donde otros viajeros esperaban para subir al coche y completar el cupo. Luego Tiburcio puso rumbo a Ávila y después de cinco largas horas llegamos a Madrid. Desde mi asiento apenas pude ver algo de la capital, pues iba bastante mareado y triste por aquel viaje que me separaba de lo mío.
Sacaron mi maleta, mi padre pagó a Tiburcio y subimos las escaleras hasta llegar al vestíbulo del colegio. Un portero calvo y bajito se dirigió a mi padre con afectación: “¿ Qué desean?” Mi padre le explicó que yo tenía reservada plaza para primero de bachiller, así que nos hizo pasar a la Secretaría, donde el señor Diosdado abrió unas fichas de gastos e ingresos y rellenó otros documentos, que dio a firmar a mi padre. Uno de ellos decía así: “Permisos otorgados por los padres del alumno”. En él  se hacían cuatro preguntas, a las que mi padre contestó sin titubear:
- ¿Puede salir solo por Madrid?
- No- dijo mi padre.
- ¿Puede irse a dormir con sus familiares en días de fiesta?
- No.
- ¿Puede irse solo de vacaciones?
- No.
- ¿Puede ir a excursiones?
- No.
Terminados los trámites burocráticos, el portero indicó a un chico veterano que nos acompañase al dormitorio de los pequeños, a donde habían subido ya el colchón, que mi padre había facturado una semana antes. Aquel cicerone nos conducía por el tercer piso, atravesando habitaciones repletas de literas, hasta que, por fin, llegamos a la última, que era la asignada a los de primero. Me indicaron cuál era mi cama y dónde estaba mi armario, una taquilla estrecha en la que fui colocando la ropa, ayudado por mi padre. Luego él sacó de su cartera cien pesetas y me dijo: “Ten cuidado y adminístralas bien”. En las habitaciones, muchos novatos como yo, con cara de susto y desorientación, éramos observados por resabiados veteranos, que se movían por aquellos territorios con miradas altivas y comentarios irónicos.
         Bajamos a la portería y el señor Alejo le dijo a mi padre que pasara a la sala de visitas, un espacio contiguo al vestíbulo. Allí estaba la prima Beatriz, que nos recibía con una gran sonrisa y nos hablaba alto, debido sin duda a su sordera acusada y creciente.
 - Bueno, David, tú te vienes a casa, y mañana volvemos aquí a ver  este   jovencito. Toma- me dijo- cómete este bollo, se llama milhojas.
- Gracias- le contesté.
- De nada, Antonio. Mañana venimos. Hala David, que nos queda mucho camino hasta  Los Carabancheles.
         Mientras se entretenían  hablando con el portero, yo le di un mordisco al milhojas, y su polvillo blanco fue nevando mi jersey azul marino, recién estrenado, y mis pantalones largos. Unos minutos después se cerraba la puerta y bajaban hacia la calle. El señor Alejo me indicó que pasase hacia una galería junto al patio, donde varios chicos hablaban a voces. Al fondo había un muchacho que parecía estar solo, como yo, en la inmensidad de aquel espacio. Me acerqué a él y me presenté; él me dijo que se llamaba Ventura Santos y que era de un pueblo de Toledo. Ventura, más alto que yo, rollizo de bollos de chocolate, como tendría ocasión de comprobar muy pronto, tenía once años y fue mi primer amigo en el Divino.
         Como ese día no había clase aún, los internos que ya habíamos llegado, vagábamos por las galerías y por el patio, descubriéndolos unos, reconquistándolos otros, pero todos cabizbajos por la dureza del tiempo que se nos venía encima. Nos mandaron subir al comedor, y nos acomodamos en una mesa de cuatro Ventura Santos, Casimiro López, Rosendo del Valle y yo, todos de primero, y todos tristes y abatidos, menos Rosendo, que se mostraba bromista e irónico, quizá porque tenía dos años más que nosotros, o tal vez porque su familia vivía en Guadarrama, y eso le iba a permitir marcharse a su pueblo todos los sábados. Nos dieron de comer judías pintas, filete ruso con escarola y melón. Aparentemente todo parecía bueno, pero cuando Rosendo fue a servirse las judías, sacó de la fuente una cabeza de ajos sin pelar, echada a aquel rancho sin esmero ni miramientos. Nos dio tal repugnancia que sólo manchamos el plato, mientras poníamos cara de circunstancias. El filete no estaba mal pero la escarola amargaba excesivamente; y el melón era insípido del todo. Por un momento nos preguntamos, en silencio, si siempre sería así la comida o si aquello habría sido una casualidad, pero enseguida apartamos de nuestra mente aquel presagio; tiempo tendríamos de descubrirlo, de mirar a otra parte, de no querer saber qué comíamos mientras comíamos.
         Don Tomás, el jefe de estudios, nos abrió la clase de primero y nos dejó algunos libros para que los fuéramos viendo. La tarde transcurría lenta y parsimoniosa. Por una rendija de dos palmos, entre la persiana bajada y clavada sobre el marco y el alféizar de cada ventana, veíamos minúsculos fragmentos de la calle y algunos detalles de la casa de enfrente. Tuvimos de inmediato la sensación de haber ingresado en una cárcel, con barrotes en forma de persiana y vigilantes de mirada algo cruzada.
         Después de rezar el rosario, nos dieron de merendar café con leche y un bollo de pan- ¡qué café inolvidable! agua de fregar lo llamaríamos pronto- y luego nos dejaron bajar al patio hasta la hora de cenar. Ya en los dormitorios, me lavé los dientes, guardé mi ropa, estrené el pijama y me acosté; pero no pude meterme en la cama, pues a los novatos nos habían hecho la petaca. Los veteranos se partían de risa viéndonos luchar absurdamente contra nuestras sábanas, así que nos levantamos, las rehicimos y aceptamos en silencio el impuesto rigor de los necios. Volvimos a acostarnos y cada uno se consoló en su intimidad como mejor pudo. Bajo las sábanas, yo lloré en silencio lágrimas amargas, y después me dormí.
          Aquella noche soñé con la escuela de doña Mari y con la sierra de Robles Amarillos, con la fragüilla y con la fuente del barrio del medio, con la vaca Jardinera y con la suiza Mixta, con mi padre atareado y con mi madre peinándome. Me desperté en plena madrugada, desorientado, fui al servicio y regresé por aquellas oscuridades, algo confundido por el olor de la multitud infantil allí aparcada.
         Me acosté de nuevo, consolado porque aún me quedaban algunas horas de refugio antes de empezar las clases. Me acordé de mi madre y de mi hermano, cuando por la mañana me mandaban besos y me decían adiós desde el Corralillo. Lloré y lloré, porque desde el fondo de mis diez años, sentía que el precio que tenía que pagar por prepararme para el futuro, aquella privación diaria del afecto de mi familia, me parecía injusto y excesivo. Aquella primera noche en el Divino Pastor, desvelado entre docenas de literas, que acogían niños de diversas procedencias, lloré y lloré, dolorido por aquella separación, tan brusca y tan dura. Lloré porque el cariño y el amor del que se me privaba, nadie me lo iba a devolver nunca. Lloré porque sentía que algo profundo había acabado.
 En el frío de la madrugada me dormí con los ojos hinchados, pero sentía mi boca dulce. Por la tarde vendrían a verme  mi padre y la prima Beatriz, y me traerían un milhojas nevado y grande.
1998-1999




Dedicado a mis padres y a mis hermanos


Este relato está inscrito en el R. P. I. de Madrid con el nº M-005443/2004




                                                        

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